El armario de Narnia, abierto de par en par con la globalización

Lucía Anabitarte

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Nuestro particular armario de Narnia se ha quedado sin puerta. No hay que atravesar abrigos de piel aglomerados para poder llegar al otro extremo. El mundo más allá de nuestro entorno ya no es algo ajeno, es también nuestra realidad.

 

La globalización parece llenar de orgullo a políticos, empresas multinacionales y bancos y es que parece que las oportunidades se han multiplicado. La propia palabra es muchas veces entendida en un sentido exclusivamente positivo: gran desarrollo tecnológico, posibilidad de invertir fuera del país, oportunidad de desarrollo y mayor crecimiento económico y de empleo en países que hacen uso de sus ventajas comparativas y oferta mundial de bienes, productos y servicios.

 

Estos ejemplos son algunos de los muchos beneficios que parece llevar consigo este proceso iniciado en los años ochenta. Pero, ¿no fueron las grandes expediciones náuticas del siglo XV y XVI el mayor proceso de globalización que hemos vivido? Al parecer, estas hazañas quedan ya muy atrás, aunque debemos tener en cuenta que las reglas siguen siendo las mismas: la ley del más fuerte.

 

A pesar de ser extensa en cuanto a los diferentes ámbitos a los que afecta, en los últimos años la globalización ha sido relacionada únicamente con la economía. Es decir, se ha producido una ruptura con lo social. Ahora, el mercado es el que manda. Sin embargo, la globalización es un proceso que afecta a todas las áreas de la sociedad a escala mundial y que consiste en un auge de la comunicación entre distintas naciones, las cuales unen sus mercados, culturas y sociedades para favorecer, en un principio, el bienestar general.

 

Pues bien, quedémonos con esta palabra, bienestar, y apuntemos que la globalización hizo surgir entes como las Organizaciones no gubernamentales, más conocidas como ONG. ¿El mundo se dio cuenta de que existían ciertas zonas necesitadas de la acción de estas organizaciones? ¿O fue, por el contrario, esta globalización la que ayudó a que se crearan más desigualdades? Es decir, ¿se creó la enfermedad y el antídoto o esta primera ya estaba instaurada?

 

Son preguntas difíciles de contestar con certeza ante un mundo tan extenso y que nos es imposible abarcar en su totalidad. Lo que sí que es verdad es que la globalización ha traído consigo aspectos negativos: las multinacionales han destruido la industria incipiente nacional, la identidad de muchas zonas ha quedado a expensas de las grandes fuerzas comerciales, se han incrementado los problemas ambientales y han aumentado los índices de pobreza a nivel general. Luego, ¿podemos relacionar globalización con bienestar? Más bien parece ser el bienestar de unos y la perdición de otros.

 

Para mantener un equilibrio y como una manera de contentar a los más desfavorecidos se ha recurrido a acciones sociales que ayuden a mantener el sistema establecido, asegurando que nadie pueda sentirse excluido. Esto quizás choca con los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) que apuntan a que en 2015 en España había un 22´1% de la población en riesgo de pobreza y exclusión social. Sin mencionar que somos el segundo país de la Unión Europea con más pobreza infantil.

 

La globalización es un mito en el sentido estricto del término, ya que no es un proceso homogéneo y ni mucho menos podríamos decir que contribuye al beneficio de todos. Se trata de un sistema, en principio sin límites geográficos, impuesto como la creencia verdadera que justifica las desigualdades entre los países. ¿Hasta cuándo estamos dispuestos a sostener esta creencia?

 

 

 

Lucía Anabitarte es estudiante de Periodismo y encargada de las redes sociales de FronteraD, donde ha publicado Debemos, pero ¿Podemos? A cinco años del 15M.

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