Pedro Alonso. Foto: Sinc

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    La bala mágica que mata al mosquito de la malaria

    José Luis Toledano - 19-05-2016

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    En noviembre de 2005 la revista Time incluyó al doctor Pedro Alonso en la lista de las personas más influyentes en la lucha por la mejora de la salud en los países en desarrollo. Ese mismo año en que la publicación norteamericana le nombraba “héroe solidario” por su empeño por erradicar la malaria, trescientos millones de personas en el mundo estaban infectadas por la picadura del mosquito que produce la enfermedad y causaba la muerte de un niño cada treinta segundos. El número de fallecidos era como si cada tres meses se produjese un tsunami con las mismas víctimas que el que devastó el sudeste asiático en 2004. En 2013, sólo en el África subsahariana hubo casi seiscientos mil fallecidos –el 83% eran niños–. Hace diez años, en algunas partes de Mozambique, nueve de cada diez menores de cinco años estaban inoculados con el plasmodium falciparum, el parásito que penetra en el cuerpo humano a través de la picadura del mosquito anopheles.

     

    Pedro Alonso me dijo en una ocasión que, junto a la revolución de las nuevas tecnologías de la información, la otra gran revolución que se está llevando a cabo en el mundo es la revolución de la salud. Se ha progresado en estos últimos quince años como nunca antes. “Siempre comenzábamos nuestras charlas diciendo: ‘Cada año mueren en el mundo doce millones de niños menores de cinco años’. Ahora son menos de siete millones”. Y prosigue: “¿Existe el peligro de pensar que la labor ya está concluida? No, sigue habiendo siete millones de muertes anuales, que no deberían ocurrir. Seguimos teniendo enormes retos: no tenemos una buena vacuna contra la tuberculosis, no tenemos todavía una buena vacuna contra la malaria, y las muertes maternas siguen siendo inaceptables”.

     

    Pedro Alonso ha centrado gran parte de su trabajo en buscar las razones clave de mortalidad de los grupos de población más vulnerables de África: niños y mujeres embarazadas. Alonso es mundialmente conocido por sus investigaciones para elaborar la vacuna que erradique la malaria; sin embargo, me aseguró que su trabajo más trascendental lo llevó a cabo en Gambia y se publicó en la prestigiosa revista Lancet, en 1991. “Fue la primera demostración de reducción de la malaria gracias a las mosquiteras impregnadas en insecticida, que es la herramienta hoy y para los próximos 15 años, de la lucha contra la malaria. Esa sí que salva vidas. Ese fue mi trabajo clave, sin embargo se me conoce por la vacuna”.

     

    Casi la mitad de la población mundial continúa expuesta a la malaria. En 2014, hubo doscientos millones de personas infectadas, de las que unas seiscientas mil fallecieron, la mayoría en África. Sólo en Mozambique, donde la enfermedad es endémica, se producen alrededor de 1,8 millones de casos anuales, de los que fallecen 177.000 personas, la mayor parte niños menores de cinco años.

     

    En otoño de 2013 entrevisté a Pedro Alonso en Maputo cuando trabajaba en Mozambique para la Agencia Efe. Alonso me dijo que “nunca existirá ‘la vacuna’, sino varias vacunas, que poco a poco irán incrementando la eficacia con nuevos prototipos y nuevos avances”. “Nos enfrentamos”, me explicó, “a un organismo biológicamente muy complejo, que para erradicarlo completamente requiere de múltiples herramientas, no sólo de vacunas, sino también de mosquiteras, insecticidas, acceso a diagnósticos y tratamientos con fármacos eficaces, y del refuerzo de las unidades de salud”. “Lo que resuelva la malaria no será lo que los americanos llaman ‘una bala mágica’, sino la combinación de varias balas entre las cuales las vacunas pueden ser importantes, pero no la única”.

     

    No es fácil saber en qué parte del mundo se encuentra Pedro Alonso. Menos desde que en julio de 2014 fuera nombrado director del Programa Mundial de Malaria por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su agenda produce fatiga sólo de imaginarla. El jueves tomó un vuelo en Bangkok, donde asistió a una reunión de la OMS, y aterrizó en Maputo cuando ya había anochecido. El viernes por la mañana asistió en la residencia del embajador español a la imposición de la Orden de Isabel la Católica a Pascoal Mocumbi, el presidente de la Fundación Manhiça. El sábado viajó a Manhiça, cuartel general del Centro de Investigación en Salud (CISM), a unos 80 kilómetros de Maputo, que él mismo puso en marcha en 1996. El domingo a media tarde voló a Ginebra, sede de la OMS, donde se ha instalado temporalmente por necesidades de su nuevo cargo. Y el martes presentará en el parlamento británico el informe anual de la malaria en el mundo. No es una tarea sencilla robarle unos minutos, mucho menos unas horas.

     

    Es domingo por la mañana de un día ventoso y soleado. La noche anterior llovió torrencialmente, como lo hace en Mozambique cuando llega el verano y comienza la temporada de lluvias, que es la temporada de la malaria. Pedro Alonso ha pasado la noche en la modesta casa, dentro del recinto del CISM, donde se aloja cuando viene a Manhiça. Cuando llego está desayunando junto a su esposa, Clara Menéndez, médico, investigadora, directora de la Iniciativa de salud materna, infantil y reproductiva de IS Global, y compañera fundamental de Alonso desde que se conocieron en la facultad de Medicina de Madrid en los años ochenta. Los saludo, y espero en los jardines del centro a que terminen.

     

    Pedro Alonso nació en Madrid en 1950. Es simpático, carismático, gran conversador, didáctico y afable. Tiene la voz fuerte y redonda. Es corpulento y de estatura mediana, con la barba recortada y el pelo canoso. Dicen de él que es un hombre astuto, visionario y un excelente estratega. Ha sido director de ISGlobal, director del Centro de Investigación en Salud Internacional de Barcelona (CRESIB), jefe del Servicio de Salud Internacional y Medicina Tropical del Hospital Clínic de Barcelona y catedrático de la Universidad de Barcelona. A lo largo de años de investigaciones ha publicado más de trescientos artículos en revistas científicas. En 2008 recibió el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional junto a su mujer, Clara Menéndez. Clara es un año menor que Pedro. Menuda y de movimientos elegantes, lleva el pelo liso en media melena. Es discreta, educada e inteligente. Viaja con su marido siempre que su agenda se lo permite. El CISM está desierto. Tras el desayuno, Pedro Alonso me propone dar un paseo por los alrededores.

     

    El CISM y el hospital del distrito están en el extremo este de Manhiça, sobre un promontorio desde donde se divisa el río Incomati y extensas llanuras de cultivos. La localidad se encuentra a poco más de una hora de Maputo por la carretera EN1, la principal vía que recorre Mozambique de norte a sur. Es una ciudad tranquila, de casas diseminadas en una gran planicie. Tiene un pequeño centro neurálgico que atraviesa la carretera, donde se concentran comercios, almacenes, iglesias y los principales edificios municipales.

     

    Pedro Alonso y Clara Menéndez viajaron a África tras terminar sus estudios universitarios con el deseo de ejercer la medicina asistencial. Recalaron en un centro de investigación del gobierno británico en Gambia. Mientras iban conociendo la realidad sanitaria del continente, fueron descubriendo también los enormes agujeros de conocimiento que existían sobre las enfermedades africanas. La mayor parte de los pacientes que atendían tenía malaria, dengue, neumonía, diarreas. Desconocían por qué no existían buenos tratamientos y las razones de que unos casos se complicaran y otros no, muriendo un alto porcentaje, muchos de ellos niños.

     

    A mediados de los 80 el mundo vivía sumido en el enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo. África no existía. Estaba fuera del radar geopolítico, salvo como escenario bélico de ese conflicto ideológico bipolar. Los estudios del estado de salud de las poblaciones eran conceptos nuevos. Muchas de estas poblaciones de los países en desarrollo sufrían enfermedades olvidadas y que importaban poco. Pedro Alonso me cuenta que ya se preguntaba en aquellos años por qué no se conocía más de ellas, por qué no se investigaban, por qué no existían fármacos. “No fui el primero”, a finales de los ochenta y principios de los noventa, otros empezaron también a formularse ese tipo de preguntas.

     

    De esas reflexiones surgió la descripción de la Brecha 10-90 según la cual, de toda la carga de enfermedades en el mundo, el noventa por ciento está en los países en vías de desarrollo, pero sólo se invierte el diez por ciento de los recursos en su investigación. En el diez por ciento de las enfermedades restantes se invierte el noventa por ciento de los recursos. Aunque suene terriblemente injusto, Pedro Alonso asegura que no hay ninguna maldad intrínseca en ello. Obedece a lo que los economistas llaman “fallo del mercado”. Pese a que estas enfermedades afectan a millones de personas, no tienen mercado porque las padecen gente que no puede pagar su tratamiento. Al igual que ocurre en otros sectores del mundo capitalista, son las fuerzas del mercado las que empujan el desarrollo de la industria farmacéutica y de la sanidad. “Investigar para encontrar remedios a estas enfermedades no es rentable, mientras que investigar sobre la impotencia o la caída del pelo sí lo es”.

     

    Le han acusado de defender a la industria farmacéutica. “En España está de moda decir que en la industria farmacéutica son todos malos y perversos. No, la industria farmacéutica, que no está hecha de almas caritativas, responde a las leyes del mercado que nos hemos dado todos. Si hoy se levanta el presidente de Novartis y dice: ‘Voy a investigar sobre nuevos fármacos para el tratamiento de la leishmania’, a mediodía lo han destituido porque se han hundido las acciones en bolsa. Pero si anuncia: ‘Voy a invertir mil millones de dólares en investigar nuevas viagras suben las acciones. Así de crudo. No son malos, es que así es la dinámica”.

     

    Caminamos por una alameda de grandes árboles de flores rojas en dirección al hospital municipal, que se encuentra a un centenar de metros CISM y que es el elemento base de todo el proyecto. El hospital, que hace años era parte de un centro de formación de ayudantes comunitarios, fue reconstruido después de la guerra civil por una organización suiza. A las puertas del recinto un hombre y una mujer saludan al doctor. “Bom día, dotor Alonso, todo bem?”. “Todo bem. E a criança?”. “Todo bem”. “Ótimo”.

     

    Pedro Alonso me explica lo que sin duda ya habrá repetido centenares de ocasiones en entrevistas, conferencias y reuniones sobre las líneas fundamentales de su trabajo para entender un mundo injusto y desigual. “Existe una segunda componente sociológica determinante en los países en vías de desarrollo: la relación salud-pobreza”. Puede parecer una visión simplista, pero los pobres tienen peor salud y menor esperanza de vida. “¿Cuál es la manera de que tengan mejor salud? Que sean más ricos”. Mientras que para unos, promover el desarrollo económico del país les permitirá que su situación sanitaria mejore, para otros las enfermedades y la mala salud de las poblaciones representan un freno al desarrollo. “Cuanto más pobre eres, más enfermas. Cuanto más enfermas, más pobre te haces”, sostiene. “Yo no creo que sea ni una cosa ni la otra, sino una mezcla de las dos. La mejora de la salud, además de un elemento de equidad y de justicia, es también una estrategia de desarrollo económico social. Si no consigues mejorar la salud de las poblaciones, difícilmente se van a desarrollar. Y esos son los dos principios básicos de nuestra acción desde finales de 1980”.

     

    Unos años después de la experiencia en Gambia, Pedro y Clara decidieron cambiar de aires y se marcharon a Tanzania, a un centro ligado al Instituto Tropical Suizo de Basilea. Nuevamente su idea era trabajar en medicina asistencial a la población, pero ya comenzaron a plantearse el comienzo de su actividad investigadora. Allí contactaron con la Agencia Española de Cooperación, que se mostró interesada en financiar los proyectos que les rondaban la cabeza. Sin embargo, les advirtieron de que en Tanzania sería difícil su sostenibilidad y les aconsejaron realizarlos en Mozambique, que por aquellos años intentaba dejar atrás décadas de conflictos armados.

     

    El equipo formado por Pedro Alonso y Clara Menéndez y otros dos colegas, que ya estaba ligado al hospital Clínico de Barcelona, decidió aceptar el reto e intentarlo. Para Alonso, si deseas hacer investigación en salud para el desarrollo es fundamental tener presencia estable en los países. Sólo de esta manera se podrá abordar el otro gran reto que supone la insuficiencia de los propios países para formar y construir instituciones capaces de investigar. “Les dijimos que queríamos un hospital de distrito pequeño, sin muchas otras organizaciones alrededor, y que no estuviera muy lejos de la capital”. El gobierno mozambiqueño les propuso montar el proyecto en Montepuez, un municipio en la provincia norteña de Cabo Delgado, a casi tres mil kilómetros de Maputo. Sus compañeros de proyecto probaron a ponerlo en marcha, pero después de un año Montepuez resultó ser un emplazamiento inviable para sus propósitos. Era un lugar remoto, alejado de un centro urbano y con un solo vuelo por semana a la capital “que salía cuando quería”.

     

    En marzo de 1995 Pedro Alonso vino a Mozambique para reunirse con responsables del área de sanidad del gobierno. Les propuso buscar una localidad en un radio de ciento cincuenta kilómetros de Maputo. Uno de los lugares que visitó fue Manhiça. Antes de tomar la decisión de establecerse allí, Alonso vino varias veces a ver las condiciones del lugar. La primera, llegó a las ocho de la mañana. El hospital estaba vacío. Le dijeron que normalmente estaba abarrotado, pero que ese día ya se habían marchado todos los pacientes. Tres meses después volvió a visitarlo a la misma hora y nuevamente lo encontró vacío. En esta ocasión le dijeron que durante la temporada de frío la gente venía más tarde. La realidad era muy distinta: “no había ningún médico y la directora del distrito se había ido dos años a Brasil”.

     

    Cruzamos la pequeña explanada que ocupan las instalaciones sanitarias. “Allí estaban acampados los cascos azules de Nueva Zelanda, que todavía estaban desminando la zona, justo delante de lo que fue nuestra casa durante años”. Pedro Alonso señala el final del camino a espaldas del hospital. En la parte baja de la colina, el río Incomati hace una amplia curva para bordear la extensa planicie de campos de caña, propiedad de una empresa azucarera de Managra. En aquellos años las plantaciones estaban devastadas, y Manhiça era un pueblo prácticamente abandonado a causa de la guerra.

    A finales de 1995 Pedro Alonso, y su reducido equipo se pusieron en marcha. ¿Tenían claro lo que querían hacer? “Clarísimo: investigación, formación y asistencia. Tres cuestiones indisolubles”. Por eso deseaban estar ligados a un hospital, “porque es el lugar donde prestar asistencia, y porque es un buen observatorio para poder entender las patologías. Y no puedes hacer investigación y asistencia si al mismo tiempo no formas a gente”.

     

    “Nos cedieron esta habitación, que durante un año y medio o dos fue el Centro de Investigación de Salud de Manhiça”, dice con sorna. La habitación es un pequeño dispensario con pocas pretensiones en el extremo de un ala del hospital. “Me gusta enseñarlo porque este es el CISM hace veinte años”. El cuartito apenas ha cambiado desde entonces, lo que sí ha sufrido una transformación es el hospital. “Hasta hace cinco años, eso no existía”, señala los lavabos, una casita en el centro del complejo. Tuvieron que construir unos servicios nuevos con la ayuda de una pequeña fundación de Barcelona, porque en el edificio antiguo los retretes estaban permanentemente atascados. “Era un desastre. Los pacientes tenían que salir a una especie de campo abierto a hacer sus necesidades”.

     

    Se construyó un nuevo hospital con fondos de la Cooperación Española y la Unión Europea. El centro sanitario está formado por varias galerías de una sola planta y paredes pintadas de blanco. Ahora es un hospital que, “a pesar de las limitaciones del país”, presta una buena asistencia, es razonablemente moderno y aireado y cuenta con una infraestructura mozambiqueña donde hay quince o veinte médicos con las consultas bien organizadas. Alonso insiste en matizar “con todas las limitaciones”, ya que decidieron trabajar siempre a partir de las estructuras públicas del propio país. “Tiene sus desventajas, entre otras, que no es tuyo, no lo controlas. Pero a la larga, si hubiéramos montado nuestro hospital hubiera tenido poco sentido y menor sostenibilidad”. Le pregunto qué sería de este lugar si no hubiera pasado por aquí hace veinte años, o si hubiera elegido otro hospital en otra provincia. “Seguro que nada de esto existiría. Gracias a que el CISM está aquí, a su buen funcionamiento y cierta labor para darle visibilidad, se ha podido ir ampliando”.

     

    Supuso un gran desafío empezar de cero en un país que acababa de salir de décadas de guerras y donde lo desconocían todo. Comenzaron censando a treinta y cinco mil personas de la región como estrategia de investigación, recogieron información sistemática y acometieron los primeros estudios descriptivos de malaria y neumonías para entender de qué enfermaba y de qué moría la población rural en Mozambique. A la vez fueron formando al personal local. Desde el primer momento les ofrecieron dos jóvenes médicos mozambiqueños. “Y eso es lo que hemos seguido haciendo desde entonces”. Hoy trabajan en todo el distrito, un área de más de ciento sesenta mil habitantes (37.600 familias) y 2.380 Kilómetros cuadrados. El hospital mide y recoge todo lo que viene de la comunidad, lo que ha permitido al centro crear un censo de población específico con datos muy precisos que posibilita mapear las enfermedades, dónde se producen y su índice de incidencia.

     

    Caminamos de regreso al CISM por la orilla de la carretera bajo la sombra de los grandes árboles de flores rojas que el viento zarandea con fuerza. El centro es un conjunto de edificaciones bajas integradas en el paisaje de la localidad. La pared exterior es blanca, y en la puerta de entrada destaca el panel con el nombre de la instalación y la placa de la Cooperación Española. Por encima del muro asoman tejados de dos aguas de tejas rojas y árboles frondosos. Me dice Pedro Alonso que han querido mantener la imagen de un lugar austero. “Nada de grandes elefantes blancos y construcciones estrambóticas”. Desde el exterior es difícil imaginar que tras los muros se esconde un sofisticado laboratorio médico de los pocos que existen de este tipo en África. “Esto ha sido una las señas de identidad que siempre hemos querido mantener”. Le digo que me recuerda a uno de esos hostales para mochileros extranjeros que viajan por África. Mi comentario le sorprende momentáneamente. Lo piensa y me responde moviendo la cabeza: “Literalmente. Es lo que tiene que ser”.

     

    Originalmente, esos pabellones eran un centro de formación abandonado. En 1998 los responsables municipales se lo entregaron a Pedro Alonso para que lo adaptara a sus necesidades. La mayor parte de la superficie era un descampado; el resto, algunas aulas y dormitorios en pésimo estado. Al principio llevaron a cabo pequeñas remodelaciones, siempre manteniendo la estructura externa. Con el tiempo, lo fueron ampliando según necesidades y posibilidades financieras. “Lo que era una letrina abierta al cielo, ahora es una unidad cualificada por la Agencia de Alimentos y Medicamentos (FDA) americana para evaluar la seguridad de nuevos fármacos, con tecnología punta y, sobre todo, con sistemas de calidad acreditados internacionalmente”, me explica orgulloso.

     

    El interior del complejo es sobrio y sencillo y permanece muy cuidado. Está formado por una serie de casas bajas de estancias relativamente pequeñas, de paredes pintadas de blanco o corinto y unidas por pasillos techados. Las puertas de los laboratorios dan al jardín interior, que está parcelado y surcado por caminos que conducen a los diferentes laboratorios. Al fondo del recinto se encuentra el comedor comunitario bajo una gran palhota, una construcción africana de madera, sin paredes y techo alto de paja. Las mesas están cubiertas con capulanas, el tejido tradicional mozambiqueño, de colores vivos, que visten las mujeres del campo. Allí almorzaría días más tarde con Pascoal Mocumbi –médico, en el pasado ministro de Sanidad, ministro de Exteriores, y primer ministro, y actualmente presidente de la Fundación Manhiça– cuando me narró su huida clandestina de Portugal en 1961 y el periplo por el norte de España junto a un grupo de estudiantes de las colonias africanas para ir a estudiar a Francia.

     

    Pedro Alonso va abriendo y cerrando las puertas de las diferentes áreas y me explica la función de cada sala. Los laboratorios son reducidos, claros, luminosos y dan la sensación de estar escrupulosamente limpios y ordenados. Algunos son únicos en Mozambique, y están equipados con la tecnología más puntera en el mundo. Con la didáctica de un profesor, Alonso me va mostrando las secciones y me explica el trabajo que se lleva a cabo: espacios para ensayos de vacunas; salas donde trabajan con tuberculosis resistente y neumonías; laboratorios de biología molecular, de parasitología o bacteriología, de extracción de material genético y de inmunología, con citómetros de flujo de cuatro colores –un aparato de rayos láser que permite diferenciar poblaciones celulares en sangre–. El centro cuenta con un laboratorio de bioseguridad de clase tres, de los pocos que existen en África, con presión negativa, de manera que si se abre una ventana, el aire no sale sino que entra, evitando así que patógenos peligrosos puedan escapar al medio ambiente. En una de las salas tienen nitrógeno líquido. Pedro me cuenta que esto ha supuesto un “salto gigantesco”, que les permite guardar muestras a -180º y congelar células para luego revivirlas y estudiarlas in situ.

     

    En la entrada de algunos laboratorios hay un dispositivo con un pequeño teclado numérico y un lector de huellas digitales como medida de seguridad. Además, los empleados e investigadores disponen de una tarjeta de identidad de acceso a áreas restringidas. En la sala de frío hay una serie de congeladores con un sistema de control de calidad para verificar que la temperatura no oscila. En ellos se conservan una de las mayores colecciones del mundo de muestras (sueros, bacterias, virus y células) de las enfermedades de los países pobres.

     

    En uno de los extremos del complejo hay una serie de generadores y una unidad transformadora de electricidad que fueron financiados con más de medio millón de dólares por la Fundación Gates. Tuvieron que volver a cablear todas las instalaciones para evitar subidas y bajadas de tensión o interrupciones en el suministro del servicio eléctrico –muy frecuente, sobre todo en época de lluvias– para que no se malograsen los aparatos ni las muestras conservadas.

     

    “En este ambiente mochilero”, continúa irónico Pedro Alonso al salir al jardín, “podemos hacer los estudios más avanzados del mundo en algunas de las enfermedades olvidadas”. Esto es una ventaja, “porque ves al niño o al adulto enfermo, le sacas sangre y el resultado lo tienes aquí para estudiarlo sin necesidad de enviarlo a alguno de los grandes laboratorios”. Además del área administrativa, una sala de reuniones y otras dependencias, también “construimos nuestro pequeño hostal con habitaciones para los investigadores que entran y salen, siempre desde la modestia y la austeridad”.

     

    Después de visitar todas las salas y laboratorios, nos dirigimos a través del entramado de veredas del jardín hacia su despacho. El recinto está silencioso. Tan sólo se escuchan las ramas de los árboles batir por el fuerte viento. Me invitó a pasar. Es una habitación cuadrada y sencilla. Bajo un ventanal luminoso, una mesa corrida ocupa toda la pared. En el lado opuesto hay una mesa de madera y cuatro sillas con asiento de tablillas, donde nos sentamos. A la derecha, una vitrina de cristal guarda libros voluminosos, archivadores y fotografías de Pedro Alonso con diferentes personalidades, entre ellas la Reina Sofía, que visitó el centro en las dos ocasiones en que estuvo en Mozambique. Del techo pende un gran ventilador de aspas metálicas que gira cadenciosamente. Las paredes están pintadas de blanco y amarillo oscuro. En una de ellas cuelga un grabado de tela con siluetas coloridas de mujeres africanas, en la pared opuesta luce el diploma que acredita la concesión del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2008, según reza en grandes letras góticas, “al Centro de Investigación de Salud de Manhiça, dirigido por los doctores Pedro Alonso y Clara Menéndez”. Me sorprende encontrarlo allí. Hubiera imaginado que estaría colgado en algún lugar destacado de su casa en España o visible en un despacho de Barcelona o Ginebra. Pero entendiendo la importancia que tiene el CSIM para Alonso, me doy cuenta de que está en el lugar correcto.

     

    Le pregunto qué hacen con todas estas muestras, sueros y cultivos congelados.

    “Estudiar”, exclama sorprendido por mi pregunta. “El reto no sólo es publicar muchos artículos y avanzar las líneas de conocimiento, sino cómo trasladar ese conocimiento a la acción diaria”. Es lo que Alonso llama el downstreaming, es decir, conocer más sobre las grandes enfermedades: malaria, tuberculosis, sida, las que afectan a la salud materno-infantil, diarreas y neumonías, y avanzar en el desarrollo de nuevos fármacos y vacunas. Se trata de saber “cómo trasladar ese conocimiento al beneficio del país y de la población y, por lo tanto, cómo influir en las políticas de salud nacionales”.

     

    Le pregunto también si a lo largo de estos veinte años los diferentes gobiernos de Mozambique han entendido esta forma de cooperación. Pedro Alonso me cuenta que siendo Pascoal Mocumbi primer ministro le dijo en su casa una de las primeras veces que se encontraron: “Precisamente porque somos pobres tenemos que investigar”. “Mocumbi lo tenía muy claro. Yo creo que este país, como todos, tiene dos almas: una muy abierta, ilustrada, inclusiva, de visión a largo plazo, positiva y modernizadora, representada por Chissano, Mocumbi y alguno más, que veían todo esto muy bien y lo han apoyado mucho. Pero por otro lado sigue habiendo una rama nacionalista, cerrada, dura y compleja”. Siempre hay quien recela y sospecha porque “todo lo que es extranjero les suena mal”. “Esto nos ha llevado en ocasiones a situaciones complicadas con el gobierno, aunque en otras también hemos sido vistos como un valor muy positivo del propio país. No siempre ha sido fácil, y continúa sin serlo”.

     

    La captación de donantes tiene que ser fundamental. Puedo imaginar que el material y la tecnología habrán llegado escalonadamente y serán carísimos. “Brutal”, exclama. “Solo en mantenimiento y certificaciones –el laboratorio está certificado con ISO 9001–, nos cuesta al año 100.000 dólares. Es clave para poder hacer cosas y que sean reconocidas internacionalmente”.

     

    Sentados en su despacho, Pedro Alonso me cuenta que la Agencia Española de Cooperación (AECID) ha sido fundamental para conseguir todo esto. “Una de las claves de éxito de un centro de estas características es tener un financiador estable. No un solo donante que lo pague todo (de hecho la AECID aporta entre un veinte y un treinta por ciento), sino que sea un elemento multiplicador que les permita atraer más inversiones. Si ellos ponen un millón de euros, nosotros conseguimos atraer otros seis”.

     

    El resto de la financiación llega de diferentes organizaciones. Desde la Fundación Bill y Melissa Gates, a través de sus distintos mecanismos, a la Unión Europea y otros organismos europeos y españoles. Ahora el CISM tiene unos cuarenta proyectos activos con quince financiadores distintos. Entre trescientas y quinientas personas trabajan en el centro, según el número de proyectos en marcha. Le pregunto si con la reputación y el prestigio del CISM es más fácil encontrar ahora financiación. Pedro Alonso suspira: “Solamente en el caso de la financiación internacional”. “Hemos pasado momentos muy, muy complicados en distintos periodos. El último, con la crisis española. Hay que elogiar a la AECID, que continuó financiándonos, lo que nos permitió seguir captando recursos externos”.

     

    Eusebio Macete, director general del CISM, entra en el despacho. Intercambiamos saludos, y me propone que regrese un día de la siguiente semana, cuando el centro tenga más actividad.

     

    El CISM es, según Pedro Alonso, el mayor centro de producción científica del país en términos de artículos publicados. Desde el punto de vista clínico, la institución da servicio asistencial al hospital de Manhiça y a otras cinco unidades sanitarias, todas integradas en el sistema público de salud nacional. Realizan entre treinta y cinco y cuarenta mil consultas, y unos seis o siete mil ingresos hospitalarios anuales en los últimos veinte años. Desde el punto de vista de formación, la Universidad de Barcelona es el primer socio académico de Mozambique. El mayor número de doctorados de estudiantes mozambiqueños se han realizado en España. El anterior y el actual director de la Facultad de Medicina de Maputo, dos de los directores de los programas nacionales de salud, varios de los docentes de la facultad y algunos de los investigadores del Instituto Nacional de Salud del país son doctores por universidades españolas.

     

    Por la mañana me había recogido en Maputo un conductor del CISM para acercarme hasta Manhiça. En el vehículo también viajaba Ignacio Mandomando, un joven empleado del centro, con el que compartí conversación durante la hora de trayecto. Tiene cuarenta y un años, y aspecto de adolescente. Vestía camisa blanca y pantalones oscuros. Hablaba un español culto con acento musical. Trabaja en el CISM desde hace varios años. Descubrí más tarde que es el director científico del CISM y uno de los mejores y más destacados investigadores mozambiqueños.

     

    Ignacio Mandomando me ha contado que su apellido viene de su bisabuelo, un hombre muy influyente en su comunidad durante la época colonial portuguesa, con muchas dotes de mando. Por eso, aunque lo inscribieron en el registro civil con el apellido Devine, su descendencia adoptó el nombre de Mandomando. Ignacio viene de una familia humilde. Su madre murió cuando él tenía dos años. Su padre era pescador y apenas fue a la escuela, pero siempre tuvo conciencia de la importancia de los libros y la educación. Le castigaba si se lesionaba jugando al fútbol porque eso le impedía asistir a clase. “Fue una figura fundamental para llegar a ser lo que soy hoy”, me ha confesado. De todos los niños de su escuela, solo tres consiguieron una licenciatura.

     

    Ignacio Mandomando no sé quedó ahí. Después de estudiar veterinaria, hizo el doctorado en microbiología en la Universidad de Barcelona. De ahí viajó a las universidades de Maryland y Virginia, en Estados Unidos, donde hizo investigación en biología molecular. Conoció a Pedro Alonso a través de un profesor de la facultad relacionado con el CISM. En el año 2000 se integró en la plantilla de investigadores del centro. Comenzó en un pequeño laboratorio de parasitología. Desarrolló estudios sobre diarreas, sarampión y salmonella en el hospital de Manhiça. Posteriormente llevó a cabo estudios clínicos de malaria, enfermedades diarreicas y biología molecular. El último estudio que coordinó en el terreno fue una investigación que tenía como objetivo cuantificar el peso de las enfermedades diarreicas en siete países del mundo: tres asiáticos y cuatro africanos. Esos datos han contribuido a que las autoridades sanitarias mozambiqueñas acaben introduciendo la vacuna del rotavirus en el país. “Este es uno de los mayores logros: ver que contribuyes a trasladar resultados en salud pública y, por tanto, a salvar las vidas de los niños, que son los más vulnerables”.

     

    Pedro Alonso me dice que en el campo de la formación han apostado por un modelo en el que jóvenes licenciados acuden al centro para aprender mientras trabajan ahí durante cuatro o cinco años. Más tarde, hacen en el extranjero su maestrazgo, la especialidad médica y el doctorado. Y después, les siguen formando. “Lo que estamos tratando, aunque sea feo decirlo, es formar élites intelectuales e investigadoras en Mozambique, como las tienen otros países. Mozambique necesita tener un núcleo amplio de gente formada y competitiva internacionalmente, que pueda ir fuera y hablar de tú a tú con cualquiera”.

     

    Aplican el mismo criterio con los jóvenes licenciados mozambiqueños que con los españoles. “Es preciso tener la capacidad de entender y generar un sentido común con los investigadores mozambiqueños para que lo entendieran como propio. Pero también educar a nuestros colegas españoles de que esto no es un centro español, sino mozambiqueño, y que nosotros estamos aquí para, en la medida de lo posible, ayudar a que esto funcione y sea un éxito”.

     

    ¿Podía imaginarse todo esto hace veinte años sentado en aquella habitación del hospital? “Queda muy feo decirlo, pero lo tenía muy claro”, me responde. “Básicamente, porque tampoco hemos innovado mucho. Yo ya había trabajado cinco años en Gambia, luego en Tanzania. Había aprendido ciertos modelos de los británicos y otros modelos de los suizos. Entendí perfectamente que, si se ensamblaban, daba algo nuevo muy potente”.

     

    Repite que tenía muy claro que el modelo de estructura científica que había que montar era el de los tres pilares: investigación, unido a la asistencia y a la formación. “Fruto de ese trabajo, 20 años después, el director y los jefes de departamento son todos investigadores mozambiqueños. Yo no puedo jubilarme, pero me puedo ir a hacer otras cosas la mar de tranquilo, porque son personas altamente competentes”. Alonso, que se incorporó en octubre de 2014 a la sede de la OMS en Ginebra, ya formaba parte desde 2011 de su comité asesor en políticas de malaria y dirigía el comité científico de la Estrategia Técnica Mundial contra la Malaria. Tuvo que dejar sus cargos en IS Global porque eran incompatibles con su nuevo puesto, pero continúa siendo miembro honorario del consejo de patronos de la Fundación Manhiça.

     

    A principios del nuevo milenio, la contribución de África al conocimiento de las enfermedades en el mundo era de menos del dos por ciento. Una institución como el CISM, en un país dónde no existía ningún centro de investigación de esa naturaleza, suponía todo un desafío. Ni Mozambique ni el entorno estaban preparados. No había servicios de auditorías de investigación ni una actividad reguladora para fármacos en exploración. Tuvieron que crear los mecanismos para hacer investigación reconocible y bajo normas éticas. Hubo que ayudar a formar el Comité Nacional de Bioética, que “es producto en gran medida de este centro”. Hasta hace 10 años los estudios de una buena parte de los medicamentos que se consumen en África se llevaban a cabo en Europa, Norteamérica o Asia. En tan poco tiempo, Manhiça ha conseguido estar en una situación muy favorable. Según Alonso, ni la Universidad de Oxford ni el ejército norteamericano ni ningún otro tenían infraestructuras como las que se han creado en el CISM.

     

    Le pregunto si es sólo esa la fórmula para reducir los siete millones de muertes causadas por la malaria. “No, esa es nuestra contribución”, responde rotundamente. “Sería absurdo decir que sólo es debido a la labor de investigación y formación. Pero el conocimiento será una de las herramientas estratégicas para continuar avanzando y mejorando el desarrollo económico y social”. Este concepto es tan válido, o más, ahora que hace 20 años. Con el fin de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y con los nuevos de Desarrollo Sostenible, existe una agenda de cómo hay que gestionar la prestación de servicios universales a la población. Pero ese, dice Alonso, no es nuestro papel. “Este centro tiene que seguir siendo un puntal de generación de conocimiento, y de su traslación a políticas públicas que aporten beneficios reales a las poblaciones africanas”.

     

    Sé que a los científicos les incomoda poner fecha a los resultados de sus investigaciones, pero le pregunto si sería posible conseguir esos fármacos para la erradicación de la malaria, tuberculosis y neumonías, y si saldrán de aquí. “Que el conocimiento salga de aquí, sí. Que se fabrique aquí, eso será otra historia”, me responde. La vacuna de la malaria RTS, S/AS01E está en fase de evaluación por la Agencia Europea del Medicamento y se registrará en los próximos meses. “¿Es la vacuna de Manhiça? No, pero este centro ha hecho la parte clave de los estudios del desarrollo de ese producto”.

     

    Pedro Alonso, que estuvo vinculado a mediados de los años ochenta a la investigación que realizó el colombiano Manuel Patarroyo, retomó los estudios que había emprendido un grupo de investigadores norteamericanos a finales de los noventa. Habían conseguido índices de protección iniciales del noventa y cinco por ciento. A finales de 2013, Alonso me comentó que del noventa y cinco por ciento original habían pasado a un cincuenta por ciento de protección.

     

    Finalmente, en julio de 2015 la AEM dio el visto bueno a Mosquirix, el nombre comercial de la vacuna desarrollada por la multinacional GlaxoSmithKline. En los ensayos clínicos que se han llevado a cabo en el CISM, se consiguió reducir un 36% los casos de malaria en los niños vacunados desde los cinco meses. A partir de ahora, la OMS debe hacer un estudio valorando otros factores para decidir si recomienda la vacuna en los países endémicos de la enfermedad.

     

    El CISM es el centro que más años lleva trabajando con esta vacuna en África, y todos los estudios hechos desde 2002 hasta ahora han salido de sus laboratorios. Son la base de la primera generación de vacunas de malaria. Además, en el CISM se han coordinado los estudios de registro de nuevos fármacos antipalúdicos que ya se están utilizando. Asimismo, el Ministerio de Salud de Mozambique ha adoptado las vacunas del hemofilus y del neumococo y, gracias a los estudios realizados en este centro, hará lo mismo con la vacuna del virus del papiloma humano y del rotavirus a través del fondo de la OMS.

     

    Pedro Alonso mira el reloj. Tiene que ponerse en marcha si no quiere perder el vuelo a Ginebra. Clara Menéndez entra en la sala para recoger su ordenador y algunos documentos que están sobre la mesa. Me ofrecen acompañarlos en el coche hasta el aeropuerto de Maputo y seguir conversando. Durante el trayecto, Alonso me dice que, gracias a gente como Eusebio Macete e Ignacio Mandomando, entre otros, ve el futuro del CISM como un lugar de investigación vibrante y expandiéndose a otras zonas del país. “Un actor relevante a nivel exterior, abierto a las colaboraciones internacionales, y por lo menos con otros 20 años de futuro”. Una hora más tarde llegamos al aeropuerto y nos despedimos en la puerta de entrada a la terminal.

     

    Unos días después y atendiendo a la invitación de Eusebio Macete regreso al CISM. Sonia Mocumbi, hija de Pascoal Mocumbi, pasó a recogerme con su coche. Sonia trabaja también en el CISM como responsable de las relaciones institucionales. Su labor se centra en impulsar la imagen del centro y en buscar apoyos políticos y financieros para la eliminación de la malaria.

     

    Llueve con violencia durante el viaje. Los campos y caminos están anegados, ha habido corrimientos de tierra y se han abierto profundos surcos en la carretera. Un camión ha volcado su carga sobre el asfalto y varios coches se deslizan dentro de las grietas. Tardamos más de tres horas en llegar a Manhiça. Macete nos espera bajo el porche del registro de entrada al centro. Corren ríos calle abajo. Decido aventurarme bajo el chaparrón y remontar la calle para visitar el hospital, como me recomendó Pedro Alonso. Los enfermos se resguardan de la lluvia en las galerías. La mayoría son ancianos, y madres con niños pequeños a las espaldas que esperan pacientemente ser atendidos en las consultas. Me cruzo con algunos médicos mozambiqueños en bata blanca y con el fonendoscopio al cuello.

     

    En el CSIM Macete da instrucciones a los empleados, atiende llamadas en el teléfono móvil y recibe la visita de una delegación de la embajada de Estados Unidos en Maputo. Me explica que su día a día está muy relacionado con el entorno. “Es como llevar un coche en el desierto. Siempre tienes que tener en la cabeza que al mínimo problema que ocurra hay que buscar un teléfono, porque aquí cerca no encontraré nada”. El gran desafío es mantener la capacidad humana y material. Si se estropean los equipos hay que repararlos rápidamente aunque en el entorno no haya empresas de servicios especializadas ni técnicos con los conocimientos necesarios.

     

    Macete no ha olvidado la fecha del 4 de octubre de 1999, cuando a las ocho de la mañana comenzó a trabajar en el CISM. Tuvo previamente una entrevista con Pedro Alonso, que le habló de la actividad investigadora del centro y de los proyectos de la institución. Macete le confesó que de todo lo que le había contado tenía una sola preocupación: “Yo no soy un genio. La idea que tengo de la gente que hace investigación es que son muy ilustrados e inteligentes, y mi patrón de inteligencia no es muy alto”. Alonso le respondió que no precisaban de genios, sino de buenos trabajadores. “Si es para trabajar, nos entenderemos”, le aseguró.

     

    Eusebio Macete habla un español culto y fluido, una mezcla de dejes tropicales y catalán. Es elocuente, simpático y tiene una gran agilidad de reacción. Tiene el pelo corto y la frente despejada. Viste una camisa blanca con dibujos de diseño africano, pantalón negro y alpargatas de labrador oscuras. Nació en 1968. Su padre era mecánico de tractores en una compañía azucarera y su madre, campesina. Pasó su infancia en el campo. Es hijo del sistema marxista que Samora Machel puso en marcha en Mozambique tras la independencia de Portugal con el objetivo de elevar las tasas de educación de la población.

     

    Cursó secundaria durante tres años en Cuba, regresó a Mozambique y continuó estudiando sin que sus padres tuvieran que costear su formación. Se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad de Maputo. Disfrutó de una beca de la Cooperación Suiza para terminar sus estudios con la condición de trabajar cada día en el del Ministerio de Sanidad. Eligió el departamento de epidemiología, desde donde conoció la situación del país, viajó por las diferentes provincias y se familiarizó con el sistema nacional de salud.

     

    En aquella época no se contemplaba la investigación. Fueron educados con la mentalidad de servir al enfermo del campo. Al acabar medicina, el sueño de cualquiera era ser médico rural entregado a salvar vidas en un distrito abandonado. Sus primeras responsabilidades en el CISM fueron la atención asistencial en el hospital de Manhiça y trabajar sobre el terreno en un estudio de redes mosquiteras en varias provincias. En 2003 Pedro Alonso le nombró coordinador del centro. Ese mismo año, el CISM empezó el primer estudio en Mozambique para la prevención de la malaria utilizando un tratamiento preventivo de pastillas, cuando los niños venían a vacunación. Este concepto de tratamiento intermitente, realizado por brigadas móviles (personal del sistema nacional de salud que se desplazan a vacunar allí donde no hay centros de salud), funcionó bien y amplió la red de cobertura de vacunación de la población.

     

    Entre 2005 y 2008 Eusebio Macete realizó su doctorado en la Universidad de Barcelona y un máster en Salud Pública y epidemiología. En 2007 pasó seis meses formándose en la sede central de la OMS, en Ginebra. De regreso a Barcelona, trabajó en la AECID adquiriendo experiencia en gestión de proyectos. En esa última etapa estuvo muy involucrado en las discusiones para la creación de la Fundación Manhiça. En julio de 2008 regresó a Mozambique y en noviembre asumió la dirección del CISM, que le había propuesto Pedro Alonso. “Este cambio de generación nos obliga a mantener la atmósfera, la imagen y la cultura de trabajo que se ha creado a lo largo de todos estos años, al margen del entorno que nos rodea”.

     

    Eusebio Macete afirma que es muy difícil ganarse la confianza y muy fácil perderla. “Yo pienso que el gran desafío del CISM es mantener a lo largo del tiempo la confianza y el prestigio que ha conseguido construir a nivel nacional, regional y global”. “El gobierno de Mozambique tendrá que asumir el potencial que se ha creado en Manhiça. Se ha hecho a base de mucho esfuerzo, gracias a la cooperación internacional, pero poco a poco el gobierno tiene que ir creando condiciones para que pueda asumir la totalidad. Con esto no quiero decir que significa la salida de la Cooperación Española, ni mucho menos; pero tiene que haber una señal del gobierno de Mozambique de asumir este potencial”.

     

    Eusebio Macete me explica que el CSIM ha construido una plataforma de crecimiento institucional muy importante, con una estructura financiera administrativa que encaja en la de Mozambique. “Es una institución contable y auditable transparente, que en un país como este es un paso enorme”. Es importante mantener esa cultura de transparencia, de buen trabajo y prestigio. Según Macete, el futuro del centro depende mucho del futuro del país y de su estabilidad. Piensa que la gente tiene que percibir confianza en el modelo de gestión nacional. “Esa cultura del bien público, de no sobrepasar al estado, vendrá con el tiempo. A Europa le llevó más de 50 años llegar donde está hoy. Mozambique necesita estabilidad de gobernación”.

     

    Le pregunto si no existe en Manhiça el riesgo de fuga de talentos. Macete lo interpreta como una necesidad humana de supervivencia. “Una persona que haya nacido en esta esquina del mundo tiene todas las barreras que el ser humano pueda tener. Desde aquí se ve que hay otro lugar en el que poderse ganar bien la vida, que a sus hijos no les piquen los mosquitos y que su mujer pueda trabajar de forma digna. Existe, pero le impiden ir”. A pesar de esa necesidad de supervivencia y el deseo del ser humano por mejorar su futuro, en general los mozambiqueños no emigran mucho. Cuando lo han hecho ha sido por causa de las guerras, como refugiados a países vecinos, o por estudios y formación. El mozambiqueño está muy arraigado a su tierra, y la comunidad mozambiqueña en el exterior es pequeña. Ahora, con el descubrimiento de grandes yacimientos de gas y otros minerales y el crecimiento económico, el país se ha convertido en un lugar atractivo. Incluso muchos extranjeros se están asentando aquí. Por eso los mozambiqueños se preguntan: ¿Por qué tengo yo que irme? A poco que hayas estudiado puedes encontrar trabajo”.

     

    Como dijo Eusebio Macete a sus compañeros de máster en Barcelona, “lo que yo voy a hacer en Mozambique ya lo hicieron en España diez generaciones antes que vosotros. Ahora me toca hacerlo a mí en mi país”.

     

     

     

     

    Este texto pertenece al libro A la sombra del cajueiro, que acaba de publicar gracias al patrocinio de la Agencia Española para la Cooperación Internacional y el Desarrollo (AECID).

     

     

     

     

    José Luis Toledano es periodista. Fue el primer director de FronteraD, donde ha publicado Crónicas coloniales: Mozambique y España, lazos y guiños, Lampedusa, la isla del deseo y Túnez, de la zarza al jazmín.

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