Sávador Pániker. Foto: www.rtve.es

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    Salvador Pániker: el tao en la alfombra roja

    Antonio Puente - 05-05-2017

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    “Me ha tocado la gran sorpresa de ser precisamente yo… una sorpresa de la que todavía no me he repuesto”, escribió con irónico narcisismo, en una de sus proverbiales filigranas de lucidez, en Diario del anciano averiado (2015), su último libro, en donde recoge y recrea sus dietarios de los últimos lustros, siendo ya septuagenario y octogenario. Esas edades en que, con todo –dice–, “se sale mejor en las fotografías que en las radiografías”; y en las que, incluso, puede aumentar el asombro inagotable de seguir vivos. Célebre por su incansable lucha civil en favor de la eutanasia –desde los tempranos tiempos en que ésta era no sólo ilegal, sino, además, pecado mortal–, es evidente que Salvador Pániker (Barcelona, 1927-2017), híbrido de místico y bon-vivant, era un seductor nato, en el sentido neto del término: se-ducir: hacerse signo.

     

    Ignoro si eran de Cachemira la lana de la americana y la seda de la corbata que llevaba puestas aquella tarde del otoño de 1988; pero a nadie le vendría más veraz esa procedencia que a este atípico filósofo, ingeniero, memorialista, editor y empresario indo-catalán, que durante años alternó la gestión de sus exitosas finanzas con la docencia universitaria de Metafísica. Este desdoblamiento inaudito (cuidar de la bossa que sona por las mañanas y explicar a Platón o Buda por las tardes) era sólo el aspecto más visible de una personalidad compleja y bifurcada, que hizo justamente de esa dualidad el leit-motiv de su vida y de su obra: en vez de reducir y atajar –fuente, a su juicio, de frustración y neurosis–, darle rienda suelta a la duplicidad, y habitar, de la manera más autocreativa y lúcida posible, en ese espacio de intersección que denominó “el margen”.

     

    Sí, sumamente empático y sagaz, inteligente y listo (dos atributos que, en rigor, no suelen ir unidos), era, en efecto, muy seductor este Pániker, fallecido el pasado 1 de abril en Barcelona, recién cumplidos los 90 años. De esa gente excepcional que, al primer instante, ofrece la impresión de que te conoce de toda la vida, y sin que se le note impostación alguna. “Intentaré echarte una mano, pero ya sabes que, como ocurre siempre en estos casos, vas a ser tú quien tenga que poner la carne en el asador”, me dijo, sonriente, la mentada tarde, cuando lo entrevisté en un reservado del hotel Palace de Madrid, a propósito de la promoción de Segunda memoria, el esperado volumen que completaba sus memorias, ahora de su vida de adulto, iniciadas con Primer testamento (1985). Discretamente arrellanado en su sillón, con una complexión de dandi esbelto, ya sexagenario, desde sus penetrantes ojos de obsidiana sobre la tez cobriza, enseguida comprendías que el hielo estaba roto de antemano. Mientras se echaba a la boca espontáneos puñaditos de cacahuetes, interesándose vivamente por su interlocutor, parecía, desde muy pronto, que, bajo el nudo impecable de su corbata, llevara un cuello mao de lo más informal. “Sí, en cualquier entrevista, el que trabaja es sólo el entrevistador. Los entrevistados somos irrelevantes, porque toda entrevista es el resultado de los parámetros mentales del entrevistador”, explicó. Hablaba con conocimiento de causa, pues sus cuadernos de entrevistas Conversaciones en Madrid (1969) y Conversaciones en Catalunya (1971) constituyeron un aldabonazo, en ese género, en la incierta España del tardofranquismo. Desde banqueros hasta ministros del Régimen se desentumecieron –y hasta resultaban elocuentes– bajo la punzante y espontánea mirada de Salvador Pániker, en aquellas dos heterodoxas entregas, publicadas en Kairós, el fundamental sello editorial que él mismo había creado, en 1965, y que en los siguientes lustros constituyó la principal puerta de entrada de los más célebres títulos de filosofía oriental en nuestro país.

     

    A la entrevista de marras, uno iba removido por los lúcidos e inquietantes asertos de las páginas de su Segunda memoria, orientadas siempre por una suerte de filosofía aplicada. Cada uno de sus libros semejan ser un manual de autoayuda escrito con la enjundia de un hermano frívolo, pero no menos inteligente, de algún filósofo renombrado. “Puesto que hay que fracasar, debemos hacerlo cuanto antes”, argumentaba ahí, por ejemplo, desde las primeras páginas, como si fuese una ocurrencia de Groucho Marx expresada con el bisturí de Cioran. O más crudo aún: “Puesto que el otro termina siempre defraudando, lo importante es huir”. Pero con un vitalismo irredento, para contrarrestar sus ácidas apreciaciones, Pániker reiteraba como un mantra, una y otra vez: “Hay que reinventar la fiesta”; cuando todo se descompone en nuestro entorno tenemos la obligación –moral, justamente– de recomponernos con los mimbres que encontremos… Sin embargo, en sus dietarios abundan también los chismorreos sin desperdicio, muy valientes y sinceros, sobre su más íntimo entorno. Un runrún semejante, a veces, a si hubiesen contratado a Montaigne como director de contenidos de Telecinco… No me sorprendió que, en un momento de la conversación, indicara que le hubiese encantado ser joven en la Transición, tras la ley del divorcio, para haber tenido “una separación mucho más pronta” de su mujer, la dibujante Nuria Pompeia. No hay dietario suyo (incluso en el reciente Diario del anciano averiado) en que no vuelva a mentarla, como un tótem de amor/desamor imperecedero; como si, desde la veneración y el rechazo sagrados, Pompeia fuese algo así como la ex mujer de su vida. No en balde, en cualquiera de sus memorias también abundan las alusiones a sus más que múltiples amantes: las de un Casanova piel roja, a caballo entre el seny catalán y la gauche divina

     

    Asombra, sobre todo, la asepsia con la que trataba la muerte de su hija Mónica por una sobredosis de heroína, aprovechando, incluso, para filosofar sobre el mundo yonqui, como una versión tanática de la paz interior y del cada vez más silenciado placer de la autodestrucción… Criticaba con ahínco cualquier forma de fundamentalismo religioso (también ideológico, especialmente cualquier tipo de nacionalismo), y de ahí su legendario distanciamiento de su hermano Raimundo, teólogo y sacerdote –durante años miembro numerario del Opus Dei–,  así como su reproche a la beatería de otros miembros de la familia.

     

    Pero la principal aportación propiamente filosófica de Salvador Pániker se encuentra en sus libros Aproximación al origen (1982) y Ensayos retroprogresivos (1987). En aras de recuperar la máxima espontaneidad, desde la máxima autocreatividad a la carta, en ellos habla de la necesidad de dirigirse al origen y al margen en un mismo acto; ser a la vez adulto y niño, racional y místico, oriental y occidental, imaginativo y pragmático, masculino y femenino, aboliendo cualquier dualidad –“entre el ser y el estar”, sobre todo–, y a sabiendas de que cada paso que se da es un avance y un retroceso, al mismo tiempo. En términos más asépticos, Pániker definía lo retroprogresivo como “un movimiento de progreso hacia el logos, respetando los orígenes”. Pero, aplicado a las identidades individuales, se trataría de des-sujetarles los sujetadores a los sujetos… Y para ello echa mano de elementos orientales –budistas y taoístas, sobre todo–, con los que contrarrestar la neurosis que propicia el rodillo de la razón occidental, eludiendo también la esquizofrenia moral. Es lo que denominaba vivir en “el margen” de la propia identidad. Combatir la depresión y melancolía causadas por la frustración en el cumplimiento del deseo, “deseando el deseo mismo”, con independencia de la adquisición o no del objeto. Amar, una vez más, “el margen” entre la fuerza del deseo y las lindes del objeto que se desea. Por eso (frente al mero coito, por ejemplo, metáfora de la neurosis del progreso en Occidente), Pániker celebraba recurrentemente lo que denominó “el abrazo místico”. Y lo reitera con más intensidad en su último libro, como si la vejez fuese una edad más propicia para la vivencia de lo retroprogresivo, de lo marginal, justamente En Diario del anciano averiado, la vejez otorga una cierta tregua a la lucha con uno mismo. Hay ahora un cierto poder de redención, o de autoconciliación, en el soltar lastre, siempre y cuando, claro, no haya decrepitud ni las averías físicas resulten irreparables.

     

    Valioso testimonio, en esa última entrega suya, publicada a sus 88 años, Pániker confiesa que la edad le ha permitido, incluso, superar el temor a la muerte. Así, en una de las entradas de un reciente mes de difuntos revela: “En el pasado me bloqueaba la muerte. Al no tener digerida la muerte –o interpretada o situada dentro de un esquema general de las cosas–, se producía como un efecto de demora, casi de obturación, en todo lo demás. Era como si me dijera a mí mismo: estoy aquí, he de morir, y no tengo intelectualmente resuelto el asunto, lo cual es como caminar con un inmenso cabo suelto pendiente de solución o, más bien, de decisión”. Eso era a sus 35 años, y, en cambio, ahora, más de media vida después, declaraba haber encontrado, al fin, “la respuesta más sana a este problema: ya se sabe, es la de vivir aquí y ahora, donde nunca hay muerte”. Y agregaba: el secreto de la conciliación con la idea de la muerte consiste en “saber empezar de nuevo cada día”.

     

    Con su proverbial habilidad para estipular categorías a partir de las vivencias cotidianas, Pániker asevera que, para eludir la soledad –eso que se acucia, justamente, en muchos casos con los años–, al yo sólo le quedan tres salidas: “la trascendencia, la trivialidad y el suicidio”. Descartada la tercera, examinaba que la segunda suele ser la más frecuente, porque “es la más descansada”. “La manera trivial se apoya, esencialmente, en alguna conciencia colectiva y nada más que en esa conciencia colectiva”, lo cual es, en efecto, más cómodo. Pero, como ideal de la realización, Pániker proponía la primera vía: la trascendencia místico-práctica en un doble sentido, de espiritualidad y de disfrute intramundano. Él mismo aclara que no hay un corte de cuchillo entre ambas esferas, y, en su búsqueda por adecentar al máximo el espacio vital de la vejez, se observa que, aun muy anciano, combinaba muy bien la voluntad de misticismo con una apretada “y distendida” agenda social.

     

    Resulta curioso que en una convincente entrada de finales de 2003, a sus 76 años de edad, anotase en su diario: “Ya nunca más el amor de una chica joven...”; y que, sin embargo, al cabo de unos cuantos meses, dé cuenta de sus dos nuevas relaciones con mujeres mucho más jóvenes, una de las cuales le divide la edad. Es GG, a la que saca a colación con iniciales, al igual que otras tantas, porque, como ha explica, algunas están casadas, si bien en este caso –recoge en un momento del Diario…–, ella le explica que su marido está informado y acepta la alternancia. La otra, un cuarto de siglo más joven, es Bea, una cirujana alicantina que se ha interesado por él.  Pero, según expresa Pániker, no está dispuesto a renunciar, en modo alguno, a su consolidada relación con JX, de manera que todas tienen cabida...

     

    En definitiva, sólo quien ha sembrado tanta heterodoxia lúcida y libertaria en su derredor, puede acoger de buen grado estas palabras de despedida que, micrófono en mano, le dedicó uno de sus hijos, el también editor Agustín, en el velatorio, a pie de féretro: “[Salvador Pániker] fue un hombre extremadamente complejo, híbrido como su propia genealogía, sociable, frívolo, pero también ermitaño, ansioso, hipersensible, niño pequeño, tan tierno como pillo”. Acto seguido, mientras se escuchaban ritmos entrecruzados de música hindú y de su venerado J. S. Bach, en un monasterio de Pedralbes, el hijo concluyó el adiós a su padre agradeciendo la presencia en la ceremonia de “las muchas amantes para las que fue seductor”…

     

     

     

     

    Antonio Puente (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) es escritor, periodista y crítico literario. Escribe en los diarios La Razón y La Provincia, y en diversas etapas ha colaborado con El País y ABC. Es autor de ensayos como Poesía y posmodernidad y Crítica de la razón comunicativa, y de poemarios como Contraluz o el mar liquida su comercio, Agua por señas, Sofá de arena y Ojos de garza. En la actualidad es director de Comunicación de la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino, en Las Palmas. En FronteraD ha publicado Archipiélago portátil. De la ‘Utopía’ de Tomás Moro a la muerte de Fidel Castro desde el mirador canarioLa devaluación de la muerte: entre el ‘pijama de madera’ y el cenicero y Para sobrenadar en la sociedad líquida. En torno a Zygmunt Bauman

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