Portada de la 1ª edición en rumano de "Negro y rojo"

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    Negro y rojo

    Ioan T. Morar - 01-09-2016

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    Georgian se fue a toda prisa dejando a su antiguo compañero y amigo Ştefan Velescu completamente desorientado. El pobre hombre se preguntaba cómo un joven brillante, que discurría como él e incluso mejor, que compartía los mismos valores, un muchacho que leía literatura extranjera en lengua original, una persona fina y con inclinaciones artísticas, había llegado a convertirse en un chiflado y un fanático sin paliativos. ¿Qué transformaciones tuvieron lugar en su corazón y en su cerebro por influencia del fanatismo? De otros a los que no conocía quizá pudieran explicarse sus descarríos, pero Georgian, su brillante compañero, su pacífico camarada, estudiante sobresaliente, ¿cómo podía haber llegado a decir aquellas frases violentas y primitivas y pronunciarlas como si fueran la esencia del pensamiento humano? No parecía estar tocado del ala, no presentaba la mirada vidriosa de un loco. ¿Lo tendrían pillado en algo? ¿Habría pasado algo grave? ¿Habría contraído algún compromiso contra sus convicciones? O, Dios no lo quiera, sencillamente pretendía ascender en su carrera, llegar muy alto, ambicionaba recompensas que no podía obtener de otra manera y por eso pasaba por encima de cadáveres. Y, en primer término, por encima del cadáver del hombre extraordinario que él mismo había sido antes de la guerra.

     

     

    Georgian era consciente de haber dejado impresionado al pobre Ştefan. Había tensado demasiado la cuerda y se había mostrado más duro de lo que en realidad era. Pero la dureza era una buena máscara que protegía de muchas cosas, sobre todo en la guerra. Él también tenía momentos en los que se sentía frágil, dudaba de la legitimidad de la causa, se sentía extraño en el interior de aquella misión “sagrada” de purificación de la raza, pero esos momentos eran cada vez menos. No podía permitirse el lujo de que sus puntos flacos lo pillaran por sorpresa. ¿Qué sabía Ştefan de sus cavilaciones de los años del Liceo y de su cambio de identidad para juzgarlo? No volvió la mirada atrás, pero se lo imaginaba impactado, en medio de la calle, a Ştefan, la única persona a la que había podido llamar amigo de verdad y que tantas veces había acudido en su ayuda. Y a la que, en su fuero interno, envidiaba. ¡Cuánto le habría gustado ser de buena familia, ser rumano por los cuatro costados, sin dudas, de padres ricos! No haber tenido ningún problema importante ni haber tenido nada que esconder en su vida. La energía malgastada para ocultarse la habría utilizado para otra cosa. ¿Qué sabía Ştefan lo que significaba ser miembro de una minoría que se ocultaba entre la mayoría y que miraba todo el tiempo atrás por si alguien lo seguía? Si hubiera estado en el lugar de Ştefan, un hijo de papá, ¡Dios santo, qué sucesión de alegrías habría sido su vida, qué libertad de movimientos habría tenido! Al menos ahora, en los escasos minutos que estuvieron conversando, dejó trastornado a Ştefan el burgués, al hombre en cuyo lugar le habría gustado estar. Si lo impactó no fue porque se lo mereciera, sino por una maldad que no pudo controlar, una maldad que lo asaltó a él como ganas de vomitar, que le puso un nudo en la garganta y lo hizo apretar los puños involuntariamente, como cuando en el teatro veía una injusticia en el escenario y sentía impulsos de subir y emprenderla a puñetazos con los malvados que se encontraban allí. Ese fue más o menos su impulso, pero en sentido contrario. Sintió la necesidad de ser el malo, quien le propinase unos puñetazos a un chico bien intencionado que se encontrara en la sala. Pero Ştefan no era capaz de ello. Y el muchacho de entonces se había extraviado en el hombre de ahora y ya no volvió a salir a la superficie. Ştefan era demasiado normal, carecía de ímpetu para restablecer el orden del mundo porque él mismo lo representaba.

     

    Sabía que lo había impactado cargando las tintas en ciertas ideas, mostrándole una actitud un poco exagerada. Pero solo un poco. La esencia era la misma, de esto estaba convencido. Había que apartar a los judíos de nuestro pueblo, había que perseguirlos. Son una raza en vías de extinción, ¡así pues, que desaparezcan! Y de este modo, concentrando todo su odio en los judíos, sus gitanos estaban a cubierto. El odio y el desprecio se canalizaban hacia otros, hacia el pueblo elegido. Elegido para desaparecer.

     

    Georgian miró al cielo. No solía extasiarse viendo el paisaje a su alrededor, pero ahora compensó el hecho de no mirar atrás para ver cómo Ştefan se había quedado perplejo, tenía que dirigir la mirada a alguna parte y miró a lo alto. Había un ocaso de un rojo vivo, como de llamas, con un sol que parecía despellejado, bañado en nubes de sangre. En el cielo se había instalado la imagen rojiza de la muerte. Pronto bajaría a la tierra. El apocalipsis estaba buscando un lugar como cuartel general. Y eligió, durante unos días, Odesa.

     

     

    Algunos lloraron, otros se revolcaron por el suelo, cientos de familias se atenazaron en un último abrazo. Un coro de lamentos y de gritos dirigidos al cielo, algún que otro puño rebelde señalándolos a ellos, a los soldados rumanos. La gran operación de represalias contra el enemigo había comenzado. “Ya verán estos, los malvados judíos que ayudaron al ejército bolchevique, van a ver lo mucho que nos importan a nosotros nuestros héroes que con tanta crueldad ellos lanzaron por los aires. ¿Murieron cincuenta rumanos inocentes? ¡Por cada rumano cien judíos de mierda! ¡Soldados, no os dejéis ablandar por la bondad! ¡Hay que emprender la cruzada contra el comunismo! No dejéis que os dominen los sentimientos humanos. ¡Esos no son hombres cuando han hecho algo así, cuando han matado a nuestros jefes y hermanos! ¡Actuad sin piedad! ¡Sin compasión! ¡Aniquilemos a estos desalmados que desencadenaron la guerra contra nuestro pueblo, que mutilaron nuestro país y que quieren aniquilarnos a nosotros! ¡Demostrémosles que somos más fuertes, aniquilémoslos nosotros a ellos! ¡No olvidemos que somos cristianos y que su raza crucificó a nuestro Redentor! ¡Emprendamos la cruzada contra el comunismo! ¡Fingirán ante vosotros! ¡Pedirán clemencia! ¡No los escuchéis! Por cada rumano que los malditos bolcheviques arrojaron por los aires con la ayuda de los judíos, hemos de matar a cien canallas! ¡Soldados! ¡Luchemos contra el enemigo y, no lo olvidéis, sin piedad ni compasión! ¡Muerte a los inmundos! Exterminémoslos, que empiece la siega de judíos. Pensad en la integridad de la patria, en vuestras familias que se sentirán orgullosas de vosotros. ¡Sin piedad! ¡Sin compasión! ¡Al ataque!”.

     

    Primero, soldados rumanos armados rodearon las calles para que ningún malvado escapase a la venganza rumana. Por delante de todos iban veinte soldados “batidores” que se dispersaban de casa en casa y los sacaban a punta de bayoneta. Únicamente dejaban dentro a los niños, encerrados con llave para que no salieran y estropearan la operación o impresionaran a algún soldado pusilánime. Incumpliendo las órdenes, con una bravura de la que se jactarían más tarde, en los casos en que había algún anciano en la cama o paralítico en un sillón, “los batidores” lo dejaban en paz. “Ya tiene bastante castigo así, ¿no ves cómo sufre?”.

     

    Luego, como en la siega, la guadaña de la muerte se tiñó de rojo miles de veces. El ejército entró en el sembrado de gentes aterradas y sus cuerpos cayeron como las espigas faltas de defensa. En los telegramas se hablaría de una rica cosecha. De millares de malvados castigados como es debido.

     

    No hubo ninguna lucha contra el enemigo, aunque eso fue lo que les dijeron, que había que aniquilar al enemigo, y a los soldados les extrañó ver que ante ellos no había ningún enemigo terrible, ningún civil armado, sino tan solo una población descompuesta, paralizada por el miedo e incapaz de toda respuesta. La única arma de aquel extraño enemigo eran sus lamentos, sus gritos y alaridos a los que se unía la inútil invocación a la compasión. Dos soldados llevaban por turno a hombres y mujeres, viejos y jóvenes mientras el tercero preparaba el lazo. Los subían hasta él, se lo ponían alrededor del cuello, lo apretaban un poco, lo justo para que no quedara holgado, y luego, de pronto, los soltaban y los dejaban colgando. Otro. Otra. Cuando ninguno se movía ya, se ponía en marcha el mismo dispositivo formado por tres soldados: dos cogían de una y otra parte el cuerpo muerto mientras el tercero deshacía el lazo. Ponían el cadáver, ya bajado de la horca, amontonado a un lado junto a otros muertos. Acto seguido, la horca ya despejada volvía a su razón de ser y colgaban en ella a más y más. “¡Bien por los militares rumanos!”, se oía decir a algún que otro oficial al pasar por al lado de las horcas. Aunque no eran usuales, las felicitaciones tenían un sentido psicológico preciso. De vez en cuando, algún soldado se paraba a fumar un cigarrillo. Lo encendía y miraba al suelo, como si no quisiera saber dónde estaba y en qué trabajo había hecho la pausa. En ciertos casos, diez o quince, ni siquiera tenían que hacer nada, se encontraban con alguno ya ahorcado. Sí, unos más altaneros o más asustados les tomaban la delantera a los verdugos uniformados y se quitaban la vida ellos solos ahorrándoles el esfuerzo a los rumanos.

     

    En la retaguardia del frente de la muerte, movilizaron también a los sanitarios por si algún soldado rumano se ponía malo. Y hubo casos de desmayos y vómitos, no muchos. A los más flojos los mandaron prontamente a su unidad, no fueran a ser un mal ejemplo para los demás, más fuertes de carácter. “¡Muy bien, soldados! ¡Muy bien, valientes!”, se oía de vez en cuando. Luego, mediada la matanza, pasó un coche que distribuyó chuica entre los soldados “para una acción más eficaz de castigo al enemigo”. El olor a excrementos era cada vez más fuerte, pues los ahorcados se hacían encima en un último espasmo. La chuica no era muy eficaz y se multiplicaron los casos de los soldados que vomitaban a causa del olor a heces cada vez más agudo y difícil de aguantar. “¡Menos mal que no tenemos sangre por las calles!”, dijo un sanitario mientras ayudaba a uno de los desmayados dándole a oler vinagre. “Menos mal que no estamos en verano y tardarán más en descomponerse”, le contestó otro sanitario al tiempo que se lavaba las manos con alcohol en un gesto mecánico. “Ya veremos quién los va a enterrar, porque dentro de tres días vomitaremos todos de la peste a muerto y a mierda”.

     

     

    Concluyeron la operación de castigo al enemigo un poco antes de la media noche. “¡Soldados! ¡En su lugar, descanso! ¡Adelante con la chuica! ¡Marchen!”, rugió en el altavoz el coronel Talpeş y los soldados recibieron otro vaso de chuica para poder regresar, apartando ahorcados, a sus unidades sin que les entraran remordimientos. Las calles se habían convertido en un cementerio sin fosas, en un campo de batalla donde no había tenido lugar combate alguno, solamente una ejecución cruel, una ejecución en masa.

     

    Los bramidos humanos cesaron y cuando los soldados acabaron su tarea, perros hambrientos reunidos en torno a los cadáveres, como si alguien les hubiese comunicado lo que estaba ocurriendo, se pusieron a ladrarle a la luna.

     

    —No se ha librado ninguno, ¿cierto?

    —Nadie de la zona que se nos había encomendado a nosotros, mi general. Los castigamos a todos, los contamos a todos. Son más de cinco mil, pero en mi opinión deberíamos dar una cifra redonda. Cinco mil suena mejor que cinco mil doce. En realidad, se nos escaparon diez individuos que se ahorcaron ellos solos. Se dieron cuenta de que eran culpables y nos ahorraron el trabajo a nosotros.

    —¡Bravo! ¡Hoy se ha escrito una página histórica!

     

     

     

     

    Este texto es un fragmento de la novela que, traducida por Joaquín Garrigós, publica este mes de septiembre la editorial Xorki.

     

     

     

     

     

    Ioan T. Morar (poeta, prosista y periodista) nació el 13 de abril de 1956 en Seitin, provincia de Arad, Transilvania. Realizó sus estudios de secundaria en Arad y los universitarios en Timişoara. Debutó como poeta en la revista Orizont de Timişoara y con el libro Verano indio, publicado por la editorial Albatros de Bucarest, alcanzó el Premio de la Unión de Escritores de Rumanía para un escritor debutante. Después publicó cuatro libros más de poesía. Su primer libro de prosa se publicó en 2005, la novela Linenfeld, galardonada con el Premio Nacional de Prosa. Su segunda novela, Negro y rojo, fue nominada al Premio Libro del año 2013. En 2016 apareció su tercera novela, La fiesta de los tabernáculos. Es cofundador del semanario de sátira política Academia Caţavencu. Ha realizado programas de radio y televisión.Tras un breve periodo en el que ejerció como cónsul general de Rumanía en Marsella, se estableció en Ciotat, Provenza. Negro y rojo es la primera novela de la literatura rumana que aborda dos temas tabú hasta ese momento: la deportación de los gitanos a Transnistria y el genocidio cometido por el ejército rumano contra los judíos de Odesa.

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