Fotograma de "Verano, 1993" de Carla Simón

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    Verano, 2017. Hay una parte donde nunca nos abrazan

    Laura Ferrero - 20-10-2017

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    Fuimos a ver aquella película, Verano, 1993 y, cuando salimos del cine Verdi, decidimos cenar en el Ugarit, aquel libanés al que yo siempre iba con mis amigos para tomarnos un pollo aderezado con limón, perejil y ajo llamado Xix tawuk, y una copa de vino blanco rancio que la camarera solía llenar hasta el borde. Aquel día, mi chico y yo hablábamos de la película. De las dos niñas, Frida y de Ana, pero sobre todo de Frida, con sus rizos y esa mirada a medio camino entre la perplejidad y la inquietud. Frida, que me había recordado tanto a mí. Cuando terminó la película y en la sala se encendieron las luces, mi chico me vio llorando y me preguntó qué me pasaba. Me encogí de hombros. Volvió a hacerlo cuando ya habíamos empezado a comer el Xix tawuk y entones yo le dije la verdad, que me recordaba mucho a mi infancia, que Frida me recordaba mucho a mí.

     

    —Pero si tus padres no se han muerto –dijo extrañado.

    —Ya lo sé. Pero es otra cosa. Es ese no saber si tengo un lugar.

     

    Asintió pero él no sabía. Cómo iba a saber si yo no se lo había contado.

     

     

    El chico y yo teníamos un cactus. Estaba dentro de una maceta rosa fucsia que robamos –robé, mejor dicho– en un hotel de Carcassone un invierno frío, el primero que pasamos juntos. Ni siquiera éramos novios todavía y ese fin de semana fue la primera vez que dormí a su lado. Y pude hacerlo. Dormir, estar tranquila. Algo que no me ocurre con demasiada facilidad porque a mí los hombres me cuestan: me cuesta verlos a mi lado y no sentir miedo. A que se vayan, a que se queden. Quién sabe en qué dirección se agazapa el miedo.

     

    El de Carcassone era un hotel pretencioso pero bonito y en el baño de la habitación, en una esquina, casi olvidada, estaba la maceta fucsia con el cactus. Era una maceta demasiado grande para estar en el suelo de un baño pero su color, increíblemente vívido, llamaba la atención. Al marcharnos del hotel me la llevé. Más por la maceta que por el cactus. Y de vuelta hacia Barcelona, ya en el coche, paramos a comprar muebles para la casa del chico, que terminó siendo la mía, pero entonces aún no lo sabía. Cuando conseguimos meter la mesa de madera, aquel reloj que luego acabamos guardando en el altillo y la alfombra “de colorines”, como la llamaba él, le dije que había robado una maceta fucsia que iba de conjunto con la alfombra. Rio al ver el cactus escondido en el maletero bajo mi abrigo negro. Y me miró como siempre me miraba él, como si yo fuera lo más bonito que hubiera visto jamás.

     

     

    En la película, hay una escena que me hizo mucha gracia. Frida, una niña que se ha quedado sin padres y es adoptada por sus tíos, que tienen una hija, Ana, un poco más pequeña que ella, decide que quiere huir. Que no quiere estar con ellos. De manera que se marcha porque no siente que ese sea su lugar. Su madre ha muerto y ella se ve sola, ahí con esa familia que ya son una familia sin ella. Y una noche decide marcharse. Con su maletita a cuestas empieza a andar hasta que llega a la carretera y entonces, entre coches veloces que avanzan sin verla, decide dar marcha atrás. Sus tíos, preocupados, están esperándola en la puerta de casa y ella, rauda y veloz, traspasa el umbral y anuncia “ya me iré cuando esté menos oscuro”.

     

     

    Dos semanas después de aquel último día en el Verdi, el chico y yo nos separamos. Cogí lo que me cabía en mi maleta roja de los viajes y me prometí volver pronto a por todo lo demás. Impotente, él me observaba llorar a mí, que era la que me marchaba y por tanto, la que no tenía que estar llorando.

     

     

    Nadie se creerá que a los pocos días de irme, el cactus murió. Es cierto que los meses anteriores se había empezado a torcer, incómodo, en su maceta fucsia. Como si las raíces no lo sujetaran tan firmemente o la tierra se hubiera agrietado. El cactus adelgazó. Después se torció. ¿Cómo contar que un día se desplomó? ¿Que se fusionó con la arena?

    Entonces mi chico me mandó una foto. Escribió. “De la tristeza de que no estés”.

     

    Y en casa, con mis peluches de infancia, esa rana cuya boca era una cremallera, mis treinta y tres años, mis libros mal apilados que ya no cabían en la habitación, lloré. Desesperada y perpleja, sin saber por qué estaba ahí ni por qué las cosas se me atravesaban siempre de aquella manera. De casa en casa. Con mi ropa siempre en varios sitios. Disimulando. Como si no existiera aquella otra persona huérfana dentro de mí.

     

     

    Pensaba: hay una parte donde nunca nos abrazan. Y pensaba también en Frida, en que a lo largo de la película ella nunca llora. Creo que es porque no sabe.

     

     

    Al cabo de un mes, mi madre me acompañó a mi otra casa para hacer la mudanza. Trajimos maletas y bolsas del Ikea.

     

    —Dónde vamos a meter todo esto, a ver. Es que hija, acumulas, siempre te lo digo: acumulas –me iba diciendo mientras a toda prisa, como si estuviéramos huyendo de un desastre nuclear, llenaba bolsas, estuches y maletas como si se tratara del relleno de un pavo navideño. Hasta reventar.

    —Y lo que tampoco entiendo Laura, es que hayas podido vivir aquí con este calorazo. Oye, y el champú ese rosa cógelo. Las sábanas del Zara home os las compré yo para Navidades.

     

    Mamá haz el favor, pensaba yo.

     

    Fue al cerrar la puerta cuando la vi cogiendo, de repente, aquella maceta enorme que había contenido un cactus un poco pequeño para la dimensión de la maceta.

     

    —¡Mamá!

     

    Pero ya había cerrado la puerta dejando las llaves dentro. Al salir del portal un vecino me saludó entre maletas, bolsas del Ikea y la maceta.

     

    —Así que de vacaciones, eh.

     

    Al salir a la calle mi madre me dijo que menudo imbécil, que desde cuándo la gente se llevaba las macetas de vacaciones.

     

    Cuando llegamos a casa, el marido de mi madre cocinaba albóndigas y me llamó desde la cocina para que viera tamaña proeza.

     

    —Vaya, desde hoy creo en la evolución de la especie –dije queriendo sonar divertida. Pero me fui hacia al fondo, hacia mi habitación, con mis bolsas rellenas como pavos, las lágrimas que me caían otra vez y la voz de mi madre que se quejaba porque las albóndigas tenían que llevar una capa de rebozado de harina antes de meterlas en la sartén y lo que estaba tratando de cocinar era un auténtico desastre.

     

     

    Era el verano de 2017 y yo tenía 33 años. En mis cálculos mentales tendría que haber tenido ya dos hijos, un marido y un despacho acristalado en una planta dieciséis y viajar semanalmente a cualquier parte del mundo. Una mujer de reuniones que llevara sobrias blusas blancas y pantalones negros de pinzas. El pelo corto, de ejecutiva. Y yo llevaba dos años sin cortarme el pelo, las puntas abiertas y quemadas, como si aquello fuera la única rebelión de la que fuera capaz. Había estado viviendo tres años dividida entre dos casas porque me ocurría a menudo aquello de me perdía con los lugares y las personas. O no tenía ninguno o tenía muchos. Que era lo mismo. Vivía con el chico del cactus y me levantaba y él me cubría de besos y yo a él. Nos reíamos siempre porque él se inventaba cada día un diminutivo distinto para mí o me enseñaba el michelín que se le formaba sobre el cinturón. Sin embargo, yo sentía una punzada en el pecho. Como si hubiera una enfermedad que fuera creciendo y adueñándose de todo de lo que yo no era dueña.

     

    Nunca podré querer a nadie como él me quería a mí, ahora lo sé. Y a pesar de eso, me fui.

     

     

    A Frida lo que le pasa es que está un poco rota por dentro. Se ha quedado sin padres y sus tíos la quieren mucho pero ella no sabe cómo hacerlo. Cómo devolverles ese amor. A Frida quise contarle que un día vi cómo una mujer abofeteaba a su hijo en el mercado. Le dejó los dedos rojos marcados. El niño no se inmutó y cuando salía del mercado continué pensando en el niño y en la de veces que tendrían que haberle cruzado la cara para que lo aceptara con tanta parsimonia. Es fácil acostumbrarse al dolor. Frida, por ejemplo, solo llora una vez y es al final de la película. Perdón aquí por el spoiler.  Supongo que se da cuenta de que tiene una oportunidad. De que aún no la ha malbaratado del todo.

     

     

    Voy en un ave. Ahora, que es 1 de septiembre y que en Madrid me dicen que hace 37 grados. No sé muy bien por qué estoy aquí mientras en la pantallita del techo echan aquella vieja película, La señora Doubtfire. Supongo que hago como el propio tren: moverme. Pensar en mi cactus, en cómo un cactus puede desaparecer de la nada como si plantas y sentimientos estuvieran relacionados y fueran parte de una misma cosa, de esa vieja e irresuelta operación matemática que es la vida.

     

     

    A Frida creo que lo que le pasa es otra cosa. Que se piensa que todos van a abandonarla. Por eso, al final, llora: porque entiende que no van a hacerlo. Porque puede intentar irse de casa, estar enfadada, gritar.

     

    Pero no, no lo harán. No se irán.

     

    Sé porque lloras, Frida. Es aterrador saber que te quieren de esa manera, incondicionalmente.

     

     

     

     

    Laura Ferrero es filósofa y periodista. Trabaja desde hace años en el mundo de la edición. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Sobre las ventanas de ‘Paris, Texas’. Revisitando un clásicoElena Medel lee a Antonio Machado, y un libro que leía su madre antes de ser su madreUn café con Leila GuerrieroLas infidelidades, o la gran crisis del deseoEl Chad: lejos del desencanto, y mantiene el blog Los nombres de las cosas.

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