Richard Canisius

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    Richard Canisius. El viaje de un pintor y de un arte desaparecido: el grabado en planchas de cobre

    Diana Cofşinski - 23-06-2016

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      Cada uno deja una huella, y lo que recuerda
    es esa cicatriz o esa huella, antes que a ese
    hombre en su existencia cotidiana.

                                                                                                                              Marguerite Yourcenar 

     

    Un cuadro que, desde hace años, estaba colgado en la pared de mi cuarto de estar, transmitía una luz especial, a la vez que mostraba el paso del tiempo de los objetos que existían alrededor. El cuadro, un grabado a lápiz (en carbón), era un dibujo que representaba a una misteriosa silueta: la de una mujer, en blanco y negro, lo que le confería más misterio todavía. Las finas líneas de expresión dibujaban una mujer que parecía dormida, con sus párpados cerrados, hacía que no se pudieran apreciar sus grandes ojos azules. Hace días, pensando en ella, me acordé de que la había conocido y vuelto a encontrar brevemente durante una visita familiar, un año antes de su desaparición. Ejercía una gran fascinación, tenía una sonrisa que seducía a cuántos la observaban. De mirada profunda y soñadora, parecía guardar un mundo secreto dentro de sí. Siempre me miraba con cierta apreciación, mientras aseguraba que me parecía cada vez más a mi padre. Nació en 1899 y había estudiado interpretación en Bucarest e Italia, y música en el Conservatorio de la capital rumana. Pensaba que un día llegaría a ser actriz, lo que desafortunadamente, por circunstancias de la vida, nunca sucedió. Amaba el teatro, el arte de la declamación y la literatura. Guardaba un diario donde cada día escribía sobre su vida, sus sueños y sus fracasos sentimentales, aunque se casó tres veces. Adoraba también el francés, idioma que hablaba con fluidez, y el arte, las exposiciones de pintura, a las que acudía en compañía de su profesora y amiga, Fragola Canisius. La mujer, de nombre Nathalia (Thalía, para los amigos), una de las hijas del renombrado arquitecto rumano de origen polaco Ziegfried Kofszynski, fue la modelo predilecta del pintor Richard Canisius, quien la retrató en varios cuadros.

     

    Un día descubrí una multitud de imágenes, impresas en un material de una dureza extrema, metal: paisajes, casas de campo tradicionales, viejas casas de los arrabales, molinos de antaño, arboledas, praderas, bosques, retratos de paisanos, castillos, palacios, plazas, góndolas y lagunas venecianas, naves, y muchos motivos más. A pesar de su dureza, la fuerza del metal y la fragilidad de la imagen combinaban perfectamente, creando la impresión de gran viveza que sorprendía por su belleza. Era una colección de estampas, en planchas de cobre, que el pintor Canisius había dejado a Thalía, la tía de mi padre, quien la guardó con mucho esmero. Ella dejó la colección en herencia a mi padre poco antes de morir. Hoy en día esas imágenes pertenecen ya a un mundo perdido en las nieblas del pasado, abandonado como la misma técnica que las creó: el grabado en planchas de cobre. Quedan sólo las huellas de un hombre y un arte que, por sus dificultades, ha dejado de ser empleado por los artistas plásticos. Emprendemos nuestro viaje para descubrir al artista que amaba el arte por encima de todo, a pesar de sus difíciles procedimientos técnicos.

     

    Richard Canisius nació en Berlín en 1872, en el seno de una familia acomodada donde el arte estuvo siempre presente. Su padre, G. Canisius, era escultor y, desde pequeño, Richard solía visitar su taller para verle trabajando en sus esculturas. Se asombraba al contemplar cómo la piedra podía cobrar vida. Por su dureza, le parecía imposible que se convirtiera en algo capaz de transmitir emociones. Allí tuvo lugar su primer contacto con las formas esculturales y el dibujo, lo que despertó en el muchacho un gran deseo de estudiar, pero no para ser escultor sino pintor-grabador. El amor por el grabado surgió en su Berlín natal, nacido de la inmensa admiración que profesaba por el padre del grabado alemán, Alberto Durero.

     

    Contó con todo el apoyo de su familia, especialmente de su padre, quien era el que mejor le entendía. Tenían una relación muy especial, no sólo de padre e hijo, sino también de artistas, algo que para él era sumamente importante. Sabemos que no siempre ocurre así. ¡Cuánto le costó a Miguel Ángel convencer a su padre de que lo suyo era la escultura!

     

    En 1895 se licenció por la Academia de Bellas Artes de Berlín. Su tesis de licenciatura fue representada por el grabado titulado Cabeza de adolescente, obra que, ulteriormente, fue adquirida por la Academia de la República Popular de Rumanía, en 1957. Fue alumno de la Escuela de Núremberg, fundada por Alberto Durero, donde aprendió todas las técnicas del grabado alemán. Más tarde tuvo la oportunidad de viajar a varias ciudades europeas, como Múnich, París o Viena.

     

    Después de un período de viajes, donde tuvo la oportunidad de presentar sus obras en ciudades como París, Leipzig o Varsovia, llegó a Rumanía en 1907 para reencontrarse con su amigo de la infancia, Gustav Thais, originario de Berlín, dueño de una farmacia, que había establecido su residencia en Bucarest. Canisius descubrió un nuevo país y se enamoró de todo lo que le rodeaba. Las montañas, los paisajes, los castillos, los paisanos, la gente, la comida, y decidió quedarse en Rumanía. En muchas ocasiones declamaba, como su maestro, Alberto Durero: “No sé lo que es la belleza, pero la veo por todas partes”. Muy pronto iba a ser nombrado profesor de dibujo en la escuela alemana de Bucarest.

     

    En Rumanía, desde finales del siglo XIX hasta su participación en la Primera Guerra Mundial, se desarrollaba el periodo conocido como La Belle Époque. En ese período el tradicionalismo y el modernismo estaban en una dura confrontación permanente. El arte de los años inmediatamente posteriores a 1900 era el arte de aquellos artistas que habían vuelto a su país, después de haber estudiado en el extranjero, en ciudades como París, Múnich, Viena o Venecia. Los más importantes fueron los pintores Ștefan Luchian, Nicolae Vermont, Hipolit Strâmbulescu, Ștefan Popescu, Nicolae Tonitza, Kimon Loghi, Gheorghe Petraşcu y Cecilia Cuțescu-Storck. Antes de la Gran Guerra en el arte rumano se reunían tendencias primitivistas, expresionistas o fauvistas, pero no cubistas. Uno de los problemas teóricos que más pasiones suscitaba en aquellos tiempos era el relacionado con la identidad nacional.

     

    El arte en Rumanía había tenido grandes representantes que iban a influir, posteriormente, en la pintura de inicios de siglo XX. Dos de las figuras más destacadas eran Nicolae Grigorescu (1838-1907) y Theodor Aman (1831-1891), ambos licenciados por La Escuela de Bellas Artes de París.

     

    En la pintura rumana, en el período interbélico, se distinguían tres fuentes de inspiración: el lirismo del pintor Nicolae Grigorescu, la influencia de las nuevas corrientes en el arte europeo y la interpretación moderna de la tradición culta y popular, lo que había influido tanto en la pintura como en la escultura y en el grabado, dando lugar a elementos artísticos modernos.

     

    En su calidad de pintor-grabador, Richard Canisius empezó a mostrar sus obras en distintas exposiciones individuales o colectivas. Empezó a tomar parte activa en la vida artística de la capital bucarestina. La Maison d´Art de Bucarest y Los Salones Oficiales de la sociedad La Juventud Artística (Tinerimea Artistică), eran los principales lugares que promovían a los artistas, en el Bucarest de aquellos tiempos. La Juventud Artística, a la que pertenecía Canisius, fue fundada en 1901 por un grupo de pintores de la época, como Nicolae Vermont, Arthur Verona, Frederic Storck, Gheorghe Petraşcu, Oscar Spathe, Ştefan Luchian, Contantin Artachino, y también el escultor Constantin Brâncuşi. La reina María aceptó, entusiasmada, ser la presidenta honorífica de La Juventud Artística, cuyo propósito era el bienestar de las artes plásticas en Rumanía, involucrándose en el debate entre las diferentes corrientes artísticas, apostando siempre por la generación joven. Bajo su patrocinio, la sociedad logró apoyar grandes iniciativas y promovió a los artistas más jóvenes, incentivando la creación y la participación de éstos en exposiciones internacionales, donde el arte rumano cosechó numerosos éxitos.

     

    María Alejandra Victoria de Sajonia-Coburgo-Gotha, nieta de la reina Victoria del Reino Unido, se casó con el príncipe Fernando, heredero del rey Carlos I de Rumania. Fue alteza real, princesa heredera de Rumanía entre 1914 y 1927 y su majestad, la reina María entre 1927 y 1938. Murió en 1938, en el castillo de Pelisor, en Sinaia y su corazón fue depositado, por deseo propio, en una caja de plata, en la pequeña capilla Stella Maris, en la ciudad de Balchik.

     

    La Juventud Artística militaba por un arte realista, de la vida cotidiana de la gente, de los paisanos, y de los ciudadanos de a pie, con un gran entusiasmo y un fuerte deseo de poder introducir un espíritu moderno. Pero quien logró asentar las bases de la sociedad fue el pintor Hipolit Strâmbulescu, amigo de Canisius y del arquitecto Ziegfried Kofszynski, quien se licenció por la Escuela de Bellas Artes de París. Strâmbulescu era un pintor muy conocido por haber realizado un maravilloso retrato a la reina María.

     

    En su libro autobiográfico Los apuntes de un amateur de arte, Krikor H. Zambaccian (fundador del Museo Zambaccian de Bucarest) escribió que La Juventud Artística tenía una gran resonancia entre los amantes del arte. Las exposiciones que se sucedían, una tras otra, anualmente, pretendían corresponder a otras manifestaciones artísticas como las llamadas Secession, que se celebraban por aquel entonces, en la ciudad de Viena. 

     

     

    Los viajes de Canisius

     

    Para intentar rehacer su camino en el extranjero partimos a la búsqueda de sus huellas, en Italia, concretamente en Venecia, la reina de las lagunas. En una de sus entrevistas, el pintor confesaba que, en sus viajes, siempre intentó aprender y asimilar conocimientos de los grandes maestros, que conocían y empleaban la técnica correcta, específica para el grabado. Venecia, una ciudad distinta a todas las demás, impresionó al pintor por su monumentalidad y la grandiosidad de sus edificios, la multitud de sus canales y puentes y sus únicas y numerosas lagunas, que dejó plasmados en sus cuadros. Sus paisajes preferidos se pueden reconocer a través de los títulos de sus obras, como La Plaza San Marco, El Palacio Ducal, Barcas con velas en Venecia, Las Lagunas en Venecia.

     

    Sobre su periodo veneciano, el crítico de arte Grigore Ion, en un artículo titulado Notas de Arte, aseveraba: “El pintor había comprendido el encanto de las lagunas, mejor que otros artistas, que había reflejado, en su obra, el secreto de la unicidad del pintoresco paisaje, de una ciudad de cuento. Y, como Turner, concluía el autor, el pintor vio la maravillosa Torre del Campanile, mediante el sueño mágico que lo había creado, capaz de guardar las proporciones, en ese intento de acercarse a la ciudad, con el fin de dibujar Venecia tal y como era, con su fascinación embriagadora, pero real”.

     

    Sus obras de Venecia formaron parte de una exposición en la Maison d´Art de Bucarest. La reina María se quedó con el más logrado paisaje de la ciudad de Venecia. Después de su estancia en Venecia, Canisius prosiguió su viaje por Italia, donde encontró otros lugares que llamaron su atención, como las ciudad de Brioni y Barano, que logró plasmar, en sendos grabados.

     

    Balchik era una ciudad a las orillas del Mar Negro, en la región de Dobrici, al nordeste de Bulgaria, a 42 kilómetros de Varna. En esa ciudad, en el sur de Dobrogea, se encontraba la residencia de verano predilecta de la reina María, rodeada de un célebre jardín botánico, único en Europa central y del este, especialmente por su colección de cactus. El castillo, también llamado The quiet nest, era una mansión de paredes blancas y tejado de tejas rojas, junto a un imponente alminar. Fue construido en tres terrazas, combinando perfectamente los elementos del estilo árabe, el mediterráneo y el estilo tradicional de las casas de Bulgaria, con unas vistas privilegiadas, cerca del acantilado. Junto a unas cascadas se encontraba un molino, que daba un aire a la vez rústico y singular. Ese fue el lugar elegido para construir un chalé, una casa de huéspedes, donde se alojaban los allegados y los amigos de la Reina, muchos de ellos pintores renombrados de la época, que deseaban reflejar en sus cuadros la belleza de esa pequeña ciudad, a las orillas del mar.

     

    Si volvemos la mirada atrás, reflexionando sobre Balchik, nos podemos preguntar cómo un trozo de tierra de piedra caliza, de casas blancas y arena plateada, podía transformar el aparente paisaje en bruto en uno capaz de ofrecer al visitante una paleta de colores y matices insólitos, formando un gran cuadro al aire libre. Gracias a su localización, entre un país latino y el exotismo oriental, la mezcla de culturas había contribuido, a lo largo de los años, a incentivar la creación, dado que allí vivían rumanos, musulmanes, judíos, armenios y búlgaros. También había logrado reunir a una gran pléyade de artistas plásticos rumanos, de distintos orígenes, llegados para nutrir su imaginación de todo lo que les ofrecía el paisaje  y sus gentes, las misteriosas odaliscas, el puerto, la blancura de las casas, las posadas, los cafetines turcas y las costumbres de un lugar distinto de los demás.

     

    La fundación, en 1926, de la Universidad Libre La Costa Plateada fue un ejemplo más de la importancia que cobró la ciudad, axis mundi que reunía a casi toda la intelectualidad rumana de su tiempo. Balchik, también denominada La ciudad blanca, perteneció al reino de Rumanía entre 1913-1940, junto con la parte sur de Dobrogea. En 1940, la zona llamada el Cadrilater, tuvo que ser cedida a Bulgaria. A pesar de que dejó de pertenecer a Rumanía, Balchik tuvo una gran importancia en la historia de Rumania y dejó para siempre su impronta en la vida cultural y social del país.

     

    De la estancia de Canisius en Balchik, del tiempo pasado en la casa de huéspedes, que formaba parte del conjunto del Palacio Real, nace su grabado Balchik. El Molino del Palacio Real.

     

    La reina María era también una gran coleccionista de arte. Algunas de las obras pintadas por  Canisius fueron adquiridas por la Casa Real y formaron parte de la colección real del Palacio Peleş de Sinaia. Entre ellas La hilandera, El humilladero de Văratec, Mujer cargando cántaros, Lago en San Marco, Barcas en Brioni, Abedules, Calle de la ciudad de Barano, Los olivos de Brioni o Paisaje en Floreasca.

     

    Constantinopla, vieja capital del Imperio romano, era un destino casi obligatorio para los artistas que deseaban profundizar en su conocimiento en el mundo oriental. Ubicada en el sureste de Dobrogea, la ciudad turca recordaba la dominación otomana, ejerciendo una poderosa influencia en la vida cultural de la zona. A lo largo de los siglos la vida cultural, espiritual y política de Rumanía se dejó impregnar por la cultura bizantina, dejando honda huella en el pueblo rumano. La fascinación por el mundo oriental era tan real que la mayoría de los artistas deseaban poder plasmar sus colores, sus sabores o la profundidad de sus olores, en sus pinturas. Muchos pintores rumanos visitaron antes la ciudad turca en busca de nuevos matices y temas orientales. En sus visitas a Constantinopla, Richard Canisius retrató distintos paisajes de la ciudad, los rasgos específicos de los hombres y las mujeres turcas, intentando captar la esencia de un pueblo y de su gente. De ese periodo pertenecen las obras Calle en Constantinopla, Constantinopla - El cuerno del oro, Paisaje de la ciudad de Constantinopla, Cabeza de turco y La hilandera turca, un grabado con aguja sobre papel. La mayoría de ellas se encuentran hoy en distintos museos de Rumanía.

     

    Casado con Fragola, profesora de francés, Canisius, había establecido su residencia en Bucarest, pero sus viajes por el país eran constantes. Tenía el deseo de conocer cada rincón de la gran variedad de paisajes que encontraba en su camino y así plasmarlo en sus grabados, como memorias de un tiempo que nunca volvería. Cada lugar contaba una historia diferente para un viajero cada vez más ansioso de descubrir ese mundo, que no se parecía en nada a su tierra.

     

    De sus viajes por el país quedan obras como Patio interior en la ciudad de Sibiu, La Torre de la ciudad de Sibiu, La plaza de Sibiu, Paisaje en el Valle del Timis, Calle de la ciudad de Sighisoara, Casas típicas en los montes Apuseni, Casa en la Calea Mosilor, Casa de campo en Moldavia, El campanario del Monasterio Varatec, El Monasterio de Tismana, Casa en la localidad de Văleni, Casa de la localidad de Turtucaia, Iglesia a las afueras de un pueblo de Transilvania, El Castillo de Hunedoara, Pueblo de montaña en Transilvania, Hunedoara, ciudad siderúrgica, Pinos en la ciudad de Sinaia o El buque Adagena. 

     

    Pero en su copiosa obra nos encontramos también con numerosos retratos, como Retrato de anciana; Retrato de anciano; Viejo leyendo, Retrato de muchacha, Cabeza de adolescente, Retrato del escultor G. Canisius, Cabeza de paisano, Paisano de la ciudad de Novaci, Autorretrato o Thalía, la mayoría piezas de la colección perteneciente al Museo Alexandru Saint-Georges de Rumanía.

     

    Richad Canisius acabó encontrando acogida, de ahí que optara por permanecer mucho tiempo trabajando en calidad de científico y entomólogo fue en el Museo de Ciencias Naturales de Bucarest, hoy Museo Grigore Antipa. Antipa fue uno de los científicos más importantes de Rumanía. Biólogo de renombre, desempeñó el cargo de director del Museo de Ciencias Naturales entre 1892 y 1944. Durante los casi 26 años que Canisius estuvo en el museo fue el encargado de crear las pinturas murales que adornaban los dioramas, de una colección que abarcaba más de 120.000 ejemplares de coleópteros, por sí mismas auténticas obras de arte, de gran valor artístico. Las presentaciones murales, en forma de dioramas, tuvieron un gran éxito, tanto que muchos museos del extranjero, europeos y americanos, solicitaron el apoyo del director para la organización de sus propias exposiciones.

     

    En 1916 recibió la ciudadanía rumana y, al poco tiempo, se le otorgó la Medalla de Honor de la ciudad de Bucarest. Fue nombrado hijo predilecto de la capital.

     

    En página 295 del boletín publicado por la Academia Rumana, Instituto de la Historia del Arte de 1961, se lee: “Entre los años 1920-1930 el grabado en Rumanía conoce su período de abundancia y entusiasmo, es la época donde se activaron los pintores Gabriel Popescu, Nicolae Vermont, y destaca también la seria y prolífica actividad de Richard Canisius”. Y, un poco más adelante, en el mismo Boletín de la Academia Rumana, se dice: “El arte del grabado de Canisius testifica cualidades de energía y expresión artística, aptitudes en el arte de la evocación de la fantasía en el desarrollo del juego entre el blanco y el negro”.

     

    Para Canisius el verdadero ideal de su vida fue el arte del grabado y la pintura. Su pequeño taller, un verdadero museo subterráneo, como lo llamaban los que lo visitaban, dentro del Museo de Ciencias Naturales de Bucarest, parecía el laboratorio de un científico, de un alquimista que sabía mezclar a la perfección las sustancias químicas, donde la aguja, el buril, el lápiz, el papel y las planchas de cobre y de madera eran sus mejores amigos, los verdaderos aliados y cómplices para que el arte pueda cobrar vida una y otra vez. Dominaba tanto la técnica de la acuarela como la de aguafuerte y sostenía que “mientras una buena acuarela se debe finalizar en máximo diez minutos, un aguafuerte no termina, a veces, ni en veinte días”.

     

    Un día un periodista le preguntó sobre qué pensaba sobre el futuro del grabado, si iba a desaparecer y si ese género artístico estaba amenazado por otras formas de arte. El artista le respondió que, a pesar de los descubrimientos modernos capaces de simplificar los complicados procedimientos artísticos empleados en el grabado en planchas de cobre, sin que se cambie el significado y la consistencia del mismo, el modernismo no iba a influir en absoluto y, por lo tanto, ese tipo de arte no iba a desaparecer.

     

    A la hora de hablar del arte y el ideal que debe perseguir el artista en su obra, Canisius decía: “Siento una gran tranquilidad cuando logro plasmar, en mi obra, lo que me dicen las formas de la vieja arquitectura, la silueta misteriosa de un árbol, una nave majestuosa, descansando a las orillas del mar o los rasgos silenciosos de un bosque. El ideal del artista no puede ser alcanzado con sólo lograr a trasladar en un dibujo sobre papel, una mera fotografía de la naturaleza. El artista alcanza su ideal sólo cuando logra dejar un poco de su alma, en las obras que ha creado”.

     

    Richard Canisius tuvo una gran relevancia en el panorama artístico de aquel periodo, fue quien acabó introduciendo en Rumanía la técnica del grabado alemán, empleada por Alberto Durero, nada fácil, ya que suponía unos procedimientos artísticos complicados, técnica que, con el paso del tiempo, dejó de ser empleada y llegó a desaparecer.

     

    En su entierro, el 22 de marzo de 1934, el director del Museo de Ciencias Naturales de Bucarest, en cuyo balcón se había colocado aquel día la bandera a media asta, el científico y profesor Grigore Antipa, quiso rendirle un homenaje y pronunció un emocionante discurso sobre Canisius, compañero y amigo. El profesor subrayó las cualidades del artista y entomólogo Richard Canisius que “había dedicado su talento de creador y su destreza para regalar al pueblo un instituto cultural de gran prestigio. Sólo los que le han conocido, con su humildad y el deseo de quedar siempre relegado a un segundo plano, han podido comprobar sus grandes virtudes y la enorme energía creadora que acompañaba su actividad. Canisius fue un artista consumado, tanto en su concepción artística como en la tarea de ejecución. Poseía todos los medios técnicos para poder llevar a cabo sus ideas y su pensamiento artístico. Su verdadero talento artístico era reforzado por un profundo conocimiento literario y científico. Llegó a ser, por su espíritu de conocimiento, un naturalista, un entomólogo, y un muy buen museólogo. Gracias a él, nuestro museo llegó a contar con una de las colecciones más organizadas, sistemáticamente, de coleópteros, más de 120.000. También, gracias al pintor Canisius, nuestro instituto pudo adquirir admirables pinturas murales que forman los dioramas biológicos del museo, que además de su valor científico, representaron encomiables creaciones artísticas. A pesar de su origen extranjero, Canisius, fue un gran amante de su país adoptivo, Rumanía, tal que una colección de grabados realizados por él representaría el mejor álbum pintoresco de nuestro país”.

     

    Pintor, grabador, dibujante, profesor, entomólogo y museólogo fueron las múltiples facetas de Canisius, quien fue, sobre todo, un artista versátil, cuyas obras daban testimonio de su espíritu creador.

     

    Lo que más le interesaba era que el arte plasmado en sus pinturas fuese fiel a su pensamiento artístico. Y, si tuviéramos que destacar algo fundamental que definiera su obra, fue el amor por su país adoptivo y un cierto sentimiento de melancolía, que definiría a los rumanos y que nos recordaría, al mismo tiempo, La Melancolía, de su ilustre maestro, Alberto Durero, obra que demostraba el importante nexo entre el mundo racional de las ciencias y el mundo creativo de las artes, ambas disciplinas desarrolladas por el pintor, durante su vida.

     

    Aunque aquella época nos pueda parecer hoy en día muy lejana y, quizás, la técnica en planchas de cobre obsoleta, el rastro que ha dejado la personalidad creativa de Canisius fue evidente. A pesar de una existencia humana efímera, queda la huella de un artista, una “cicatriz”, como diría Marguerite Yourcenar, en el semblante del arte, que hemos querido descubrir, mediante este relato. Las huellas de una existencia, de una vida dedicada al arte que, a pesar de su dureza, fue capaz de transmitir sensaciones, emociones, haciéndonos pensar en que el artista ha cumplido su sueño, entregándose, por completo, a sus convicciones, a su modo de entender el arte. Un arte que “no es sino la expresión de nuestro sueño; el que más se entrega a ellos es el que más se acerca a su verdad interior”, como aseveraba el pintor alemán Franz Marc.

     

     

     

     

    Diana Cofşinski es filóloga, ensayista y traductora. En FronteraD se ha encargado de la traducción de los poemas de Coman Şova, publicados en La nube habitada y ha publicado Ziegfried Kofszynski, un maestro del neogótico en la Rumania de Carlos I.

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