Hicoteas. Los vecinos del colombiano Puente Nayero que resistieron en los malos tiempos

Texto y fotos: Felipe Chica Jiménez

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Una noche de agosto de 2013, Hilario Reina, recogía su trasmallo luego de nueve días mar adentro,  de pronto advirtió dos merluzas entre los ojales de nailon, delgadas, de aletas largas, dientes afilados y una piel que parecía mercurio. Debieron llegar de un viaje transoceánico a las costas colombianas porque no es común ver esta variedad en Buenaventura.

 

Puente Nayero, donde vive Hilario, es el hogar de una comunidad de pescadores venidos desde las selvas del río Naya; acá todos saben por cultura general que el buche de la merluza es tan caro como una libra de pasta de coca. Hilario sacó la criatura, le enterró el cuchillo y extrajo con delicadeza la bolsa intestinal.  Tenía un buen peso, por esos días el buche se cotizaba hasta en ochocientos mil pesos; el comerciante de buches de merluza llegó hasta al sitio como es la costumbre en estos casos y se los compró, la carne se quedó.

 

Dicen que el animal se la pasa a seiscientos metros de profundidad, sometido a una amplia dieta que incluye otras corvinas y jugosas crías de marisco que hacen de sus tripas una bomba afrodisíaca. En Hong Kong se sirve con vino blanco en lujosos restaurantes, una de las razones por las cuales se ha clasificado este pez como especie en peligro de extinción.

 

 

*     *     *

 

—Por esos días no salían peces sino gente.

 

 

*     *     *

 

A Pompilio Castillo no le gusta la ciudad de Cali, el calor se lo soporta pero ese infierno de carros estridentes y avenidas peligrosas lo vuelve loco; los primero días de abril de 2014 fue por motivos de salud, salió de la clínica cardiovascular donde le practicaron unas pruebas, caminó por el centro mirando el comercio, de repente le sonó teléfono.

 

—Papá, los paras acaban de matar a un muchacho de la comunidad.

 

Era su hijo Orlando.

 

Al día siguiente, Pompilio salió para Buenaventura. Para esa fecha ya unas tres familias habían abandonado sus palafitos en Puente Nayero. Cuando él regresó de Cali, el barrio ya estaba absolutamente solo.

 

—No había un alma de la comunidad en la calle –recuerda Pompilio.

 

Entró a su casa y descargó la maleta, pensó que todos se habían ido luego de que mataran a aquel muchacho. Pompilio sintió ganas de llorar y como si estuviera decidido a morirse se fue directo hacia los paramilitares, llegó hasta la caseta donde estaban refugiándose del sol y se les paró enfrente.

 

—Matones, ustedes son unos matones, se van ya de acá, se van…

 

Al instante lo atravesó la certeza de estar en la peor posición de su vida. El jefe de los paramilitares se puso lentamente de pie, Pompilio cerró los ojos y se despidió del mundo. El jefe daba pasos hacia él. En ese momento un murmullo comenzó a crecer alrededor de ambos. Mientras Pompilio esperaba el primer golpe pasó lo inesperado. Las fisuras de la madera comenzaron a resoplar, adentro en los palafitos, una centena de ojos estaban fijos en aquella escena. Aumentaba el murmullo. Nadie había abandonado Puente Nayero.

 

—¡Negro, van a matar a Pompilio! –gritó Marta mientras Hilario atravesaba la puerta como un rayo.

 

Varias  familias salieron al instante de sus palafitos dispuestas a no dejar que mataran a aquel hombre de metro sesenta de estatura, miembros delgados y barriga pronunciada. 

 

—¡Salgan, salgan! –alguien más gritó.

 

En un santiamén, Pompilio, estaba rodeado de hombres, mujeres, niños y ancianas.

 

—Eran como ochenta personas, hasta los perros salieron.

 

Los paramilitares se levantaron sorprendidos de sus asientos y miraron a su jefe.

 

—Usted está hablando con el líder de esta gente y se van, se van –gritó confundido. Asustado. 

 

Los paramilitares no hicieron nada más que meterse de uno en uno en los confines de la casa que habían ocupado a la fuerza a orillas del mar.

 

Pompilio, tembloroso por lo que acababa de suceder, dio la espalda mientras la gente se marchaba, lentamente; solo Hilario se percató entonces que, rumbo a su casa, su amigo había comenzado a llorar. 

 

*     *     *

 

 

Esa tarde fue demasiado silenciosa, pero entre reuniones fugaces los líderes decidieron declararlo como un espacio humanitario, que no es más que un lugar libre de actores armados. Los paramilitares desaparecieron por un rato, dice Pompilio. El joven asesinado era el último de una centena iniciada desde finales del 2013 en Puente Nayero y aledaños; había venido de visita, pero lo mataron por sospecha. Hilario Reina, Pompilio Castillo, Orlando Castillo, Claudia Mondragón y  Doris Valenzuela dieron revista a la casa desocupada, había manchas de sangre seca. Cerraron la puerta y todo el mundo trató de volver a su rutina para no imaginarse lo que ahí adentro pasaba.

 

—Los paras habían impuesto toque de queda y antes de desmembrar a alguien ordenaban apagar los equipos de sonido para que todos escucharan –recuerda Pompilio.

 

Todos sabían que los paramilitares volverían con más furor y se comenzó a rumorear que se aproximaba una matanza contra la gente de Puente Nayero. En un día normal el barrio es un escenario de música fuerte, niños corriendo, hombres sin camisa y mujeres con bateas llenas de marisco sobre sus cabezas. Mientras Hilario contemplaba hacer las maletas un grupo de mujeres le informaban a monseñor Héctor Epalza lo que podía suceder a unas cuadras de su parroquia. Héctor hizo sus llamadas.

 

—Van a masacrar a esta gente, hagamos algo.

 

A los días Orlando Castillo, hijo de Pompilio, viajó  a Bogotá a exponer la situación. Aturdido por no encontrar respuestas por parte del Estado colombiano y acosado por la inmediatez de la situación, monseñor y varias mujeres del lugar trazaron una estrategia del todo macondiana. Era Semana Santa y la procesión del Domingo de Ramos se acercaba. Los paramilitares saqueaban las tiendas y cobraban vacuna casa por casa, esta vez amenazaban hasta los niños. A eso de las nueve de la mañana del 13 de abril de 2014 monseñor salió de la parroquia del barrio Lleras portando un megáfono y seguido por una procesión de creyentes. El primero en entrar a Puente Nayero fue él. Unos trece extranjeros pálidos se intentaban camuflar entre la multitud. Dijeron que eran viajeros. Una vez terminó el recorrido la gente se dispersó y los nayeros notaron que aquellos turistas de piel tierna en lugar de irse ingresaban uno por uno a la casa de Pompilio, adentro descargaron sus maletas, armaban carpas e instalaban hamacas. Al cabo de un rato había un corrillo de niños curiosos mirando por las ventanas. Todos querían saber quiénes eran. Un par de paramilitares pasaron mirando de reojo, justo después monseñor los presentó ante la comunidad. Era la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz.

 

 

*     *     *

 

De inmediato los extranjeros comenzaron a documentar los casos de violencia y a presionar a las autoridades colombianas que respondieran con la captura del jefe paramilitar alias Fifí. A la noche siguiente los teléfonos celulares de todos los líderes sonaron. Eran los paramilitares amenazándolos, uno por uno.

 

Orlando, delgado, cara adolescente, líder como su papá, pertenecía a la organización Comunidades Construyendo Paz en el Territorio. Fue responsabilizado por la captura de Fifí. Lo amenazaron. Los barrios de Buenaventura presentaban los más altos niveles de desplazamiento forzado y homicidio de todo el Pacífico. La Comisión pidió al Gobierno medidas de protección para los líderes de Puente Nayero que ese día se enfrentaron a los paramilitares. También pidió amparo para las 302 familias restantes del barrio que alegaban cómo las fuerzas de seguridad estaban enteradas de la presencia paramilitar sin hacer nada al respecto.   

 

Las medidas para la protección de los amenazados no llegaban.

 

La decisión de construir un espacio humanitario cobró urgencia manifiesta, los paramilitares seguían rondando. El 12 de mayo de 2016 Hilario apiló un montón de madera a la entrada del barrio y al frente de las calles que comunican con el resto de Buenaventura.  Al rato comenzaron a llegar hombres y mujeres. Una composición de serrucho, clavos y escuadras dio por resultado una puerta gigante de madera. La instalaron en la entrada y la pintaron con las palabras espacio humanitario.

 

Esa noche, por esa puerta, entró el Diablo a Puente Nayero.

 

 

*     *     *

 

—A ese tipo le decían el Diablo –dice Hilario.

 

El paramilitar entró extorsionando y amenazando desmembrar al que se pusiera de soplón. Todo ese mes los paramilitares entraban y salían. El 17 de mayo se ensañaron contra Claudia Mondragón, una lideresa del lugar. Sin noticias de las autoridades respecto a la seguridad para los líderes, la comisión presentó nuevas denuncias en Bogotá y consultó por el proceso. Esta vez, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos recibió la documentación. Un mes después el Estado se lavó las manos diciendo que la situación de los líderes de Puente Nayero no era exclusiva y se  enmarcaba en la violencia generalizada del Distrito de Buenaventura, cuestionó el carácter de espacio humanitario. Se informó también que un grupo de militares, policías y los líderes del lugar se habían reunido para acordar medidas de seguridad. Al término de la reunión hubo un intercambio de números telefónicos.

 

 

Las medidas para la protección de los amenazados no llegaban.

 

Fue a finales de mayo que un grupo de paramilitares entró a Puente Nayero y amenazó con picar a la lideresa Doris Valenzuela y su hijo de doce años, quien sufrió intento de reclutamiento forzado. Luego amenazaron a Carlina Angulo y Jacqueline Aragón. Pompilio se hallaba por esos días en Cali haciendo los trámites para una operación a corazón abierto. Mientras los líderes celebraban una asamblea comunitaria para discutir la situación, la Policía Nacional torturaba al joven Winston Steven González, dicen en el barrio que los oficiales quería saber que “tramaba la gente” El hecho fue documentado por la Comisión Interamericana.  

 

En una nueva incursión, el 2 de junio, el paramilitar alias Chino hizo de la casa de Claudia Mondragón un escenario bochinchoso de insultos y maltratos. Ella dice que se trataba de una venganza por la expulsión que desató Pompilio y demás líderes. Según Claudia, el paramilitar amenazó con llevarla a una de las casas de pique y “que por la Policía no había problema, porque para eso les pagaban”.

 

Las medidas para la protección de los amenazados no llegaban. 

 

 

Al día siguiente, la comunidad de Puente Nayero redactó una nota que se hizo llegar a la Unidad Nacional de Protección solicitando un estudio de riesgo para las familias del espacio humanitario. A  solo días de enviada, el amigo de Hilario y esposo de Doris, Ezequiel Aragón, sufrió un atentado mientras caminaba por las afueras del espacio. Le dispararon en tres ocasiones. Ese mismo día la familia entera se fue de Puente Nayero y dejó su palafito abandonado.  Mientras todo esto pasaba, la Comisión Intereclesial seguía recibiendo más denuncias de la gente.

 

Las medidas para la protección de los amenazados no llegaban. 

 

 

Se rumoreó que los extranjeros eran parte de la población en riesgo. Si algo le pasaba a un extranjero en suelo colombiano, el Gobierno, en pleno proceso de paz con la guerrilla de las FARC-EP, tendría toda una crisis diplomática. A los días ese ruido se había extendido hasta Bogotá. El Ministerio de Defensa se comunicó con los líderes de Puente Nayero para informales de que había decidido instalar un perímetro de más de cien metros a la redonda vigilado por efectivos de la Policía y el Ejército, todos fuertemente armados. Además, tres lanchas tipo araña con un suboficial y tres infantes de marina harían guardia por mar entre la desembocadura del río Dagua y la Isla Calavera, donde según Pompilio pueden encontrarse los restos de más de quinientos desaparecidos acumulados durante dos años de violencia paramilitar en toda la zona insular.  

 

 

*     *     *

 

La mañana que llegaron los uniformados a patrullar el barrio hubo indignación, ya que para la comunidad  esa fue una respuesta diplomática luego de dos años de omisiones oficiales corresponsables del sumergimiento de ese barrio pobre e insano en el penoso episodio de las casas de pique de Buenaventura. No se puede negar que también hubo parte de alivio porque los paramilitares se marcharon, aunque unos pocos fueron detenidos.

 

 

*     *     *

 

 

Adentro en la cocina se escucha el ruido de una sartén con cinco trozos de pargo rojo cociéndose en medio de dientes de ajo, pimentón y cebolla. En el centro de la mesa una botella con viche, el destilado artesanal que Marta perfuma con anís para su marido. Hilario se reclina sobre la silla.

 

—En esta casa hay la política de que el mejor pescado que el mar nos regala lo comemos en familia y con amigos.

 

A cuatro metros de profundidad bajo el mar el cerebro comienza a palpitar como un corazón y el pensamiento se nubla, dice Hilario. 

 

 

Atrás de su casa su declaración de renta: Una lancha  con dos motores de 45 caballos de fuerza, once trasmallos, diez canastos de plástico, doce costales de mallas, novecientos ochenta anzuelos, trecientas cuatro pesas de plomo y sesenta boyas de plástico. Hilario ordena con orgullo el resumen de una vida de trabajo. De las selvas próximas aprendió a trabajar la madera, a cultivar y leer el agua. Fue Orlando Fals Borda, maestro de la investigación social en Colombia, quien llamó a  personas como él y sus vecinos gente hicotea. Aludía a las tortugas que se entierran meses a esperar que llegue el agua y la hierba fresca mientras resisten el calor, el hambre, el dolor y la soledad; resisten hasta que pueden salir a flote. Así es la gente de Puente Nayero. Gente hicotea. Gente que resiste.

 

 

*     *     *

 

Dice Hilario que cuando la ballena se las pica de doméstica rodea el bote, como si le coqueteara a los seres del mundo de arriba. En esos casos es mejor despedirse y tender en otro lado a fin de evitar accidentes. Hilario es un pescador de piel bronceada que sabe leer las estrellas y las olas del mar. Una noche, soñó que entre sus redes chapaleaba un cardumen entero de merluzas dóciles, brillantes. A los días lo que más pescó fueron tambucos, un pescado que se infla como una pelota, pero cuya carne no se come en estas playas.

 

 

 

 

Felipe Chica Jiménez (Pereira, Colombia 1986) dice que le jugó su profesión al azar y se la ganó el periodismo. Formado como administrador ambiental, en la práctica cuentoa historias. Lector y viajero. Apasionado por la tradición oral y las dinámicas del territorio colombiano, ha publicado historias en diversos medios nacionales, en la revista El Estado Mental. 

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