Ilustración: Rosana Antolí

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    ¿Así porque sí?

    Ignacio Carrión - 05-02-2015

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    —¿Así porque sí?

    —Pues sí.

    —¿Por las buenas?

    —Por las buenas… ¿o prefieres por las malas?

     

    Él miró a su amante estupefacto. Pero su amante le devolvió la mirada sin mostrar la mínima emoción. Se conocían demasiado bien por muchas razones. Una de esas razones parecía de una lógica elemental: ambos eran hombres.

     

    Y él repitió la pregunta.

     

    —¿Así porque sí quieres que nos divorciemos?

    —Desde luego.

    —No te entiendo.

    —¿Cómo que no?

    —No puedo entender que con lo que nos costó, sobre todo a ti, tomar la decisión de casarnos ahora quieras divorciarte. Estás loco.

    —No nos costó tanto tomar la decisión. Las cosas claras. Eso de que me costó tanto tomar la decisión te lo has inventado. Y yo eso sí que no lo entiendo. Que tengas que inventarte cosas. ¿Para qué?

    —Mira, prefiero no hablar.

    —Mejor. Pero procura no inventarte cosas cuando me hables. Últimamente mientes demasiado.

    —¿Y tú no?

    —Yo no.

    —¿Serás cabrón? Eso ya es una mentira. Vives con la mentira.

    —Vivo contigo, no lo olvides.  Aunque va a durar poco. Estoy harto.

    —Y yo. Yo también empiezo a hartarme.

    —¿De todo?

    —Sobre todo de ti. Mi error ha sido creer que todo en mi puta vida eres tú. O eras tú.

    —Vale. No pasa nada. Nada.

    —Claro que no. Nada de nada.

     

    Cruzaron una mirada de desprecio.

     

    —Me estás mirando con asco, dijo él.

    —¡Qué puedo hacer!  Ya me conoces. Esta cara es el espejo de mi alma…

    —¿Ahora tienes alma?

     

    El otro no replicó. Se puso de pie fingiendo agotamiento. Pero al mirar por la ventana, que es cuando él pudo observarlo de perfil, comprobó que no estaba cansado. Es más, el pene se le había endurecido. Algo que le dio pie para seguir atacando.

     

    —¿Te pone pensar en el divorcio, cabronazo?

    —Me pone dejarte. Y dejar de pensar. Y pensar que dejaré de oír tus mentiras y tus chorradas. De tu boca sólo salen chorradas.

    —Mi boca te gustaba. ¿O vas a decir que no?

    —Ya te dije que prefiero no decir nada.

    —¿No va a salir nada de tu puta boca? ¡No me lo creo!

    —Que te jodan…

    —Que te jodan a ti.

     

    Él se acercó por detrás. Y ella, porque lo que de verdad le chiflaba era que por detrás no pareciera un tío, ella lo vio acercarse en el reflejo de los cristales del ventanal. Pero calló. Pensó: vamos a ver qué pasa.

     

    Llamaron a la puerta del apartamento. Ni uno ni otro iba a tomarse la molestia de ver quién era.

     

    La llamada se repitió un par de veces, sólo con timbrazos cortos seguidos de uno más largo.

     

    —¿Será posible? –dijo él cuando ya estaba a escasos centímetros del culo de su amante, que no se inmutó.

     

    De nuevo llamaron a la puerta pero esta vez golpeando con la mano.

     

    —Ni idea de quién coño puede ser –dijo su amante.

    —Ni puta idea –repitió él.

    —¿Será para ti o para mí?

    —Es lo mismo.

    —No es lo mismo.

    —Sí es lo mismo.

    —Estás cachondo, hijoputa.

    —¿Y eso qué?

    —Vete a la mierda.

     

    Los golpes cesaron. Su amante asomó la cabeza por la ventana para comprobar si del portal salía alguien conocido. Pero no salió nadie. La ventana del apartamento daba a un descampado. Los dos odiaban este apartamento. Pero no podían permitirse otro. Si se divorciaban cada cual buscaría su propio lugar.

     

    —Me quiero largar de aquí.

    —¿Por eso quieres divorciarte? Sólo para cambiar de apartamento?

    —No sé.

     

    Se desnudaron del todo. Se echaron sobre una cama asquerosa. Una vez hablaron de cambiar esa cama. Pero ahí seguía al cabo del tiempo, casi siempre deshecha.

    Follaron siguiendo los pasos que indicaba el director y las sugerencias de la joven ayudante que lo asesoraba.

     

    —No hay prisa –dijo la joven asistente. Relajaos.

     

    Y él imaginó a los maricas reprimidos que no se atreven a salir del armario haciéndose pajas. Y a sus amigas lesbianas muertas de risa.

     

    La ayudante pidió que pararan unos minutos. El cámara, el mismo viejo de tras veces, dejó de rodar la escena. La joven ayudante puso cara de no comerse una rosca. Era la primera vez que acompañaba a este director. Ellos la miraron con curiosidad.

     

    —Sí, joder, sí; estoy caliente –dijo con voz ligeramente temblorosa.

    —Normal dijo el director.

    —Vuelvo enseguida.

    —Vale, no tardes mucho.

     

    Y se encerró en el baño.

     

     

     

     

    Ignacio Carrión (San Sebastián, 1938) estudió en las universidades de Valencia, Madrid y Lovaina (Bélgica) y acabó Periodismo en 1968. Después de una etapa como librero fue corresponsal para la agencia Efe, ABCCambio 16 y Diario 16 en San Francisco, Londres y Washington. Posteriormente se incorporó como redactor jefe y enviado especial al diario El País. Ha publicado novelas como El milagro (1990) y Cruzar el Danubio (con la que en 1995 obtuvo el Premio Nadal); volúmenes de relatos como Klaus ha vuelto (1992), y libros de viajes como India, vagón 14-24 (1977); Madrid, ombligo de España (1984) y De Moscú a Nueva York (1989). En FronteraD ha publicado Molestia aparte II. Diarios 2006-2016.

     

     

     

     

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