Raíles de nube y ayer. (De Sucre a Potosí en buscarril, o el tiempo no pasa en Bolivia)

Texto y fotos: Pablo Cerezal - 07-07-2016

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Miro la tele. Un documental. Bolivia. Minidocumental, más bien. Signo de los tiempos: urgencia y píldoras audiovisuales que nos hagan soñar con viajar, que nos hagan creer que, sentados cómodamente frente al televisor, podemos estar vivos. El caso es que el documental de marras nos muestra el viaje en buscarril del británico y jovial presentador. El buscarril boliviano. El que une las ciudades de Sucre y Potosí.

 

Miro la pantalla. El conductor es el mismo: Basilio. La anciana que va dentro es la misma: Juana. La vida no ha cambiado. Salvo que el documental se rodase cuando yo estaba por esas tierras. Quiero pensar que no. Si una sensación se tiene al vivir en Bolivia es la de que allí el tiempo no pasa, que no pasa nada, que todo es inmutable. Por eso puedo recuperar aquel viaje en presente, porque podría ocurrir hoy, porque sigue ocurriendo, porque yo sigo viajando por Bolivia, viviendo sus ciudades, habitándome por sus gentes.

 

He de reconocer el tremendo placer que encuentro en indagar las procedencias de nombres, apelativos, patronímicos, epítetos y denominaciones. Obsesión por la palabra, imagino. O ganas de perder el tiempo, puede ser.

 

Bolivia, inmersa en la contradictoria herencia de los encontronazos y abrazos que a lo largo de toda su geografía se han dado, es lugar propicio para arriesgar en el juego de los orígenes. Y es que el país de los Andes descansa su dolor de siglos en morosa cicatrización de batallas, presidios, hambrunas, expolios, pero también de amoríos, fraternidades, cópulas, vínculos, participados por personas provenientes de lejanas tierras. Mayormente (pero no sólo) españolas.

 

Al recalar en una perdida localidad, de nombre Betanzos, el viajero comprende que no es baladí el brutal ministerio ejercido por las tropas hispanas, siglos ha. En este caso, el excursionista nació en la misma tierra que parió a aquellos atolondrados y fieros conquistadores que llegaron a Bolivia con ansia de novedad y murieron en ella hastiados de riqueza y añoranza. Tal vez por ello, el nombre de esta localidad, Betanzos, me obliga a rememorar veraneos de cerveza y marisco a orillas del Mar Cantábrico. Porque en el Norte de España, bañada por dichas aguas y renombrada en gastronomías y dolce far niente, existe una población de nombre idéntico al del citado poblado altiplánico: Betanzos.

 

Y si bien comentaba, al inicio, mi gusto por buscar el germen, origen o causa de los nombres con que los caminos me increpan, lamento dar muestra aquí de mi natural contradictorio, y asegurar que, inserto en la geografía laberíntica del viaje, decido ignorar, en no pocas ocasiones, la Historia y las leyendas. En tales ocasiones me limito a recopilar coincidencias y amarrar concomitancias, sin mayor ánimo que el de finalizar coligiendo algo tan banal como el famoso “el mundo es un pañuelo”.

 

Ocurre que de los viajes y excursiones comienzo a apreciar, cada vez con más intensidad, sólo los rasgos y voces de esos pobladores que encuentro al hilo de una charla pausada y, si se tercia y es posible, un café de amanecida. Ha de ser la edad. Ya quedó atrás la época inmediatamente posterior a los años de estudios, esa en que me enfebrecía de apasionado delirio estético al contemplar la acrobacia gótica de la catedral de León, la decadencia de mármol y tiempo del Partenón ateniense, el ensueño de acero y eternidad de la parisina Tour Eiffel, o la pasión de piedra y espanto del Muro de Berlín, por ejemplo. Ahora, ya digo, me intereso más por las gentes, las personas, su día a día, sus alegrías y desvelos.

 

Es así que en Betanzos, Bolivia, sólo quise saber el porqué de su nombre una vez entablada conversación con el conductor del buscarril que, tras horas de surcar cordilleras y ahondar simas altiplánicas, había decidido aceptarme un cigarro y un breve cruce de palabras a la espera de que el tráfago de viajeros despejase el insólito trazado férreo por el que había de seguir desplazándose, moroso e insomne, un viejo carruaje de fabricación alemana.

 

Basilio es el encargado de pilotar este antropológico vehículo sobre los rieles de un trazado férreo que recorre amplias zonas de las cordilleras que conforman el altiplano, a su paso por Bolivia, de Sucre a Potosí y de regreso al punto de inicio. Los viajeros le conocen, le saludan, le charlan y comparten con él fragantes viandas, agrias sonrisas y escuetas miradas. Él comparte, saluda, charla y asiente sin desviar ni por un instante la mirada de las vías de tren sobre las que se desplaza, a velocidad espantosamente lenta, el aparato del que es capitán con idéntica autoridad a la de patrones de yates, aeroplanos o trasatlánticos. Capitán de este cielo inverso que viene a romper mareas de nubes contra los riscos de frío y estupor del altiplano.

 

Basilio ignora si el nombre de Betanzos procede de algún conquistador hispano, al igual que ignoro yo el porqué de tal nombre en el pueblo gallego de la Península Ibérica. Pero me asegura que, de ser así, habrían pasado no pocas generaciones hasta que el labriego Miguel Betanzos, hijo de español exiliado e indígena boliviana, inició, en el siglo XIX, guerrilla contra los caciques de la zona, a efectos de reivindicar, para él y los suyos (entiéndase como suyos sus compañeros de fatigas) las tierras que le habían visto nacer. Lo cierto es que, desde entonces, estas áridas lomas violentadas por el refrigerio calamitoso de los vientos andinos pertenecen a los campesinos, y son ellos los encargados de gestionar la prole de cosecha y mies de los surcos que las cruzan.

 

Algo así me relató Basilio. Pero esto ocurrió casi seis horas después de haber partido de la estación de El Tejar, en las afueras de Sucre, la nívea ciudad boliviana que juega, con notable éxito, a ser remedo de capital europea.

 

Sucre es anomalía en Bolivia. Por su recoleta belleza y su ordenado trazado urbano, más cercano al gusto y maneras europeas que al delineamiento propio del país. Igualmente en lo pulcro de sus calles y avenidas. No extraña que sea la ciudad preferida por inmigrantes europeos y norteamericanos para montar negocio y vida. Pero también, Sucre es anomalía por su curioso estatus político. Si preguntas a cualquiera poco versado te contestará que la capital de Bolivia es La Paz. Si indagas, averiguarás que, en realidad, es Sucre. Eso asegura la Constitución del país. Y es en esta ciudad donde se ubica la sede del órgano judicial. Pero resulta que es en La Paz donde se ubican los órganos legislativo y ejecutivo de la nación. De ahí la confusión. De ahí que Sucre siga reclamando la autoridad que, como capital constitucional, debería tener y que, en numerosos casos y medios –incluidos no pocos libros de geografía– se le usurpa.

 

Además, la dubitativa capital boliviana es punto de partida (también de llegada) en el trazado ferroviario que la une a la mítica Potosí.

 

La mítica Potosí… cierto: un mito construido a base de sangre y esclavitud, de dolor y piedras preciosas. Sumaj Orcko, llamaban los incas al expoliado Cerro Rico, que digería en sus entrañas la mina de plata más grande que jamás se conoció. A día de hoy, desventradas ya dichas entrañas, carentes de vida mineral aprovechable, es la vida humana la que pulula sus galerías de gas y derrumbe. Aquel fatídico Imperio Español, aquellas huestes llegadas de Europa, se aplicaron en extirpar a la Pachamama sus tesoros. Ya no queda nada en el Cerro Rico. Su visión de loma horadada y funesta sobrecoge y, hoy, los bolivianos pretenden tomarse la revancha sacando la plata a los turistas. Claro que, a cambio, les ofrecen el espectáculo más denigrante del que pueda ser testigo el ser humano. Niños prematuramente ancianos y ancianos premeditados jalonan estas galerías, corriendo arriba y abajo mientras beben alcohol de 90º y ofrecen cigarros y licores al Tío de la Mina, el dios que rige los destinos de todo aquel que se zambulle en las entrañas de la tierra. Más que un dios, el Tío de la Mina asemeja un diablo. En casi cada corredor de la mina se ubica una grotesca figura de aspecto decididamente inhumano, rodeada de velas, cigarros, botellas de licos, pedazos de papel y de ropa…

 

Es al Tío de la Mina a quien los mineros del Cerro Rico (y de cualquier mina boliviana) ofrendan los restos materiales de sus excesos, para seguir caminando con vida los corredores de muerte prematura de los yacimientos minerales. Él los protege. Ellos saben que su vida puede desaparecer en una explosión de grisú, que tal vez no vuelvan jamás a ver la luz del día. Por eso beben alcohol, fuman, castigan su cuerpo independientemente de la edad… que así la muerte no les hallará conscientes. Pero mientras lo hacen conducen a grupos de sorprendidos turistas por las entrañas del Cerro Rico. La miseria, una vez más, convertida en espectáculo.

 

Pero no ahondemos en la herida. Lo importante es que Potosí se encuentra a 3.900 metros de altura, mientras que Sucre sólo a 2.800. Y la distancia entre uno y otro la salva una vía férrea que, antaño, expandió metales y víveres entre los moradores del altiplano. Pero no muerde sus rieles ferrocarril alguno. No hay tren que recorra esta férrea trayectoria que une ambas localidades. Como sustituto a los vagones del ingenio eléctrico recorre el trazado un viejo autobús marca Volkswagen, con capacidad para apenas 30 personas, cuyos neumáticos han sido sustituidos por unas ruedas de hierro muy similares a las de los primeros trenes que vio nacer el mundo moderno. Imagino que éstas habrán sido sustraídas a los añosos convoyes que recorrieron, antaño, el país.

 

La primera estación –última si el recorrido se hace a la inversa–, El Tejar, permanece anclada a la orilla del valle que inaugura las calles de Sucre, como flotando en una niebla de abandono intemporal, adultas ya las hierbas, crecidos los matorrales, plásticos y desperdicios entre sus raíles oxidados. El jefe de estación, de rostro esculpido a fuego por siglos de indigenismo, se emplea a fondo en convencer al turista de que, a pesar de lo comúnmente comentado, no todos los bolivianos son reacios a entablar conversación con el extranjero. No sólo conversa y sonríe y agradece y abraza y estrecha manos y brazos sino que se encarga de reservar al foráneo el mejore asiento, para que pueda disfrutar el viaje. No es algo de lo que me sienta orgulloso, menos al observar cómo comienzan a anidar en la estación un número considerable de aldeanos cargados de bolsos, aguayos, niños recién nacidos o recién iniciados en la pubertad, útiles de labranza, bolsas con fragantes alimentos acabados de sacar del fogón, y un sinfín de bultos que me hacen dudar de la posibilidad de que el vetusto Volkswagen pueda cargar todos estos en su parte superior, como parecen pretender los viajeros. Por supuesto, los que comienzan a apiñarse alrededor del vehículo son muchos más de los 30 que pueden tomar asiento en las butacas del interior del vehículo. Comprenderé, después, que no es impedimento el viajar de pie, durante inacabables horas, para quien no tiene otra manera de desplazarse.

 

Orgullo o prepotencia del viajero que, a pesar de tener por costumbre el hollar caminos poco transitados, pretende conocer mejor que los lugareños los métodos a emplear, en este caso para recorrer los pocos kilómetros que les separan de sus viviendas y a las que, de no ser por la existencia del buscarril, tardarían varios días en llegar.

 

El buscarril es el único medio de transporte utilizado por los pobladores de estas montañas. Así pueden bajar a Sucre o Potosí para emprender la venta de los pocos alimentos que hayan logrado arrancar a la Pachamama (papa, chuño, quinua y algún que otro cereal) y, de nuevo, regresar a su hogar. También es utilizado este extravagante medio de transporte para hacer llegar paquetes y cartas a los vecinos de estas localidades que muerden el cielo y ven pasar los años al mismo ritmo indolente con que se trasladan las nubes, las estaciones, los nacimientos y fallecimientos de vecinos y familiares y, de tanto en tanto, la figura grotesca del buscarril, que rebana el cauto silencio de las cordilleras con su lento fulgor amarillo y el estrépito amable de su bocina. Porque amarillo es el color que refulge su carrocería, como si hubiese sido pintado ayer mismo. Ni un arañazo, ni una mancha, aquí, en Bolivia, donde todo vehículo se decora de herrumbre y calendarios.

 

Juana es una de las muchas personas que utilizan el buscarril al menos un par de veces por semana. En primer lugar para desplazarse hasta Sucre, a efectos de disponer en las afueras del mercado municipal la recolección de papa que le proporcionará crédito suficiente para sobrevivir el resto de la semana. Después, pasados los días, para regresar a su casa, en las inmediaciones de la estación de Vila Vila, a casi 3.000 metros de altitud, y hacerse con una nueva carga de tubérculos. Y vuelta a empezar. Juana no conoce el desliz placentero del fin de semana, ni tiene calendario laboral que la advierta de los días feriados. Ignoro la edad de Juana, pero aventuro que está más cerca del centenario que de la cincuentena. Sus manos acogen surcos más pronunciados que los que ha de arañar para extraer la papa de los ariscos campos. Su mirada se atraganta en una extraña intensidad que te obliga a olvidar lo anciano de su rostro. Su conversar es pausado, más por intentar encontrar las palabras adecuadas en español, creo, que por poca prisa a la hora de exponer sus pensamientos. Juana sólo utiliza la lengua de los antiguos conquistadores para mejor vender su mercancía en la ciudad. El resto del tiempo departe con vecinos, familiares y amigos en puro quechua.

 

El quechua, ese idioma con que se comunicó el Imperio Inca, el de mayor extensión y poder de todo el continente sudamericano hasta la llegada de los conquistadores hispanos. Un idioma que aún se mantiene vivo, fresco y ágil, en el altiplano boliviano, como conservado en las ventiscas de hielo que peinan sus cerros. Y nada tiene esto que ver con la propaganda gubernamental, esa con que pretenden epatar al extranjero, esa que les encumbra a la nación boliviana como adalid de las razas ancestrales. Sí, el quechua ya se habla en colegios e instituciones, en ministerios y zonas comerciales. Al menos debería hablarse. Pero cuando transitas cualquier metrópoli comprendes que la realidad es muy otra, y el indígena sigue siendo vilipendiado por todos aquellos que han hecho del comercio modo de vida holgada y egoísta. La sociedad boliviana se debate en la esquizofrenia. Socialismo al poder y yankees go home. Vacaciones en Miami y modo de vida USA como horizonte por el que luchar. La ley obliga a que ningún ciudadano quede desatendido por no conocer la lengua de los conquistadores. Pero quienes viven en el altiplano, los habitantes de los cielos, nunca conocieron otro idioma, y no por esta novedad legislativa tienen más fácil acceso a una vida menos incómoda, más longeva. Como no hablo quechua no puedo preguntarles qué preferirían, si seguir dialogando únicamente en su idioma originario y permanecer anclados al esfuerzo y la altitud, o aprender español y poder ver cubiertas sin tanto dolor sus necesidades básicas. Me quedo con la duda.

 

Y así, arracimado a la pausada floración del idioma nativo, intentando hallar pespuntes de vida en las costuras que arañan los labios siglo y ayer de Juana, absorto en la desconsolada belleza del paisaje colindante, las cerca de tres horas que emplea el buscarril para llegarse desde Sucre hasta el apeadero de Vila Vila se diluyen en un placentero paseo por la orilla de la bóveda celeste.

 

Vila Vila viene a ser el punto intermedio del recorrido. No hay casas a la vista, ni calles, ni senderos. Tan sólo la destartalada construcción que hace las veces de estación ferroviaria, y en cuyas paredes apoyan su hastío numerosas mujeres que reciben la llegada del vehículo casi saltando de los lugares que ocupaban, lanzándose en pos de los viajeros que bajan a estirar las piernas, armadas de jugos, empanadas, api, cuñapés (sí, aquí, tan lejos del trópico), y un sinfín de artesanas viandas de veloz digestión y escueto precio. Así que me abro paso entre las vendedoras que, al ver cómo pretendo ayudar a Juana a descender del techo su aguayo, comienzan a reírse de manera estrepitosa y profieren palabras que no comprendo, a pesar de ser su único destinatario. Juana me agradece infinitas veces antes de internarse en la frondosidad del bosquecillo colindante. Aún le queda un paseo cercano a los 10 kilómetros para llegar a su casa, me explica Basilio. Una decena de kilómetros, a más de 3.000 metros de altitud sobre el nivel del mar, con una edad matusalénica y un aguayo cargado de cachivaches al que mis estimaciones adjudican un peso cercano a los 40 kilogramos. Adiós, Juana, un placer. Hasta llegar a Vila Vila, el viejo Volkswagen ha devorado apenas la mitad del recorrido total, que es de unos 175 kilómetros. La velocidad del aparato la ha mantenido Basilio, de manera constante, a unos 30 km/h. Al menos es lo que he podido advertir desde el privilegiado lugar que ocupo en su interior.

 

No es baladí la importancia del trabajo que realizan Basilio y su compañero, Carlos, que hace el recorrido firmemente aferrado a lo que se supone el asiento del copiloto. Si utilizásemos uno de esos modernos programas que, en internet, nos permiten ver el trazado de nuestros periplos vía satélite, nos sorprendería lo retorcido, enrevesado y caprichoso del que recorre el buscarril. Pero no es caprichoso. Sólo responde a la necesidad de salvar, casi de manera constante, terrenos de irregularidad obscena, para evitar una mala caída, un mortal traspiés. Esto no siempre es cómodo. Basilio aparenta, quizás por ello, tan taciturno y poco dado a más charla de la que emplea para saludar efusivamente a cada uno de los labriegos que, sin previo aviso, en un recodo del camino frente al que el único paisaje es el rebaño de nubes colindante, aparece manoteando el aire. Alguno de éstos hace señas a Basilio para que aminore la marcha. Éste frena a pocos metros de la estoica figura que, con sorprendente agilidad, salta al interior del vehículo casi antes de que la puerta haya quedado definitivamente abierta. Y no son pocas las ocasiones en que Basilio ha de detener el vehículo de manera brusca, y Carlos debe apearse para retirar de entre los raíles peñascos arrastrados por algún desprendimiento de tierra, e incluso algún que otro cuerpo animal hinchado por la descomposición que, imagino, pasó sus postreras horas a la espera de que algún caminante ocioso le restituyese el alimento y, de paso, la vida.

 

A casi 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, rodeados sólo por la inmensidad inabarcable de riscos y mesetas, sorprendidos ante la presencia lejana y minúscula de aquel puente que, al cruzar en el inicio del recorrido, creímos inacabable, esas personas que caminan como pastoreando los cielos, en el epicentro de la nada más absoluta, me recuerdan aquellas figuras que, en la infancia, veía caminando, al atardecer, las inabarcables llanuras castellanas. En aquel entonces, a lomos del vehículo familiar, no podía dejar de preguntar a mi padre: “¿A dónde van?, “¿de dónde vienen?”. A lo cual mi progenitor respondía lacónicamente: “A trabajar”, “de trabajar”. Claro que yo nunca pude imaginar dónde se ubicaría su lugar de trabajo. Pero más difícil es imaginarlo en estos parajes bolivianos que rezuman soledad. Ni tan siquiera soy capaz de atisbar los supuestos cultivos que proporcionen alimento a los habitantes de estas regiones. Ni rastro tampoco de los animales de carga o tiro que les debieran ayudar en sus labores campestres. Juana intentó, momentos antes de llegar a Vila Vila, explicarme que la vida allá, en las alturas, no es tan difícil como pueda aparentar. Yo no terminé de convencerme, y acusé a su escaso conocimiento del idioma español la imposibilidad de explicarme los arduos problemas a que, de seguro, han de enfrentarse los habitantes del altiplano para mejor sobrellevar el día a día.

 

Abandonamos Vila Vila. El estruendo comercial de las vendedoras de vituallas queda silenciado por el ronroneo monocorde del buscarril. Juana, ni que decir tiene, desapareció entre la arboleda sin siquiera decirme adiós. Pienso que ella porta en su carácter la genética de la explotación, la que ha configurado el sufrimiento de este pueblo desde hace siglos, configurándoles como personas de parca expresividad y pronunciado silencio. Es inevitable pensar en esa genética de la explotación que menciono, dirigiéndome, dentro del buscarril, hacia la ciudad en que con mayor brutalidad fue aquella sufrida por sus habitantes: Potosí.

 

El vehículo inicia un sosegado vaivén, al ritmo de ascensos y descensos en que se magnifica el arpegio de terraplenes y simas. En ocasiones, el vértigo invade al viajero poco avisado. Tales son los equilibrios que imagina debe hacer el conductor para mantener el vehículo sobre unos rieles que se asoman a laderas imposibles que fallecen, de manera abrupta, en lagos, lagunas, cursos fluviales. Alrededor de estos es cuando comenzamos a descubrir los primeros signos de vida organizada: pequeñas viviendas de adobe, enhiestos campanarios de feligresía católica, sembradíos hortícolas profusos en color y variedad, niños incluso, jugando a la ley de la gravedad. Con lentitud de cóndor ebrio vamos alcanzando tierras más amables pero tal vez, qué le vamos a hacer, menos espectaculares.

 

Aún hay quien pide parada en medio de la nada, y desciende trabajosamente del interior de la vieja vagoneta. Por más que intento adivinar su recorrido, lo pierdo en el primer recodo pedregoso.

 

Hasta que arribamos a Betanzos y, ante la inminente parada de diez minutos que anuncia Basilio, doy inicio a la manufactura de un cigarro y decido fumarlo, una vez detenido el vehículo, en su compañía. Él acepta mi ofrecimiento de fumar tras inquirir insistentemente si no es marihuana lo que inhalan mis pulmones. Le tranquilizo haciéndole ver que sólo es tabaco. Acepta. Fuma en silencio. Le explico que existe un pueblo en España de igual nombre, una localidad cercana a la costa cantábrica. Él me relata la historia de rebelión y venganza de Miguel Betanzos, el guerrero criollo.

 

Fumado el cigarro, intercambiadas breves frases, nos encaramamos de nuevo al vehículo, por la misma puerta –el viejo Volkswagen tiene el portón del conductor indefinidamente sellado–. Abandonamos Betanzos y nos internamos ya, de manera ineludible, en la extensa y, ahora sí, tediosa línea recta que nos conduce hasta Potosí. Llegando a la ciudad arrecian los vertederos nacidos al albur de las industrias de extracción mineral. Los flancos del recorrido se pueblan de uralitas y miradas hoscas, a orillas de los raíles. Una negrura como de fin del mundo asfixia el ambiente, y los ya escasos viajeros entran en un estado de sopor macilento.

 

Tras unas horas de travesía que amenazan dar al traste con lo bucólico del desplazamiento, al fondo, recortando el firmamento con su doloroso perfil de hambre y avaricia, aparece el Sumaj Orcko, el Cerro Rico que mis antiguos compatriotas desvencijaron, en su orgía de rapaz codicia, para arrancar a la Madre Tierra sus vísceras de plata, a efectos de enviarlas a la corte hispana para que ésta pudiese pagar las deudas contraídas con la recién nacida banca británica. Fue el inicio de esta loca carrera mercantilista de avasallamiento y desguace a cuyos estertores me gustaría imaginar que estamos asistiendo.

 

Como presagiando las malas vibraciones que aún enredan la brisa potosina, el cielo se torna oscuro y el bus carril sufre una avería, casi a las puertas de la segunda ciudad poblada por más de 100.000 habitantes más alta del planeta, entre chabolas ruines y miradas envenenadas por la ociosidad de la pobreza.

 

Basilio resopla. Mira hacia atrás, pronuncia unas palabras en quechua que sirven de acicate para que los pocos oriundos despierten de su somnolencia y abandonen el vehículo, retorna su mirada a mí a la par que recupera su habitual silencio, mira al frente, da vuelta de nuevo a su cabeza, me sonríe y pregunta: ¿Me invitás otro cigarro de esos? Creo que la avería va a llevar su tiempo.

 

En la televisión ya no aparecen los riscos bolivianos, ni Basilio, ni Juana. Ya anda el presentador embarcado en un nuevo viaje ferroviario de cartón piedra, en esta ocasión por las estepas rusas. Creo que he dejado de mirar la pantalla en la primera ocasión en que Basilio y el presentador se mostraban locuaces y jocundos ante la cámara. Sé que no es real. Buena plata le habrán tenido que pagar al conductor del buscarril para sonsacarle tantas palabras. A pesar de todo, quiero pensar, Basilio continuará ejerciendo de conductor altiplánico, comandante de ese navío ferroviario que sortea nubes y ayer, allá lejos, en Bolivia. Porque, ya lo decía al inicio, en Bolivia el tiempo no pasa, y todo es inmutable. Aunque, bien mirado, tal vez no sea que Bolivia es inmutable. Tal vez sea sabia, y lo que hace es enseñarnos, con el ejemplo, que nada en la vida cambia, por más que lo deseemos, por más que nos vaya la vida en ello. Que todo es inmutable, o sea, y el tiempo se repite con la exactitud de los relojes.

 

 

 

 

Pablo Cerezal (Madrid, 1972) es escritor, articulista y fotógrafo. Se estrenó en el panorama literario con su novela Los Cuadernos del Hafa (Ediciones Carena, 2012). Ha publicado el volumen de crónicas Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), escrito conjuntamente con el autor boliviano Claudio Ferrifino-Coqueugniot (Ediciones Lupercalia, 2016, España - Editorial 3.600, 2015, Bolivia). Escribe los blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado. Ha participado en la antología de poesía erótica Erosionados (Origami, 2013), y en El Descrédito. Viajes Literarios en torno a Louis-Ferdinand Céline (Lupercalia, 2013), que rinde homenaje al controvertido autor francés, así como en Vinalia Trippers. Colabora con La Razón (Bolivia), El País (España), Red Marruecos (Marruecos) y Esto no es una revista (Argentina). En FronteraD ha publicado Vivir y morir en BenarésPequeño inventario de literatura yonqui. Drogas y literatura, un paseo personal y Perdiendo el norte en Corea del Sur. Viaje al país de la eterna primavera. En Twitter: @pablo_cerezal 

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