Fotograma del rodaje de "Sísifo Confuso" en el taller de Leiro en Madrid. Arraianos Producciones

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    ‘Sísifo Confuso’. De la rueda estacional y el arte como proceso inevitable. En torno a Leiro

    Luis Boullosa - 09-09-2016

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    ¿Qué puede decir de un poema el que lo ha escrito?

    Todo lo que tenía que decir, lo dijo en él, al hacerlo

    Alberto Torga

     

    “¿Qué es la arte para mí? El arte, dios mío, qué cosa más difícil, no lo sé… Para mí el arte es una cosa abierta, una cosa muy amplia, no tengo tampoco una idea muy clara de lo que quiero hacer. Para mí el arte es aquello que buscas y nunca encuentras, porque no sabes dónde está. Eso es el arte”. Habla el escultor cambadés Francisco Leiro. Y no habla mucho más, durante la hora de documental que Aser Álvarez ha rodado sobre su trabajo, que no sobre su figura.

     

    Si todo artista tiene un discurso, quiera o no, no es menos cierto que abunda el artista que no puede o no desea elaborarlo con palabras; el creador reticente a teorizar, que decide dejar que su obra hable por él, y punto. Para quien trata de dar fe del proceso creativo que va de la intención al resultado, esa opacidad, es al tiempo un escollo y una suerte. Un escollo porque difumina la intención y lo deja a uno sin mapa. Una suerte porque esa ausencia de corsé y de reglas de partida permite –exige– una libertad de aproximación que en buenas manos puede ser esencial.

     

    Es el caso del trabajo de Álvarez, que al afrontar en Sísifo Confuso los “trabajos y los días de Francisco Leiro” ha sabido saltar sobre el escollo y aprovechar la suerte: ha tenido que buscar y encontrar al hombre en su esfuerzo, en su transcurso, y lo ha hecho con la pericia de quien ya ha aprendido que el mejor documentalista es el que parece no estar allí. Y reafirmando la idea misma del creador: que el trabajo habla por sí mismo, poderosamente. De algo cerrado ha sacado, a cincel, algo abierto. De una negativa, varias certezas y no menos preguntas.

     

    No nos referimos cuando hablamos aquí de trabajo a la obra ya terminada, excelente sin duda, sino al proceso que lleva hasta ella. Es ese proceso, al cabo, el protagonista absoluto de un documental modestamente soberbio. Y es en ese proceso donde el título del film cobra sentido, donde el trabajo de Leiro adquiere la cualidad de una rueda estacional, diríase que eterna, y el mito de Sísifo asoma las orejas al fondo del encuadre.

     

    Leiro, en efecto, quizá como metáfora involuntaria del trabajo de cualquier artista (¿qué es el arte?), empuja una piedra metafórica a través del año. Arranca en Galicia, encontrando por sí mismo ese trozo de roca adecuado en una cantera abandonada, dándole volumen a base de taladro, cincel y radial en su casa de Cambados. Prosigue, ya sin ayudantes, en su amplio pero claustral taller de Madrid, durante el solitario trabajo de pulido, reflexión y matiz que llevará hasta las piezas susceptibles de ser expuestas. Fluye, después, hasta ese receso pensativo y libre que transcurre en Nueva York, la ciudad que nunca duerme, donde, en una paradoja sólo aparente, el escultor se retira a pensar, a absorber, a dibujar (no es poca la importancia del dibujo en todo este proceso) y hacer acopio de nuevas ideas. De vuelta a Cambados, la piedra de Sísifo vuelve a estar allí, esperándole.

     

    El concepto narrativo es, pues, preclaro, pero viene dado por la realidad. Esa concatenación de soledades que el espectador tiene el privilegio de poder espiar por un momento, ese círculo del trabajo, mitológico en su simplicidad –y su ocasional y sólo aparente tosquedad– se impone al documentalista. Y el documentalista lo acepta y lo integra. La narración y la vida adquieren así la misma frecuencia, el mismo paso. Y ese paso circular lo dibuja Álvarez con un perfecto tono de contemplación de lo cotidiano, y de lo inevitable. Absteniéndose de intervenir, usando el efecto con una moderación magistral: pareciendo no estar.

     

    Mediado el documental, el que lo observa con detenimiento entra, él también, en la rueda, y puede girar en ella sin interferencia, sintiendo la búsqueda del creador en su carne, recreándose en los planos, a menudo gozosamente largos en los que Leiro trabaja la piedra y la madera con precisión y paciencia. Si uno fuese dado a la fisiognomía, diría que el autor parece predestinado a su trabajo, en realidad. Su físico rocoso y fértil, su normalidad, su silencio pensativo, armonizan con el granito negro que horada y con la madera sobria que desbasta. Hay momentos que parecen retratar el encuentro de dos noblezas primigenias e instintivas.

     

    Virtud capital de Sísifo Confuso es, pues, esa aproximación limpia que hace poca, muy poca literatura, porque entiende que toda narración y toda posible poesía están en este caso en el proceso. Apenas la música de Lucía Martínez puntea de cuando en cuando, poderosamente pero sin estorbar, entendiendo el concepto rector de ambas obras (documental y documento), potenciando la experiencia sensorial y fluyendo siempre con el matiz adecuado, de lo tradicional mutado a lo onomatopéyico y lo vanguardista.

     

    Sin duda este ejercicio de simbiosis estoica es posible gracias a las posibilidades visuales de la disciplina misma, la escultura. Y no menos peso tiene el hecho de que observar a Leiro es contemplar a un maestro vivo y en plenitud; el raro momento en que se te trae en bandeja el núcleo de un genio, y no sus postdatas o sus exhumaciones. Pese a todo, no era sencillo, y el documental logra esa rara gracia de introducir en él a quien lo ve y dejarlo luego libre allí, para que saque sus propias conclusiones. Dentro de la narrativa actual, que es en general absolutamente intervencionista –aunque a veces de manera sutil–, y que es capaz de aplicar criterios morales incluso a un apareamiento entre leones, la relación de Leiro con la madera, la piedra y sus propias ideas no enunciadas está retratada aquí en toda su descarnada intimidad, sin juicios ni plantillas previas. Ni siquiera las suyas. Incluso en la parte dedicada a su estancia en Nueva York, más libre, más aleatoria y más onírica, en cierto modo, la vida está expuesta sin moralinas, en toda su levedad y en todo su potencial peso. Y ahí, en esa ausencia de normas enlatadas con la que el director responde a la ausencia de teoría del autor, está el campo libre para quien observa, que –acaso incómodo– se verá obligado a hacerse sus propias preguntas.

     

    Ahí va la mía: ¿Existe una estética previa a nuestras intenciones? ¿Hasta qué punto la estética que el creador elige está condicionada por la de un material que estaba aquí antes de que existiésemos siquiera como especie? ¿Existe una llamada primitiva que guía nuestra mano? ¿Un inconsciente atado a la materia que juega con nuestro consciente atado a la cultura?

     

    Leiro, menos lioso que yo y parte de una ética proletaria, se pregunta simplemente, hablando de su jornada de trabajo de ocho horas: ¿Qué diferencia hay entre un trabajador y un artista?

     

    Se me ocurre que el título de su exposición (retratada en el documental) puede tener algo que ver en la respuesta: “Purgatorio”. Se me ocurre que la obsesión con el peso y la carga exhibida allí puede darnos que pensar. Y se me ocurre que el título elegido por Aser Álvarez para su documental es ahí, de nuevo, agudo. Decía Albert Camus que “un hombre es presa de sus verdades”. Lo que esas verdades –enunciadas o no– tienen de inevitable, quizá, es uno de los puntos que distingue al artista del artesano.

     

    Son teorías a vuelapluma, ciertamente, que quizá Leiro desprecie con razón.

     

    Pero cuando él vuelve a Cambados, la piedra siempre sigue allí.

     

     

     

     

    Leiro al estilo Leiro, por Aser Álvarez González

     

     

    Para el escultor Txomin Badiola, Francisco Leiro (Cambados, 1957) “es el último superviviente de una época heroica de la escultura, de una forma de trabajar que ya casi no existe por el esfuerzo físico que requiere, pero que en su caso además se combina con un intenso y constante proceso reflexivo”. Badiola nos descubre las claves para poder mostrar lo que hay detrás de las obras de Leiro, las interioridades del proceso creativo de un escultor extraordinario en plena madurez, las condiciones físicas y mentales de su trabajo.

     

    El reto era hacer algo sobre Leiro al estilo Leiro, sin didactismos ni teorizaciones. Pero antes había que convencer al protagonista, un tipo tímido y poco amigo de la exposición pública. Nos conocimos rodando mi primer documental, 100% CEF, una biografía de Celso Emilio Ferreiro, en el que Leiro aparece leyendo un fragmento del poema Longa noite de pedra y percutiendo con su cincel sobre el granito negro al ritmo de un pandeiro. Después de lograr aquella performance, casi cualquier cosa era posible. Incluso hacer un documental…       

     

    Empezamos a rodar con un equipo mínimo en su taller. Simplemente observando, viendo hacer, sin saber muy bien cuál iba a ser el resultado de aquella indagación, de aquel camino que comenzábamos hace más de tres años en Cambados. Muchas horas de rodaje después, más llevados por la intuición y la pasión que por la razón, dejándonos llevar por sus ritmos laborales y vitales, vía Madrid y Nueva York, llegamos a algún lugar donde nos hemos encontrado por sorpresa no con uno sino con dos documentales, que son piezas independientes pero complementarias.

     

     

    Sísifo Confuso en el purgatorio

     

    Sísifo Confuso. Los trabajos y los días de Francisco Leiro, cuyo tráiler avanza bien lo que va a venir y nos deja con ganas de más, es un largometraje que acaba de empezar su recorrido por festivales de cine nacionales e internacionales. El purgatorio de Francisco Leiro es una pieza audiovisual basada en un diálogo, rodado en un plano secuencia, entre Leiro y Badiola, posiblemente los dos escultores más interesantes del panorama estatal, un trabajo que estos días estamos terminando de montar y que se va a emitir en el programa de documentales Imprescindibles de La2 de TVE.

     

    En ambos trabajos la pantalla nos abre las ventanas de un Leiro inédito, pues nunca antes un equipo de rodaje se había internado así en sus lugares de trabajo y de ocio en Cambados, Madrid y Nueva York. Puede que todo haya sido un sueño y que nunca hayamos salido de Cambados, el principio del mundo del artista gallego más internacional. Aunque como dice Manuel Vicent, “Leiro en Madrid no deja nunca de ser de Cambados y en Cambados no deja nunca de ser de Nueva York y en Nueva York no deja nunca de ser de Madrid”.

     

    El espectador podrá ver a Leiro ultimando los detalles antes de la inauguración de la exposición de Purgatorio, en Madrid, pero también a un tipo que sueña con Cambados y cruza el Atlántico mientras duerme la siesta. En bicicleta por Tribeca y comprando pescado en Chinatown. Dibujando sus bocetos en el metro de Brooklyn o buscando un bloque de granito negro en una cantera abandonada para liberar al gigante de piedra que lo habita, en su taller de Cambados. El ritmo lo marcan los trabajos y los días Leiro, el montaje de Mario Burbano y la magistral banda sonora de la compositora Lucía Martínez.

     

    Hemos subido y bajado la misma colina una y otra vez cargando grandes piedras. Han hecho falta muchas horas de grabación y montaje para hacer emerger orgánicamente de la roca madre a un artista de una pieza, en toda su autenticidad, brotando sin discursos de su silencio y laconismo característicos, sobre todo cuando hay intrusos que llegan husmeando desde fuera de su círculo habitual, echando así por tierra, de una vez por todas, ese estereotipo que él mismo ha contribuido a crear. Y todo a base de ver cómo trabaja Leiro.

     

    anslyo ya he dicho demasiado.  el caso de Srid y Nueva York.

    Del otro lado de la pantalla nos espera la escultura, por supuesto, pero también el dibujo, esa actividad diaria que para Leiro es “la cuna de la escultura”, la base de un proceso creativo muy exigente física e intelectualmente, siempre sometido a una reflexión constante, tanto “que a veces” no le deja “ni dormir”, pero con la retranca y el humor jugando un papel esencial en la obra y en la vida del único escultor que a veces se convierte en una de sus esculturas, como en el caso de Sísifo Confuso.

     

    Creo que si hace tres años hubiésemos sido plenamente conscientes de lo que estábamos intentando hacer posiblemente no habríamos iniciado un proyecto documental tan ambicioso. Pero ya metidos en faena y con la inestimable ayuda de Lois Codias, Plácido Romero, Guillermo García y Mariana R. Bernardo, creo sinceramente que hemos conseguido estar a la altura que exige un artista tan potente, mostrando con sobriedad y precisión, sin excesos ni artificios, lo que hay detrás de sus obras, dejando al espectador libertad absoluta para disfrutar de un documental sobre Leiro, hecho al estilo Leiro.

     

    Y el resto os lo dejo a vosotros, para que lo disfrutéis tanto como nosotros, a pesar de las piedras, las colinas y la confusión. Que yo, como dice Leiro en el documental, ya he hablado demasiado…   

     

     

     

     

    Luís Boullosa (Madrid, 1975) es un periodista de rock. Desde el 2006 mantiene el blog Kaput Magazine, escribe alternativamente en medios especializados y desde hace un tiempo toca con su banda Gog y las hienas telepáticas. En 2014 publicó en la editorial 66rpm El puño y la letra, creación literaria y rock and roll underground.

     

    Aser Álvarez González (Orense, 1976) es licenciado en Políticas y Periodismo, máster y especialista en Comunicación Auduiovisual, dirige el Festival Internacional de Cine Carlos Velo. Ha trabajado en prensa, radio y televisión, es socio de Arraianos Producións y autor de libros, guías de viajes y trabajos multimedia. El documental fue 100% CEF es su ópera prima, con el que ganó el Premio Mestre Mateo al Mejor Documental, el Premio Especial en el Festival de Cine de Bucarest y otros. Sísifo Confuso. Traballos e días de Francisco Leiro es su trabajo más reciente.

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