Sergio González Rodríguez

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    Hasta la próxima, querido Serge. En recuerdo de Sergio González Rodríguez

    Bruno H. Piché - 07-04-2017

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    Jamás hubiera querido escribir estas líneas. No puede haber peor noticia que el fallecimiento de Sergio González Rodríguez, al menos no para mí. Su partida me ha arrancado de tajo a un gran amigo –pocos como él– y a un cómplice intelectual. La distancia geográfica no hizo sino acercarnos aún más. Durante los casi dos años que he vivido fuera de México no pasó una semana sin que intercambiáramos al menos un par de correos electrónicos en los cuales hablábamos de todo: autores, películas, series de televisión, política, bromas y malestares comunes.

     

    El último correo que me envió, apenas el 28 de marzo, contiene todos los rasgos que, quienes lo tratamos, le conocíamos de sobra: un despliegue de afecto más bien raro, si no es que inexistente, en la república de las letras, una amistad y generosidad a prueba de balas:

    De: Sergio Gonzalez Rodriguez <[email protected]>
    Fecha: 28 de marzo de 2017, 19:43
    Asunto: Va este texto, espero que sea útil: abrazos! SGR
    Para: "Bruno H. Piche" <[email protected]>

     

    Mi querido Bruno, como leíste, mi propósito con mi texto es dejar que tu libro se valore por sí mismo, no quise plantear ninguna intromisión, qué bueno que te haya gustado, la complicidad a la que te refieres es muy valiosa, y para mí es un orgullo haber compartido tu proceso creativo de principio a fin: mucha suerte. Va mi cariño y un abrazo muy fuerte, Serge.

     

    El gran Sergio se refiere a la escritura de un libro mío que él acompañó con sugerencias, vueltas de tuerca, observaciones y recomendaciones muy prácticas, dada la naturaleza del proyecto. Soy yo quien debería estar agradecido y orgulloso por la amistad y el interés que siempre mostró hacia mí y hacia las cosas que a ambos nos importaban: el poder transformador de la buena literatura; la música; el cine; los enjuagues globales de la geopolítica; los abusos cometidos en nombre de la política, la degradación cada vez más patente de la cultura en el siglo XXI…

     

    Cuando Leonard Cohen falleció me negué a escribir una línea al respecto, pues, al igual que Sergio, se trata de personajes cuya concepción y práctica de las artes y la cultura son únicos e irrepetibles, los últimos en saltar del barco que se hunde.

     

    Ayer en la madrugada recibí un correo de Juan Villoro, quien en unas cuantas líneas me hizo la crónica de las horas en que Sergio permaneció en una casa funeraria. Supongo que ahí mismo fue donde el propio Juan hizo declaraciones a la prensa como quien declara su amor hacia las grandes e insustituibles amistades: “Hemos perdido a una de las principales voces de nuestra cultura; nos hará mucha falta. Lo digo en la doble pérdida que siento: en el plano afectivo por el amigo, y como lector de sus textos inolvidables. Estaba en plena creatividad y lleno de proyectos”.

     

    Vaya que si lo vamos a extrañar.

     

    En la persona de Sergio cohabitaban el amigo lúcido y bromista con el crítico no sólo de la literatura, sino también de todo cuanto se juega alrededor de ella: vanidades ridículas, falsos orgullos, falsas modestias, falsas reputaciones. Para Serge no había nada ni nadie intocable, y ese rasgo de su carácter le valió muchas enemistades, amenazas y ataques, incluidos los físicos, a su persona.

     

    Siempre me sorprendió en él el paso enérgico con que caminaba, como quien no se arredra a la hora de penetrar en el corazón de la tormenta. Serge tenía, por encima de cualquier otro atributo, un vitalismo que hizo de la muerte uno de sus temas preferidos.

     

    Parecía invencible.

     

    Lo primero que leí de él fue un espléndido ensayo para conmemorar los cien años de vida de Ernst Jünger, hace ya más de dos décadas. Después siguieron sus libros y los demás libros a los que te llevaba su lectura.

     

    Fue quizás en 2009 cuando empezamos a entablar una sólida amistad, en la que convergían los amigos comunes con quienes nos sentábamos en un restaurante o una cantina para abandonarnos a la conversación durante sobremesas que nunca duraron menos de cinco o seis horas.

     

    Un día hicimos implícito nuestro hartazgo de esas multitudinarias comilonas y comenzamos a vernos sólo los dos en un café cercano a su casa en la colonia Del Valle, donde igualmente gastábamos horas y horas en la conversación.

     

    Creo que cualquier referencia a la importancia de su obra y la amplitud de sus intereses sale sobrando, ahí están las traducciones de sus libros, los reconocimientos y los premios que comenzó a recibir entrado ya en la cincuentena.

     

    Dije que parecía invencible. Y lo era.

     

    En noviembre de 2015 fui a la ciudad de México por apenas un par de días. Logramos fraguar una comida el mismo día en que yo, al filo de la medianoche, tomaría mi vuelo de regreso. Como en otras ocasiones, conversamos de todo, deteniéndonos lo mismo en personajes funestos y oscuros, que en bromas y chistes que nos arrancaban risotadas ahogadas en más risotadas, puro humor negro que se desdoblaba como las famosas muñecas rusas. Ustedes saben cuáles.

     

    Gracias a la crítica cultural política que ejercía en sus libros y columnas, Sergio era temido lo mismo por autores mediocres que por políticos de altos vuelos.

     

    En aquella última comida, recuerdo que mientras nos carcajeábamos a gusto, se acercó a la mesa un conocido subsecretario de Estado para saludar solemnemente a Serge. En cuanto el político regresó a su lugar, seguimos carcajeándonos. El pretexto era –¿qué otro iba a ser?– el alto funcionario que acaba de presentarse a nuestra mesa.

     

    Seguimos nuestra conversación un rato más, el restaurante ya vacío y yo con un vuelo de regreso que tomar. Nos levantamos y salimos a la calle. Serían las 7, comenzaba a oscurecer. Lo recuerdo perfecto y espero no olvidarlo jamás: en la esquina de la calle Madero con Isabel la Católica, en pleno Centro Histórico, nos dimos un primer abrazo de despedida. A punto de dar media vuelta para que cada quien siguiera su camino, los dos giramos de nuevo para darnos un segundo y apretado abrazo.

     

    Pienso que en esos abrazos reflejos había cualquier cosa, no sé qué o cuál, imposible saberlo hoy, excepto una despedida definitiva. 

     

     

     

     

    Bruno H. Piché (Montreal, 1970) es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha publicado, entre otros, los libros Robinson ante el abismo. Recuento de islas, El taller de no ficción y Los hechos. En FronteraD, donde ha publicado artículos como Nunca estamos solos (mejor Hitchens que el Mio Cid)Angustia, histeria, futuro: una lectura de ‘Campo de guerra’. El mundo no es lugar para turistas y curiososEl amor y el peor poema del mundo, mantiene el blog La vida en Comala City

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