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    ¿El porvenir o el devenir? El cine de Mia Hansen-Love

    Maite Larrauri - 11-11-2016

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    Me voy a atrever a proponer otro título para la última película de Mia Hansen-Love, película con la que la cineasta ganó el Oso de plata a la mejor dirección, en la última Berlinale. L'avenir, se titula, es decir, “el porvenir”, como justamente ha sido traducida al castellano. Y sin embargo, tengo la pretensión de afirmar que el título más adecuado hubiera sido Le devenir.

     

    Sólo en dos aspectos admito que L'avenir es un título bien puesto. Para empezar porque “devenir” es una palabra muy filosófica y aunque toda la película está llena de filosofía (la protagonista, Isabelle Huppert, es profesora de filosofía en un instituto), quizá de haberse titulado Le devenir habría remitido más al enunciado de una tesis o a la portada de un libro que a una película. Y, en segundo lugar, porque después de haber visto todas las películas de esta directora francesa (son cinco en total, todas ellas diversamente premiadas y celebradas, en Cannes, en Locarno, en San Sebastián), concluyo que “el devenir” es el título que podrían haber tenido todas sus películas, por lo que claramente no sirve sólo para esta.

     

    Me alegro de que esta sea una ocasión para discutir acerca de las diferencias entre porvenir y devenir. Se puede decir que las vidas, las instituciones o los acontecimientos tienen un porvenir, si se puede establecer un hilo de continuidad, de consecuencialidad, que anuncia un resultado futuro vinculado al presente. De los gestos y las acciones de hoy se proyecta hacia adelante unos hechos que están por-venir, pero que ya pueden anunciarse. Por el contrario, el devenir es una deriva, como un curso de agua, siempre discurriendo, haciéndose y deshaciéndose. Va y viene, más que avanzar, se mueve.

     

    Pero mientras las personas o las instituciones o los acontecimientos están vivos, transcurriendo, son puro devenir y sólo se puede hablar del porvenir de este o esta como una hipótesis o un deseo proyectado al futuro, como algo incierto. La única forma segura y firme de establecer el porvenir de aquel o aquella se encuentra en el relato que podemos hacer de alguien cuando ya tiene sentido hablar de su biografía, esto es, cuando su protagonista ha muerto. Hannah Arendt se reveló como una biógrafa de primera magnitud en los retratos que hizo de una serie de personajes –desde Walter Benjamin hasta Karen Blixen, desde Charles Chaplin al papa Juan XXIII– porque entendió que establecer quién fue tal o cual persona depende de la capacidad de dibujar su vida como una trayectoria. A pesar de su brevedad, estos retratos de Arendt constituyen auténticas biografías, mucho más jugosas que los interminables y pormenorizados libros que en la mayoría de las ocasiones se nos ofrecen como de género biográfico. En pocas páginas te quedas con una intuición que comprende una vida entera, te llevas mucho más que anécdotas, lo que entiendes que es el sentido de una vida.

     

    Evidentemente esta trayectoria sólo puede ser dicha o escrita cuando la flecha que constituye una vida ha tocado tierra. Porque la vida mientras es vida no permite ver su final, que tiene siempre algo o mucho de imprevisible. Por eso decimos que hay muertes prematuras, las de aquellas personas cuyas flechas no han tenido tiempo de volar, trazar un recorrido y caer al suelo: es como si su caída brusca nos dejara sin comprensión posible. 

     

    A propósito del mayo del 68 francés, Gilles Deleuze afirmó que las revoluciones no tienen porvenir, porque son devenir. Una revolución cuando muere, cuando se agota, cuando la gente refluye de nuevo a sus vidas privadas y a sus intereses particulares, deja de ser revolución. Los cambios posteriores que reflejan algunas leyes no pueden ser entendidos como el porvenir de esa revolución, no son el fruto deseado, hay un abismo entre lo que la revolución y los revolucionarios hicieron con sus acciones –o sea su devenir– y el resultado inscrito en el retorno a la normalidad. ¿Quiere esto decir que no valía la pena? Muy al contrario, las revoluciones son vida en movimiento, son devenires y quienes se lanzan a la corriente revolucionaria cambian y evolucionan, devienen lo que antes no eran. Una mujer que ha participado en el movimiento feminista deviene otra y eso independientemente de que se alcancen o no los objetivos del movimiento.

     

    La mayoría de los relatos cinematográficos tiene principio y fin. En el tiempo limitado por una sesión cinematográfica, a los espectadores nos cuentan una historia que más tarde, fuera del cine, podríamos a nuestra vez contar. Nos hemos habituado a este tipo de cine, tanto que es lo que nos esperamos cuando entramos en una sala. Y nos sorprende cuando un cineasta tiene un estilo propio que rompe con lo esperado. En este sentido el cine de Mia Hansen-Love es un cine de autor.

     

    La sensación que tienes viendo las películas de esta directora es que el relato no tiene fin, si termina la película es porque el tiempo impuesto para una reproducción suele estar entre la hora y media y las dos horas, pero nada en el guión hace esperar que termine aquí mejor que allí. No termina la historia, termina la proyección. Es como si asistieras al desarrollo de las vidas de unas personas (en ocasiones con saltos temporales de años), pero a un desarrollo sin porvenir. La prueba es que, si lo piensas, entre el inicio del relato y sus premisas, y el momento en el que la película termina, no existe ningún tipo de consecuencialidad. No es que lo que ocurre en la pantalla sea irreal o imposible  o delirante sino que es inesperado, como la vida misma.

     

    ¿Se puede hacer un cine más cerca de la vida que de su fijación en imágenes, en relatos acabados? Quizá es esto mismo lo que quiere demostrar Mia Hansen-Love. En su última película, El porvenir, todo lo que le sucede al personaje de Isabelle Huppert, a pesar de que son las anécdotas elegidas por la autora para contarnos una historia, no está trabado como los hilos de un bordado que pretenda tener un sentido. La historia de esta profesora de filosofía es una suma de circunstancias, cualquiera de ellas en una película “tradicional” podría conducir a la siguiente. Y sin embargo aquí no.

     

    Mia Hansen-Love podría haber inventado el porvenir de esta profesora de filosofía, pero no lo ha hecho. Ha expuesto su vida como puro devenir. Tampoco es porvenir lo que hace en sus otras películas con sus otros personajes, y por ello deduzco que el cine tradicional cuando narra vidas normales, le debe parecer una impostación excesiva. ¿Por qué cerrar las vidas de los personajes con un sentido que obviamente es inexistente a menos que mates a los protagonistas?

     

    Los héroes y las heroínas de nuestro imaginario se nos presentan tales porque sabemos establecer el recorrido de sus flechas y nos identificamos o deseamos identificarnos con ellas. Ahí tenemos vidas excepcionales, paradigmas para nuestras propias acciones. Pero el cine que cuenta no vidas heroicas sino normales tiene algo de falso: nos presenta unas vidas no terminadas como si fueran vidas  terminadas, en la medida en que son relatos terminados. En muchas ocasiones, pretende producir mediante la música, la luz y los encuadres (o sea elementos puramente cinematográficos), una identificación catártica, y entonces, sin poderlo evitar, nos angustiamos, lloramos, nos alegramos con lo que pasa en la pantalla.

     

    Las películas de Mia Hansen-Love me han hecho pensar en una doble paradoja. Por un lado, el cine tradicional presenta un relato de personas que en pantalla no mueren, pero que sin embargo sus vidas tienen sentido y nos conducen a una cierta identificación. Por otro lado, el cine de esta cineasta, que no presenta relatos terminados, que parece permanentemente inacabado como serían las vidas mismas de sus protagonistas si vivieran fuera de la pantalla, que elabora personajes que parecen más cerca de la vida en su propio devenir, sin embargo no provoca identificación.

     

    Porque en efecto, esto es lo que sucede o al menos lo que a mí me ha sucedido: las vidas de sus personajes podrían ser mi propia vida, más si cabe en esta última película en la que la protagonista es una profesora de filosofía. Pero no me emocionan. Ni siquiera cuando esta profesora tiene un nieto. O sea que su cine no está hecho para emocionar sino para distanciar. Para hacerme pensar que el devenir, mientras sea devenir, es la vida, está abierto, todo puede suceder. Se lo agradezco. Frente a la contaminación del cine que nos narra vidas normales con una altísima dosis de melodrama, esta es una mirada limpia, saludable, no sabría decirlo de otra manera.

     

     

     

     

     

    Maite Larrauri es escritora y profesora jubilada. En FronteraD, donde mantiene el blog Filosofía para profanos, ha publicado, entre otros artículos, ‘El extranjero’, de Albert Camus, y su secuela. ¿Se puede verificar una obra literaria?En torno a ‘Sumisión’, el último libro de Michel Houellebecq: ¡Es feo!La valentía es Hannah Arendt. Libros de fronterad ha editado (con dibujos de Max) cinco libros: El deseo según Gilles Deleuze, La felicidad según Spinoza, La creación según Henri Bergson, La libertad según Hannah Arendt y La amistad según Epicuro.

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