Ilustración: Paco Prazol

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    España y Francia, dos formas de encarar la crisis del eje izquierda-derecha

    Javier Tahiri - 05-05-2017

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    Francia se asoma a las elecciones del próximo domingo como las que pueden poner el broche final a un ciclo político. El candidato que salga como presidente de las urnas en unos días será el primero de la Quinta República que no se autodefina ni de izquierdas ni de derechas ni pertenezca a un partido tradicional del sistema. En 1936, en las últimas elecciones de la Tercera República, Léon Blum ganó las elecciones francesas liderando el Frente Popular, coalición de las principales fuerzas a la izquierda del panorama político –socialistas, radicales y comunistas– para hacer frente a los partidos conservadores. Estos comicios fueron el máximo exponente de separación entre la izquierda y la derecha en Francia. Ochenta años después, París baraja una tesitura opuesta. Las papeletas que se introduzcan en las urnas este domingo certificarán la crisis del eje tradicional entre izquierda y derecha.

     

    El líder de En Marche!, Emmanuel Macron (Amiens, 1977), ha señalado en numerosas ocasiones que no es “ni de izquierdas ni de derechas” pese a ser hasta hace unos meses ministro de Economía del Gobierno socialista de François Hollande y defender un programa liberal en lo económico. Marine Le Pen (Neuilly-sur-Seine, 1968) se ha definido como la “candidata de Francia y del pueblo” rechazando “la derecha y la izquierda del dinero”. Entre los candidatos que han quedado fuera de la segunda vuelta, el fundador del Parti de Gauche, Jean-Luc Mélenchon, ha jugueteado con ampliar su electorado e ir más allá de la división clásica de izquierda y derecha. “Mi objetivo no es reunir a la izquierda, etiqueta que se ha vuelto confusa: es de congregar al pueblo”, señaló en una entrevista al Journal de Dimanche. 

     

    El aperturismo comercial y la integración europea son dos pilares centrales en la redefinición política, por encima de la ideología. Macron es europeísta y un defensor del libre comercio. Pese a sus diferencias ideológicas, Le Pen y Mélenchon se encuadran en una visión opuesta a la globalización y crítica con la integración europea, o contraria a ella directamente en el caso de la dirigente del Frente Nacional. Este desencanto con la Unión Europea se puede entender como otra reprobación encubierta al eje tradicional entre izquierda y derecha. La UE es el hijo político de los partidos socialdemócratas y democristianos de posguerra, y oponerla es en cierta forma enfrentar el legado de ambos. Una UE que, a su vez, encontró en la oposición a la Unión Soviética el mayor incentivo para formar el club europeo, como señalaba el historiador británico Tony Judt en ¿Una gran ilusión?. “Como Freud ya observó en relación con las condiciones para el afecto humano: ‘Siempre es posible unir a un considerable número de personas en torno al amor, mientras se deje fuera a otras a quienes dirigir las manifestaciones de su agresividad’”, escribió Judt al respecto.

     

    Las revoluciones son cíclicas. La propia división de izquierda y derecha nació en Francia en septiembre de 1789, en plena Revolución Francesa, cuando los diputados monárquicos de la Asamblea se sentaron a la derecha del presidente frente a los que se dispusieron a la izquierda, favorables a limitar los poderes al Rey Luis XVI. Una división que ha marcado el posterior devenir político contemporáneo. Hasta ahora. Los clásicos partidos de izquierda (Parti Socialiste) y centro-derecha (Les Républicains) concentraron en la primera vuelta francesa un 20% y un 6% de los votos respectivamente, la menor cosecha de voto de ambos desde que existe la actual República Francesa, lo que contrasta con el 57,05% conjunto que consiguieron en la primera vuelta de 2007, o el 55,81% de 2012.

     

    El panorama francés tiene su equivalente al otro lado de los Pirineos. En las elecciones de diciembre de 2015, PSOE y PP cosecharon su menor porcentaje de voto en la democracia: un 50,71% ambos, que contrasta con el 73% que obtuvieron en 2011. Se rompía así una época en la que los dos partidos sumados captaban el 84% del sufragio, como ocurrió en las elecciones de 2008, justo antes del estallido de la crisis económica. Frente a PP y PSOE, dos partidos de nuevo cuño, Podemos (20,66% de los votos en diciembre de 2015 al sumar sus coaliciones) y Ciudadanos (13,93%) optaban por hacer frente a la vieja política con la nueva a situarse entre izquierda y derecha.

     

    “Un partido que nace en el siglo XXI, en 2006, evidentemente no se rige por los criterios de hace dos siglos”, respondió Rivera a Pablo Iglesias cuando este le preguntó en 2015 si Ciudadanos era de izquierdas o de derechas en su programa La Tuerka. “No nos vamos a dejar engañar ni una vez más. Con el juego izquierda-derecha gana la banca. Y nosotros salimos a ganar a la banca”, afirmó Iglesias en un acto en La Coruña en 2015. Cuando Podemos celebró su Congreso de Vistalegre hace dos años, Iglesias recalcó que el partido no era “ni de izquierdas, ni de derechas” y diferenciaba más bien entre “los de abajo y los de arriba”. Podemos propuso una división entre “la casta” y “el pueblo”, dicotomía que tomaban de los teóricos políticos Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, que defendían el concepto de “populismo” como forma de democratización sobre todo en los regímenes latinoamericanos, y que tiene su eco en Francia en las actuales elecciones. Mouffe es una ideóloga reconocida de Mélenchon mientras que el enfoque de Laclau fue un referente en la gestación de Podemos. “El debate que tenemos es si Podemos tiene que seguir siendo populista o no”, señaló Pablo Iglesias en octubre de 2016 en un acto en el que a continuación señaló lo siguiente: “Me encantaría que entrara Laclau por esa puerta y le dijera a algunos ‘no tenéis ni puta idea de lo que decís de mí’”.

     

    El discurso antiglobalización y contrario a las élites conecta con Mélenchon e Iglesias, pero también con Marine Le Pen pese a la distancia ideológica. El propio Íñigo Errejón, secretario de Análisis Estratégico y Cambio Político de Podemos, admitió en una entrevista a la revista Papel que había un “hilo común” entre Le Pen y el partido. “Sí hay un hilo. No en la expresión ideológica ni en las políticas que queremos, pero sí una reivindicación común en muchos países diferentes. La necesidad de volver a reconstruir comunidad y sentirse parte de algo”.

     

    Hay ciertas reminiscencias entre los candidatos franceses y los españoles. El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, ha mostrado una simpatía (recíproca) con Macron. Ambos son símbolos de un progresismo liberal que traza una línea invisible con el primer ministro canadiense Justin Trudeau o Matteo Renzi en Italia. Frente a ello, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, también ha participado en actos con Jean-Luc Mélenchon y le ha mostrado su apoyo públicamente.

     

    “Francia, España, Holanda…son fotogramas de una misma línea fundamental: la fuerte crisis de las democracias liberales representativas. Hay ciertas similitudes: el profundo malestar que tienen los ciudadanos rebelándose contra los sistemas de partidos que hay y apoyando a fuerzas que, si bien no plantean un cambio de régimen, claramente ponen el foco del malestar ciudadano en la pérdida de soberanía”, subraya Lluís Orriols, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid.

     

    Gran parte de la crisis del eje izquierda-derecha es la de la propia socialdemocracia. La teoría del catch-all party –o partido atrapalotodo– estudiaba cómo las fuerzas políticas que aparecieron tras la Segunda Guerra Mundial cruzaron ciertas líneas rojas ideológicas para atraer al máximo número de votantes. Ello propició la aparición de los partidos socialdemócratas y democristianos en gran parte de Europa. Al mismo tiempo que ampliaron su electorado, se arriesgaron a perder su conexión con el votante tradicional, algo que ha podido ocurrir con más intensidad en el caso de la socialdemocracia y que guarda cierto paralelismo al analizar el socialismo en España y Francia. El PS galo logró hace dos semanas su peor resultado desde 1969, mientras que el PSOE atrajo el año pasado al menor número de votantes en democracia.

     

    "La socialdemocracia europea tiene un problema endémico y específico, que apunta a cómo los partidos socialdemócratas actuaron en los 90. Con Blair en Reino Unido o Schröder en Alemania, incorporando políticas con un sesgo liberal como la independencia de los bancos centrales o la fijación de objetivos de déficit público”, reflexiona Orriols. La socialdemocracia se enfrenta a su reflejo y su división alimenta a otros partidos. Tanto Francia como España tienen en común ser países con un electorado más de izquierda que de derecha –o que al menos así se autodefine en las encuestas–, pero con una mayor división de fuerzas en dicho espectro, lo que ha aprovechado Podemos y en menor medida Ciudadanos en España, y también En Marche! y el Parti de Gauche en Francia. La atomización en la derecha en España es casi nula, si bien en Francia la ha ahondado con fuerza el Frente Nacional.

     

    Pese a esta crisis aparentemente aguda del eje izquierda y derecha, en España los nuevos partidos han vuelto a definirse ideológicamente con más intensidad desde 2015. Ciudadanos y Podemos se han escorado más a la derecha y a la izquierda respectivamente, tras no cosechar ninguno de los dos los resultados que esperaban. Tras el frustrado pacto con el PSOE en el arranque de 2016 para que Pedro Sánchez fuera presidente, el partido de Albert Rivera eliminó el pasado mes de febrero el apelativo socialdemócrata de su ideario para apostar por el liberalismo progresista, más cercano al electorado del PP que del PSOE. Todo ello después de firmar un pacto de investidura con el PP que posibilitó la formación de Gobierno por Mariano Rajoy, y antes de negociar y apoyar sus Presupuestos para 2017. Como advierte Orriols, en el caso de Ciudadanos su indefinición política le jugó en contra en las urnas. “Macron es un candidato que peca de esta indefinición”, advierte Orriols, que cree que pese a ello Ciudadanos es el caso más evidente de transgresión del eje izquierda-derecha en España.

     

    En cuanto a Podemos, tras las elecciones de diciembre de 2015, se presentó a los comicios de junio de 2016 en coalición con Izquierda Unida. “Desde febrero de 2016 la banda sonora de Podemos cambió, justo cuando comenzó a hablarse de un Gobierno de cambio entre PSOE, Podemos y Ciudadanos y en el partido se optó por no pactar con Cs, por ser más de derechas, y de hacerlo en cambio con IU”, sostiene Orriols. En las últimas elecciones sus expectativas de superar al PSOE se frustraron con unos resultados inferiores a los de seis meses antes, pero se prosiguió este viraje a la izquierda. Un movimiento que se saldó con la derrota de la estrategia sostenida por Íñigo Errejón frente a Iglesias en el Congreso de Vistalegre II. Tanto en el caso de Ciudadanos como en el de Podemos, el no obtener los resultados esperados en las últimas elecciones ha influido en este realineamiento ideológico. Los nuevos partidos se acercan a las viejas ideologías.

     

    En Francia la campaña electoral aún late. Habrá que esperar a lo que ocurra el día después de las elecciones para diferenciar los cambios a futuro del tacticismo político inmediato. De momento, tras la primera vuelta, Mélenchon se ha diferenciado de la izquierda de Hamon y de la derecha de Fillon. Estos últimos han llamado a votar a Macron para evitar la victoria de Le Pen, mientras que Mélenchon ha evitado pronunciarse explícitamente. En sus palabras, la segunda vuelta enfrenta a “la extrema finanza contra la extrema derecha”. Este movimiento, agradecido públicamente por Le Pen, quizá esté dirigido a liderar la oposición a Macron si este gana las elecciones. Por su parte, Le Pen renunció a la presidencia del Frente Nacional tras la primera vuelta para, en sus palabras, sentirse “más libre” y “unir a los franceses” en torno a su proyecto, aspirando a un mayor espectro ideológico de votantes. Las ideas se mueven y cambian de bando. Gane quien gane el domingo, los partidos tradicionales se muestran como los grandes derrotados. 

     

     

     

     

    Javier Tahiri (Granada, 1987) es periodista en ABC y licenciado en Ciencias Políticas por Sciences Po Bordeaux y la Universidad de Granada. En Twitter: @javiertahiri

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