Alexander von Humboldt, Ideen zu einer Geographie der Pflanzen nebst einem Naturgemälde der Tropenländer (Zentralbibliothek, Zürich)

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    Alexander von Humboldt y de cómo el ser humano ha perdido de vista la naturaleza

    Esteban G. R. Luna - 23-12-2016

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    En una de las ventanas de la planta baja de una perdida cabaña en el condado de Wiltshire, en el brumoso sudoeste de Inglaterra, cuelga un cartel con una calavera y un par de tibias cruzadas en el que se puede leer en inglés el aviso “Peligro. Radioactividad”. Mirando en el interior a través del polvoriento tragaluz todavía es posible reconocer un taller salpicado de instrumental científico, con las estanterías, las mesas y el suelo repletos de libros, papeles y extraños cachivaches de diferentes formas y tamaños, algunos de ellos con la extraña apariencia de haber sido ensamblados allí mismo. Ahora ese laboratorio casero se muestra casi desierto, pero la advertencia sigue manteniendo alejados a los ladrones y curiosos, como lo hizo durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX, en la que bullía en su interior una intensa actividad que no deseaba ser molestada.

     

    Nada en ese tranquilo rincón de la campiña británica, muy cerca de donde se alojan los famosos restos arqueológicos de Stonehenge y Avebury, haría pensar que allí se llevaron a cabo investigaciones secretas de la NASA, en uno de los intentos más ingeniosos para detectar la presencia de vida en Marte, a partir del análisis espectroscópico de la composición de los gases de su atmósfera, ni tampoco que allí supuestamente se idease con la máxima discreción el horno microondas con el que hoy podemos calentar la leche del desayuno. Sin embargo, si por algo debería ser distinguido ese lugar, si por algo debería ser importante, es porque allí dentro el genial científico James E. Lovelock (Letchworth, Reino Unido, 1919) dio a luz a una de las más revolucionarias conjeturas en la historia de la ciencia medioambiental, la teoría de Gaia, que postula que la Tierra no es otra cosa que un gigantesco organismo vivo que se autorregula, una suerte de gran célula planetaria en la que todos sus componentes, la atmósfera, los océanos, las rocas, los seres vivos, están íntima y recíprocamente relacionados entre sí.

     

    Hasta que se publicaron sus primeros trabajos a finales de la década de los 70 se aceptaba de manera generalizada que la vida estaba en constante adaptación a las características y los cambios del medio ambiente, aunque sin la capacidad de modificarlo. Pero Lovelock se atrevió a ampliar la interpretación de aquella gran visión de Darwin, según la cual los organismos que tienen más probabilidades de producir descendencia son los mejor adaptados. Su teoría de Gaia llamaba a revisar la solidez del concepto de selección natural, al que, según su criterio, sería necesario añadir que también el crecimiento y la actividad de un organismo, por insignificante que este pueda parecer (una bacteria, un pino o el vecino de arriba), afecta a su entorno físico y químico y, por tanto, la evolución de las especies y la del medio ambiente están estrechamente ligadas en un proceso conjunto e inseparable que se retroalimenta. El cambio climático provocado por el frenético desarrollo humano puede que sea el último que veamos, pero no es el único ejemplo con el que Lovelock fundamenta la autenticidad de su teoría dinámica.

     

     

    El dominio

     

    Lo que, sin embargo, no se le puede atribuir a Lovelock es la primicia de concebir la Tierra como un gran ser vivo en el que todos sus componentes se encuentran interrelacionados. Cuando Alexander von Humboldt (Berlín, 1769–1859) describía el planeta como “un conjunto natural animado y movido por fuerzas internas” ya se estaba adelantando más de ciento cincuenta años a las ideas del investigador británico. Humboldt sí fue el primero en comprender que la naturaleza es “un entramado de vida” y una fuerza global, el primero que entendió que todo está entrelazado “con mil hilos”.

     

    Al menos así lo defiende Andrea Wulf en su libro La invención de la naturaleza: El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, recientemente publicado en castellano por Taurus, y que se ha revelado como una obra brillante. Y lo es, no solo porque arroja luz sobre la vida y la obra de uno de los más audaces y polifacéticos personajes de la Historia de la humanidad, “alguien que se dejaba llevar por el asombro”, sino también porque destaca la poderosa influencia que esa nueva noción de la naturaleza de Humboldt, el científico más renombrado de su época, ejerció sobre sus coetáneos Goethe, Thomas Jefferson o Simón Bolívar y que, sobre todo, cómo transformaría la forma de entender el mundo de las generaciones posteriores: el propio Darwin, Henry David Thoreau o Ernst Haeckel, entre otros.

     

    Y parece justo que la figura de Alexander von Humboldt se vuelva a poner de relieve, porque, según Wulf, “ha estado muy olvidada en el mundo de habla inglesa”, que en los círculos científicos modernos, cuya lengua por imposición ha sido y continúa siendo el inglés, es como decir que el trabajo del aventurero prusiano, publicado en su mayoría en francés o alemán, se había perdido en el baúl de los recuerdos. Puede que también porque falleció siendo un erudito transversal, quizás el último gran renacentista, una persona con vastísimos conocimientos en numerosas disciplinas científicas y humanísticas, en una época en la que la ciencia comenzaba a disgregarse en los campos estrictamente aislados y compartimentados tal y como la conocemos hoy en día. “Como consecuencia”, explica Wulf, “su punto de vista más integral, un método científico que incluía arte, historia, poesía y política junto a los datos objetivos, cayó en desgracia”. En el mundo hiperespecializado en el que vivimos, la maldición de Humboldt ha sido la de no trascender por un hecho o por un descubrimiento concreto, sino por su revolucionaria visión del mundo.

     

    No debería extrañar a nadie que fuese precisamente en aquellos años posteriores a su muerte cuando los científicos y, por extensión, el resto de la sociedad, empezaron a perder realmente de vista a la naturaleza como un ente global. Y eso se debe, como dice John Fowles en su obra El árbol, un librito de prosa fluida y cristalina, a que “la evolución ha hecho del hombre una criatura que aísla y divide todo lo que le rodea, que contempla a los otros seres de la Tierra no solo desde una perspectiva puramente antropocéntrica, sino también por separado, proyectando así la forma en que desea pensar en sí mismo”. Ese ha sido el enfoque que ha regido la relación del ser humano con la naturaleza durante milenios, desde Aristóteles, quien ya dejó escrito que “la naturaleza ha hecho todas las cosas específicamente al servicio del hombre”. Y esa idea ha ido calando posteriormente de forma muy profunda en casi todas las almas piadosas merecedoras de tal atributo, ya que la Biblia la recogió para darle al hombre la responsabilidad moral de “repoblar la tierra y sojuzgarla, ejercer dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”. El hombre occidental se ha erigido desde siempre como dueño y señor de la naturaleza, quien estaba llamado a poner orden en su ingrata deformidad, y así transformar ese horrible lugar lleno de árboles putrefactos en un espacio de utilitaria belleza. De hecho, la Historia ha sido a menudo falsamente equiparada con la de “la dura conquista de la naturaleza”, como ya sentenció el historiador estadounidense Frederick Jackson Turner en 1903, después de que se acabase de explorar, y se empezase a explotar, la última frontera de la Tierra: el Oeste americano.

     

    Humboldt, sin embargo, se limitaba a escuchar y observar la naturaleza al margen de tan acotados prejuicios, y eso le permitió, entre otras muchas cosas, descubrir las funciones fundamentales del bosque en el ecosistema y el clima, su capacidad para almacenar agua y enriquecer la atmósfera con su humedad, así como su papel en la protección del suelo. O establecer, muchos años antes del desarrollo de la teoría de la tectónica de placas, la antigua conexión entre África y Suramérica a través del análisis de las semejanzas entre sus plantas costeras. Y es que, en palabras de Wulf, “la naturaleza era la maestra de Humboldt”, y la mayor lección que le pudo enseñar no fue precisamente la del dominio, sino la de la libertad, porque su equilibrio está basado en la diversidad, algo que Humboldt también sospechó que podría servir de modelo para la verdad política y moral. Todo, desde el musgo o el insecto más humilde hasta los elefantes o los robles gigantescos, tiene su función y juntos forman una totalidad en la que la humanidad no es más que una pequeña parte.

     

     

    La diversidad

     

    Cuando a principios de 2015 al catedrático David Tilman (Aurora, Estados Unidos, 1949) le comunicaron que iba a recibir el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Ecología y Biología de la Conservación, el que para algunos ha sido una antesala del Premio Nobel, su primer comentario desde su despacho en la Universidad de Minnesota fue para resaltar el valor de la biodiversidad: “Es increíblemente importante. Necesitamos saberlo porque vivimos en una época en la que los humanos estamos haciendo que los ecosistemas sean muy simples”. Lo que vino a defender el ecólogo es que la creencia, ampliamente extendida y profundamente arraigada, de que lo más simple y ordenado es siempre lo mejor está muy lejos de ser cierta. No al menos en lo que a la vida sobre la Tierra se refiere. Tilman recordó entonces que sus conclusiones causaron una enorme sorpresa en la comunidad científica, porque hasta ese momento se creía que el funcionamiento de los ecosistemas venía determinado por unas pocas especies importantes, y que las demás no eran relevantes. La gente tenía la creencia de que los ecosistemas “se debían conservar por una cuestión moral, no científica”, y su descubrimiento de que los ecosistemas menos biodiversos son menos estables “generó un gran debate”. Muchos criticaron que el experimento tenía que estar equivocado.

     

    Pero según recogió el acta del jurado en aquella séptima edición de los premios al investigador estadounidense se le concedió el galardón, dotado con cuatrocientos mil euros de recompensa, precisamente por “fundamentar científicamente el valor de la biodiversidad, cuantificando, por primera vez, su contribución a hacer que los ecosistemas sean más productivos, más resistentes ante invasiones de especies exóticas y más estables ante fenómenos perturbadores como la sequía”. Sus numerosos trabajos muestran que la pérdida de biodiversidad tiene consecuencias muy significativas, a escala global y a largo plazo, en la calidad y el funcionamiento de los ecosistemas. Tilman saltaba entonces al estrellato mediático y algunas de sus publicaciones científicas se convirtieron de la noche a la mañana en las más citadas de los últimos años.

     

    No obstante, y como muchas veces ocurre (la memoria es bastante olvidadiza), nadie en aquel momento se acordó de James E. Lovelock, quien ya en 1988, en su retirado laboratorio campestre, había plasmado esas ideas en su libro Las edades de Gaia, con el que amplió las bases de la ecología teórica al construir por primera vez modelos matemáticamente estables que consideraban conjuntamente las especies y su medio ambiente físico como un solo sistema, y que ya incluían un gran número de especies en competición. Con sus estudios Lovelock demostraba que “el incremento de la diversidad entre las especies da lugar a una mejor regulación”. Y además, según el científico británico, sus modelos ya por entonces ofrecían “una razón poderosa” que justificaba “la cólera instintiva sobre la desconsiderada supresión de especies”, una respuesta a los que decían que se trataba de algo puramente sentimental.

     

    Adelantándose a Tilman en casi tres décadas, Lovelock defendió que no era necesario justificar la preservación de la rica variedad de especies en los ecosistemas naturales, como los de las selvas tropicales húmedas, “mediante débiles razones humanistas como que podrían contener plantas con principios activos capaces de curar enfermedades humanas”. Su teoría de Gaia exhortaba a la humanidad a percatarse de que los ecosistemas ofrecen mucho más que eso. Por ejemplo, y como ya había observado Humboldt mucho antes que él, que mediante su capacidad de evaporar grandes volúmenes de vapor de agua través de la superficie de sus hojas los árboles sirven para mantener húmedos los trópicos y el planeta frío proporcionando una sombra de nubes blancas reflectantes. El británico siempre argumentó que la regulación del medio ambiente requiere la presencia de un número suficiente de organismos vivos, y que cuando la ocupación es parcial las fuerzas inevitables de la evolución física y química pronto lo convertirán en inhabitable. Con todo, que los bosques con mayor diversidad de especies cumplen mejor sus funciones que los más homogéneos y que la pérdida local de la biodiversidad original de cada bosque afecta a una escala global es a día de hoy un hecho tan demostrado a nivel empírico que no se precisaría de la ayuda de los modelos matemáticos de Lovelock para defenderlo. Quizás por eso sus teorías hayan pasado tan inadvertidas en las últimas décadas.

     

     

    El aprendizaje

     

    Y si nadie en 2015 recordaba a Lovelock, qué decir de Humboldt… Las conclusiones de su Ensayo sobre la geografía de las plantas, uno de los más destacados entre su extensa producción científica, en el que examinaba el mundo vegetal en un contexto amplio y ya veía la naturaleza como una relación holística entre una multitud de fenómenos, subyacen invisibles a todo estudio ecológico moderno, sea en el ecosistema que sea.

     

    “Los ecologistas y los escritores sobre temas de naturaleza se basan en la visión de Humboldt, aunque la mayoría lo hacen sin saberlo”, se lamenta Wulf en el prólogo de su libro. Su concepto integral de la naturaleza parece haber pasado a nuestra conciencia “por ósmosis”, de manera que sus ideas han adquirido tal relieve que el hombre que las engendró ha acabado por desvanecerse.

     

    Justo es recordar que el prusiano también bebió de sus propias fuentes de conocimiento para irrigar sus ideas. Siendo Humboldt aún muy joven, formó un animado grupo con Schiller y Goethe. El autor de Fausto tenía la costumbre de reunirse a diario en la casa del primero en Jena, para discutir apasionadamente de ciencia hasta bien entrada la noche. Friedrich Schelling, con su Natürphilosophie, la filosofía de la naturaleza que se convirtió en la base del Idealismo y el Romanticismo alemanes a finales del siglo XVIII, y que proclamaba la necesidad de captar la naturaleza en su unidad, también fue una gran inspiración para Humboldt y su interpretación de la vida en la Tierra. De Schelling extrajo el convencimiento de que el concepto de organismo, en el que las partes sólo funcionan relacionadas entre sí, debía ser el fundamental para entender la naturaleza. Y de otro pensador alemán, el antropólogo Johann Friedrich Blumenbach, la idea de que las fuerzas son las que explican el funcionamiento de los organismos, que Humboldt aplicó a la naturaleza en general para interpretar el mundo como un conjunto unido y “animado por fuerzas interactivas”. Aunque de quién más aprendió fue de los indígenas americanos que le hicieron de guía en sus expediciones. En una reciente entrevista, Wulf recuerda que Humboldt se pasaba el día haciéndoles preguntas sin cesar, sobre plantas y animales o sobre quién hacía cada sonido en medio de la noche selvática: “siempre se mostraba extremadamente respetuoso con ellos, y dijo que nunca había encontrado mejores observadores de la naturaleza y mejores geógrafos que ellos”.

     

    Pero lo que Humboldt cogió prestado de otros, lo devolvió con creces para beneficio de toda la humanidad. Sin ir muy lejos en el tiempo, apenas unas decenas de años después, el gran naturalista inglés Charles Darwin aprendió de sus obras, que le acompañaron todo el tiempo que duró su viaje iniciático en el Beagle, a investigar el mundo no desde el punto de vista claustrofóbico de un geólogo o un zoólogo, sino “desde dentro y desde fuera”. Según Wulf, tanto Humboldt como Darwin “tenían la rara habilidad de centrarse en el detalle más pequeño, desde una brizna de liquen hasta un diminuto escarabajo, y después retroceder y salir a examinar las pautas comparativas globales”. Esa flexibilidad de perspectiva les permitió entender el mundo de una forma totalmente nueva, telescópica y microscópica, panorámica y a nivel celular, y que recorría el tiempo desde el lejano pasado geológico hasta la futura economía de las poblaciones indígenas. En septiembre de 1838, algunos años antes de publicar su teoría de la selección natural de especies, Darwin escribiría en su cuaderno personal que todas las plantas y todos los animales “están unidos en una red de relaciones complejas”. Era el entramado de vida al que hizo referencia por primera vez Humboldt.

     

    También Ernst Haeckel fue un ferviente seguidor de las ideas de Humboldt. Su Generelle Morphologie no se convirtió sólo en un llamamiento a respaldar la nueva teoría de la evolución de Darwin, sino también en el libro en el que dio por primera vez un nombre a la disciplina de Humboldt, de Darwin, de Lovelock o de Tilman: Oecologie, ecología, formada a partir de la palabra oikos, en griego “hogar”, y aplicada al mundo natural. Todos los organismos del mundo estaban relacionados como una familia que ocupa una vivienda, comparaba el alemán, y como una familia podían ayudarse mutuamente o entrar en conflicto. La naturaleza orgánica e inorgánica formaba “un sistema de fuerzas activas”, escribió en su obra con las mismas palabras que había utilizado Humboldt. Haeckel recogió la idea de Humboldt de la naturaleza como una totalidad unida, formada por relaciones complejas, y le dio un nombre. La ecología, dijo, era “la ciencia de las relaciones de un organismo con su entorno”, y su andadura como disciplina ha llegado a nuestros días con una creciente trascendencia difícil de discutir.

     

     

    La conexión

     

    A principios de 1854, cuando era un joven alumno en Würzburg y estudiaba a Humboldt, Haeckel no podía dejar de reflexionar sobre las consecuencias medioambientales de la deforestación. Diez años antes de que George Perkins Marsh, considerado por muchos como el primer ecologista conservacionista de Estados Unidos, publicara su reveladora Man and Nature, en la que hizo comprender al mundo entero que el aspecto que muestra la naturaleza tiene mucho que ver con las acciones de los seres humanos, Haeckel ya escribió que los hombres antiguos habían talado los bosques de Oriente Próximo y, al hacerlo, habían transformado el clima de la región. La civilización y la destrucción de los bosques “iban de la mano”, decía Haeckel. Con el tiempo, predijo, ocurriría lo mismo en Europa. Los suelos estériles, el cambio climático y el hambre acabarían provocando un éxodo masivo de Europa a tierras más fértiles. “Europa y su hipercivilización desaparecerán pronto”, profetizaba el alemán.

     

    Aunque, de nuevo, tampoco fue Haeckel sino Humboldt quien de manera natural primero llegó a la conclusión, corolario de sus observaciones, de que “en esa gran cadena de causas y efectos en la que no puede estudiarse ningún hecho aisladamente”, la actividad del ser humano era uno de los factores que de modo más determinante provocaban el cambio climático. Humboldt siempre creyó que el mundo natural estaba vinculado a “la historia política y moral de la humanidad”, y en sus notas, cuidadosamente recogidas por Wulf en su libro, relacionaba el colonialismo con la destrucción del medio ambiente. En una de ellas dejó claramente descrito un ejemplo dramático: “Cuando los bosques se destruyen, como han hecho los cultivadores europeos en toda América, con una precipitación imprudente, los manantiales se secan por completo o se vuelven menos abundantes. Los lechos de los ríos, que permanecen secos durante parte del año, se convierten en torrentes cada vez que caen fuertes lluvias en las cumbres. La hierba y el musgo desaparecen de las laderas de las montañas con la maleza, y entonces el agua de lluvia ya no encuentra ningún obstáculo en su camino: y en vez de aumentar poco a poco el nivel de los ríos mediante filtraciones graduales, durante las lluvias abundantes forma surcos en las laderas, arrastra la tierra suelta y forma esas inundaciones repentinas que destruyen el país”. La destrucción de los bosques por parte del hombre suponía a la larga la ruina de sus propios países.

     

    Al enumerar los tres aspectos en los que, según él, la especie humana estaba afectando al clima en su intento de dominar la naturaleza, Humboldt no sólo mencionó la deforestación, sino también la irrigación descontrolada y, quizás lo más profético, “las grandes masas de vapor y gas” producidas en los centros industriales. Nadie antes que él había examinado así la relación entre la humanidad y la naturaleza, y Wulf revela que esas opiniones de Humboldt eran tan nuevas y diferentes de las teorías generalizadas en aquel entonces que incluso su traductor puso en duda sus argumentos, calificando de “cuestionable” su idea de la deforestación en la edición alemana. Pero las consecuencias de la intervención de la especie humana eran ya “incalculables”, insistía, y podían ser catastróficas si seguía perturbando el mundo de forma tan “brutal”.

     

    Por eso, ahora que los científicos están tratando de comprender y predecir las consecuencias globales del cambio climático, el enfoque interdisciplinar de Humboldt a la hora de estudiar la ciencia y la naturaleza es más relevante que nunca. Y es que si como defendía no solo Humboldt, sino otros después, en la naturaleza todo está interconectado y la Tierra es un gran conjunto cerrado en el que todos sus elementos interaccionan entre sí, está claro que el cambio climático lo vamos a sufrir todos y cada uno de nosotros, todas las especies juntas, y quién sabe durante cuántas generaciones. Lo que ocurra en una determinada parte del mundo afectará antes o después al resto. Y hay un ejemplo que no puede ser más explícito para demostrarlo: la gran barrera de coral, el organismo vivo más grande, el único que se puede ver desde el espacio, supuestamente protegido por una de las reservas naturales más extensas del mundo, a miles de kilómetros de cualquier foco de contaminación habitado por el hombre, está viviendo sus últimos días de agonía previos a su extinción tras 25 millones de años de vida. El calentamiento del agua a raíz del cambio climático ha hecho que las algas con las que los corales han vivido desde siempre en simbiosis produzcan mucho más oxígeno de lo normal, lo cual es tóxico para el coral. Por eso, a este no le ha quedado más remedio que expulsarlas de su lado, aún a sabiendas de que sin ellas no puede obtener sus nutrientes esenciales. No ha pasado mucho tiempo hasta que el coral ha empezado a morir de hambre y ha acabado por adquirir un tono blanquecino muy parecido al que pinta la piel de los cadáveres en la morgue del tanatorio.

     

    Lo veamos o no, lo creamos o no, todo en este planeta está interrelacionado. Da igual el lugar en el que se produzcan los ataques contra el precario equilibrio medioambiental de la Tierra, y también el lugar al que cada uno consiga escapar: las consecuencias del cambio climático le alcanzarán más tarde o más temprano, sin importar lo alta que sea la torre de marfil en la que uno se recluya. Como decía Lovelock, la vida es un fenómeno a escala planetaria y sus efectos también, y además la relación entre el grado de destrucción de un ecosistema y el impacto sobre las especies que lo integran es más complejo de lo que podría parecer, hasta el punto de que se puede dar lo que David Tilman define como una deuda de extinción: “los efectos de la destrucción del hábitat sobre la extinción de las especies pueden manifestarse generaciones después de la perturbación”.

     

    No obstante, Tilman se considera a sí mismo un optimista, y cree que a pesar de la presión sin precedentes a la que estamos sometiendo a los ecosistemas, al ser tantos humanos consumiendo tantos recursos, “a lo largo de la Historia siempre hemos sido capaces de encontrar soluciones cuando los problemas se vuelven realmente graves. Conocemos las soluciones, lo que no hemos hecho es ponerlas en práctica”.

     

     

    La emoción

     

    Pero el verdadero problema, al margen de cualquier síntoma específico, radica en que el ser humano ha olvidado hace mucho tiempo que la Tierra no es un animal salvaje al que es necesario domar, ni que tampoco está ahí para su propio consumo. Y esto ocurre desde que se le perdió el miedo a la naturaleza, desde que se la empezó a controlar con nuevas herramientas, como la máquina de vapor, el pararrayos o los avances tecnológicos. Sin embargo, el hombre tiene que ser consciente de que esos progresos y el cambio climático forman parte del mismo sistema.

     

    “La naturaleza no puede estar al servicio del hombre”, dijo James Madison en 1818, un año después de dejar la presidencia de los Estados Unidos. Sin embargo, hoy, dos siglos después, sorprende observar que el titular de tan poderosa institución, Donald Trump, que tomará posesión en enero, no solo parece desconocer la opinión de uno de sus predecesores en el cargo, sino que sigue manteniendo la anticuada visión utilitarista de la naturaleza contra la que tan denodadamente luchó Humboldt a lo largo de su vida.

     

    El nuevo presidente de uno de los países más contaminantes del mundo prefiere decantarse por satisfacer las demandas de unas fuerzas económicas. Eso le ha conferido un inquietante sentido a la frase del célebre conservacionista estadounidense John Muir, otro fervoroso discípulo de Humboldt. En su lucha por proteger el valle de Yosemite de la explotación industrial lamentaba que “nada que tenga valor monetario está a salvo, por mucho que se proteja”. La jactanciosa negación del cambio climático por parte de Trump y su candidato a dirigir la Agencia de Protección Medioambiental, Scott Pruitt, sólo puede deberse a una ignorante falta de interés por escuchar lo que la naturaleza tiene que decirles. Y eso a pesar de que, en palabras de Humboldt, “la naturaleza, en todas partes, se dirige al hombre con una voz que es familiar para el espíritu”. Quizás por ahí podría pasar alguna de las soluciones que el hombre aún no ha puesto en práctica, a las que hace referencia Tilman: escuchar la voz de la naturaleza desde el espíritu, emocionarse con ella. Pero ni Trump ni Pruitt parecen haberle hecho mucho caso, ni parece que vayan a hacérselo.

     

    No podrán seguir, por tanto, los pasos de su compatriota Henry David Thoreau, el admirado poeta y filósofo estadounidense, autor de Walden, quien sí secundó a Humboldt en su convicción de que solo a través de la estrecha unión entre la ciencia y el arte puede comprenderse la “totalidad” de la naturaleza, y así entender y respetar las conexiones, las correlaciones y los detalles de los que se compone. Las vivencias y los escritos del explorador prusiano le proporcionaron a Thoreau, y lo harán con todo aquel que se sumerja en ellos, un espacio para la emoción intelectual, un marco en el que entretejer los hechos con la imaginación, lo particular y lo global, lo objetivo y lo maravilloso, algo que el mismo Humboldt siempre agradeció que Goethe le hubiese inculcado. Y es que el logro de establecer una relación con el entorno natural va más allá del mero conocimiento o de la simple emoción. “El arte y la naturaleza son hermanas, ramas de un mismo árbol”, asegura John Fowles, aunque crea que nuestro acercamiento tanto a una como a otra se haya hecho, a lo largo de este último siglo, “con pretensiones cada vez más circunspectas y formales”.

     

    Por eso se debe recuperar la gran visión del planeta que tenía Alexander von Humboldt. Por eso se debe sustituir la actual perspectiva hedonista basada en los flujos de caja por otra más sublime e integradora en la que no se pierda de vista el entramado de vida en su conjunto. Porque, citando a Fowles, “nunca podremos entender por completo la esencia de la naturaleza (ni a nosotros mismos), y nunca la respetaremos, si no somos capaces de diferenciar el concepto de lo salvaje del concepto de utilidad”.  

     

     

     

     

    Esteban G. R. Luna (Madrid, 1979) es científico de vocación periodística. Educado en la Institución Libre de Enseñanza, se formó como ingeniero de montes, más tarde se doctoró en ciencias agrarias y, ya exhausto, realizó el máster de periodismo de El País. Por todo ello, teme haberse convertido en una especie en vías de extinción. Además de en el CSIC, el INIA y la Universidad de La Rioja, ha trabajado en la delegación gallega de El País y en la sección de opinión de Cinco Días, periódico con el que aún colabora esporádicamente. En FronteraD ha publicado, entre otros, ¿Pensando con las tripas? La inauditas relaciones entre la microbiota intestinal y el cerebroUn universo propio. Vivir el cosmos más allá de la cienciaMiguel Belló, el navegante del Sistema Solar. O el viaje alucinante de la nave ‘Rosetta’, y mantiene el blog Por ciencia infusa. En Twitter: @egr_luna

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