La caldera del Pululahua

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    Sobre el miedo de vivir en la boca de un volcán antes y después de las elecciones que ganó Donald Trump

    Texto y fotos: Gema Álava - 18-11-2016

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    A diecisiete kilómetros de Quito, en la caldera seca y plana de un volcán, en Pichincha, descansa el pueblecito Pululahua. La última erupción del volcán Pululahua fue tan potente que su cámara de magma se vació, debilitando la estructura interna de tal modo que sus paredes se colapsaron y las laderas, a casi 4.000 metros de altura, cayeron en las entrañas y taponaron la sutura descosida.

     

    A casi  4.000 metros de altura, en la boca de un volcán que hace como que duerme, uno no puede respirar. Y así, sin oxígeno, las cosas se ven claras: dejas de ser lo que eres para convertirte en algo más, que dicen no tiene nombre, ni sentido, ni color, ni medida, ni tiempo, sino presencia invisible para los dedos.

     

    Con un cráter de treinta y cuatro kilómetros cuadrados, Pululahua es una de las únicas dos calderas habitadas del mundo.

     

    —No pasa nada, está dormido –pienso mientras tiro una foto turística del Valle de Pomasqui. Pero al borde de un volcán es fácil imaginarse la lava hirviendo. Y la lava quema.  

     

    ¿De dónde viene la visión de la lava subiendo a borbotones como hierro fundido que se derrite según se torna amarilla como azúcar al caramelo? ¿La seducción del peligro, quizá?  Dice Jean Baudrillard que la seducción y la perversión mantienen relaciones sutiles. “La seducción es algo que se apodera de todos los placeres, de todos los afectos y representaciones, que se apodera de los mismos sueños”. La seducción de lo que puede llegar a ser, del potencial de lo que podemos llegar a ser si nosotros así lo queremos. ¿Puede un volcán dejar de serlo? ¿Cómo y cuándo?

     

    Pululahua significa “humo de agua” en quichua. Aquí nunca llueve, pero la humedad lo inunda todo y crecen extraordinarias orquídeas. Y como si el paisaje quisiera hacer honor a su apellido, un roscón de cúmulos rodea un montículo de lava fría, de 2.500 años de antigüedad. Pienso en Luke Howard, meteorólogo inglés que se levantó un buen día de su cama sin saber que Goethe le había dedicado un poema por haber clasificado a las nubes, por darles nombre. En una época donde no se le daba importancia a la transitoriedad los intelectuales presentían la importancia de la precariedad de la meteorología.

     

    Los nimbos parecen temer al Pululahua y se quedan pastando en las laderas sin trepar hasta la cima. A un volcán no se le doma; si eres volcán, naces y mueres volcán.

     

    Respiro todo el aire que puedo porque mi avión despega a medianoche. De camino al aeropuerto, cuesta abajo por los Andes, pienso que mis glóbulos rojos multiplicados –adaptados ya a la altitud– quizá entren en euforia y el tiempo se detenga. Pero no es así. Los ancestros han dejado bien claro que tengo que regresar a Nueva York y votar. Pongo mi teléfono en airplane mode a las once menos cuarto y cuando me despierto aterrizamos en J. F. K.

     

    Quito propone madrugadas, amaneceres, y su altura no sabe de descensos. Nueva York, sin embargo, está al nivel del mar.

     

     

    *     *     *

     

    Lunes, 7 de noviembre. Víspera de las elecciones (cámara de magma)

     

    New York City es otra caldera y la histeria que se vive el día anterior a las elecciones la sienten hasta los dos pájaros pinzones que tengo en casa. Viven en una amplia jaula donde pueden volar, pero hoy no han salido de sus nidos, y hacen tantos gorgoritos ahogados que los saco del salón para poder escribir.

     

    Enciendo el ordenador y se filtra una noticia en la pantalla: “Nostradamus ha profetizado la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca”. El New York Times lleva anunciando durante meses que Hillary tiene el 80% de posibilidades de ganar la batalla y me pregunto qué podrá más, si el augurio de los sondeos o la profecía.

     

    Enciendo la tele y Mr. Trump sale en pantalla. “Estas son unas elecciones históricas”, dice, y añade: “Son las elecciones del sentido común”. Oír eso me revuelve las tripas y le doy al botón del mando. ¡Fuera Trump! Les grito con energía a los pinzones a través del tabique.

     

    El dolor que ejerce una verdad que aun siendo absurda no deja de ser menos cierta es inmenso. Mañana votaremos con nuestro sentido común, sí, pero… ¿lo habrá? Porque las elecciones indicarán justo eso: el porcentaje de sentido común, y el porcentaje de miedo, rabia y frustración acumuladas en este país desde que a Trump le colocaron un micrófono en la mano en lo alto de un escenario televisado, desde donde nos ha hecho el tiburón, el león, la cobra, el elefante… Desde donde ha insultado a musulmanes, negros, mujeres, individuos con discapacidades e intelectuales. Esas entre otras mil acciones deplorables más.

     

    Los canales visuales han proporcionado una gran dosis de divertimento, dice el escritor sevillano Paco Reyero en su libro Trump: el león del circo (frase dicha por el presidente de la CBS), donde nos cuenta cómo en la realidad de Trump una barbaridad puede ser sólo superada y reemplazada por la barbaridad del día siguiente. (Como la lava).

     

    Quito y su mínimo oxígeno me mantenía mareada pero en equilibrio. Como al huevo impregnado de cargas magnéticas positivas y negativas a partes iguales en el paralelo 0.0.0., en la llamada Mitad del mundo, donde los polos opuestos de la Tierra se comunican. La pantalla plana del televisor, sin embargo, me roba el oxígeno como un dementor y tengo la sensación de que voy a caer redonda. (Así, sin oxígeno, dejas de ser lo que eres para convertirte en algo más, que dicen no tiene nombre, ni sentido, ni color, ni medida, ni tiempo, sino presencia invisible para los dedos). Es fácil conmover a audiencias en lo alto de un escenario con un rugir que haga temblar la arena, pero luego qué: ¿cuánto tiempo puede mantenerse en pie un huevo?

     

    Durante meses hemos presenciado una seducción perversa en toda regla, siendo testigos de técnicas de comportamiento verbal abusivo (y no verbal) que una víctima con baja autoestima o rabia inmensa no capta en su radar. La frustración de millones de estadounidenses ha ido cociéndose a fuego lento desde que sus bolsillos salvaran a los bancos (y a sus bonos) ocho años atrás. Y cuando la autoestima está por los suelos el voto da poder, seguridad y la oportunidad de confesar lo que no se ha contado por teléfono a las encuestas: qué es lo que nos impide dormir por las noches.

     

    El historiador Julián Casanova advierte que Trump representa muchas cosas del republicanismo tradicional y que –al decir todo más claro y más radical– genera una brecha mayor entre la gente informada y el resto. “Como en los años 30, los informados avisaban sobre lo que venía, pero las masas se llevaron por delante la democracia. La campaña de Trump ha sido un desprecio hacia a la gente que piensa, y esto hace que nos metamos en un pozo”.

     

    ¿Serían los nimbos, cúmulos y estratos empujados por el aire de las trompetas de una presidencia de Trump, y se quedarían los poetas sin aguante para esbozar poemas? Las nubes quedarían sin nombre si nadie las volviera a evocar.

     

    Me pregunto cuánto magma le queda a Trump en la caldera; si su estructura acabará debilitándose o si, por el contrario, cada escupitajo lanzado a la superficie volverá a caer dentro arrastrando a un par de cirros detrás. Y tengo miedo, porque no se puede freír una tortilla con los huevos por el suelo.

     

    En el vasto muro de Facebook, la escritora americana Cristen Hemingway Jaynes –bisnieta del premio nobel– comparte con exclamaciones fuera y dentro de un paréntesis como si la angustia desbordara también a los signos de puntuación: “(No votéis a Trump, por favor!)!!”.  El artista puertorriqueño Miguel Luciano escribe: “Muy bien, id a votar, a votar, a votar. Hagamos historia y evitemos una catástrofe mundial”. Erika Kawalek, periodista con base en Brooklyn, anota: “Me siento como si fuera Nochebuena + el día anterior a una cirugía con anestesia total”.

     

     

    Martes, 8 de noviembre. Día de elecciones (paredes internas)

     

    Mis quince años de charlas en las galerías de museos sobre las tensiones sociales europeas del periodo de entreguerras me alertaron de las similitudes entre las consignas de “Lock her up!” (¡Enciérrenla!) –que se cantaban a coro en los rallies de Trump– y la energía de la era de la República de Weimar. Tal fue mi asombro que decidí canjear mi renovada greencard por un pasaporte estadounidense. Quería votar.

     

     

    Cráter

     

    Había prometido a mi hija que iríamos a votar juntar para celebrar que una mujer sería presidente, pero el instinto –que huele cosas inodoras– me dijo que la realidad podría ser otra. Esta posibilidad, sumada al trauma de tener que reemplazar el rostro de Barack Obama por el de Donald Trump, sería demasiada decepción para una ciudadana de once años. Me acerqué despacito a la almohada de Sara y le dije entre sueños que me iba a votar mientras ella se despertaba. Mejor así.

     

    A las 8:59 am, a punto de tomarme el último sorbo de café y salir hacia las urnas, mi teléfono hace bip. Es un mensaje titulado Costeño entre volcanes del cantante y compositor ecuatoriano Danee Ramón, nacido en la provincia de El Oro, Pasaje de las Nieves, en la región sur de Ecuador.

     

    La primera vez que escuché a Danee Ramón él estaba subido en lo alto de un escenario, micrófono en mano, rodeado por dos trombones, un bajo, un timbal, una congas, unos bongos, unas campanas, y parejas de hombres y mujeres que bailaban poseídos por un ritmo endemoniado. Ellas –con minifaldas de vuelo, vestidos ajustados o vaqueros– giraban como protones en estado de fusión al son de una voz que se entregaba a la salsa. Ellos, con sonrisas anchas, rotaban alrededor de las faldas como satélites sin órbita. Aquella voz comandaba tal maremágnum de energía positiva que supuse la onda expansiva sacudiría –por lo menos—dos océanos: el Pacífico y el Atlántico. El Pululahua en plena ebullición hubiera sido ignorado dentro de aquel local. Como el talento y la generosidad no entienden de fronteras al finalizar su actuación Danee Ramón me dio su tarjeta y accedió a escribir un texto sobre cómo es la vida de un artista entre volcanes activos.

     

    Abro el mensaje y leo la cita de Alexander von Humboldt que encabeza su relato: “Los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”.

     

    Sigo leyendo: “En mi música y actuaciones busco brindar alegría y esperanza, vengo de un medio donde progresar es una tremenda hazaña, donde las diferencias sociales, étnicas y culturales nos han dividido tanto que muchas veces no somos capaces de abrazarnos como hermanos. Y si podemos dormir tranquilos entre volcanes activos, ¿por qué no podríamos superar nuestras diferencias y evolucionar nuestra caduca idiosincrasia?”.

     

    Es cierto que la división entre clases es una enfermedad global. O, como dice Julián Casanova, “la democracia política está bajo acoso”. De camino hacia a la mesa electoral me pregunto cómo es posible que dos seres humanos puedan hacer usos tan opuestos de un escenario: uno genera horror, miedo y desesperación; otro alegría y esperanza. Cierro la puerta de casa de un golpe y me dirijo hacia las urnas.

     

     

    Cono

     

    Los colegios públicos americanos cierran en día de elecciones para que entren los votos. En la verja del PS 144 de Forrest Hills, en Queens, un cartel color naranja-calabaza (como si fuera un vestigio de la fiesta de Halloween) anuncia en un español que recuerda a Toro Sentado: “No Merodeando. No hacer campaña. 100 pies de la entrada del edificio. Sección 17-130. Ley Electoral”. Está traducido al inglés, chino, japonés y árabe. Cinco adolescentes judíos ortodoxos se reúnen alrededor de una mesa de camping con una especie de mantel de plástico amarillo encima. El viento se lleva volando la pancarta-mantel pero no sus sombreros negros. Un policía se acerca, apunta a la valla con el dedo, y les comunica que está prohibido reunirse allí.

     

    Al entrar al edificio nos preguntan si queremos comprar magdalenas, también de calabaza (pumpkin muffins), pero yo no tengo el horno para bollos. Estoy nerviosa porque aunque no me siento americana lo soy. Y puedo votar. Así que me quedo como un pasmarote en la cola hasta que me llama una mujer morena con una cola de caballo:

     

    —Siguiente, por favor: ¿apellido?

    —Álava –respondo sin más.

    —Firma aquí –dice.

     

    No me pide un carné. Me da un documento con la fotocopia de una firma mía que recuerdo haber garabateado el día que tuve que jurar que no creería en príncipes (nadie me habló de princesas).

     

    Echo otra firma con un boli azul debajo de la firma negra y me da una carpeta más larga que el New York Times desdoblado. Con voz de automatón me dice:

     

    —Eres el número 269. Rellena el papel y, cuando termines, introdúcelo en la máquina electoral.

     

    Me meto a escondidas en mi confesionario y, con mucho cuidado, relleno a grafito todos los óvalos del partido democrático.

     

     

    Fumarola

     

    Después de comer voy a trabajar en una instalación de pan de oro que me han encargado en el edificio 15 Central Park West, justo a la derecha del Trump International Hotel en pleno Columbus Center. (Las casualidades a mí ya ni me asustan ni me sorprenden, las dejo venir).

     

    En el vagón de metro sólo se escucha el aire acondicionado. En el asiento de mi derecha una mujer de unos treinta y cinco años con una burka azul marino me dice que ella no va a poder votar hoy porque tiene una greencard, pero que su marido ha votado por Hillary.

     

    Al salir en la calle 57, el analista político Corin Dann hace pruebas delante de una cámara de televisión con un periodista del Canal One New Political Unit de Nueva Zelanda. Me permiten hacerles unas fotos mientras se preparan.

     

    —Hay mucha tensión en el aire  –me dice el productor nada más saludarnos con un apretón de manos.

    —Es histeria contenida –le contesto.

     

    Me pasa su tarjeta y me invita a escribirles en un par de días. Le digo que Wellington me queda un poco lejos.

     

    Decido cruzar a nado Central Park y dejo atrás los coches de caballos que hacen las veces de góndolas neoyorquinas. Me encuentro a Stu en un banco. Lee una novela de suspense con dos alianzas de oro en su dedo anular, una ancha y una estrecha. Lleva una cazadora vaquera y un gorrito para el sol.

     

    —Stu es de Stuart, ¿verdad? –le pregunto.

    —Sí –me contesta con el libro semiabierto.

    — ¿Qué? ¿Cómo tienes hoy el estómago? –le pregunto otra vez.

    —He votado por Hillary, pero no duermo bien por las noches –dice.

    —Pues con un thriller se te va a alargar el insomnio –le digo riendo, y le regalamos unas migas de adrenalina a una ardilla que merodea por el césped.

     

    Se quita las gafas de leer y deja que le haga una foto.

     

    Debajo del monumento a Cristóbal Colon, en la entrada principal del parque, Kimberly y Alina alquilan bicicletas enfundadas en unos polares verdes con el logo Bike Rent. NYC. Alina, con padres en la República Dominicana, dice que si Trump gana hoy “todo el mundo va pa’ fuera”. Kimberly, con familia en Puerto Rico, dice que hoy están alquilando más bicicletas de lo normal: “Quizá por el buen tiempo, quizá por el nudo de estómago que tenemos”.

     

    En la Trump International Hotel and Tower están construyendo una especie de compuerta de madera con bisagras doradas. Al llegar al 15 Central Park West les pregunto a los seis porteros del edificio con los que me cruzo a lo largo del lobby si han votado ya.

     

     

    Chimenea

     

    Al salir del edificio, a lo lejos, brillan las luces de Times Square. Mientras espero a que el semáforo de los viandantes cambie a verde diviso unos bloques de cemento forjado agolpados en la esquina de la Trump Tower. Hago una foto. En la calle 59 me doy cuenta de que han cercado la entrada al parque con una barrera que dice: “Solo vehículos oficiales. El parque cierra a la 1am”. Son las 6 de la tarde. Al otro lado de la barrera hay una fila de remolques de la policía montada a caballo. Tiro otra foto. En el metro, ya dentro del vagón, me muevo por túneles que me tragan y me escupen, pero no me cuentan nada.

     

    El dolor de estómago que tengo al llegar a casa me pincha como el primer paso después de una cesárea. Me aturde como el delirio de cuarenta y medio de fiebre. Me quema como un tubo de escape de moto pegado a la pierna. Y me escuece como el arrepentimiento de un beso no dado.

     

    Enciendo la tele. Esto no puede estar pasando. Tengo ganas de vomitar, pero no vomito.  

     

     

    Magma

     

    Seguir el recuento de los votos por televisión es como ver en directo una gotera que cae del techo e intenta abrirse camino al sótano a través del suelo del salón.

     

    Facebook se ha vuelto loco. Yo también. A las 10:18pm escribo en mi muro: “I need air”. Varias personas responden: “Me too”. Julián Casanova nos responde a todos: “El problema es, Gema Álava, que no vas a poder compartir el aire con quienes ya lo tienen”.

     

    A las 2:40 am no quedan casi esperanzas para Hillary. Algo redondo, como gotas de agua congelada, resbala por mi cuello. Estoy llorando en una realidad paralela. O quizá he viajado en el tiempo –sin perder la memoria– y me estoy despidiendo del Titanic desde el puerto. No recuerdo lágrimas tan gordas desde que descubrí con siete años quiénes eran los Reyes Magos.

     

    En este estado de shock aparece en mi mente la imagen de la caldera del Pululahua llenándose de magma. Me vuelve a faltar el aire porque la onda expansiva de un volcán taponado que lleva demasiado tiempo dormido y quiere por fin despertarse puede llevarse demasiadas cosas por delante.

     

    Caigo en la cuenta de que no he contestado el e-mail de Danee. Enciendo el ordenador y releo:

     

    “Pasaba las vacaciones en casa de mi abuela, en plena cordillera de los Andes, con vientos fuertes y gélidos que en menos de una hora resecaban tus mejillas y tostaban tu piel. Allí descubrí la energía de las montañas y sentí nuestra conexión con la madre tierra y el padre sol que era venerada por nuestros ancestros. Habíamos crecido estudiando los nombres de los volcanes, pero nunca nos dio miedo estar entre ellos pues siempre los hemos visto dormidos y con poca actividad. El 4 de noviembre del 2002, las calles, las casas, los autos, los árboles, las plantas y los parterres se cubrieron de ceniza. A mis 37 años nunca he visto caer la nieve. Aquello era lo más parecido, solo que gris y demasiado tóxico para inhalar. Pero, honestamente, nos preocupa más la delincuencia y el alto índice de corrupción, que son más nocivos que cualquiera de nuestros volcanes activos”.

     

    Como si estuviera dentro del armario de Narnia, o me hubiera tomado un alucinógeno, partículas de ceniza mezcladas con copos de nieve caen del techo de mi habitación. Al principio los copos caen lentos y, cuando la nieve cuaja, la amontono. La nieve recién caída es esponjosa, pero al sujetarla con los dedos se fragmenta como un bollo recién horneado que se abriera al calor. Si cierro el puño, se endurece. Y si la pego a otro puñado de nieve se hace una bola. Y si tiro la bola al suelo con fuerza la bola explota.

     

     

    Son las 3 am. Trump ha llegado a los 270 escaños. Puede ser presidente.  

     

     

     

    Miércoles, 9 de noviembre. Día posterior a las elecciones (caldera)

     

    Alberto Cortex detalla en uno de sus chistes el modo más fácil para saber cuántas vacas hay en un prado: cuentas sus patas y las divides por cuatro. Hasta anoche no supimos si teníamos vacas o cerdos. Hoy no sabemos si tendremos prado.

     

    Isaac Newton, a finales de siglo XVII, lanzó la teoría de la gravitación universal, la cual implicaba la idea de que la tierra tenía un achatamiento en los polos. “Su tesis convulsionó al mundo científico y filosófico de la época”, se leía en una etiqueta del Museo de la mitad del mundo, en Quito (donde se mantenía en equilibrio el huevo). En 1672 el astrónomo Richer partió hacia Cayena para efectuar observaciones en las latitudes ecuatoriales, donde se confirmaron las tesis de Newton. Porque toda tesis tiene que ser probada para ver si es cierta…

     

    Los neoyorquinos estamos alucinados, anonadados, no sabemos qué contarles a nuestros hijos en el desayuno antes de llevarles al colegio.

     

    —¿Ha ganado Hillary? –es lo primero que dice mi hija al levantarse.

    —Umm… No –le respondo yo.

    —¿Es broma? –insiste ella.

    —No, pero no te preocupes, porque Trump no va a entrar en esta casa. Vamos a desayunar.

     

    Desde 1736 a 1740, se midieron 32 grandes triángulos en Ecuador que cubrieron la longitud entre Cochasqui y Tarqui, para lo cual se realizaron largas observaciones astronómicas, en especial de las estrellas del cinturón de Orion. Después de casi tres años, en 1743, se llegó a la conclusión de que el arco del meridiano tenía una curvatura de 3* 7’ 11’’.

     

    La victoria de Donald Trump parece algo de ciencia ficción. 278 votos electorales para él, 218 para Clinton. Los medios de comunicación se preguntan cómo es posible que los sondeos no hayan registrado el resultado. “Siento que me han engañado”, dice Elaine Cipriano, editora neoyorquina nacida en Manhasset. “A lo largo de estos dieciséis meses el periodismo nos ha fallado. No nos han contado la verdad. Nos han contado lo que queríamos escuchar. Estoy furiosa. ¿Dónde están ahora esas historias?”.

     

    ¿Deberían haberse medido las elecciones con un sextante? ¿A base de triángulos? Porque está claro que hemos estado a falta de un instrumento que midiera el ángulo de dos direcciones, desde la tierra o desde un barco.

     

    Me pregunto cómo va a reaccionar la gente. Intento calmarme un poco con la idea de que las manifestaciones del lado de Hillary serán más pacíficas que las que pudieran haber surgido del bando de Trump.

     

    Enciendo la tele y escucho el discurso de Obama. Es tranquilo, intenta calmar el patio. Dice que trabajemos juntos, así que le hago caso y me voy al metro.

     

    Al llegar a Columbus Center, en mitad de la plaza, una chica con gorro y zapatillas blancas sujeta en alto una pancarta dirigida al Trump Hotel como si el edificio pudiera leer: “Tú nunca serás mi presidente”. La parte trasera de la pancarta dice: “Siempre estaré con Ella”. A su derecha, un hombre joven levanta el brazo en un puño y mira a un padre (con su hija) que saca el dedo corazón de su puño en la reconocida expresión que dice: “Que te den”.

     

    Cruzo la calle y camino por delante del edificio de Trump. Ya han terminado la construcción de madera con las bisagras doradas. Hago una foto a la chica de la pancarta desde el otro lado de la acera. Veo que un cámara está instalando su trípode justo detrás de ella.

     

    Trabajo toda la tarde en silencio y, al salir de edificio, llovizna. Busco con la mirada a la chica de la pancarta, pero no veo nada. La calle está bloqueada por camiones de varios canales de televisión. Escucho a una masa de gente gritando y me recuerda al rugir que bailaba en Quito hace apenas un par de semanas. Pero aquí no rugen de alegría sino de rabia. De nuevo, sin buscarlo ni quererlo, me encuentro en el epicentro.

     

    Hay cámaras, pancartas, micrófonos y policía por todos lados: por las aceras, en coches, en los pasos de cebra, montados a caballo… y más pancartas: caseras, escritas con rotulador y cubiertas con tiras de celo para que la lluvia no arrastre sus palabras:

     

    “Protest This Way” (Protesta por este lado), dice la primera.

     

    “Not my president” (No mi presidente), dice la segunda.

     

    “Black lives matter” (Las vidas negras importan), dice la tercera.

     

    “No billionaire will fight for the workers” (Ningún multimillonario luchará por los trabajadores), dice la cuarta.

     

    Not OKKK America”, dice la quinta.

     

    “Jews reject Trump. We’ve seen this before” (Los judíos renegamos de Trump. Esto ya lo hemos visto antes), dice la sexta.

     

    “This is how it starts” (Así es cómo empieza), dice la séptima.

     

    “United to stop Trump, hate, racism” (Unidos para parar a Trump, el odio, el racismo), dice la octava.

     

    “Wall Street is the enemy, not Asian or Latino Workers. Not Muslims or immigrants” (Wall Street es el enemigo, no los inmigrantes, ni los latinos, ni los musulmanes, ni los asiáticos), dice la novena.

     

    “No more deportations. Organize Now” (No más deportaciones. Organízate ahora), dice la décima.

     

    La policía me dice que no me puedo parar. Una pancarta me da en la cabeza. La policía me vuelve a decir que no me puedo parar. Un señor me hace una foto. Una mujer a punto de llorar habla con un periodista. Dice que el mundo se va a acabar. Otro periodista me para con un micrófono de medio metro de largo como si fuera una espada medieval. En mitad de este maremágnum, Khalid Gafar, presentador de televisión, me pregunta si me puede entrevistar.

     

    —¿Para qué canal? –le pregunto.

    —Para Mekameleen, una televisión musulmana.

     

    Consciente del efecto que imágenes como estas tienen en la audiencia, y testigo de cómo un micrófono puede dañar o generar una ola de esperanza que sacuda –por lo menos– a dos océanos, me doy cuenta de la responsabilidad que se me brinda: la energía de la manifestación dependerá de lo que yo diga, y lo que yo no quiero es que que los miles –o millones– de musulmanes que vean estas imágenes se asusten tanto o más que yo.

     

    Le contesto:

     

    —Sí, por supuesto.

    —Muy bien. Empecemos –dice él, y me explica: Te van a preguntar en árabe, tú no mires a la cámara. Alguien te traducirá al inglés. Cuando editen el metraje, una voz en off te traducirá a ti también.

     

    Le cuento que los neoyorquinos estamos en estado de shock porque no nos esperábamos estos resultados y es difícil asimilarlos debido a la rabia y la frustración. Son muchas emociones para digerir de un trago, le digo, así que es bueno procesar tanto sentimiento con manifestaciones. Además, estamos en nuestro derecho. La vida te pone a prueba y hay que tirar para adelante con lo que venga y… nos ha venido un Trump.  Y ahora hay pensar y actuar, pero con respeto.

    —¿Crees que Donald Trump va a poner en peligro la democracia en Estados Unidos?

     

    No le hablo de que los republicanos tendrán mandato y en los primeros cien días podrían acabar con el legado de Obama y derechos como el matrimonio gay o el aborto, cosas que llevarían a otras y cambiarían radicalmente al país. Le digo, sin embargo, que Trump es un kínder sorpresa aun por desenvolver y que como durante las elecciones se contradecía constantemente nadie sabe lo que va a hacer. “No lo sabe ni él”. Le digo también (o me lo digo a mí misma) que la democracia se va a mantener porque el voto popular está del lado de Hillary Clinton, y porque la mayoría de los americanos –y por primera vez me identifico como tal– respetamos a las instituciones y a las leyes que tenemos en este momento, especialmente nuestros derechos. Y habrá que hacer cambios con lo que nos ha tocado, como podamos, como pasa con las decepciones de la vida. Y añado:

     

     —El hecho de que yo no esté gritando ni insultando a través de este micrófono, aunque esté asqueada por la situación, es ya en sí una buena señal. Es un paso. Animo a aquel que me esté escuchando, de la cultura o nacionalidad que sea, a que –desde donde esté– haga todo lo posible para que los niveles de negatividad de este mundo vayan bajando de nivel.  

     

    La última persona con la que intercambio impresiones sobre la manifestación es el madrileño Victor Zafra Vallejo, que está de paso en Nueva York haciendo una residencia de cirugía maxilofacial. Dice que la sensación que tiene es la misma que la del 11 de septiembre, o la del Brexit. “Parecía que no podía pasar, pero que ha pasado. Ahora hay que esperar y ver”. Y con una sonrisa me dice que hoy es la Fiesta de la Almudena y que Laura, su prometida, se reunirá con él en cuestión de días, y se irán los dos de paseo por Central Park.

     

     

    *     *     *

     

    Epílogo (onda expansiva)

     

    Nueva York se ha convertido de la noche a la mañana en la tercera caldera habitada del mundo, pero no sabemos si la cámara de magma está activa, ni si será controlada, dominada, dirigida o gobernada.

     

    Los intelectuales saltan a la calle e inundan Facebook con información para no quedarnos con los brazos cruzados.

     

    La escritora búlgara Maria Popova dice que el pensamiento crítico sin esperanza es cinismo, y la esperanza sin pensamiento crítico, ingenuidad

     

    La artista mexicana con residencia en Berlín Ilya Noe nos recuerda que Patrisse Cullors, fundadora de Black Lives Matter, describe la misión del movimiento como “Esperanza e inspiración para que la acción colectiva construya un poder colectivo que consiga una transformación colectiva, aunque este movimiento surja de la rabia y el dolor”. ¿El objetivo? Una nueva visión y un sueño.

     

    “Es importante decir lo que no es la esperanza”, dice Rebecca Solnit en su libro Hope in the dark. Untold History. Wild Possibilities (Esperanza en la oscuridad. Historia no contada. Posibilidades salvajes), y añade que la esperanza no es creer que todo estuvo, está, o estará bien, porque la evidencia está por todas partes: la tremenda destrucción y el tremendo sufrimiento. La esperanza que le interesa a ella es la esperanza de amplias perspectivas, con posibilidades específicas, que nos inviten o nos demanden que actuemos.

     

    Pero a Nadia Macarena Díaz –psicóloga nacida en Buenos Aires con residencia en Nueva York– le preocupa la “cacería de brujas” porque Trump “ha legitimado en cierto modo la agresión, el chovinismo, el machismo, el racismo, y muchos pueden sentirse con el derecho a ejercerlos”. Y a Alison Rogovín –consultora neoyorquina de reformas de la educación– la idea de reemplazar Michelle por Melania le dan ganas de llorar.

     

    Cierro los ojos y regreso al Pululahua. Al momento en el que intento capturar con mi cámara lo vasto del paisaje andino, pero no puedo, porque la sensación de sublimidad aparece cuando la retina enfoca casi a la vez lo que está cerca y lo que está lejos. Ahora a las personas que observan el precipicio desde el mirador. Ahora al horizonte. Y luego al revés. Es en ese zigzag de la mirada cuando se es consciente del vértigo y la barbarie. Darse cuenta o no de las cosas es siempre cuestión de contrastes. No existe la lente que pueda captar esta dualidad. Para impregnar el alma de olores que no caben dentro de una botella hay que estar presente.

     

    —¿Y quién tuvo la brillante idea de venirse a vivir en la boca de un volcán? –le pregunté al guarda del Pululahua justo antes de marcharme.

    —Cuentan que los primeros pobladores no se dieron cuenta, y después ya era demasiado tarde.

     

     

     

    Gema Álava (Madrid, 1973) es una artista visual multimedia que vive en Nueva York. Su trabajo ha sido expuesto en el Solomon S. Guggenheim Museum, el Queens Museum of Art y la sede central de las Naciones Unidas, entre otros espacios. Su trilogía Tell Me – Find Me – Trust Me (2008-2010) ha sido premiada con una 2011 Peter S. Reed Foundation Fellowship. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Quince años en Nueva York. Fin de una época en los museos‘Trust Me’: museo de arte ofrece dinero a una artista por su silencioPreparar el horno para cuando llegue el pollo. Jonathan Goodman le dedicó el ensayo Gema Álava, un mundo atrevido.

     

     

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