André Maurois pintado por Jacques-Emile Blanche

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    Medio siglo sin Emile Herzog, el afortunado André Maurois

    Mariano Castagneto - 22-09-2017

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    Hay una primavera. Hemos sido testigos del lento devenir del tiempo. En un invierno se refugió la magia de su pluma y al abrigo de sus letras, florecieron estrofas, historias y mundos como nadie nunca los creó. O los representó. Ensayos, biografías, novelas, historias. Desde su rincón de sabiduría y el paso firme de su experiencia de mundo. De alegrías mezcladas con sinsabores y, en una receta única y experimental, el sabor de su trabajo único como pocos. Es Emile Herzog. Más conocido por André Maurois.

     

    Camina, anda. Describe con sus letras los ánimos errantes de personajes del mundo y de la historia como si fuera el único testigo de sus existencias. Preciso, concreto y cercano. Crea la familiaridad necesaria como para enamorarse de cualquier circunstancia en un inicio ajena y luego convertida en lo cotidiano y cercano. La maestría de una escritura no está en el adorno, en el ornamento innecesario, sino en la familiaridad con que el escritor toma las frases y recrea una vida, y en esa creación, entrega el privilegio al lector de ser partícipe de todos los siglos al mismo tiempo y en un instante. Por ello Vida de Disraeli, una de sus obras capitales, es una invitación permanente a ello, a ser íntimos de un primer ministro británico que dejó de existir hace más de un siglo, durante la época victoriana, pero que vive en cada momento que disfrutamos de su lectura.

     

    Maurois fue un niño feliz. Esa alegría recorre su escritura, la viste de gala, la deja niña. El arte de asombrarse, tan propio de esa edad en donde todo sucede sin contratiempos, lo conservó durante toda su vida. No dejó de investigar, de ir tras sus desvelos, de permanecer en familia con personajes de la historia que desde joven le asombraron. Esa infancia luminosa justifica su pasión, la hace grande, explica el hambre del literato. En sus Memorias cuenta: “Se dice a menudo que los seres que permanecen optimistas a través de toda su existencia y guardan confianza en la vida a pesar de las desdichas y los reveses, son aquellos que han tenido infancias felices”.

     

    Unos padres atentos y libros. Aunque ignorante de recetas para la felicidad, André camina sus años primeros con el impulso del entusiasmo por el mundo, por lo ajeno. Por el caudal de conocimientos que aguardan ser descubiertos: “Había hecho, para mi edad, enormes lecturas. La biblioteca de mis padres estaba bien provista. Ocupaba los estantes de un amplio mueble tallado y dorado del salón de mamá, el cuarto de las grandes ocasiones, que tenía siempre cerrado, los postigos y los muebles cubiertos de fundas blancas”. Mientras su padre madrugaba y dirigía una fructífera empresa textil, André vagaba entre libros y pensamientos. El tiempo para leer sin más preocupación que el mismo acto de disfrutar de clásicos, de hombres y mujeres adelantados en el camino de la vida que testimonian su paso por la existencia, sus aventuras, sus amores, sus fracasos.

     

    Unos años más tarde, cuando su padre no estuvo más al mando del negocio familiar, se dedicó algunos años a manejar aquella empresa. Fue cuando se dio cuenta que no era lo suyo. Todo le era ajeno. Poco amigo con su naturaleza, extraño, invasor: “Durante mi infancia y mi adolescencia siempre había soñado con ser escritor, mi vida en los talleres no parecía muy favorable a ese designio. Pero mi esperanza era tenaz”. Vaya que lo era.

     

    Todo escritor es un hombre que ofrece su desnudez al lector. Si el pudor prevalece, si se esfuerza por ocultar aquello que no quiere contar, todo resulta contraproducente: elabora un exquisito escenario de miserias y secretos que de otro modo nunca saldrían a la luz. Quien escribe debe estar dispuesto a esa inmolación silenciosa, al juicio del lector, pero sobre todo, al juicio de la propia conciencia: “Todo escritor tiene sus temas personales, proyecciones de sentimientos fuertes que lo han impulsado a escribir y, a pesar suyo, la mayor parte de sus libros son construidos en torno a esos temas”.

     

    El tiempo pasa, es breve, efímero. Una sucesión de presentes que desaparecen en el acantilado del olvido, se escucha su eco. Los recuerdos, las gentes, los momentos. Quedan las vivencias, las marcas en el alma. Soldado en las dos grandes guerras. La soledad palpable en multitud de muertes, entierros de cuerpos y de sueños. La irracionalidad y dentro de todo ello, el espíritu intacto de escritor. Lleva consigo todo ello. Lo bueno, lo malo. Las desolaciones, los personajes y también los olvidados: “Estaba destinado –yo, que tan fácilmente habría podido, si lo hubiera querido, no ser soldado nunca– a pasar más de seis años de mi vida en el ejército. No lo lamento. En esta Europa furiosa del siglo veinte valía el país cuyo ejército valía y nadie podía decir que comprendía a Francia si no conocía bien al ejército francés. Creo que lo he conocido y amado profundamente, aunque notara sus fallas”. Pero allí estaba la escritura, su todo: “El final del año 1917 fue para mí, como para todos, desgraciado. La guerra parecía no tener fin; la victoria, improbable. Una sombra flotaba sobre mi vida personal. Busqué refugio en la ficción. Desde tiempo atrás, como he dicho, personajes se nutrían de mí en mis ensoñaciones”.

     

    Con Janine tuvo un matrimonio feliz. Al abrigo de las conversaciones, del tiempo juntos, de los proyectos en común, creció como escritor, como persona y como todo. La dicha de encontrar un intérprete de las emociones personales, alguien capaz de permanecer más allá de todo. La fidelidad a una idea, a un proyecto, a tomarse de la mano cuando nada anda bien. Y a disfrutar de la alegría compartida que es oxígeno a la vida misma. Pero lo feliz pasa pronto. La muerte aparta de momento aquella dicha y en la esperanza, somos prisioneros de nuestras angustias y sinsabores. A Maurois le tocó despedir: “En la muerte de un ser querido, lo más doloroso para quienes lo sobreviven es el sentimiento de lo irreparable. Never more. Jamás oiría aquella voz algo velada; jamás volvería a ver aquel hermoso rostro; jamás podría tener con ella lo que ella llamaba ‘una palabra’, larga aclaración a veces enojosa y que ahora me parecía tan imprescindible que hubiera dado con gusto el resto de mi vida con tal de ver a Janine una hora, un minuto”. Disfrutó cada momento que tuvo a su lado: “Encontrábamos tanto placer en estar juntos que permanecíamos insensibles a las reacciones de nuestras familias y de nuestros amigos, que se quejaban de no hallarnos nunca libres”.

     

    Viajero frecuente, gustaba particularmente de América, una tierra entonces algo más lejana en cuanto a sentimientos que la actualidad. Un algo distinto, ladrón de sentimientos, cosecha de incertidumbres, un cronómetro perfecto de estados de ánimo. Allí, en Estados Unidos, escribió: “La América de 1927 no era escéptica ni desconfiada como la que siguió a la gran crisis. En las universidades, el deseo de aprender y la fe en el porvenir humano me había repuesto de tantas negaciones europeas, sobre todo me había gustado el ambiente de benevolencia y de camaradería en que se deslizaba la vida social. Había ciertamente allí, como en otras partes, egoísmo de pudientes, envidia de pobres, crítica a menudo estéril de intelectuales. Pero estas reacciones propias de toda sociedad me habían parecido atenuadas por un deseo real de no hacer daño útil”.

     

    Frondoso cabello, ondas, canas, sitios calvos. El tiempo pasa y con él, la experiencia de vida: “Al encontrar a mis amigos de Ruan canosos, algunos más gruesos y sin embargo tan parecidos aún a los jóvenes que habían sido, experimenté un poco las mismas impresiones que Marcel Proust en el baile del príncipe de Guermantes. Si, todos estos muchachos con quienes había jugado a la pelota parecían disfrazados de viejos”.

     

    Y el mundo fue un día menos brillante, menos luminoso, más triste, más gris. El 9 de octubre de 1967 André Mauoris dejó para siempre su alma en las letras. Hoy se la puede encontrar cada vez que un niño, un joven o un adulto pronuncia su nombre. La lucha siempre desigual entre olvidar y recordar que sólo algunos y algunas iluminan a su paso con su pasión, con su vocación. Y Maurois no es más que eso, un digno intérprete de cada secreto de la existencia, de su gracia. La vida es eso, un juego muy particular: “Cada minuto es una partida; cada día, una lucha. La vida es un juego del que nadie, en ningún momento, puede retirarse llevándose consigo las ganancias”.

     

     

     

     

    Mariano Castagneto (Buenos Aires, 1979) es periodista cultural, escritor y docente. Ha realizado trabajos de comunicación cultural para Alemania, Argentina, Bélgica, Bolivia, España, Estados Unidos y Venezuela, es colaborador de publicaciones como Infobae, La Nación, DMAG, E Magazine, Porsche Argentina, Lamarx, Magna, Mustique, Punto de Encuentro, Tigris, Bartleby Editores y la revista Nuestro Tiempo, de la Universidad de Navarra. Actualmente conduce por la radio on line La Desterrada el programa Tiempo Libro, dedicado al mundo de la literatura, los martes de 20 a 21 horas. Hace más de 15 años que dirige el Método Castagneto para alumnos secundarios, terciarios y universitarios, y está al cargo del seminario de Metodología de Estudio para alumnos de Comunicación de la Universidad Austral. En FronteraD ha publicado El refugiado europeo. El caso Stefan Zweig. En Twitter: @macastagneto

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