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    7,8 grados en la escala de Richter. Historia del terremoto en Ecuador

    Xavier Gómez Muñoz - 05-05-2016

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    Los ecuatorianos no sabíamos de grandes catástrofes naturales desde 1998, cuando ocurrió el terremoto de Bahía de Caráquez. No conocemos de olas de calor o frío que extinguen miles de vidas. Ni de huracanes que se llevan ciudades. Ecuador ha sido, de muchas maneras, un país favorecido. Asechado últimamente –eso sí– por la intermitencia del volcán Cotopaxi. Pero las cosas cambiaron la noche del 16 de abril. A las 18:58 la fricción entre la placa de Nazca y la placa Suramericana sacudió la costa ecuatoriana. 42 segundos bastaron para provocar el peor desastre natural del país en los últimos 60 años.

     

    Era sábado. En Quito, un movimiento que empezó sutil bajo la tierra nos puso en alerta. Veía una película antigua por Netflix; sentí la cama tambalearse y la lámpara del techo se movía como un péndulo. Ahí fue cuando me incorporé de un salto. Me calcé los zapatos como mejor pude y salí, casi a zancadas, por un pasillo estrecho del primer piso hasta la calle.

     

    Afuera, una mujer sugirió que me alejara de los cables de alta tensión que se mecían metros encima de mi cabeza. Un grupo de jóvenes bajó del edificio vecino en calcetines. Los postes de alumbrado público bailaban con un compás tenebroso. Cuando quise llamar a mi familia, y me topé con líneas que no funcionaban, sospeché la magnitud del desastre. La televisión no anunciaba nada. Las primeras informaciones surgieron en Twitter y otras redes sociales. Alguien informó de un puente desplomado en Guayaquil y construcciones cuarteadas.

     

    En poco tiempo, por la misma vía, se supo que el epicentro había sido en la costa, a 20 kilómetros de profundidad, entre las provincias de Manabí y Esmeraldas. Casas derrumbadas y testimonios de familiares angustiados se esparcieron con la velocidad propia de las redes sociales. Fue el inicio de una tragedia nacional que, sin un pronto pronunciamiento oficial, dejó a la especulación los primeros minutos del sismo.

     

    En las calles de Quito, el ambiente era una mezcla de miedo y desconsuelo. Entre la confusión del momento rondaba una certeza: centenares de vidas agonizaban –ese preciso momento– al otro lado de los Andes ecuatorianos. Luto a la distancia; impotencia.

     

    Un par de meses atrás, un aguacero pertinaz colapsó el tránsito en el norte de Quito. Sucedió a eso de las 17:30, cuando hay más flujo de carros volviendo a casa. Un trayecto que normalmente tarda 30 minutos, me llevó dos horas. Si alguien quería cambiar de carril, le insultaban. Si había que ceder el paso, volvíamos la vista para otro lado. En su ansiedad por avanzar, varios conductores zigzaguearon el tráfico detrás de una ambulancia que llevaba la sirena encendida. Hicimos tres carriles de una avenida diseñada para dos. Entonces empezaron los bocinazos. El caos. Dos autos chocados a un costado de la vía. Una señora bajó el vidrio de su carro para pelear conmigo. La gente enfurecida. Empecinada en ganar, como sea, unos miserables metros de vía.

     

    Una crisis menor basta y sobra para dejar ver lo peor de cada uno, pensé al salir del embotellamiento. Sin embargo con el terremoto la realidad fue otra. 7,8 grados en la escala de Richter sacudieron más que nuestro suelo. Pedernales, Manta, Portoviejo, Canoa, Jama, Bahía de Caráquez, Cojimíes, Chone, Muisne, Chamanga… quedaron en ruinas. A las imágenes de edificios, casas y carreteras destrozadas, se sobrepusieron historias de gente enterrada bajo toneladas de escombros –algunos esperando por ayuda–. Familias enteras. Hijos. Padres. Esposas. Tíos. Abuelos. También animales. Gritos de dolor y angustia en la oscuridad de la noche. Un desastre que se propagó en internet, y avivó solidaridades.

     

    La sociedad civil se organizó esa misma noche en todo el país. Iban y veían comunicaciones con el tipo de donaciones requeridas (ropa, vituallas, enlatados, agua, medicinas). Para el domingo –un día después del terremoto– eran ya incuantificables las personas que ofrecían ayuda en los puntos de acopio. Fue importante también el aporte de la empresa privada, la organización de los municipios y el apoyo internacional (cerca de 50 países hicieron donaciones). Se enviaron cientos de toneladas de ayuda humanitaria y más de 50 mil voluntarios se registraron para colaborar en las zonas afectadas.

     

    Las provincias de Esmeraldas, Los Ríos, Manabí, Santa Elena, Guayas y Santo Domingo fueron declaras en emergencia, y se decretó estado de excepción en todo el país. Eso permitió movilizar 10 mil militares y 4 mil policías a los lugares afectados, participaron también en labores de rescate cerca de 600 bomberos y 12 equipos internacionales.  

     

    “Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica”, escribió Juan Villoro después del terremoto de Chile (8,8 grados, en 2010). En la costa ecuatoriana resulta imposible cuantificar las vidas que se perdieron –exclusivamente– por la precariedad de las construcciones. La falta de control y las responsabilidades son hoy tema de debate.

     

    El informe oficial de la Secretaría de Gestión de Riesgos (27 de abril) pone en evidencia las cifras de la tragedia: 659 fallecidos, 42 desaparecidos, 4.605 heridos, 113 rescatados con vida, 281 escuelas con daños, 27.732 personas en alberges. El presidente Rafael Correa hizo una estimación, grosso modo, de 3.000 millones de dólares en daños materiales. La ONU llamó a la comunidad internacional para reunir los 72,7 millones de dólares que, según calcula, se requiere apara asistir durante tres meses a los damnificados. El coordinador humanitario de Naciones Unidas en Ecuador calificó lo sucedido como “el mayor desastre en la región desde el terremoto de Haití en el año 2010”.

     

    A menos de dos semanas del terremoto, se han producido más 1.000 réplicas. El Gobierno propone financiar la reconstrucción con más impuestos y contribuciones especiales. La intensidad de las aportaciones y donaciones voluntarias ya no es la misma de los primeros días. Ni la cobertura mediática, o el interés en redes sociales. En Quito llueve. Se registraron otros 300 damnificadas por el desbordamiento de un río en la provincia de Santo Domingo, escucho mientras conduzco, de nuevo atascado entre el tráfico de la tarde y la ferocidad de la gente.

     

     

     

     

    Xavier Gómez Muñoz (Quito, Ecuador, 1982) es periodista independiente. Ha colaborado con una docena de diarios y revistas, entre ellas Soho Ecuador, Mundo Diners y Cartón Piedra. Especializado en la elaboración de crónicas, reportajes y entrevistas, formó parte de la antología de crónica contemporánea ecuatoriana La invención de la realidad. En FronteraD ya publicado Esa voz en mi cabeza. Una historia de esquizofreniaLa marimba: transcontinental de la música negra, patrimonio de todos y Policías y bandidos. La crónica policial en la pluma de Javier Sinay. En Twitter: @xavogomez  

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