Las uvas de la ira (John Ford, 1940)

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    Acción: parados

    José María Matás - 13-09-2012

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    ¿Qué pueden tener en común el enigmático expresidiario que en Las uvas de la ira trata de huir junto a su familia de los desastres de la Gran Depresión esperando hallar en California la tierra prometida, el joven sin aparentemente nada que perder que se atreve a guiar un camión cargado de nitroglicerina por caminos impracticables en El salario del miedo, el padre que en Ladrón de bicicletas recorre junto a su hijo la mísera Roma de posguerra con la esperanza de recuperar el imprescindible instrumento de trabajo que le acaban de robar, o el impulsivo pero entrañable empleado siderúrgico en paro que observa aparecer los contornos de Australia en una mancha de humedad de su lóbrega pensión en Los lunes al sol? Sí, ¿en qué se parecen personajes como los interpretados por Henry Fonda, Yves Montand, Lamberto Maggiorani o Javier Bardem sino en el hecho de que representan otras tantas encarnaciones cinematográficas de la figura del hombre que, habiendo sido expulsado del mercado de trabajo, debe encontrar a toda costa una salida si no quiere quedar por siempre condenado a permanecer en los márgenes, atrapado en esa tela de araña de la exclusión social y la pobreza?

     

    Pocos problemas de los que acucian en la actual hora a la sociedad española generan un mayor desasosiego que el desempleo, esa espesa cortina de incertidumbre que se interpone entre sus víctimas y el futuro y que algunos se empeñan en intentar encerrar con el tópico, granítico y, a fuerza del uso, poco expresivo sintagma nominal “el drama del paro”. Las previsiones más optimistas resultan como mucho descorazonadoras y cualquier tentativa de mirar desde determinados ángulo este fenómeno, atendiéndolo con cierta perspectiva histórica, corre el riesgo de parecer un empeño condenado de antemano a recibir el calificativo de frívolo, máxime si el acercamiento parte del mundo del ocio –que, como se sabe, es etimológicamente lo opuesto al negocio–, o lo que es lo mismo, desde la industria del entretenimiento, a la que, para bien o para mal, pertenece el cine, aunque en muchos casos en feliz disputa con el arte. Aceptando de antemano tal reproche, afrontaremos el reto en el convencimiento de que al anotar, aunque sea brevemente, la forma en la que el cine se ha aproximado a este trance, podemos aspirar a entender mejor la naturaleza de un problema capaz de despertar en el espectador que se acerca a su exposición en la pantalla un sentimiento de inmediata empatía.

     

    A pesar de que en los últimos años se haya producido un incremento de las obras, ya desde un punto de vista documental, en la línea seguida por la pareja Hatzistefanou-Kitidi, célebre por su detenida exploración de la crisis griega, ya desde la ficción más comercial, como en la por momentos brillante Up in the air, que analizan los efectos perniciosos del sistema económico –sólo la caída de Lehman Brothers ha sido capaz de crear su propio subgénero con aportaciones sobresalientes como la producción para televisión Too big to fail, de Curtis Hanson–, la presencia del tema del trabajo y su reverso negativo, el desempleo, en la historia del cine se remonta a sus propios orígenes y no se puede achacar a una simple casualidad el que la salida de unos obreros de una fábrica de Lyon constituyese la primera película –en realidad se conservan tres versiones del documental– en ser proyectada en público. Aunque este trabajo rodado por los Lumière –para quienes el cine terminaría siendo “un invento sin futuro”– no llegara al minuto, en lo sucesivo las huelgas, la explotación del trabajador, los despidos y, en general, la lucha de los desheredados de la sociedad por su sustento serán elementos recurrentes del arte de masas por excelencia, del “teatro del proletariado”, como lo bautizará Jaurès.

     

    Así, creadores tan distintos como el Griffith de Intolerancia, el gran emblema de la escuela soviética Sergúei Eisenstein, el documentalista Joris Ivens o el propio Charles Chaplin se interesarán por la alienante realidad en la que vivían millones de personas expulsadas a los rincones más lóbregos de una época que mostraba en marcado contraste su lado más rutilante –mientras le roban la bicicleta a Antonio Ricci éste se encuentra pegando un cartel de Gilda– en el corazón de las nuevas ciudades. Chaplin, sin ir más lejos, en su versión más mordaz y crítica –la que le llevaría a realizar títulos como El gran dictador o Monsieur Verdoux– se atrevió a mostrarnos entre los porrazos y charlotadas habituales cómo un trabajo deshumanizador podía hacerle perder la cabeza a un obrero hasta el punto de llevarle a intentar apretarle literalmente las tuercas a sus compañeros de trabajo, incluyendo al omnisciente jefe, en Tiempos modernos. Ni que decir tiene que fue despedido. La película fue rodada en pleno New Deal, una época en la que Hollywood, convertido ya en el gran suministrador de sueños de un mundo cada vez más poblado y pequeño, miraría reiteradamente a los ojos a una realidad que escasamente podía manifestarse dentro de las producciones que caracterizaron aquel ínterin de evasión que supuso la década del 20. A este respecto, solo hay que pensar en alguien como Capra, un director mirado con recelo desde ciertos sectores de la izquierda, pero que en sus películas reivindicó sin complejos ideas tan demandadas en la actualidad por los movimientos altermundistas como la banca social, o el trabajo creativo, desprendido de las férreas cadenas legitimadoras de las élites dominantes.

     

    Tras finalizar la II Guerra Mundial se produciría el salto definitivo y la sociedad industrial clásica se transformaría en la sociedad de servicios y del bienestar que hemos conocido en las últimas décadas y cuyas constantes vitales dejamos de percibir con alarma en algunos momentos. De ahí al surgimiento de un nuevo capitalismo “líquido”, de la aparición de la sociedad posindustrial, de la “posmodernidad” cultural solo había un paso. Según el modelo se orientara hacia un proyecto de corte más liberal o bien hacia una mayor presencia del Estado, el desempleado sentía moverse el suelo bajos sus pies más tarde o más temprano, con mayor o menor virulencia, pero, al final, los dramas personales resultaban parejos y la entrada subterránea en esa nueva fase histórica anunciada por estudiosos como Ulrich Beck en los años 80 y que se plasmaría en la consolidación de un “sistema de infraocupación flexible, plural, individualizada” avanzaba, desoyendo las voces de alarma, a pasos acelerados. En esa época central del siglo, serán frecuentes las migraciones internas, del campo a la ciudad, en busca de las nuevas oportunidades que la sociedad desarrollada garantiza a aquel bárbaro hombre atrasado. Y seducidos por los cantos de un progreso hecho consumo, muchos descubrirán –ya sean los Pérez, convertidos en “árboles sin raíces, astillas de suburbio”, de la demoledora cinta española Surcos o los Rocco y sus hermanos, en el célebre filme italiano– que El Dorado no brillaba tanto, que solo la paleta neorrealista era capaz de contener aquellos espesos grises que se cernían sobre el futuro de sus protagonistas.

     

    Está claro que a pesar de la heterogeneidad de perspectivas insinuada se podría seguir la evolución del mundo del trabajo a lo largo del último siglo a través del cine –con frecuencia partiendo de la literatura– con una precisión y un grado de verdad que produciría asombro a un sociólogo. No podrían faltar en esta lista de películas, de ejemplos –si nos olvidamos de la etiqueta muchas veces usada peyorativamente– de “cine social”, desde aquella Un corazón en peligro, en la que un jovencísimo Cary Grant debía optar entre ganarse la vida honradamente o dejarse arrastrar por las malas compañías y su promesa de dinero fácil, pasando por esas otras que nos mostraban las dificultades de reintegrarse a la antigua vida después de haber padecido  una experiencia traumática como la guerra, caso de la espléndida Los mejores años de nuestra vida, hasta llegar a filmes inolvidables cuyos personajes principales se ven expuestos a aceptar trabajos insospechados, inverosímiles o que directamente les repugnan, caso de El verdugo, El mundo sigue, Tootsie, The Full Monty o, más recientemente, The Company men. A veces los sueños de prosperidad se convierten en una lacerante pesadilla, como le sucede al personaje que interpreta John Voight en Cowboy de medianoche; otras la pérdida del trabajo no es formalmente un despido, sino una prejubilación forzosa, aunque las consecuencias prácticas sean parecidas. Es lo que ocurre en la maravillosa Lugares comunes. En otras ocasiones, es un hijo, un tiburón de Manhattan el que coopera para echar a su padre sindicalista a la calle, como en la primera, la única que merece la pena Wall Street; pero se dan casos también en los que es un sobrino, aunque se trate del angelical Pablito Calvo, el que debe aprender demasiado pronto lo que es la vida para sacarle las castañas del fuego a un adulto vencido por las circunstancias, como en la obra maestra de Vajda Mi tío Jacinto. No faltan tampoco los casos en los que la obsesión por conseguir el trabajo nos lleva a rebasar cualquier barrera ética. Es lo que le sucede al ejecutivo convertido en psicokiller protagonista de Arcadia, de Costa-Gavras, o a los candidatos de la justamente famosa cinta española El método

     

    Por supuesto, no siempre triunfa la moral del explotador, ni la injusticia se consuma sin más. En ocasiones, por fortuna, como ocurre de vez en cuando de este lado de la pantalla, un rayo de dignidad brilla en el horizonte y ese mismo peón que a fuerza de reptar ha llegado hasta la planta superior, descubre una vez convertido en alfil que el esfuerzo no merecía la pena y en un emocionante arranque de dignidad decide devolverle a su jefe la llave del servicio de los directivos, como hacía aquel entrañable C. C. Baxter que abandonaba su puesto de trabajo en una compañía de seguros para ir a engrosar las listas del paro y, ya de paso –él aún no lo sabe–, para jugar a las cartas con una adorable Shirley MacLaine. Ni que decir tiene que hablamos de El apartamento. Y hasta en los casos en los que todo juega en contra, desde un endiablado exnoviazgo con el alcohol, hasta la miseria del barrio humilde en el que se vive, pasando por sus propios pupilos del equipo de fútbol –el peor de Glasgow–, al que entrena por afición, como le ocurre al personaje que interpreta Peter Mullan en Mi nombre es Joe, de Ken Loach, la esperanza en un futuro mejor, en que los lunes el sol siga, al menos, calentando, permanece incólume.

     

    Como sea, siempre las experiencias resultan demoledoras y, como toda situación límite, consiguen sacar lo mejor –ahí están Cinderella Man o Los increíbles– y lo peor –qué decir de ese periodista antropófago que pinta Wilder en El gran carnaval o de ese surrealista actor que se cree su propio papel de empresario en la delirante El jefe de todo esto, de Lars von Trier– de nosotros mismos. Todas las mencionadas, y otras que por extensión u olvido pudieran venir a cuento, tienen la particularidad de ser buenos trabajos y acaso contarán también con la virtud de, si no conseguir que un desempleado se olvide de su situación durante dos horas, sí al menos contribuir al disfrute estético, a una especie de resarcimiento moral, incluso, por qué no, a una especie de transitoria y, quién sabe si perdurable catarsis personal.

     

    Quizá, hablando de un modo más pragmático, mientras observa a los últimos irse de vacaciones o escucha resignadamente cómo quienes se incorporan de nuevo a sus puestos se lamentan acerca de cuán cortas se les han hecho y qué caro está todo, le aporten a aquel que debe trabajar sin descanso para encontrar un empleo alguna idea de provecho para romper con esa invisibilidad y aislamiento que lo atenazan, afrontando con nuevas ilusiones un porvenir preñado de incertidumbre, de reformas que a él siempre le parecerán recortes, de regladas desregulaciones, un futuro que no tenga forzosamente que ser, con suerte, aquel que le aguardaba al maltratado pensionista que trata de sobrevivir manteniendo a flote la dignidad en la mítica Umberto D., de Vittorio De Sica.

     

     

     

    José María Matás es licenciado en Filosofía y Letras. Ha publicado en revistas como El viejo topo, Salina o Destiempos y es autor del poemario Cristales rotos y de la obra teatral Un mar de fondo. En el tiempo libre que le dejan sus estudios y escritos se dedica a buscar trabajo.

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