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    Una interviú a Galdós y un viaje a Lisboa, dos lecciones de Antonio Palomero

    Miguel Ángel del Arco - 25-08-2016

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    Antonio Palomero es una historia olvidada del periodismo español. Un nombre brillante, importante, aplaudido y respetado en su tiempo, cuyo mérito se ha ido perdiendo por desinterés pero sobre todo por desconocimiento. Y por pura desidia, porque su firma está en las páginas de los mejores periódicos de la época, se podría encontrar fácilmente si hubiera un empeño serio en saber quiénes somos y de dónde venimos. Aspiró en lo personal a ser el mejor reportero y fue el perejil de todas las salsas literarias, periodísticas y bohemias de los alrededores del 1900.

     

    Formaría parte, sin ninguna duda, del canon de los periodistas de prestigio que merece la pena recordar, reivindicar y estudiar en las facultades y escuelas de periodismo.

     

    Su condición de literato y sobre todo de firma conocida hizo que fuera uno de los elegidos para participar en los discursos que organizó el Ateneo de Madrid con motivo del tercer centenario de la publicación del Quijote. Un breve recorrido biográfico descubre no solo a un gran periodista, también a un nombre que fue tratado como su igual por la gente de la Generación del 98 y el Modernismo. Sus huellas se encuentran en las memorias y biografías de aquellos escritores: fue uno de ellos, estuvo con ellos en los mismos cafés, las mismas librerías, los mismos paseos.

     

    Si fuera estudiado su periodismo, las fuentes a las que recurría, sus estrategias de acercamiento a las mismas, sus rutinas en la investigación o su estilo narrativo, saldrían muchas lecciones magistrales. Palomero dominó los géneros del periodismo y utilizaba en 1900 unas técnicas de cronista y de reportero que mucho más tarde pondría en práctica el periodismo moderno. Fue otro pionero, como Joaquín Dicenta, o Luis Bonafoux, o Roberto Castrovido, o Ricardo Fuente, o Luis Morote, o el Duende de la Colegiata, un reportero inquieto, un maestro en el estilo, un adelantado a su tiempo que contó lo que pasaba y mostró cómo era la sociedad que le tocó vivir.

     

    Periodismo de investigación, fuentes de primera mano, estar en el lugar de los hechos y ser testigo de lo ocurrido son algunas de sus aportaciones al periodismo.                          

     

    El malagueño Antonio Palomero era tan conocido en el Madrid literario, nocturno y periodístico de los alrededores de 1900 como su seudónimo, Gil Parrado. Su ingenio, su lengua rápida y su aspecto aniñado lo hicieron inconfundible: Rafael Cansinos Assens se ocupa de él en su Novela de un literato, donde lo llama Palomerín. Aparece en todos los listados de la llamada Gente Nueva y formó parte activa de las más renombradas tertulias. Además de atesorar una considerable producción teatral, escribió libros de versos satíricos, tradujo obras del francés y se dedicó sobre todo al periodismo: dirigió periódicos y revistas y formó parte de la redacciones de cabeceras tan importantes como El País, El Imparcial, ABC, Germinal, El Heraldo de Madrid, Alma Española o Blanco y Negro. Sus sátiras políticas fueron muy populares. Era crítico igual con los liberales que con los conservadores, lo mismo zarandeaba con sus pluma y sus versos a los seguidores de Sagasta que a los de Cánovas.

     

    Fue uno de los redactores, y luego su director, de Gedeón. Ahí, en esa revista satírica, que llevaba como lema “El periódico de menos circulación en España”, inventó algunos patronímicos grotescos que tuvieron éxito en aquellos primeros años del siglo XX: Calínez, Peláez, Percébez, Besúguez, Congriez, con que se saludaban los literatos en las tertulias: “¿Qué hay Congriez?”. “¿Qué tal Percebez?”.

     

    Dice de Palomero el catálogo de periodistas de Ossorio y Bernard, publicado en 1903: “Escritor festivo y autor dramático, que ha dado notoriedad a su pseudónimo de Gil Parrado. En 1897 era redactor del periódico madrileño El País; actualmente lo es de El Liberal (1902). Colaboró con La Ilustración Española, El Gato Negro, La Lectura (1903), Madrid Cómico, Vida Galante, Alma Española, Nuevo Mundo y otros periódicos festivos”.

     

    De su importancia y referentes biográficos vemos una muestra en lo que cuenta Pío Baroja en sus memorias. Relata el novelista vasco su llegada a Madrid, en 1899, y cuenta que se fijó en los autores que destacaban: “si tuviera que hacer el padrón de escritores que empezaban a tener fama entonces, por orden de importancia en su tiempo, sería así: Benavente, Dicenta, Bonafoux, Burell, Navarro Ledesma, Luis Morote, López Ballesteros, Gómez Carrillo, Unamuno, Valle-Inclán, Silverio Lanza, Fray Candil (Emilio Bobadilla) Alejandro Sawa, Manuel Bueno, Azorín, Maeztu, Cristóbal de Castro, Luis Bello y Antonio Palomero”. Un grupo lleno de nombres que harían historia, la edad de oro del periodismo español.

     

    La primera noticia que se tiene de Palomero data de 1884, cuando apenas contaba 15 años. Era estudiante de la Universidad Central de Madrid. En la inauguración del curso académico 1884-85 pronunció el discurso de apertura el catedrático de Historia y republicano Miguel Morayta Sagrario. En él habló de teorías materialistas, racionalistas y anarquistas, lo que suscitó muchos aplausos y adhesiones. Y también su excomunión por parte del episcopado. Fue el detonante para que los estudiantes se sublevaran y se produjera una auténtica rebelión en las aulas, entre el 17 y el 22 de noviembre de 1884. Las crónicas cuentan que uno de los más activos en las protestas y manifestaciones sería luego un conocido periodista, Antonio Palomero.

     

    Hoy su nombre dice poco, pero en los años que van desde las dos últimas décadas del siglo XIX hasta su muerte en Málaga, el 13 de mayo de1914, Antonio Palomero fue el alma de todas las salsas intelectuales, bohemias y periodísticas de Madrid. Ingenioso y rápido de mente era el animador de las múltiples tertulias en las que intervino. “De todos los escritores y periodistas”, escribe el hispanista Germán Bleiberg, “entonces parecía el más brillante, sobre todo por su vena festiva, Antonio Palomero, que hizo popular el seudónimo Gil Parrado”.

     

    Nació en Madrid en 1869, hijo de un celador del Congreso. Sacó matrícula de honor en el bachillerado y con apenas 13 años hizo sus primeros pinitos periodísticos en un periódico escolar titulado La Universidad. Y desde ahí, una carrera llena de títulos y cabeceras, artículos, crónicas, poemas y obras de teatro. Destacó pronto como autor teatral, si bien se dedicó sobre todo al periodismo. Escribió en un semanario titulado La Regeneración, fundó otro semanario, El Curioso Parlante. Y sus capacidades de sátira las llevó a su máxima expresión en el semanario Gedeón. Además de destacar como redactor y firma buscada en medios de gran tirada, también dirigió el diario La Noche.

     

    Escribe Augusto Martínez Olmedilla en su libro Periódicos de Madrid que Vicente Lledó, músico valenciano y director de orquesta, empresario del Eslava que se enriqueció con el género sicalíptico con títulos como La corte del faraón, “fundó La Noche, diario vespertino a cuya dirección llevó a Antonio Palomero, excelente escritor, fácil poeta, que hizo famoso el seudónimo Gil Parrado y a quien sus compañeros llamaban Palomerín por su exigua estatura. Palomero estaba bien situado, regentando Blanco y Negro, con nómina en ABC, deja toda esa ventajosa colocación y se lanzó a dirigir el periódico. El teatro dejó de dar dinero, La Noche murió y Palomerín se quedó sin periódico que dirigir”.

     

     

    Reportero

     

    Por su parte, Arturo Mori explica en La prensa española de nuestro tiempo (1943) que “el primoroso Palomero pretendía ser el primer reportero de su tiempo. El Duende de la Colegiata le ganaba. Palomero era más que un reportero un escritor limpio y grácil”.

     

    Esa aspiración de ser el primero da cuenta de sus capacidades y ambiciones. Quienes escriben de Palomero coinciden en apuntar su tendencia satírica, tanto en el teatro como en el verso como en la prensa, y la habilidad para hacer juicio rápido. En sus obras hay ingenio y agudeza, como escribió otro periodista de la época, el fundador de Vida Nueva y redactor de Germinal, Jurado de la Parra, en la siguiente aleluya: “Que es ingenioso de veras / y poeta de verdad, / lo demuestra Gil Parrado / y lo confirma Rostand”, en alusión a la adaptación que de este autor francés realizó Palomero en Los noveleros.

     

    Palomero fue quien presentó a Rubén Darío y a Martínez Ruiz en el cenáculo de la madrileña calle de La Madera, el domicilio del agitador cultural y mecenas Luis Ruiz Contreras. Este, en sus memorias, echará en cara a Azorín, Valle-Inclán o Rubén Darío haberse olvidado de Palomero, después de que el periodista les abriera las puertas de Madrid.

     

    Algo semejante achaca también el profesor José Luis Calvo Carilla al propio Azorín, y a Baroja y a Maeztu, que se habrían acercado a la Gente Nueva, convivido con ella, compartido una actitud bohemia y antisocial, pero sólo para su promoción personal. Y conseguida esta, olvidar a sus compañeros de viaje e incluso renegar de ellos. De hecho, Azorín se mostró, una vez triunfador, poco generoso, más bien al contrario, con Palomero, lo consideraba “hombre desordenado que trabajaba sin método para ganarse el pan y el vino. Era el causeur más ingenioso y ameno de Madrid. Su charla de relámpagos de ocurrencias graciosas. Pero es, como Dicenta, desordenado, abusa del espíritu, no trabaja con método, lleva una vida precipitada”.

     

    Además de cicerone de noventayochistas y modernistas, Palomero también llevó a la casa de Ruiz Contreras a sus amigos periodistas, a Joaquín Dicenta, Ricardo Fuente, Manuel Bueno, Adolfo Luna (el jorobadito de El País, le decían), Alejandro Sawa y Rafael Delorme.

     

    Parece que los noventayochistas se acercaron a la Gente Nueva, a los jóvenes críticos con el sistema turnista de la Restauración, y con el canon establecido del realismo de la Gente Vieja y los intelectuales colocados. Según la tesis de Calvo Carilla, en su libro La cara oculta del 98, fueron quienes se beneficiaron del empuje, iniciativa, ascendencia e influencias de este grupo grande de literatos y periodistas que quedarían perdidos en ese limbo amorfo de los raros y olvidados. En el caso de Martínez Ruiz, fue Ricardo Fuente el que le abrió las páginas de El País, recomendado por Luis Bonafoux, redacción donde ya estaban tanto Joaquín Dicenta como Palomero. Este escribía en 1897 una sección diaria en verso, titulada ‘La comedia humana’, en la que, desde la sátira, como un poeta de la actualidad, contaba los hechos del día y las rutinas de la vida política española.

     

     

    En una nube de humo

     

    Ruiz Contreras habla en sus Memorias de un desmemoriado de los placeres de Palomero, el buen yantar y el cigarrillo, siempre entre una nube de humo, que le llevaría a la muerte. Además se refiere en múltiples ocasiones, y en esto coincide con otros testimonios de contemporáneos, a la bondad de Palomero: “Su bondad no tiene precedentes, ni consecuentes, entre los escritores contemporáneos, todos egoístas y calculadores, menos él”.

     

    Ricardo Baroja también lo cita en su libro Gente del 98. Lo recuerda en el Café de Madrid: “Un hombrecillo de edad indefinida. Lo mismo podía contar veinticinco años que cincuenta, aspecto de golfo callejero, a pesar de su decente y bien llevado indumento, rubio desteñido, gracioso y ocurrente, se distinguía de los demás por su voz de piporro profunda y ronca. Tal contradicción había entre lo desmedrado del personaje y el tono de su voz, que una frase que en otro hubiera pasado inadvertida en la conversación eran oportunas, tajantes, y producían en los contertulios hilaridad o ira”.

     

    Los artículos y crónicas de Palomero, y también los versos de Gil Parrado, solían tener varias fuentes de inspiración: un sondeo curioso publicado en la prensa, la sección de sucesos, algo contado por un vecino o amigo o visto por él mismo, o la propia actualidad. Se puede comprobar esta dinámica en varios de sus textos. Un robo, el suicidio de dos jóvenes enamorados, un equívoco, o una conversación cazada mientras espera una cita, un viaje a Lisboa, le daban argumento para una crónica, una fábula moral, un reportaje o un romance.

     

    Una manera de estar atento, de mirar y de actuar que certifica Jacinto Octavio Picón, quién escribió el prólogo del Cancionero de Gil Parrado, una recopilación de sus críticas políticas en verso. Afirma en él que Palomero “no escoge los asuntos, ha tomado los que la actualidad le daba. Así van mezclados y confundidos lo grave y lo cómico, lo doloroso y lo grato, lo profundo y lo trivial”. Lo cita también el hispanista Allen Phillips, que considera a Palomero “un poeta de la actualidad con el empeño de contar los hechos del día”. Un poeta de la actualidad que veía en las secciones de sucesos, “cantera inagotable para el cronista que se estime en algo”.

     

    Una muestra de los intereses y el estilo de Palomero se ve en su libro recopilatorio de artículos periodísticos, Trabajos forzados. El primer artículo lo titula ‘Fin de siglo’ y en él describe el atropello a Ernesto Bark: un personaje influyente de Cartagena le cierra la publicación Cartagena Moderna, al mismo tiempo el Consejo de Instrucción Pública ha creado una cátedra de religión y moral, lo que le da ocasión de concluir que “la patria ha cumplido aquello de ‘a dios rogando y al periodista atropellando’”.

     

     

    Agudo y popular

     

    Otro ejemplo de su ingenio y tendencia es el texto titulado ‘Recomendación’. Se trata de una historia sencilla, ingeniosa y perspicaz, contada a través de una cadena de cartas de puro enchufe: el confesor de la reina a ésta, ésta al ministro, éste al director general, éste al jefe de negociado… hasta completar un círculo y conseguir una recomendación para un puesto de trabajo. Un relato de denuncia, de justicia social y descripción de la España de entonces. También hay en el libro un artículo dedicado a Valle-Inclán, ‘Uno de los nuestros’, otro a la bohemia tardía, a Casimiro Fustigánez, uno de sus nombres inventados. Humor, rebeldía, sátira, aguda descripción de Madrid. Mariano de Cavia escribió en el prólogo a Trabajos forzados que “su mayor mérito como periodista es su independencia” y lo define como “un literato culto, agudo y sincero, popular y brillante”.

     

    Dice Palomero de sí mismo, en otro libro recopilatorio de sus crónicas, Mi bastón y otras cosas por el estilo, que en la Universidad aprendió a jugar al billar. Una manera de señalarse y una forma de epatar, porque sí que llegó a terminar los estudios de Derecho, aunque hay biógrafos que lo ponen en duda.

     

    Diego San José lo describe, en su Retablillo literario de comienzos de siglo: “Rubio, bajito, con un bastoncillo (…) Era delgado como un fideo y lucía un cuidado bigote” y habla de él como “un gran humorista y fracasado sentimental”.

     

    El 15 de mayo de 1899 Rubén Darío publicó en diario El País un largo artículo titulado ‘La joven literatura’. En él habla de Ángel Ganivet, de Jacinto Benavente, de Manuel Bueno y de Antonio Palomero, Gil Parrado, del que dice que “además de los alfileres de su conversación, de los más interesantes que un extranjero puede encontrar en la corte, sobresale en el cuento y el artículo de periódico”, y añade que “aquí, entre lo poco bueno y nuevo que hay, esto es de lo que en la piedra de toque, deja una suave y firme estela de oro fino”.

     

    Ricardo Fuente le escribió un perfil, publicado en El País el 30 de julio de 1895 con el título ‘Gil Parrado’, en el que dice: “No podré contar aventuras extraordinarias por la sencilla razón de que nada de extraordinario ni de maravilloso le ha ocurrido en la vida, a no ser el haber trabajado más de la cuenta y el tener la cara a sus años lo mismo que un melocotón mondado”. Explica el que fue director de El País que “a las particularidades de ser barbilampiño y tener la apariencia de un muchacho precoz, debe Palomero no pocos triunfos, el niño mimado de todos los amigos y el benjamín de todo el que le trata”.

     

    Efectivamente, trabajó mucho y en muchos sitios. Como escribe el propio Fuente: “articulista político en La Discusión, La Universidad, La Piqueta, El Radical y El Pueblo; cronista en Las Regiones y en La España Cómica; poeta en muchas revistas y semanarios, autor de cuentos y críticas, como orador discurseó con aplausos en meetings y casinos, y aún le queda tiempo para ser un literato de los que saben cosas”. Una descripción nada inocente y muy esclarecedora de algunas de las condiciones del buen periodista. Como prueba de su capacidad de trabajo, pero también del pluriempleo al que debía someterse, ilustra el hecho de que en un solo día llegó a publicar Palomero textos diferentes en El País, El Liberal, Don Quijote, Diario del Teatro y Nuevo Mundo. “Es una víctima más del periodismo, que como dijo muy bien D’Aurevilly, es una cadena de galeote que deforma las más hermosas piernas del talento”, sigue diciendo Fuente en su perfil.

     

    Termina su semblanza Ricardo Fuente contando que en la redacción de El País “Palomero es el único que se libra de la bronca cuando se fuma el periódico, el único capaz de ablandar al administrador para que le adelante algún dinero, y goza de prerrogativas y derechos por ser el niño favorito de la casa”.

     

    Palomero estaba en todas las salsas y en todas parecía bien recibido. Su ingenio y su amabilidad hacían que fuera reclamado. A casa del conde Jusepe de Campi, cuenta en su libro Ricardo Baroja, “vamos Palomero, Valle-Inclán, Bargiela y Lozano”.

     

    En El Gato Negro se reunía la tertulia de Jacinto Benavente, compuesta por actores de teatro y algunos amigos de la casa, entre los más asiduos Manolo González, Pedro Zorrilla, Juan Espantaleón, Martínez Sierra, Antonio Palomero, Jurado de la Parra, Antonio Paso, Joaquín Abati, Pedro Mata, Nilo Fabra y Enrique Amado. También era uno de los asistentes a la tertulia presidida por Mariano de Cavia, en el Café Levante, junto con Navarro Ledesma, Francos Rodríguez, José Nogales, Eusebio Blasco o José Rocamora.

     

    Palomero era festivo y ocurrente en las tertulias y en la prensa hacía un continuo alarde de buen periodismo. En sus textos se comprueba que hay relato, reflexión, humor, cuidado del lenguaje, descripción, contexto, crítica política, mirada diferente y variedad de géneros. Abarcó la columna de opinión, la entrevista, la crónica de viajes, la crónica mundana, la entrevista, el reportaje e incluso la necrológica.

     

    Consideraba a los políticos “como ilustres camaleones” o versifica cómo un  diputado recorría su distrito electoral “en defensa de una idea que no le importa un pito”. Rechazaba la patriotería retórica, aunque le preocupaba la pésima situación de España. En el poema ‘El país del abanico’, recomienda menos charlar y más trabajo. Y en la entrevista que hace a Galdós y publica en El Liberal, el 14 de abril de 1900, revela cómo se documentaba el autor de los Episodios Nacionales.

     

     

    Interviú a Galdós

     

    Entre el perfil y la entrevista reporteada está el encuentro que tuvo Palomero con Benito Pérez Galdós. No era un género habitual en aquellos años, pero es otra prueba de que este periodista pionero estaba subido a la modernidad y dispuesto a abrir los caminos hasta el periodismo que hoy conocemos. “HABLANDO CON GALDÓS” tituló su texto, en mayúsculas, en la primera página del periódico. Y con tan simple título, y tan poco agraciado gerundio, probaba un género que se acabaría imponiendo en el periodismo de principios de siglo. Incluía en la entrega la presentación del personaje y preguntas y respuestas. Relataba el making off del encuentro: “Ha sido una verdadera persecución. Una insistencia que habría parecido al maestro aterradora pero que yo puedo justificar con el deseo de contar al público las impresiones que trae el ilustre escritor de su entrada triunfal en la circulación literaria del mundo”. 

     

    Practica el perfil al describirlo bondadoso, amable y buen amigo, utilizando un lenguaje algo rebuscado, adulador y a veces ahuecado. Asegura que para hablar con él tuvo que usar “de una diplomacia que hubiera asombrado al propio Mettternich. Hube de empeñarle mi palabra de que nuestras conversaciones serían secretas”. Y añade algo que cómo mínimo da que pensar, porque escribe: “Mas ya es sabido que la palabra de un periodista no vale los cinco céntimos que cuesta el periódico donde escribe”.

     

    Junto a tal dudosa afirmación, en la entrevista no sólo hay preguntas y respuestas, incluye la descripción de las reacciones del entrevistado. E incluso hace anotaciones al margen y entre paréntesis (“sonrisa de Don Benito”). Si toda entrevista debe contener un descubrimiento, ésta lo tiene: le revela Galdós que ha hablado en París con Isabel II, “una señora muy bondadosa, muy amable, muy simpática, quería conversar con ella, pedirla algunas noticias de su infancia y la ex reina de España, sin traspasar los justos límites de la discreción, me ha suministrado datos curiosísimos para mis dos últimos Episodios de la tercera serie: Los Ayacuchos y Bodas Reales”. He aquí una aportación periodística con calidades de exclusiva: La manera de documentarse de Galdós, capaz de entrevistarse con Isabel II, exiliada en París, para comprobar un dato que piensa utilizar en sus Episodios Nacionales.

     

    Un hallazgo este encuentro de Palomero con Galdós para estudiar en las facultades de periodismo y para emular en las redacciones actuales, las que requieren hacer entrevistas por teléfono o por mail y en función de las directrices de una agenda de un departamento de comunicación. Palomero pisó la calle en 1900, se fue a la casa del novelista, preguntó, escuchó, observó sus reacciones y lo contó.

     

    También fue a Lisboa y lo detalló en una soberbia crónica de viajes que publicó El Liberal en septiembre de 1901, titulada ‘Un viaje a Lisboa’ y subtitulada ‘Diario de un viajero’. Se trataba nada menos que de un viaje de prensa. Algo impensable entonces y práctica bastante habitual décadas después. La fecha de la cita para el inicio del viaje, el primero de septiembre, el lugar, la madrileña estación de Las Delicias. Desde el primer instante el periodista describía lo que estaba viendo y mostraba las razones de la convocatoria.

     

    El inquieto reportero describe un ambiente de solemnidad, de bullicio y alegría, para la empresa, para los viajeros y “para el ideal, tanto tiempo acariciado, de estrechar relaciones entre dos pueblos más separados por la vida que por el espíritu”. Armó una crónica llena de detalles y de datos comprobados. El tren partía a las seis y media, 400 viajeros, pasaba por pueblos cercanos, por las colonias veraniegas, en una de ellas se celebraba la fiesta de la patrona... Un pormenorizado relato. Pararon en Talavera, pero solo diez minutos, así que se agolparon en la cantina. “Lo primero es cobrar, dijo el mozo, un filósofo sirviendo en la fonda de una estación”. No para de aportar datos, los pueblos por los que pasa, las paradas, las costumbres, un tren considerable, quince coches ocupados por los cuatro centenares de viajeros, “arrastrados por dos máquinas”.

     

    Insiste en indicar que se trata de un viaje de prensa y sigue aportando detalles,  información, contexto: “Estamos en Portugal, nuestra hora ha perdido veinte minutos, nuestra moneda el trece por ciento”. Observa que los madrileños se alegran cuando en Abrantes se encuentran con el Tajo “a trechos tan menguado que bien puede presumir el Manzanares”. A la salida de un túnel estaba Lisboa, en la estación, el cónsul de España, don Juan Castro, que había ido a recibirlos y les presentó a periodistas portugueses, con los que cambiaron sus tarjetas.

     

    Antonio Palomero Dechado, el periodista inquieto que quiso ser el primer reportero de España, murió el miércoles, 13 de mayo de 1914, a los 44 años. La prueba de que fue importante en los primeros años del siglo XX y que merece ser descubierto y estudiado es que los principales periódicos, El Imparcial, El Liberal, El País y el Heraldo de Madrid pusieron su necrológica en sus primeras páginas.

     

     

     

     

    Miguel Ángel del Arco es periodista y profesor de periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid. Ha sido reportero y redactor jefe en Tiempo y La Clave. Es autor de la novela El crimen de Julián el Guiñote, de los blogs Visióndeconjunto, Un cuento real Crónicaynegra. Coautor del libro de cuentos Muelles de Madrid, se doctoró con la tesis Periodismo y bohemia (alrededor de 1900). Los bohemios en la prensa del Madrid absurdo, brillante y hambriento de fin de siglo. En FronteraD ha publicado Joaquín Dicenta baja a la mina. Un pionero del periodismo literario en 1900 y Espía en la FNPI. El ingenio de García Márquez periodista.

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