Francisco Nieva, en una fotografía publicada en El Europeo en 1990

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    Sueño y quimera de Francisco Nieva

    Juan Antonio Vizcaíno - 18-11-2016

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    El caleidoscópico, mirífico y visionario Francisco Nieva decía que el éxito artístico consistía en triunfar en Nueva York y morir en una clínica suiza. Sin embargo, este tozudo, amable y brillante artista manchego, aunque llegó a ser reconocido –y también olvidado– en su propio país, terminó falleciendo el pasado 10 de octubre en su casa madrileña de la galdosiana calle de la Concepción Jerónima, mientras dormía plácidamente; tuvo pues, la muerte más dulce que desearse pueda.

     

    A Paco Nieva le gustaba escribir de noche, metido en la cama. Con alquimia de memoria y tinta, destilaba su alma a través de la estilográfica. La madrugada, con su implacable bisturí de relojes, impulsaba el fluido de sus venas hacia la escritura, para convertirlo en palabras sobre las hojas de sus cuadernos. Tal vez Paco Nieva no se murió durmiendo, sino que escribió demasiado bien la escena de su muerte y no le quedó más remedio que interpretarla fidedignamente, con todas las consecuencias.

     

    También se cuenta que al escritor manchego le fascinaban las mentiras, no porque fuera falso, sino porque estaba acostumbrado a realizar numerosas correcciones del original, y consideraba que entre las obligaciones de un artista –además de producir una obra– se encontraba la de dejar una biografía interesante; que hubiera sido completamente real, era lo de menos. La literatura ennoblece la vida, desde siempre ha sido el photoshop de las palabras y los acontecimientos. Toda la historia oficial que se estudia en los libros y los documentos fue retocada en función de dejar una buena impresión a las generaciones venideras. Habría que escribir en sus grietas –abiertas por el tiempo– la historia silenciada; aunque tal vez sea esto lo que viene haciendo la poesía, la prosa y el drama, a lo largo ya de tantos siglos.

     

    Una de las alucinaciones favoritas de Nieva sucedía en Nueva York, donde había viajado con toda la compañía al estreno en el MET (Metropolitan Opera House) de una ópera, en la que participaba como escenógrafo. A la salida del teatro, ya de madrugada, él y sus compañeros se encontraron con toda la plaza del Lincoln Center cubierta de mendigos durmiendo sobre el suelo. Al intentar abrirse paso entre ellos, los indigentes comenzaron a levantarse y a acosar a los artistas, pidiéndoles dinero. Eran tantos rodeándolos y cada vez más agresivos, que tuvieron que venir los antidisturbios, y con botes de humo los disolvieron. Contemplando aquella airada horda de clochards entre el humo blanco, le pareció estar asistiendo al Apocalipsis en la Gran Manzana. Nieva transmutado en Nosferatu postmoderno entre los rascacielos de acero, rodeado por una fantasmal corte de mendigos neoyorquinos.

     

    Más allá de esas poses egocéntricas e iconoclastas, la mejor degustación del mundo de Nieva se adquiría tratándolo a él personalmente. Resultaba tan elegante, tan respetuoso, tan inteligente a la par que discreto, con un sentido común tan aplastante como el de una tía carnal (esas hermanas de los padres que nunca se equivocan). Pero, sobre todo, tenía un arte especial para hacer sentirse cómodos a sus interlocutores, como si los conociera de toda la vida. Aunque estando en su presencia, lo natural era escucharlo, admirarlo y contemplarlo con devoción eclesiástica, él sabía condescender e interesarse por lo del otro, como si también para él fuera importante.

     

     

    El niño longevo nunca deja de soñar

     

    En su acomodada infancia en Valdepeñas existieron dos personajes cruciales que inspiraron y modularon la personalidad creativa del niño Francisco Morales Nieva: sus tías paternas, que eran dos hermanas solteras –a la sazón, pintoras– con las que convivía la familia Morales-Nieva. Además de ser cultas, graciosas y tocar con arte la guitarra y la bandurria, sus tías pintaban rosas al óleo sobre las puertas de las habitaciones. Extravagancia poética similar resulta habitual en las casas manchegas, donde abrir y cerrar puertas se convierte en perfumar el aire del hogar con flores imaginarias. Las tías de Nieva eran amables y encantadoras, con una lengua y un discurrir tan agudo como certero, aunque no por ello dejaran de cantarle las siete verdades a quien hiciera falta. Amables y educadas, amantes de los placeres de la repostería y de las Bellas Artes, en el fondo, su sobrino fue lo que ellas podrían haber sido, si hubieran salido de su pueblo para conquistar el mundo. Por falta de originalidad no hubiera quedado la cosa. Seguro que habrían sido capaces ella solas de sorprender y escandalizar a todo Valdepeñas.

     

    Nieva opinaba que los artistas habían sido perseguidos y despreciados durante todas las épocas, porque se les envidiaba la vida tan distraída que llevaban. Y concluía que la venganza de los artistas consistía en llegar a ser mucho más longevos que sus antagonistas –que solían morir con 15 o 20 años menos– y que eso se debía a que el artista era mucho más feliz y su existencia más plena, que la de esos pobres desgraciados que sólo se preocupaban por juzgar y perseguir a sus conciudadanos.

     

    Con más de 70 años, el escritor manchego insistía en que a él no había nada que le diera más placer –y por tanto más vida– que comenzar a realizar los cálculos para la puesta en pie de un nuevo espectáculo. Escribiendo el texto, planificando el decorado, diseñando los figurines, eligiendo a los actores, trabajando codo a codo con el compositor musical de la obra… se sentía el más feliz y pletórico de los mortales.

     

     

    Dramaturgia manierista y postmoderna

     

    Que un artista de vocación vanguardista, formado y curtido en el París de Artaud, Genet e Ionesco, tenga la intención de injertar su obra en la tradición literaria española no resulta demasiado frecuente. La fórmula de Nieva para lograr este acoplamiento se basó en el expresionismo grotesco del esperpento, un claroscuro de verdad y mentira, donde el disparate podía suplir fácilmente a lo cuerdo. El humor, amén de la poesía, le permitieron consolidar su propuesta dramática, continuando la veta satírica de Cervantes, Quevedo o Larra, enriquecida con su particular estética, muy próxima a la de Valle-Inclán, aunque más simpática, jocunda e irónica que aquella.

     

    Tras una prestigiosa y fecunda carrera como escenógrafo junto a José Luis Alonso y Adolfo Marsillach, entre otros, la dramaturgia de Francisco Nieva comenzó a despuntar con la década del setenta. El combate de Ópalos y Tasia, La carroza de plomo candente, La señora Tártara, o Coronada y el toro, significaron una elevación artística sobre la media del teatro madrileño, no sólo por la libérrima imaginación del autor desplegada en sus obras, sino por la buena factura escénica que llegaron a alcanzar sus escenografías. Cuando se creó el Centro Dramático Nacional (reconversión del Teatro Nacional María Guerrero) las lenguas más venenosas de la profesión teatral pusieron el grito en el cielo por el derroche económico realizado en la escenografía de Los baños de Argel, diseñada y dirigida por Francisco Nieva, que se convirtió en uno de los espectáculos estrella con los que abrió temporada el CDN. Aquellos lujosos brocados de Los baños de Argel, que fueron tan criticados por lo carísimos que debían haber resultado al erario público, eran en realidad felpa de toalla, comprada por metros en una tienda de telas de la calle Imperial (muy próxima a Concepción Jerónima, donde habitó Nieva hasta el final de sus días), que había sido estampada con plantillas recortadas en patatas.

     

    Lo exagerado y extravagante portado con la mayor naturalidad es parte del concepto de representación en la dramaturgia de Nieva como, en cierto modo, lo fue en el cine de Fellini; este manierismo –más que barroco– de su lenguaje, es la más italiana de sus esencias. Su formación clásica es la percha axonométrica de la que cuelgan los andrajos oscuros de su admirado Romanticismo. Aunque todas esas devociones y advocaciones no le impidieran ser un artista y un pensador postmoderno, como marcaba el espíritu de los años de su mayor refulgencia.

     

     

    Al ostracismo por el socialismo

     

    Otro de los laureles que luce la desaparecida figura de Francisco Nieva es la de su insobornable independencia política, por la que pagó un precio muy alto en muchas ocasiones. El momento más tenso de sus relaciones con el Poder lo vivió a finales de 1982 con la llegada al gobierno de la nación del Partido Socialista Obrero Español, como relata pormenorizadamente en sus Memorias. Las cosa como fueron, publicadas en 2002.

     

    De la misma forma que los artistas progresistas del país se unieron a la “campaña de la ceja”, para apoyar al –entonces– candidato socialista José Luis Rodríguez Zapatero, décadas atrás, numerosos y destacados intelectuales y artistas de izquierdas se agruparon en un comité público ciudadano –según relata Nieva– desde el que manifestaron todo su respaldo al futuro gobierno de Felipe González, pidiendo al electorado el voto para ellos. Cuando Nieva recibió la llamada de Nuria Espert para asistir a la reunión de este comité, y de la que habría de salir la foto y el comunicado correspondiente que se publicaría posteriormente en prensa, Nieva declinó la invitación, posponiendo su apoyo a la puesta en práctica de una nueva y eficiente política cultural por parte de los socialistas. Aquel gesto equivalió a la firma de su sentencia de marginación durante la larga década socialista. Sus obras no volvieron a programarse durante todos esos años en ningún teatro público, y las subvenciones solicitadas por su compañía fueron considerablemente reducidas o denegadas directamente. Encontrándose por esas fechas en el momento más álgido de su carrera, este veto institucional le asestó una fuerte puñalada al crecimiento natural de su teatro.

     

    Sin embargo, esta suerte de ostracismo al que fue sometido por los poderes públicos, le obligó a reinventarse como profesional y como artista. Intensificó su relación con la Escuela de Arte Dramático de Madrid, de la que era profesor, impartiendo un magisterio proverbial entre sus alumnos, que aún hoy sigue dando sus frutos. Por otra parte, sometió a su teatro a una “cirugía de producción”, que le llevó a escribir obras cortas y de pocos personajes, que posteriormente clasificó en sus Obras Completas como “Teatro en clave de brevedad”, entre las que pueden destacarse No es verdad y Te quiero, zorra, estrenadas ambas en 1987. En 1986 fue nombrado Académico de la Lengua, y se estrenó como autor de novelas, a comienzos de la década del 90: El viaje de Pantaélica (1994), La llama vestida de negro (1995), Granada de las mil noches (1995)… en las que sus personajes, su mundo y su manera de percibir la vida continuaron desarrollándose, exiliadas en el territorio de la prosa.

     

    No sería hasta 1997 cuando una de sus grandes obras volvería a subir al escenario del Teatro María Guerrero, Pelo de tormenta, dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente, que inauguró una brillante etapa final, en la que Nieva volvió a ser tratado con la admiración y el respeto que correspondían a su jerarquía artística. También recibió el deseado encargo de dirigir él mismo alguna de sus grandes obras, de nuevo con grandes elencos y amplitud de medios, como sucedió con El manuscrito encontrado en Zaragoza (2003), o Tórtolas, crepúsculo y telón (2011) .

     

     

    El manuscrito encontrado en Valdepeñas

     

    Otra de las características de la dramaturgia nievesca radica en sus adaptaciones de piezas teatrales de todas las épocas, escritas en su mayoría para ser llevadas directamente a escena. Los baños de Argel, de Cervantes; La paz, de Aristófanes; No más mostrador, de Larra; Tirante el Blanco, de Joanot Martorell; Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas… Aunque de todas ellas destaca su versión de El manuscrito encontrado en Zaragoza, del conde polaco de comienzos del siglo XIX Jan Potocki. Se trata de un libro talismán, de una mágica novela romántica ambientada en España –en Sierra Morena, mayormente– y en ciertos parajes de Italia, Francia o Arabia, amén de retratar –en el epílogo– la corte madrileña en esos años. Pero el mérito de esta obra no radica en su acertada elección y descripción de paisajes románticos, sino en su carácter fragmentario y metaliterario. La novela no cuenta la historia de un viaje, sino las interrupciones del mismo que sufre su protagonista, por esta Andalucía onírica donde se han roto las reglas del espacio y del tiempo, permitiendo a sus protagonistas viajar por toda Europa en un bucle de siglos, a lomos de todas las leyendas, historias y cuentos que dentro de la misma novela van desgranando un extravagante coro de personajes.

     

    En las entrañas de este manuscrito habita el primer barón rampante, antes de que el escritor italiano Italo Calvino lo rescatara del episodio referido por Potocki, para convertirlo en protagonista de su famosa novela. El manuscrito… no es sólo un libro seminal por lo que puedan plagiarlo o reescribirlo otros autores por él inspirados, sino porque despierta en sus lectores una nueva forma consciente de revivir lo inconsciente por medio del arte. El mecanismo creativo que activa la curiosa y estimulante novela de Potocki explica muy bien el funcionamiento del mundo conceptual y perceptual de Francisco Nieva.

     

    En esta ocasión, Nieva no sólo trasladó la novela de Potocki al diálogo dramático, sino que en este trasiego de género se apoderó completamente de la obra. La hizo suya, soltando a sus personajes en la novela de Potocki, mientras los personajes del Manuscrito… se instalaban –con toda comodidad y holgura– en los exóticos e insólitos espacios del sueño nievesco. Tal vez por esta inusual y feliz fusión literaria obtuviera su autor –por segunda vez– el Premio Nacional de Teatro en 1992. La obra completa de Francisco Nieva podría subtitularse Los manuscritos encontrados en Valdepeñas.

     

     

    Esclavos de la lujuria y el desenfreno

     

    Los límites de la realidad se diluyen y difuminan en la obra de Nieva, lo irreal es más tangible que lo cotidiano, los tabúes, los pecados y los vicios secretos campan con toda naturalidad por sus barrocas y sumergidas estancias. En sus obras el erotismo resulta la forma habitual de relación entre los humanos, sin preocuparse demasiado por la ajustada combinación de los sexos. En pocas dramaturgias del mundo han transitado personajes de sexualidad tan ambigua y tan gozadores, como los que respiran acechantes en las sombras del teatro de Nieva. Hasta la solterona rural más reprimida, o la monja más devota, lleva en su fondo una Mesalina hambrienta de carne de hombre para comer en la cena. Si así pueden llegar a funcionar sus personajes femeninos ¿qué no podrá decirse de los rijosos varones que las circundan, siempre víctimas de la tiranía de la lujuria, a pesar de los años que vayan –en su haber– acumulando?

     

    Porrerito, el niño-demonio de su obra El rayo colgado (que posteriormente llevaría al formato cómic, dibujando todas sus viñetas), podría encabezar la lista de los personajes masculinos más deseables y perturbadores de su teatro, con su cuerpecito atlético y sus misteriosos ojos verde y oro, ocultos por un largo flequillo que le cae hasta la barbilla. No dejan de resultar tan elocuentes como cervantinos los nombres del alcalde Zebedeo, su hermana Coronada, el torero Marauña, el Hombre-Monja, don Cerezo el párroco, los alguaciles Panzanegra y Tenazo; o Locosueño, Reconejos y Gargarito, de Los españoles bajo tierra.

     

    La música estuvo siempre tan ligada a la familia de los Morales Nieva, que terminó manifestándose en el lenguaje, la nomenclatura y la estructura de las obras de su hijo Francisco. Su hermano Ignacio Morales Nieva fue compositor musical (entre otras de la música de algunas de sus obras) y él mismo se había iniciado como profesional de la ópera, y años más tarde compaginó su tarea de director escénico con la de director de zarzuelas. Su admiración por el género chico, le llevó a convertirlo en el tema de su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, donde ha ocupado en los últimos treinta años el sillón jota.

     

     

     

     

    Juan Antonio Vizcaíno es profesor titular de Dramaturgia de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid. Entre 1983-2002 dirigió y diseñó la revista Teatra, de la que aparecieron 15 números. Ha sido crítico teatral de La Razón y de El Cultural. Sus críticas están reunidas en el blog El meteorito del Teatro. En FronteraD ha publicado El último sueño de Juana de Arco. ‘Adela Escartín. Mito y rito de una actriz’Darse¿Por qué odio y por qué amo a Fernando Arrabal?Adela Escartín o el arte de la transfiguración, y El carnaval que no cesa. Desde 2009, con su álter ego Julio José de Faba, escribe el blog Huerta del Retiro.

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