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    Habitaciones de soledad y miedo. Corresponsal de guerra, de Vietnam a Siria

    Vicente Romero - 07-07-2016

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    Habitaciones de bienestar. Maputo, Mozambique

     

    Acabo de comprobar que, a pesar de cuantas amarguras alimentan mi pesimismo, el mundo está en orden. Y que lo esencial funciona. Porque se ha abierto la puerta de la habitación que ocupo en el lujoso hotel Polana de Maputo –una pequeña joya arquitectónica levantada en 1921 por los amos portugueses de la capital colonial, que entonces se llamaba Lourenço Marques– y un sirviente negro con chaleco dorado, tras darme las buenas tardes y pedirme permiso para entrar, ha depositado sobre la cama una bandeja de yute primorosamente trenzado, con mi ropa limpia.

     

    Las camisas lavadas, planchadas con almidón, plegadas sobre un armazón de cartulina, con pajaritas de papel adornando sus cuellos y embutidas en bolsas de plástico selladas, suponen una visión tranquilizadora. Contemplándolas he sentido la seguridad de saber que, en el salón que da acceso a los jardines del hotel, el pianista mozambiqueño continuaría tocando suavemente melodías de tiempos mejores sin que nadie le prestara atención. Y también que la enorme piscina, situada en una terraza que se alza frente al Índico, permanecerá iluminada durante toda la noche por si cualquier huésped asaltado por una pesadilla necesitara comprobar que todos los lujos que nos están injustamente reservados continúan ahí, esperando a que finalice nuestro bien ganado descanso y decidamos disfrutarlos.

     

    El teléfono me conecta con Madrid. Mi amigo Juan Antonio Moreno, director de producción de TVE, me pregunta si no estoy pasando demasiado calor, y le explico que tengo el balcón abierto para respirar la brisa del mar al anochecer. A continuación me llama el embajador de España en Maputo para contarme qué equipos forman el grupo de la Champions que le ha tocado al Real Madrid. Sí: todo sigue en orden; el mundo marcha.

     

    Debería de vencer la pereza a que predispone el bienestar del Polana y ponerme a escribir sobre la visita que por la mañana hicimos al T3, uno de los barrios más empobrecidos de la capital mozambiqueña, que, por carecer de todo, ni siquiera tiene nombre. Una letra y un número bastan para identificar el lugar donde se levantan sus casuchas de adobe y cañizo, junto a la cárcel de Machava. Ese establecimiento penitenciario proyecta su sombra amenazadora sobre el T3 como única promesa de futuro para un vecindario que sobrevive privado de casi todo. Los misioneros maristas mantienen la escuela de Nossa Senhora do Livramento, el único centro de enseñanza secundaria del distrito, de cuyo entorno social da idea que el ordenador del centro esté protegido por una jaula de gruesos barrotes, con una ventanilla por la que sale y entra el teclado. Su director, el español Alberto Vera, nos explicó que no conseguía mantener un profesorado estable porque cada curso el sida mataba a varios maestros sin que hubiera quienes los reemplazaran. Para solucionar el problema, el colegio solicitó que las autoridades permitiesen salir de la cárcel a algunos reclusos cualificados para ejercer como enseñantes. Pero se impuso la solución contraria, ante el temor de que los presos aprovecharan la actividad docente para fugarse. Y, así, los alumnos entran cada día en el recinto penitenciario para recibir clases. “Saben que van a la cárcel para no tener que ir a la cárcel en el futuro”, comentaba Alberto.

     

    Sentado ante el ordenador, busco con la vista la copa de drambuie que olvidé a medias. El hielo se ha derretido. No importa. El minibar, provisto de caprichos en abundancia, me garantiza más existencias de pequeños lujos desconocidos para la inmensa mayoría de los mozambiqueños. Mientras me sirvo otro carísimo licor de malta con miel importado de Europa pienso que, en los más humildes bares de Maputo y en las tertulias callejeras de los barrios, las copas del atardecer son del llamado whisky xangana: alcohol producido en destilerías artesanas a partir de caña o piel del cajú, cuya simiente es el sabroso anacardo, un líquido amarillento que sirve para conectar con los espíritus y desahogar las penas.

     

    Abro un paquete de almendras tostadas, traídas desde California, doy un par de tragos de drambuie y sigo tecleando las notas de rodajes de la jornada. Por la mañana una misionera de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl nos contaba que la gente se muere a puñados a causa del sida en el hospital de Chokwe, a algo más de dos horas en coche al norte de Maputo. No disponen de fármacos suficientes, pero, si los tuvieran, tampoco podrían suministrarlos por falta de las elementales infraestructuras sanitarias precisas. Y porque muchos de los enfermos no ingieren la dieta mínima para resistir la agresión química que la medicación supone. La religiosa lo comentaba con palabras dolorosas: “Si no podemos darles un vaso de leche diario a nuestros pacientes, ¿cómo vamos a pensar en pagar las facturas de los grandes laboratorios farmacéuticos?”.

     

    Entretanto, mis camisas recién lavadas, almidonadas y planchadas permanecen sobre la cama. Es una tontería que no me haya atrevido a meterlas en el armario. En el fondo, tampoco necesito contemplarlas para saber que la sociedad de privilegiados a la que pertenezco se prolonga artificialmente y continúa envolviéndome, para protegerme de la miseria que da cerco a la ciudad. Los hoteles constituyen confortables refugios donde engañarnos y afianzar nuestra necesidad de creer que, pese a todo, el mundo tampoco funciona tan mal. El Polana no sólo nos mantiene aislados de la realidad mozambiqueña, sino que nos vacuna contra los efectos de su durísima visión, proporcionándonos una gratificante terapia de lujos para que sigamos siendo quienes éramos antes de pasearnos por los escenarios de la injusticia. Atrincherarnos en sus habitaciones nos vuelve capaces de sentir que esos barrios de adobe que hemos filmado no son más que paisajes lejanos, escenarios de vidas tan ajenas como imposibles de imaginar.

     

    Las melodías familiares que el pianista toca y repite incansablemente cada día consiguen que las cosas más duras que hemos visto y escuchado nos parezcan escenas de fábulas africanas imaginadas por un novelista inglés. Por ejemplo, la historia que esta tarde corría de boca en boca por las callejas del T3 sobre una mujer detenida entre los contrabandistas hormigas que van y vienen de un lado a otro de la frontera sudafricana. La policía de fronteras abrió su saco de legumbres y encontró un cargamento de testículos humanos, que en Sudáfrica se pagan bien para actos de hechicería.

     

    En esa “alienación del bienestar” garantizada por los grandes hoteles encender el televisor no equivale a establecer una conexión con el mundo exterior. Porque en la pantalla sólo aparece la cara iluminada de la Tierra; es decir, la información y la diversión propias de los países enriquecidos, espejo de los intereses de nuestra sociedad de oropeles que, para probar su firmeza y superioridad universal, se manifiesta mediante la presencia de camareros de exquisitos modales y chalecos dorados que traen puntualmente nuestras ropas, apiladas sobre una bandeja de artesanía elaborada por algún indígena hambriento a cambio de una milésima parte del dineral que pagamos por ese reconfortante servicio de lavado-almidonado-planchado-plegado-etcétera.

     

    Pongo la televisión y resuena la voz inevitable de la CNN, que, como decía Neruda sobre la Voice of America, “es como oír a una gallina rara”. Al inglés que sus locutores mastican como el chicle se suman los efectos de un continuo batiburrillo de imágenes donde, entre titulares tan rotundos como ambiguos, la actualidad se mezcla con el archivo mientras el faldón de la biz bar (la “barra de negocios”) presenta los últimos datos del mercado financiero internacional con la veneración que merecen las esencias fundamentales del sistema.

     

     

    El interminable diluvio de letras y cifras de los negocios de los poderosos me lleva a recordar la anécdota que ayer volvió a evidenciar la existencia de las dos economías superpuestas en los países más empobrecidos del planeta. En una sucursal bancaria pedí que me cambiaran unos euros por dinero mozambiqueño para traérselo a un amigo coleccionista de monedas. Como respuesta, el cajero me regaló un buen puñado de meticales. “No sirven para nada; lo que le he dado son sólo unos céntimos de euro”, me explicó. Le faltó decir que el metical sólo lo utilizan los condenados a la pobreza, cuyas vidas y ambiciones tampoco cuestan casi nada. Los camareros del Polana jamás aceptarían una propina en ese dinero sin valor, con el que una nación entera paga sus gastos cotidianos en los mercados callejeros y las tiendas de los barrios. Pero no en los bancos, locales donde los miserables jamás penetran, sin que haga falta prohibirles la entrada. Y los empleados bancarios regalan a los clientes extranjeros ese toy money, dinero de juguete, como un recuerdo sin valor.

     

    Enseguida me siento agredido, tanto por el mensaje final que la CNN transmite como por el tono que emplea. Prefiero la penuria de medios de la televisión mozambiqueña, que ofrece una ventana estrecha para asomarse a otro mundo insospechado, más allá de la pobreza, de dignidad y esperanza. Pero tampoco lo aguanto mucho rato. En un canal internacional de deportes encuentro la repetición de un partido jugado por el Bayern de Múnich en un campo helado de Bielorrusia, con las bocas de los espectadores humeando al cantar o gritar. Otro mundo. Esta tarde una veintena de chavales descalzos jugaban al fútbol con una pelota de trapos atados con cuerdas junto al colosal basurero de Maputo, también humeante pero por la putrefacción. Su sueño es emular al mítico Eusebio, la perla negra o la pantera de Mozambique, el famoso futbolista portugués que nació en Mafalala, uno de los peores barrios de Lourenço Marques, y huyó de la miseria corriendo tras un balón.

     

    Vuelve a sonar el teléfono. Mis compañeros Evaristo Canete y Carlos Dias Oliván proponen que cenemos un arroz con mariscos en Manjar dos deuses, uno de los mejores restaurantes de la ciudad, donde suelen darse cita los expatriados de las organizaciones humanitarias que actúan en Mozambique. No tengo hambre. Y en mi mesa están abandonadas varias dulzainas que esta tarde compramos por vicio en Versalles, la mejor de las confiterías que los portugueses dejaron como parte de su herencia cultural. Un nombre que parecía comercial durante el dominio de los petulantes colonos lusitanos pero que resulta inadecuado para la modesta clientela africana, y que contrasta con el de la pequeña tienda de alimentos vecina, mucho más enraizado en la realidad: Ganha pouco.

     

    Yo preferiría volver al que es mi comedero favorito en Maputo desde antes de la independencia: el Pipiripí (que en castellano sería Quiquiriquí), un establecimiento popular cuyo éxito a lo largo de los años se ha basado en la fórmula “pollo asado, patatas y cerveza”, donde he cenado incontables veces con compañeros tan queridos como Outi Saarinen, Jesús Mata o José Jiménez Pons. Una noche, al entrar en su terraza con Andrés Menéndez y José Marténez se nos acercó uno de los críos harapientos que siempre pululan por sus alrededores y nos entregó unas monedas para que le comprásemos una ración de patatas fritas, ya que los camareros no permitían entrar a los limosneros. Cuando salimos con la bolsa de papel, un pequeño grupo de niños nos esperaba en la acera. Estaban hambrientos y habían juntado sus dineros para compartir aquella modesta comida. Entonces decidimos invitarlos a cenar con nosotros. “Estos golfillos no pueden entrar aquí”, nos informó el encargado del local. “Estos señores son nuestros invitados”, respondimos con firmeza.

     

    Media docena de críos compartieron varios galetos con los tres periodistas, nosotros con cervezas y ellos con vasos de leche. Durante la cena nos contaron que vivían y dormían en la calle, acurrucados unos con otros bajo unos cartones. El mayor, diez años; seis, el más pequeño. Ninguno sabía lo que era una madre ni un colegio. Uno se llamaba Barata (cucaracha) y otro Castigo, nombres tradicionales africanos, traducidos en la época colonial. Tras los abundantes postres, la pandilla volvió a la calle con el encargo de cuidarnos el coche, que era su negocio habitual con los extranjeros. Y cumplieron a conciencia aquella tarea, con la que pretendían devolvernos el favor: al salir, los encontramos a todos dormidos, abrazados a las ruedas del vehículo. Un año después, cuando volví a Maputo con Canete y Martínez, un grupo de niños corrió hacia nosotros gritando y se nos colgaron del cuello. “Ustedes nos invitaron a cenar en el Pipiripí”. Aquella noche había sido para ellos una excepción inolvidable.

     

    Pero Canete y Oliván insisten en ir a Manjar dos deuses. Y tengo que ceder. Disfrutaríamos una cena copiosa. Tanto que la abundancia de las sobras nos causaría malestar. Y pediríamos que nos las empaquetaran para llevárnoslas a los alrededores de la preciosa estación de ferrocarril, donde permanece anclada la primera locomotora que tuvo Mozambique. Al anochecer habíamos visto allí una bandada de criaturas arrebujadas contra un muro: críos abandonados, niños y adolescentes separados de sus familias, unos huérfanos, otros perdidos, algunos exsoldados. Pararíamos el coche y enseguida comenzarían a surgir pequeños bultos de la oscuridad para suplicar una limosna. Nuestras sobras les parecerían un festín tan espléndido como inesperado. Nos preguntaríamos qué estábamos haciendo. ¿Caridad, ayuda, descargar la mala conciencia? Y yo recordaría una vez más a Jean Ziegler: “Los buenos sentimientos no son suficientes; son un lujo para los hijos de los ricos”*. Finalmente, acabaríamos la noche refugiándonos en el Luso, un famoso bar del puerto repleto de borrachines atraídos por sus strippers blancas.

     

    Todo ello ocurriría lejos, infinitamente lejos del Polana; es decir, a kilómetro y medio de distancia, donde las casas son de cañizo o adobe. Otro mundo, cuyos habitantes se esfuerzan en sacar agua de los pozos para hacer una masa con harina de mijo y cenar antes de dormirse en la oscuridad, sin electricidad que caliente ni ilumine sus miserias desde el atardecer hasta la salida del sol. Nada de él tiene que ver con el mundo aparte de mi hotel, cuyos lujos sirven de antídoto contra el vértigo interior de quienes nos asomamos al vacío social los instantes precisos para retratar la pobreza extrema y la injusticia radical que desconocemos en la alienación de nuestros privilegios. Ziegler explica que “la mayoría de nosotros no se atreve a ver el mundo tal cual es; de hacerlo así, nos volveríamos locos”.

     

    Por eso, antes de salir de la habitación, vuelvo a asomarme al balcón para contemplar esa piscina iluminada que resume los valores eternos, occidentales y cristianos, conforme a los cuales me enseñaron a vivir. Sus reflejos azules, mis camisas embutidas en bolsas de plástico y las melodías del incansable pianista negro del salón consiguen alejarme de la realidad circundante –de la realidad real agigantando al tonto que llevo dentro: un imbécil satisfecho que esta noche, otra vez más, cenará bien y dormirá mejor tras escribir una crónica para el Telediario sobre las insuperables miserias de Mozambique.

     

    Los centuriones. Los hermanos Marx en Sarajevo

    Durante la guerra de Bosnia, entrar en el cuartel general de la Unprofor en Sarajevo era como ir de visita a un manicomio made in Hollywood, en cuyas dependencias las camisas de fuerza habían sido reemplazadas por uniformes de camuflaje. Las tropas del cuerpo de guardia que custodiaban el recinto eran francesas y no hablaban inglés. Al otro lado del patio, los encargados de controlar el acceso de visitantes pertenecían al Ejército británico y no comprendían ni palabra de francés. Sin embargo, estaban obligados a comunicarse entre sí día y noche por medio del radioteléfono. Sus conversaciones resultaban desesperantes, obstaculizaban las gestiones más simples e impedían que se lograra un mínimo de coordinación y eficacia, además de frustrar cualquier medida de seguridad. Esa situación imposible se mantuvo durante meses, sin que el alto mando la detectara ni nadie se molestara en organizar un cursillo acelerado de francés y/o inglés elemental, ya que no se había pensado en reclutar a soldados con conocimiento de idiomas, ni tampoco en recurrir a la ayuda de traductores.

     

    En septiembre de 1995, se anunciaba especialmente complicado el paso a través del monte Igman, y tuve que acudir a la sede de Unprofor para solicitar plaza en un vuelo castrense hasta la base aérea de Ancona, en el norte de Italia. Al cabo de media hora de diálogos delirantes entre soldados anglófonos y francófonos acabé por hacer de traductor entre unos y otros. Logré así abrirme paso hasta la denominada “oficina de asuntos civiles” –de la que dependía el transporte de periodistas–, aunque jamás estuvieron definidos los límites de sus competencias ni mucho menos los derechos de los usuarios. En sus dependencias, un correcto oficial de Su Majestad Británica me informó, con el habitual tono rotundo de las gentes de su oficio, sobre las condiciones para acceder al avión militar que yo pretendía coger, ya que las compañías civiles habían dejado de operar muchos meses antes:

     

     —Dispone usted de una plaza reservada que acabo de asignarle. Tiene que presentarse en la oficina de vuelos con una hora de antelación.
    —De acuerdo. ¿A qué hora sale el vuelo?
    —Eso es información reservada que no podemos facilitarle.
    —Vamos a ver, tengo que estar en el aeropuerto una hora antes de qué hora...
    —Está muy claro: de la hora de salida del avión.
    —Pero tendrá que decirme la hora prevista del despegue...
    —Le repito que eso es secreto. Mire, aquí ni siquiera conocemos ese dato.
    —Entonces...
    —Habrá de enterarse por sus propios medios. Y presentarse una hora antes, insisto.

     

    Mi interlocutor me miraba con el mayor desprecio, cansado ya de mi presencia. Debía de pensar que yo era un civil estúpido. Y le parecería mentira que un periodista fuera incapaz de averiguar algo tan sencillo como la hora de salida de un avión, que probablemente, se repetía de forma periódica. Media docena de teléfonos que sonaban constantemente dificultaban nuestra absurda conversación. De fondo, a través del altavoz de una radio castrense, llegaban maldiciones en francés desde el cuerpo de guardia, sin que nadie prestase atención a sus mensajes en la lengua de Molière. Varias mujeres uniformadas atendían a civiles bosnios que, con ingenio, también habían logrado superar aquella barrera lingüística que las fuerzas de Naciones Unidas mantenían en sus instalaciones. Sus cuestiones, formuladas en tono de súplica, eran respondidas de forma maquinal y entre las continuas interrupciones de oficiales que pretendían resolver en la “oficina de asuntos civiles” docenas de pequeños asuntos cotidianos de su vida militar. Cuando me despedía, surgió otro problema:

     

    —Un momento. ¿Sabe usted que sin casco y chaleco antibalas no le dejarán embarcar?
    —Ah, ¿no?

     

    Decididamente, yo era un civil estúpido. Lo ratifiqué con otra pregunta:

     

    —¿Dónde puedo conseguir un casco y un chaleco?
    —Aquí no.

    —Ya. Pero estará previsto...
    —Está prohibido facilitar equipamiento bélico a los civiles. Y la Policía Militar tiene orden de perseguir la compraventa de cascos o chalecos.
    —¿Qué puedo hacer, entonces?
    —Búsquese la vida.

     

    La vida había que buscársela en el militarizado aeropuerto de Sarajevo. Su oficina de vuelos se distinguía por un cartel en inglés que, clavado sobre la puerta, definía acertadamente su organización y funcionamiento con dos palabras: “Maybe Airlines”, las líneas aéreas del quizá, un nombre fruto del sentido del humor de los militares noruegos que la atendían. Y que hablaban perfecta mente inglés pero no francés y, por tanto, eran incapaces de entenderse con el cuerpo de guardia del aeródromo. Tampoco mostraban empeño alguno en conseguirlo:

     

    —Los noruegos matamos a las ballenas y a las focas. Si tuviéramos delfines en nuestro mar, también los mataríamos. Porque odiamos a los animales. ¡Así que más vale que no se acerque por esta oficina ningún francés! ¿Usted no será francés?
    —No. Vengo a preguntar por los vuelos a la base de Ancona.
    —Ya. Pues tome nota: quizá haya un avión mañana o quizá esta tarde, quizá existan plazas libres y quizá lo autoricen a disponer de una.
    —En el cuartel general me han asegurado...

    —Allí no quieren admitir que es aquí donde se toman las decisiones. Y aquí todo es maybe (quizás) hasta cinco minutos antes.
    —Así que no se sabe si mañana habrá vuelo a Ancona...
    —Está previsto para mañana a las ocho y cuarto.
    —Me dijeron que eso era información reservada.
    —Típico. Es que los ingleses no se enteran. Pero, si hay vuelo, será a las ocho y cuarto. ¿Le han dicho que venga una hora antes?
    —Sí.
    —Pero no le habrán informado de que está prohibido que entren civiles en la base antes de las nueve.
    —No.
    —Típico.
    —¿Qué tengo que hacer para entrar?
    —Venir antes de que toquen diana. Porque durante las noches no hay control de entrada. ¿A que tampoco tiene usted casco ni chaleco antibalas?
    —No.
    —Típico.
    —¿Podrían facilitármelos aquí?
    Quizá, amigo, quizá. Pero lo prohíbe el reglamento. Tendría que autorizarlo extraoficialmente el teniente.
    —¿Dónde está el teniente?
    —No está. Se ha ido a desayunar a la ciudad.
    —Será típico, ¿no?
    —Sí. ¿Cómo lo sabe?

     

    Al cabo de más de una hora de espera llegó el teniente, un oficial galo con apellido español que se apiadó de mi situación y se ofreció a prestarme un casco y un chaleco.

     

    —¿Cómo podré devolvérselos, si yo me quedo en Italia?
    —Entrégueselos al comandante del avión, para que me los traiga cuando regrese. Pero hágalo discretamente.
    —¿Qué tengo que decir si alguien me pregunta de dónde los he sacado?
    —Nadie le preguntará. Si hiciéramos averiguaciones, ningún civil podría conseguirlos. Y nadie volaría en los aviones de la ONU, ni los periodistas ni las organizaciones humanitarias..., así que tenemos instrucciones de hacer la vista gorda.

     

     

    Me los entregó de tapadillo, en una bolsa de plástico.

     

     

    —Servirán, aunque no sean de su talla. El reglamento dice que tiene que llevarlos, pero no exige que le sienten bien.

     

     

    El casco era diminuto. La cabeza no me entraba y parecía que llevara un sombrero de hongo azul. Por el contrario, el chaleco antibalas era king size. Gigantesco, me quedaba como un barril. El francés se reía con razón al contemplarme. Pero yo prefería vestirme de payaso que de centurión. Me habría molestado más el aspecto cuartelero que habrían podido darme esas prendas si hubieran sido de mi talla que aquel aire ridículo hasta la comicidad.

     

     

    A la mañana siguiente, disfrazado conforme al reglamento, me presenté en el aeropuerto. No hubo problema alguno para entrar. Ni siquiera registraron mi equipaje. Un soldado me condujo hasta una sala de espera, en el piso de arriba del barracón que ocupaban las Maybe Airlines. Al llegar al final de las escaleras, le propinó un aparatoso patadón a una puerta de madera y masculló, en el tono de quien repite una explicación rutinaria:

     

     

    —Es que se atasca y no hay otra forma de abrirla.

     

     

    La habitación estaba totalmente a oscuras. Como un acomodador de cine, ayudándose de una linterna, me mostró una silla pegada a la pared.

     

     

    —Siéntese ahí y espere con los otros hasta que los llamen.

    —¿No hay luz?

    —Ya ve que no. Se estropeó hace días y no la han arreglado...

     

    El fuego de varios cigarrillos, toses y alguna conversación en voz muy baja me permitieron calcular que una docena de viajeros había llegado antes que yo. Después, lo harían tres o cuatro más, siempre precedidos del sobresalto que provocaba el obligado patadón en la puerta. Aguardaríamos un buen rato, hasta que se nos dio la orden de salir apresuradamente. Bajamos las escaleras tropezando y corrimos por la pista, cegados por la luz del día y, tras sortear unas cuantas barricadas de sacos terreros, trepamos al interior de la panza de un C-130 que tenía los motores en marcha y despegó inmediatamente. Con las prisas, no acerté a ponerme el maldito casco, que llevé en la mano hasta dejarlo a mis pies cuando me senté en el avión.

     

     

    Sospecho que las urgencias, como los madrugones, que los militares siempre imponen no se deben tanto a sus hábitos o necesidades como al deseo de aparentar prontitud y eficacia. Y de igual modo estoy convencido de que la proverbial incomodidad de sus instalaciones, vehículos y equipamientos no obedece a razones de dureza o economía. Ni tampoco al espíritu espartano de la institución, sino a la pretensión de dotarla de un ambiente de austeridad capaz de amortiguar las acusaciones de dispendio en unos presupuestos de Defensa siempre discutibles. El caso es que las tropas transportadas a bordo de los cargueros militares, sin insonorizar y carentes del mínimo confort, tienen que llegar a sus destinos aturdidas por el ruido y con los riñones hechos polvo, lo que no garantiza precisamente las mejores condiciones para un trabajo que se presume tan arriesgado como políticamente delicado.

     

     

    La guinda a aquel encuentro con el espíritu de los hermanos Marx la puso, ya en la base de Ancona, una máquina tragaperras con la que se entretenían las fuerzas italianas. Un videojuego erótico llenaba la cantina de gemidos sexuales a todo volumen, y sus ecos se extendían por buena parte del cuartel de la OTAN, prestándole un ambiente absurdo de prostíbulo barato.

     

     

     

     

     

    Notas:

     

    * En El hambre en el mundo explicada a mi hijo, Barcelona, El Aleph, 2010.

     

     

     

     

    Estos fragmentos pertenecen al libro Habitaciones es soledad y miedo. Corresponsal de guerra, de Vietnam a Siria, de Vicente Romero, que acaba de publicar la editorial Foca.

     

     

     

     

    Vicente Romero (Madrid, 1947) es periodista. Desde la guerra de Vietnam a las de Irak y Siria, las cárceles secretas de la CIA y la prisión de Guantánamo, o la epidemia de ébola en Sierra Leona, ha asistido como enviado especial a los principales acontecimientos mundiales de las últimas décadas. Corresponsal volante del ya desaparecido diario Pueblo (de 1968 a 1984) y de TVE (de 1984 a 2012), escribe actualmente en el diario El Mundo. Algunos de sus más de 350 reportajes en Informe Semanal y En Portada le valieron galardones como Ondas Internacional, Víctor de la Serna, Cirilo Rodríguez o Club Internacional de Prensa. Es autor de libros periodísticos como El alma de los verdugos (con Baltasar Garzón; RBA, 2008), Palabras que se llevó el viento (Espejo de tinta, 2005), Donde anidan los ángeles (Destino, 2004), Misioneros en los infiernos. Del corazón de África al Amazonas (Planeta, 1998) y Pol Pot, el último verdugo. Viaje al genocidio de Camboya (Planeta, 1998), y las Los placeres de La Habana (Planeta, 2000) y El miedo es un camello ciego (Destino, 2002). 

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