Casa de Severina, con su foto en la puerta

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    Un viaje entre los Oscos asturianos de Severina y los de Felipe VI

    Tamara Crespo / Fotos: Fidel Raso - 20-01-2017

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    Los vecinos le daban de comer. Severina vivía en una casita de piedra, una sola dependencia con una puerta de madera de poco más de un metro y medio de altura. Por las rendijas no se ve nada, paredes de piedra y maleza, quizá nunca tuvo nada, posiblemente sólo un jergón y un hogar o chimenea para calentarse. La imagen fotográfica de la mujer, evanescente y amarilla, cuelga hoy de esa misma puerta, protegida por un plástico y un rudimentario marco de madera. Es una pequeña foto pegada a una losa de pizarra que anclaron con unos clavos ya oxidados y en la que escribieron su nombre en mayúsculas, a mano y rallando la piedra, como la frase que se lee a continuación, en letra más pequeña: “En recuerdo de nuestra vecina Severina, en cuya persona la amistad se hizo (Realidad)”. La aludida sonríe a la cámara, es una mujer pequeña, de una edad difícil de precisar, pero quizá nacida con el siglo. “Cada día comía en una casa”, recuerda su vecina Elena, que aún vive en el mismo lugar, a pocos metros de distancia. “Hace de eso 60 años, yo era pequeña, pero aún me acuerdo…”, relata, “igual venía a casa por la mañana y se iba por la tarde”. Cuando no podía salir, los vecinos se turnaban para llevarle algo de comer. Era soltera “y no tenía familia”. “Un día, mi hermano pequeño, que entonces tendría dos añitos, la vio sentada y fue corriendo a tocarle el bocio… Ella se rio y dijo: mira este niño, qué cosas tiene. Al niño le llamó la atención el bulto ese, claro”.

     

    Estamos en la comarca asturiana de los Oscos, que en las primeras décadas del siglo XX era una de las zonas más afectadas por el bocio endémico, una enfermedad causada, entre otros, por el déficit de yodo y asociada en ocasiones al cretinismo.

     

    Cuenta Elena que un día a Severina “vistieronla muy bien, diéronla mucho café, que le gustaba”, con un chorrito de alcohol. “Iba muy contenta, acompañada por todos los vecinos. Todavía la estoy viendo… Pero cuando la metieron en un furgón todo cerrado… ¡Ay, madre, volviose loca, gritaba, gritaba!”. La mujeruca que sonríe inocente en la vieja fotografía nunca regresó a su lugar de origen, seguramente, el único que había conocido. La llevaron a Oviedo –entonces a cuatro horas de tortuoso viaje por carretera–, a “eso de los locos”. Poco después llegó a la aldea la notificación de su muerte. No saben dónde la enterraron. La que sin embargo sí viajó, y muy lejos, fue su fotografía. Se la hizo un tío de Elena. Un poco más abajo de la casa de Severina hay otra vivienda, comida como la suya por la vegetación, con un hórreo. Allí vivió gente que emigró a Argentina. Hace dos años alguien colocó en el granero una placa de cerámica con otro texto, este impreso, que reza: “Homenaje a Don José M. García y Doña Josefa Arruñada. Sus hijos, nietos y bisnietos. Buenos Aires, Argentina, mayo 2014”.

     

    El caso es que la foto de Severina viajó hasta Argentina en la maleta de alguno de estos emigrantes, y a la muerte de los abuelos, los hijos o nietos ya no reconocían a la mujer retratada. “No sabían quién era, así que nos la mandaron. Un hermano mío la puso en su puerta”, cuenta Elena. En descargo de sus mayores ante la decisión mancomunada de enviar a Severina a lo de los locos Elena apunta que quizá “viendo que era ya mayor” temieron que alguien “tuviera que cuidarla”. “Luego dijeron que había unos que eran bastante primos de ella, pero claro, si hubiera sido rica…”.

     

    Había muchos vecinos en aquella época en ese mismo barrio del municipio de Santa Eulalia de Oscos, uno de los tres que llevan el apellido en la comarca. “Once vivían en esa casa de abajo –la de los emigrantes a América–, otros tantos en la mía, siete u ocho en esa otra de allá… Hoy no hay nadie ya”, se lamenta Elena, a la que encontramos en la huerta junto a la casa, comiendo de postre unas hermosas uvas de su parra. En ese núcleo de casas, hay censados hoy en día doce vecinos. Lo cierto es que no es fácil toparse con gente por estos lares. Aún hace buen tiempo en octubre, la temperatura es agradable, llueve de vez en cuando, sobre todo de noche, llovizna a ratos, e incluso brillan por momentos el sol y el cielo, haciendo resplandecer los glaucos prados, donde pastan pequeños rebaños de vacas frisonas o de raza asturiana. Entre el albergue donde nos alojamos, el de la Vega del Carro, y el pueblo –Santa Eulalia o Santalla, como se le conoce también– hay unos tres kilómetros campo a través. Casi tuvimos que obligarnos –lo hicimos a regañadientes– a renunciar al coche. Un amigo nos dejó allí un miércoles y nos llevaría de vuelta a casa el domingo. Tampoco andábamos sobrados de cobertura de móvil y el mío decidió sumarse a la prueba de resistencia al aislamiento tecnológico y se apagaba de pronto aunque lograra cargarlo. Lo que en un principio respondió a una pequeña avería eléctrica, la necesidad temporal de alumbrarse con linternas, lámparas de gas, velas y el fuego de la chimenea, se convirtió enseguida un placer tal que ya no quisimos regresar a la luz. Casi podía sentirse cómo vivían hace sesenta o cien años los habitantes de esta zona siempre remota del occidente asturiano, limítrofe con la gallega provincia de Lugo. La casa en la que gozamos de tan singular experiencia, de los siglos XVIII y XIX, está construida –como era tradicional en la zona– a base de mampostería sin revocar, con piedras planas de distintos grosores y cubierta de placas de pizarra. En muchos tejados sobresalen grandes pedruscos colocados en las cumbreras y esquinas para asegurar la fina pizarra, excelente protector en una zona lluviosa. La casa, cerrada durante un tiempo, respondió como un ser vivo a nuestra presencia y fue despertando de su letargo, caldeándose y proporcionando un sueño reparador en medio del silencio verdadero, del canto de los pájaros y el rumor del orvallo. La única estridencia ocasional la causaban los mugidos del ganado, que llegaban amplificados desde el valle, con una dramática potencia.

     

    La comarca de los Oscos cuenta con unos 1.370 vecinos repartidos entre los tres concejos, que forman parte de la Reserva de la Biosfera Oscos-Eo y Tierras de Burón, declarada por la UNESCO en 2007. La densidad media de población en esta zona es de 21,8 habitantes por kilómetro cuadrado, aunque en algunos concejos, como Villanueva de Oscos no supera los 5,7. Es una población dispersa, rural, agrícola y ganadera. “Son vacas de leche, frisonas, tenemos cincuenta, las ordeñamos de ocho en ocho. Mira, esa está a punto de parir”, respondió a nuestras preguntas, camino del pueblo, Nieves, una mujer de amplia sonrisa, a la que encontramos en la rutina del traslado de las vacas desde el prado a la cuadra, al anochecer. Nieves, se casó con Justo, un hombre nacido en la casa que nos señalaba con el dedo, pues la teníamos al lado mientras conversábamos, y se vino a vivir a los Oscos desde Galicia hace 31 años, cuando toda su cabaña vacuna era de cinco reses. Hoy tienen una gran nave y –algo más raro– relevo generacional, pues según nos contaba, un hijo trabaja con ellos. “Ahora hay que tener muchas vacas y muchas tierras para que sea rentable”, argumentaba la vecina del otro lado del vallejo, Elena, para explicar la despoblación que sufren estos concejos. El municipio de Santa Eulalia tiene una población total de 529 habitantes. Antonio y Lourdes, cuya finca linda con el albergue, son dos de ellos. Tras los primeros saludos, Antonio daba novedades a José Luis, propietario del albergue: “Nos han declarado Pueblo Ejemplar. Vienen los Reyes el día 22. Veintiocho mil euros nos han dado”. A José Luis, que fue alcalde de Santalla, le llamaron para invitarle a la recepción, aunque no habían conseguido localizarle, así que la improvisada visita se convirtió en oportuna, porque asistirá. La invitación se la confirmaba poco después el actual regidor, Marcos Niño, de la Asociación Independiente por Santalla (AIS). El alcalde es hijo de Pepe “de Pérez”, heredero del bar-tienda del mismo nombre, ubicada en la planta baja de un edificio construido en los años 1925 y 1930, de paredes blancas con recercados verdes, “una de las dos únicas casas de indianos del pueblo”, comentaba con orgullo el anciano, de 81 años. Al despedirnos, tras ser invitados al vino –así son los pueblos–, mi compañero pronunciaba una de esas frases hechas: “…nadie es dueño de su destino”. De la barra surgió entonces una voz parsimoniosa: “Eso es determinismo, y es cuestionable, requiere de una conversación más profunda”. El efecto de esa frase pronunciada en ese contexto se magnificó al vivir, momentos después, una escena igual de chocante. Sin teléfono, ni radio, ni televisión, esa mañana nos habíamos enterado, por la del bar donde tomamos un café, de la muerte del Nobel de Literatura Darío Fo. “No sabemos qué más ha pasado en el mundo, pero ha muerto Darío Fo”, le contamos a José Luis cuando llegó a nuestro lado. “Ah, sí, me lo ha dicho esta mañana mi vecino Antonio”. Igual que en ese momento, sigue costándome imaginar una conversación en la que un paisano de Los Oscos le cuenta en el desayuno a su vecino que se ha muerto Darío Fo.

     

    José Luis eligió la comarca para comprar una casa y convertirla en albergue porque era lo bastante aislada y remota para su gusto, ahora, a pesar de que sigue pareciéndolo, para él, no es lo mismo. Lo cierto es que no son muchos los turistas que busquen de verdad y de forma consecuente la “práctica de lo salvaje”, que diría Gary Snyder. En el albergue se organizaban cursos de supervivencia, paseos a caballo, descensos por el río…, pero este curtido amante de la naturaleza ha visto a más de uno de los que se sumaban alegres a la vida campestre quejarse después del cansancio o de haberse mojado o pasado frío. Los años 80, década en la que se creó el albergue de la Vega del Carro, “el segundo privado de todo Asturias”, fueron de eclosión de este tipo de turismo rural. Un titular de prensa reciente, del 1 de octubre en La Nueva España, habla de “El regreso de los ‘padres’ de los Oscos”. En la información se recoge la reunión de algunos de los alcaldes con siete de los once integrantes del Consejo de Gobierno, el primero del socialista Pedro de Silva, que en 1983 aprobó un plan integral de desarrollo para Oscos-Eo que, según rememoraba él mismo, buscaba “hacer justicia con un territorio que estaba abandonado”. “Fue una apuesta por un territorio, no sé si buena o mala porque no se volvió a hacer una igual”, ironizaba el exconsejero de Agricultura y Ganadería, Jesús Aranguren, para el que en aquellos años, Los Oscos eran algo así como Las Hurdes de Asturias.

     

    Mientras unos se lamentan de la despoblación y el “abandono”, otros como José Luis o Jorge, artesano de las navajas, disfrutan de que estos sean lugares aún no “masificados”, como ocurre en algunos del oriente astur o del Camino de Santiago, que pasa no muy lejos. Jorge Román Toquero es vallisoletano, de Tudela de Duero. Primero vivió en Taramundi, pueblo artesano por excelencia, a unos 27 kilómetros de Santalla, pero allí había “poca luz”, y decidió mudarse a uno de los tres Oscos, donde desde hace siete años vive con su mujer, Keiko Shimizin, y su hija. En su casa, de arquitectura tradicional y con hórreo, han instalado su taller y abierto una tienda llamada Hiottoko, en la que venden sus cuchillos y navajas de tradición local y otros con mezcla de técnicas y materiales japoneses. Jorge está en esos momentos haciendo un cuchillo para Felipe VI, la empuñadura será de cuerno de búfalo de agua. Otro artesano, Antonio Álvarez, ha fabricado para la ocasión un nuevo bastón de mando de madera para el alcalde, que no lo tiene desde los años cincuenta. También hay en el pueblo artesanos del telar, como Irene Villar, o de la forja, como es el caso de Friedric Bramsteidl, que ha recuperado el Mazo de Mazonovo, una herrería del siglo XVIII. Las quiastolitas, popularmente conocidas como sampedras, piedras consideradas mágicas en el occidente asturiano, son la materia prima con la que el alemán Anno Albert Brendebach fabrica en Vegadeo pulseras, pendientes y otros objetos que pueden encontrarse en Los Oscos. La magia forma parte de estos lugares, en los que la naturaleza parece engullir al paseante con enormes árboles que le hacen pequeño y el musgo prospera por doquier, tapizando las grandes losas de pizarra que enmarcan algunos caminos y las casas, hórreos y paneras abandonadas y los puentecillos, donde el bosque se cierra, inexpugnable, más allá del sendero. El roble, árbol mítico, es el señor de estos dominios, que comparte con abedules y manchas de castañares y acebales. En algunos puntos, los verdísimos prados terminan de pronto, sin transición, cercados por una cerrada y oscura masa boscosa. Lo que para unos es bello, para otros no, pues para sorpresa de los subyugados visitantes, la señora Elena asegura nostálgica que antes “había menos árboles, estaba mejor”. La naturaleza es aquí dura pero generosa: “Gracias, manzano”, me escuché decir cuando un árbol arrojó a mis pies en el camino uno de sus deliciosos frutos. En otoño puede uno alimentarse de moras, setas, manzanas, peras y nueces que crecen por doquier. Además, no faltan los regalos de huevos frescos o patatas cultivadas por algún vecino.  El tejo, otro árbol sagrado, forma parte también del paisaje de Los Oscos, donde resisten algunos como el de la capilla de Quintá, un gigante de 350 centímetros de diámetro y 15 metros de altura que parece tan viejo como las leyendas asturianas, la del travieso Trasgu, las ninfas Xanes, el temible gallo-serpiente Basilisco, el Güercu que anuncia la llegada de La Parca, el Busgosu, el Carru de la muerte con su Güestia… “El tejo da la vida pero también la quita”, nos recuerda otro amigo asturiano en referencia a la toxina letal presente en este árbol, que se cree puede llegar a vivir hasta dos mil años.

     

    Aunque los padres de Los Oscos, los políticos del plan integral de los ochenta, digan que el “reto de futuro” de estas zonas rurales es “la banda ancha” (y “acabar con el minifundismo”), lo cierto es que aquí se consigue tener la sensación de que no son tan imprescindibles los coches, los móviles o la televisión, que a cambio de prescindir un poco de ellos se disfruta algo más de la conversación, y que caminar seis kilómetros para ir a por el pan –un rico pan de leña– por un bosque umbrío, atravesar el cauce de un río, ascender a una colina desde la que se contempla el valle, es un goce continuo para los sentidos, es ganar tiempo de vida, ese tiempo que discurre lento y que permite apreciar el detalle y conocer los paisajes y a las gentes. Aprehender el momento frente al vértigo de una forma de vida en la que todo lo hacemos deprisa, en la que pasamos más tiempo en el mundo virtual que en el real.

     

    Esos son Los Oscos que el 22 de octubre de 2016 visitaron los Reyes de España con su comitiva, para pasar unas horas que han revolucionado a estos tres pueblecitos de montaña. En Santa Eulalia, a una semana del evento, se podía ver al alcalde, con ropa de ciclista, acompañando a un circunspecto grupo de guardias civiles con sus mandos, tomando nota de todo lo concerniente a la seguridad. Santa Eulalia, San Martín y Villanueva de Oscos se prepara para un día histórico en el que, según el acta del jurado del Premio al pueblo Ejemplar de Asturias se reconocerá a sus vecinos el mérito de haber sido “capaces, en las tres últimas décadas, de articular un plan colectivo que combina equilibradamente tradición y modernidad, aunando la conservación de la naturaleza y el patrimonio cultural con el desarrollo económico basado en la ganadería y el turismo rural”. El jurado consideró a la comarca de Los Oscos “un ejemplo a destacar, especialmente en este tiempo de crisis del medio rural en Asturias”.

     

    Al anochecer, de vuelta al albergue, pasamos nuevamente junto a la casa de Severina. Empezaba a llover y el silencio permitía escuchar el golpeteo de las gotas de agua contra las hojas de los árboles. Junto a la destartalada puerta, paramos unos segundos para mirar una vez más su foto enmarcada sobre la placa de pizarra, y ella volvió a sonreírnos.

     

     

     

     

    Tamara Crespo es periodista. En FronteraD ha publicado Carmina Maceín vende riad en Tánger… con algún Picasso y MiróRústico flamígero en Tierra de Campos y En casa de Erik el Belga, el ladrón de arte más famoso del mundo.

     

    Fidel Raso es fotoperiodista. En FronteraD se ha publicado un portafolio dedicado a su trabajo, además de Manu Leguineche tuvo un sueño. Persigámoslo, y convirtamos la soledad en una llama, Fotografía y periodismo en los ‘años del plomo’ en el País Vasco y La ciudad envuelta.

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