Angel Crespo

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    ‘Amadis y el explorador’ o el combate espiritual de Ángel Crespo

    Pilar Gómez Bedate - 17-03-2016

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    Un libro insólito dentro de la obra poética de Ángel Crespo, Amadís y el explorador, compuesto de diálogos y monólogos dramáticos, se ofrece al lector como un “drama en gente” en el cual, en distintos lugares y épocas –que se sincronizan en el presente de la lectura– se despliega un abanico de posibilidades en la expresión de la meditación y los caminos de la vida del espíritu expuestos y encarnados en personajes mitológicos (Dafne, Acteón, Perseo, un Tritón), dioses paganos (Odín) o bíblicos (Gehová), clérigos o patriarcas de distintas religiones (Bilal, el almuédano; un Papa; Abraham), personajes de la literatura del siglo de Oro (Amadís), romántica (Graciela) y contemporánea (Eduardo Chicharro).

     

    Un libro que, como José Luis Gómez Toré explica en la ejemplar y primera edición que ha preparado para Pre-Textos, el autor fue escribiendo esporádicamente a lo largo de los años de su plena madurez, donde se reflejan sus reflexiones metafísicas y predilecciones culturales más hondas a la vez que se dejan traslucir los ambientes de las distintas épocas y culturas por él elegidas para situar a los personajes que son sus portavoces.

     

    Como la escritura de este libro tiene mucho de críptica y es difícil penetrar su sentido en una primera lectura lo que se me ha ocurrido es referirme a mi propia lectura (que ahora he escrito por primera vez) del diálogo que titula el libro –Amadís y el explorador– no sin antes mencionar la peculiaridad de este género de monólogos y diálogos dramáticos que, si entre la literatura contemporánea española tiene el precedente de los Diálogos del conocimiento, de Vicente Aleixandre, por su imaginario y su lenguaje se relacionaría más bien con la poesía inglesa de Robert Browning y de Tennyson –iniciadores del monólogo y diálogo dramático en la poesía moderna– cuyas obras creo que sirvieron de acicate a la inventiva de Ángel, pues forman parte de nuestra biblioteca y precisamente fueron adquiridas en la época del que debió de ser el primer monólogo crespiano escrito: ‘Un Papa’, comenzado en Roma (según creo recordar) a finales de 1971, pero no terminado hasta 1980, en Puerto Rico

     

    La adopción de esta forma, a que su autor fue recurriendo muy esporádicamente, pero desde entonces hasta el final de su vida –y a la que va incorporando estructuras como la del debate medieval, alegorías con sabor isabelino (o prerrafaelista) y hasta en ocasiones (como en el poema que trato) una intención semejante a la de un Auto Sacramental en lo que tiene éste de ser a la vez ocultamiento y desvelamiento de lo sagrado– y que se extendería, de manera creo que clara, tanto a ‘Abraham y Gehova’ como al poema final del libro, ‘Eduardo Chicharro”, donde el fundador del postismo –a quien Ángel siempre consideró su primer maestro espiritual– le revela cómo es el otro mundo, donde él está ya, de la manera que tan acertadamente Gómez Toré describe en su comentario como:

     

    “… un canto a la imaginación tan exaltada por los postistas. Una imaginación ‘verdadera’ que no se identifica sin más con la fantasía, lo que entronca con la larga tradición que va desde la filosofía árabe a Coleridge pasando por figuras como Bruno o Bhöme (…) la imaginación, por tanto, no como artificio sino como revelación de una verdad que permanecería oculta de otra manera”.

     

    Pero viniendo, en fin, a mi lectura del Amadís lo primero que quiero decir es que este diálogo –mantenido entre dos personajes a través de cuyas palabras se va evocando el  escenario donde se encuentran– tiene un argumento: un nudo dramático que es el desafío de Amadís [el caballero andante de tal nombre] al personaje definido por su actividad de explorador. Un desafío que es evocado con las características que cumplen al ritual caballeresco, en un lugar desierto y selvático, donde un personaje armado defiende el paso al explorador con quien va a entablar  un torneo de palabras.

     

    Ese torneo –que se desarrolla con la minuciosidad de un debate– trascurre inmerso en la niebla del ser o el no ser de uno y otro contendiente (pues ambos dudan de la naturaleza humana o espectral de su contrario) y va girando en torno a la pregunta (hamletiana) de la propia identidad que –si no me equivoco– sería la de ser encarnación de las dudas y meditaciones de quien lo escribió.

     

    En los primeros versos, Amadís (con lanza y corcel como inmediatamente declara el explorador que le corta el paso) comienza diciendo a éste:

     

    “Si sólo espectro u hombre solo eres
    o de mi soledad y mi vigilia
    hechura –o si pregunta
    que no espera respuesta–
    habla, que, cuando largos, los silencios,
    sin vulnerar el aire,
    al éxtasis responden con palabras”.

     

    Y el explorador contesta:

     

    “Hombre soy. Y si cortas mi camino
    con lanza y el corcel –si es que no eres
    fantasma de mi sed y mi desmayo–,
    contigo discurrir o hablar conmigo
    más insidiosa haría la barrera
    penosa de salvar:
    la que el desvío y la espesura oponen
    a mis sangrantes pasos: que aunque estregue
    mis ojos con el dorso de la mano,
    tú no te desvaneces, mensajero
    de un final no asumido”. 

     

    Este Amadís, que –como aquel que conocemos– lleva oculto “tantos siglos” en el “nemoroso valle fuera del tiempo”, “cautivo de su propia voluntad ya olvidada/ o de sus amores prescritos y hechos luz/ de luz en las esferas” pregunta al explorador por sus caminos a la vez que asegura que son dos los que:

     

    “...hacen destino de una vida: uno
    es la afanosa acción, y contemplar
    es el otro. Los dos he transitado
    andante o penitente, y de los dos
    surge la voz que nos confunde ahora”.

     

    La respuesta del explorador es que “sólo la acción nos quita de la nada”. Él, ahora, necesita el agua, tiene sed, busca el río donde habrá de calmarla y, enumerando a continuación la actividad que ha desempeñado hasta tropezar con este personaje “doble y contrario” que le corta el paso le ordena: “¡Con tu silencio déjame pasar!”.

     

    Pero si el explorador puede (y quiere) dominar el espacio, Amadís domina el tiempo y se define a sí mismo como “el trascurso de otro río –mas cauce sin orillas en el que sólo hay voz/ llama del hombre alta/ que tras ardua aventura/ meditando consume/ su orgullo y su impaciencia”, para concluir.    

     

    “Mi Peña Pobre en todas partes se halla
    y aquí en la selva, o en la arena,
    el ancho camino de la sed, o en las llanuras,
         (…)  en todas partes puja– vertical
    y admirable corriente hacia otra luz”.

     

    Si la Peña Pobre es el lugar de penitencia y aislamiento que sabemos: un lugar imaginario (sin tiempo, o el lugar del Tiempo verdadero) este “ancho camino de la sed tiene resonancias evangélicas y apunta hacia algo distinto de la fuente fría a que el explorador busca pero, en todo caso, el tema del agua y la reacción del caballero, que súbita e inesperadamente admite reconocer a su contrario, rompe el discurso lógico e indica al lector que éste es un espejo  de su juventud impetuosa: su propio pasado de un tiempo en que –como ocurría al trovador Arnau Daniel, a quien Dante elogia como il miglior fabro y a quien Crespo alude en los versos que siguen– nada se le ponía por delante, ni siquiera la imposible tarea de “amasar el aire” como el provenzal dice en una de sus más famosas canciones. Y, aquí, Amadís señala:

     

    “Me reconozco en ti. ¿No eres acaso
    aquel que en soledad o compañía
    lanzas quebraba, endía cotas
    escalaba la noche, amasaba el aire
    atravesaba el fuego, hería al tiempo,
    y amaba, amaba, amaba?”.

     

    Si espacio y tiempo como atributos opuestos de uno y otro contendiente se definen en este poema como símbolos de la acción y la meditación, el significado alegórico desborda estos cauces y –para no alargarme más– termino diciendo que, a mi entender, lo transforma en lo que puede considerarse una alegoría, sí, pero también una meditación del autor sobre su propia vida: la autobiografía espiritual de un poeta que, a la altura de sus cincuenta y cinco años, se percibe inmerso en un singular combate.

     

    Un combate que, a aquella altura de su vida, recoge y representa, la doble corriente de realismo y magia con que había percibido el mundo desde la época  de su juventud y que, de múltiples maneras, alimenta toda su obra.

     

     

     

     

    Pilar Gómez Bedate, catedrática de Literatura, traductora y ensayista, leyó este texto el pasado 17 de febrero en la librería Rafael Alberti de Madrid con motivo de la presentación del libro de poemas de Ángel Crespo Amadís y el explorador, publicado la editorial Pre-Textos. Intervinieron también en el acto los poetas Jordi Doce y José Luis Gómez Toré, editor del libro.

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