Ignacio Carrión

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    La pecera de Ignacio Carrión. Adiós a un periodista

    Carlos García Santa Cecilia - 20-10-2016

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    El 6 de octubre de 2016, dos días antes de su muerte, Ignacio Carrión publicó en su página web un post titulado ‘Obsolescencia humana’. Una antigua motocicleta Guzzi-Hispania, expuesta en el escaparate de una tienda, le evoca sus correrías por las calles de Valencia. Ampliando la fotografía puede atisbarse el reflejo de su imagen, en silla de ruedas, pero que parece montar una moto de la que nunca se hubiera bajado. El 7 de octubre recibí un correo electrónico de su hija María en el que me preguntaba de parte de su padre por el proyecto de edición de una antología de su obra periodística: “Si tienes alguna duda o pregunta que se quedó pendiente, hoy es el momento de preguntar, no le queda mucho tiempo de estar consciente”.

     

    Conocí a Ignacio Carrión, aunque le había visto deambular por la redacción de El País con el aura de una estrella, cuando nos encargaron cubrir juntos, en octubre de 1989, la campaña electoral siguiendo a Adolfo Suárez y a su partido político, Centro Democrático y Social (CDS), en la que habría de ser la última aventura política del “artífice de la Transición”. Yo era un joven redactor de la sección de Cultura llamado para reforzar la cobertura electoral, Carrión un veterano y consagrado corresponsal, un verso suelto en el periódico a la busca de grandes reportajes, y Suárez una figura en declive con más ribetes literarios que políticos.

     

    Me tocaba contar el día a día y las propuestas de aquella extraña organización que rodeaba al líder y a Carrión, trazar su perfil. Viajamos juntos aquellos días intensos, enloquecidos, por toda España, asistimos a ruedas de prensa y a mítines repetidos (y cenamos en París, donde el partido buscaba su encaje internacional). Aprendí de Carrión que la labor de un periodista es seguir su instinto hasta conformar la historia en la que cree, sin atender a la redacción o a los asesores políticos, sin desfallecer hasta conseguirlo. Dotado de una fina agudeza, buscaba un rasgo personal o anecdótico para que su relato de los hechos discurriera por un cauce intransitado. No se trata de confirmar un prejuicio sino de insistir y permanecer alerta hasta reconocer la idea que ilumina lo que debes contar. Yo coloqué a Suárez y a su fiel escudero Agustín Rodríguez Sahagún como don Quijote y Sancho cuando llegamos a La Mancha y Carrión logró entrevistarle en el avión privado en el que se trasladaba –mientras los demás viajábamos en autobús–, una imagen de la perspectiva política del duque, como le llamábamos. “Suárez, su reino no es de este mundo”, tituló.

     

    Años después, cuando publicó el primer tomo de sus Diarios, contó lo que Suárez le dijo off the record en aquel avión: que el Rey no estuvo claro la noche del 23-F, que Felipe González le había confesado que estaba “estudiando la conveniencia de que el Gobierno dispusiera de fuertes sumas de dinero en varios puntos del mundo para poder sostener a un Gobierno en el exilio en el supuesto de que se produjera otro golpe de Estado” y que Polanco era votante del CDS. Mientras escribía la entrevista, le llamó Suárez: había pedido a Polanco que le permitiera hacer pública esta declaración. “¿Y qué te dijo?”, preguntó Carrión. “Que prefiere que no digamos nada de eso, hay un conflicto entre sus inclinaciones políticas y sus intereses de empresario”.

     

    Ignacio Carrión era un periodista de raza, uno de los mejores de aquella gran época que vivió el periodismo durante la Transición. Comenzó, sin embargo, como librero en Valencia. El día que inauguró la librería Lope de Vega fue uno de los tres más felices de su vida, según escribe en sus diarios. Su padre era un hombre pobre que se casó con una mujer rica, de una familia aún más rica que había juntado dos grandes fortunas gracias a un matrimonio consanguíneo entre primos hermanos. A comienzos de los años sesenta, cuando contaba 23 años, le hicieron bajarse de su moto y le enviaron a Viena para que se psicoanalizara con el eminente psiquiatra Victor Frankl, discípulo de Freud, quien le puso en manos de un ayudante, “quien a su vez me puso, menos mal, en manos de una joven austriaca llamada Inge que fue quien me curó no en el diván sino llevándome directamente a la cama”. En aquellos días pensó en suicidarse, pero comenzó a escribir en Viena unos diarios que no interrumpió mientras tuvo conciencia.

     

    A su regreso, abandonó sus estudios de Derecho y se consagró al periodismo. Fue corresponsal de la agencia Efe en Londres, trabajó en la revista Blanco y Negro de 1969 a 1976 y fue corresponsal de Abc en San Francisco y Londres durante los primeros años setenta. Sus primeros reportajes en Blanco y Negro describen ciudades o monumentos y cada vez con más frecuencia son fruto de su espíritu inquieto y viajero: Japón, Estados Unidos. El franquismo comenzaba a hacer agua y Carrión bebía de la prensa europea y sobre todo norteamericana. Sus artículos son frescos y originales, sus entrevistas con los últimos bastiones del régimen, mordaces. En 1976 publica Querido señor rey, una selección de cartas de niños entre los seis y los once años. “Como de un tiempo a esta parte los niños han presenciado hechos extraordinarios (Franco de cuerpo presente, Arias llorando en televisión, el Príncipe convertido en Rey de la noche a la mañana), pensé que podría tener interés la reacción que tales acontecimientos, y otros posteriores, han podido causar en los pequeños”. El libro fue secuestrado.

     

    Sobre esta época, anota: “Veo la cara de Luis María Ansón detrás de aquellas entradillas que él mismo escribía y no firmaba para contradecir sin que lo pareciera lo que yo relataba en ciertos reportajes que en lugar de censurar abiertamente (fotos de desnudo por supuesto sí) lo hacía subrepticiamente”. Los Diarios (publicados en cuatro tomos, de 1961 a 2015) son un escalofriante ejercicio de introspección, en los que volcó hasta sus más inconfesables obsesiones y miserias, pero son también una panorámica descarnada de la prensa de los últimos cincuenta años. “La redacción de Abc está en una sala de techo altísimo y tiene una gran mesa en el centro para que los redactores se sitúen como en la santa y última cena. Al fondo hay un estrado y sobre él, a modo de altar mayor, varias mesas, y en medio de ellas una escultura a tamaño –por lo menos natural– de Luca de Tena. Uno se imagina a la plantilla de redactores arrodillados ante la imagen del santo: ora pro nobis”.

     

    En 1983 abandona Abc y busca trabajo en los nuevos periódicos. El País le dice que no contrata “a consagrados” y recala en Cambio 16 y Diario 16 como corresponsal en Washington, tras arduas negociaciones con Pedro J. Ramírez. Durante años, sus crónicas en el periódico son prácticamente diarias, imprimiendo siempre un enfoque personal, interesado por todo, desde el corredor de la muerte hasta los maridos de Marilyn Monroe. Recogerá esta última serie de reportaje, Buscando a Marilyn, escrita en julio de 1987, en un libro publicado en 2008. “Un reportaje que al cabo de veinte años todavía se tiene en pie, no es seguramente mejor que otro que al cabo del tiempo resulta ilegible”, afirma en el prólogo: “La clave estaría en la certera combinación de tema y tratamiento”. En 2009 publica un epistolario también de aquellos años (1988, el último del mandato de Reagan), Cartas a Lola desde USA, al que me referí en mi blog de fronterad. Su último libro publicado, Ingleses (2016), contiene sus observaciones sobre los británicos escritas con ironía durante su estancia como corresponsal en 1982.

     

    Al fin, y por la puerta grande, entra en El País en 1989, tras rechazar el oro y el moro: Juan Tomás de Salas le ofrece la dirección de Cambio 16 y Pedro J., preparando el lanzamiento de El Mundo, un sueldo de 12 millones de pesetas al año. Joaquín Estefanía, entonces director, le dice, mojando su cruasán a la plancha pinchado con un tenedor en un café con leche, que quiere que sea “una estrella”. Quiere que escriba “reportajes en España y en el extranjero, crónicas y entrevistas, la columna de la última página (que se alternan varias firmas como la cama de un burdel) y cualquier clase de pieza que se tercie”, recuerda Carrión, además sin horario ni obligación de estar en la redacción. Le ofrece siete millones de pesetas al año, más otro que le puede entregar, sin que se sepa, como una paga de beneficios de la empresa y que reciben “muy pocas personas”.

     

    Con condiciones tan ventajosas, Carrión simultaneó en la década de los noventa su trabajo en el periódico con su obra de creación: El Milagro (1990), Klaus ha vuelto (1992), Desahucio (1996) y, sobre todo, Cruzar el Danubio, Premio Nadal en 1995, un análisis de la patología del oficio periodístico. La entrega del premio fue el segundo de los tres días más felices de su vida (el tercero fue su encuentro con Chus, su segunda mujer, que le acompañó hasta su último aliento). El viaje con Suárez fue uno de sus primeros reportajes. “Usaba Miguel Yuste, donde estamos”, ha escrito Juan Cruz con motivo de su fallecimiento, “para otear el horizonte y lanzarse, como reportero, como escritor de periódicos, a los asuntos que fueron su materia vital, periodística y literaria: descubrir y describir paisajes y personajes, en realidad, paisajes humanos, despojados en general de actividad política o pública”. Añade que todos le envidiábamos, pero yo recortaba y releía sus artículos.

     

    Su estrella, en un oficio a veces tan vil y envidioso, se fue apagando por los roces con la realidad, el ombudsman y los recortes y las guerras empresariales que fueron minando unos años prodigiosos del periodismo. Mostró siempre especial cariño por los fotógrafos y por los ilustradores con los que trabajó, especialmente hacia Alfredo y Raúl (ambos han cedido dibujos de sus viajes con Carrión para este artículo). Se jubiló en septiembre de 2003. Describe así el final de su entrevista con el entonces director, Jesús Ceberio: “Me dio la mano. Y sin una palabra de afecto, ni por su parte ni por la mía, nos despedimos con frialdad”.

     

    Siguió escribiendo. “Cargo la pluma de émbolo como si fuera una jeringuilla. La acerco al papel como si fuera a ponerme una inyección de arsénico. O quizá una buena dosis de anestesia. Pero escribir no quita el dolor. Es una droga inocua”. Sus diarios habían adquirido unas dimensiones ciclópeas y se los mandó a su agente, Carmen Balcells. Tras no pocas peripecias y la inacción editorial, decidió recuperarlos y romper su relación con ella. “Será tan duro o más que psicoanalizarte”, le había advertido Balcells. La publicación en 2007, finalmente en la Editorial Edaf, del primer volumen, La hierba crece despacio (Diarios, 1961-2001), supuso una conmoción. Lo contaba todo de todo el mundo, empezando por él mismo. “Yo he escrito casi siempre desde el fondo del resentimiento, de la memoria y de la desdicha. Incluso del rencor, en algún momento”. En el mejor de los supuestos, el libro fue obviado. La respuesta general fue el silencio y se convirtió en un maldito. “Me dijeron que molesté, cabreé a demasiada gente. No gustaron a nadie, ni siquiera a quienes no aparecían en sus páginas”.

     

    No es el único autor que ha publicado sus diarios –también lo han hecho Andrés Trapiello, Ricardo Piglia, Ignacio Vidal-Folch o Iñaki Uriarte– pero ninguno se expone así a la intemperie. Una anotación de 2003 se acompaña con una foto en la que está escribiendo desnudo. Así era su estilo: detestaba los adjetivos, escribió un libro sin comas y abominaba toda afectación en la prosa. Tardó siete años en encontrar editor para los siguientes volúmenes (Diarios 2001-2005 y Diarios 2006-2010, ambos en Reino de Cordelia) y publicó el último hace unos meses (Diarios 2011-2015) con Renacimiento. De nuevo el silencio, del que Carrión se dolía. “Ellos ladran y yo escribo”, declaró en una breve entrevista que le hice para fronterad. Solo Enric González escribió: “Este hombre sin piedad, que fue librero, viajero, gran periodista y novelista, ha perpetrado en los diarios de su vida una obra de arte extraordinariamente potente. Se lee con placer, con cabreo, con estupefacción, con entusiasmo. Es gran literatura” (El Mundo, 5-9-2014).

     

    Dice González que Carrión escribe “como si ya hubiera muerto”, lo que confirma el autor: “Cuando escribo lo hago pensando que todos a mi alrededor han muerto y que yo también he muerto. Y no concibo otra manera de escribir un Diario que no sea esta”. Ahora Carrión está muerto y cabe preguntarse si su obra le sobrevivirá. Apenas se han publicado necrológicas, salvo la de Juan Cruz en la que le perdona la vida adscribiendo los diarios al terreno de la ficción. Carrión se quedó solo, con su pluma de émbolo, y legó la totalidad de sus diarios (lo publicado no es más que un 15% de lo que escribió) a la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Valencia, por si alguien en un futuro sin rencores decide rescatar a un brillante y envidiado escritor y periodista que devino en maldito a su pesar.

     

    El 8 de octubre de 2015 anotó en su diario: “A las 6:30 cita con el oncólogo. El TAC dio cáncer en un pulmón. A partir del martes 13, la cosa se pondrá en marcha”. En su web fue narrando el desarrollo de la enfermedad, su lucha contra el avance del tumor, su desesperación en la cama hospitalaria. Un amigo me dijo que no podía seguir leyéndolo. No pude verle cuando estuve en Valencia hace unos meses por sus sesiones interminables de quimioterapia. Tampoco pudimos presentar en Madrid sus Cartas a Lola desde USA, a pesar de que ya tenía los billetes del tren y la reserva del hotel.

     

    Cuando hablé con él hace un año, ya con su enfermedad diagnosticada, me comentó que estaba esperando a un periodista que iba a hacerle una entrevista para un diario de Valencia. “Las preguntas de siempre y las respuestas de siempre”, dijo. “Pero, mira, tengo en mi escritorio una pecera con un pez de colores. Detesto los peces, pero me la han regalado mis nietos y no puedo deshacerme de ella. La voy cambiando de sitio, no sé dónde ponerla y acabo mirándola. Así me siento yo, como ese pez que vive en una atmósfera diferente, incapaz de comunicarse, que molesta...”. Y añadió: “Esa es la entrevista”. Entendí que me estaba dictando la crónica de su muerte.

     

     

     

    Carlos García Santa Cecilia es escritor y periodista. Pertenece al equipo de FronteraD casi desde su fundación, donde ha publicado, entre otros artículos, José Nieto, último exiliado del franquismo, militante de la CNT, hizo de Nueva York su refugio (con Montse Feu), Las dos Españas de Virginia Cowles, Destino fatídicoEl grano de Herbert Matthews, es el coordinador editorial de publicaciones en papel y e-books, y mantiene el blog De libros raros, perdidos y olvidados. En Twitter: @CGSantaCecilia

     

     

     

    Como homenaje a Ignacio Carrión, FronteraD publica en la galería de imágenes una serie de dibujos que los ilustradores Raúl y Alfredo realizaron acompañando al escritor en viajes a Moscú y Nueva York. Agradecemos a ambos su generosidad al cedernos las obras.

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