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    La banda que escribía: John Hersey, Hiroshima y el ‘New Yorker’

    Marc Weingarten - 14-03-2013

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    A finales de 1945, una vez concluida la guerra, Hersey viajó a China y Japón en busca de crónicas para Life y The New Yorker. Antes de embarcarse, se sentó con el editor jefe William Shawn, que le sugirió que escribiese sobre la vida de aquellos que habían sobrevivido a las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de agosto. Shawn creía que, informando acerca de los efectos secundarios generados por el cataclismo más importante en toda la historia bélica, cambiaría el punto de vista de los lectores, para quienes todo aquello no había sido más que una abstracción: dos nubes en forma de champiñón cuyo resultado fue la rendición de los japoneses y la victoria de los estadounidenses. A pesar de las miles de palabras que se habían escrito sobre la bomba, nadie había tenido en cuenta el factor humano, un descuido incomprensible que Hersey quiso rectificar.

     

    A este le atraía la idea de documentar las repercusiones del impacto “sobre la gente más que sobre los edificios”, pero no sabía cómo abordar la cuestión, cómo reducir a escala humana una tragedia de semejante magnitud. En el trayecto desde el norte de China a Shanghái, a bordo de un destructor, Hersey se pasó el viaje postrado en la cama por culpa de una gripe, y algunos miembros de la tripulación le facilitaron material de lectura procedente de la biblioteca del barco. Uno de los libros era la novela que Thornton Wilder había escrito en 1927, El puente de San Luis Rey, y de ahí sacó el patrón narrativo para su crónica sobre Hiroshima. A Hersey le impactó el modo en que Wilder reconstruía una tragedia —en su caso, el derrumbe de un puente colgante en Perú— centrándose en las cinco víctimas y reconstruyendo sus vidas hasta el día del fatídico accidente, día en que sus destinos se entrecruzaron.

     

    Nada más llegar a Hiroshima el 25 de mayo, Hersey trató de encontrar a algún residente en la isla que hablase inglés. Conocía el informe sobre el bombardeo que un jesuita alemán le había enviado a la Santa Sede, así que fue en busca del cura y lo encontró, y el padre Wilhelm Kleinsorge le presentó a gente a la que podría entrevistar. En total, conoció alrededor de cincuenta personas y luego redujo el grupo a seis —Kleinsorge, una empleada, una costurera, un médico, un pastor de la iglesia metodista y un cirujano—. Hersey pasó seis semanas realizando entrevistas rigurosas y regresó a Nueva York el 12 de junio.

     

    Seis semanas después, Hersey ya había convertido sus numerosas notas y transcripciones en un artículo de ciento cincuenta páginas (treinta mil palabras) con el título ‘Some Events at Hiroshima’. La idea inicial era presentar la crónica en cuatro números consecutivos de la revista, pero aquello presentaba un problema de continuidad. Un lector que no hubiese leído la primera entrega necesitaría una sinopsis, mientras que alguien que ya la hubiese leído se aburriría con tanta recapitulación. Shawn sugirió presentar toda la crónica de golpe y en una sola entrega, una decisión sin precedentes en la revista. El redactor jefe, Harold Ross, tenía sus dudas acerca de aquella opción tan radical; después de todo, los lectores de The New Yorker se habían acostumbrado a esa mezcla entre lo serio y lo ligero, ¿podrían prescindir de las viñetas a cambio de un largo y deprimente análisis sobre la insondable tragedia humana? Ross le estuvo dando vueltas al asunto durante una semana, hasta que echó un vistazo al primer número de la revista, en el que se afirmaba lo siguiente: “The New Yorker comienza con una seria declaración de intenciones”. Estaba todo dicho, la revista publicaría la crónica en una sola entrega y excluiría lo demás. Pero antes Ross realizó cambios en el texto con el fin de conseguir el máximo impacto emocional.

     

    The New Yorker tenía la costumbre de hacer una prueba de galera de todos los borradores para que Ross y Shawn pudieran visualizar los artículos tal y como se publicarían en la revista. En el caso de ‘Some Events at Hiroshima’, Ross lo editó línea por línea y garabateó notas en los márgenes de la prueba para que Hersey pudiera leerlas. “Fue la primera vez que experimenté una labor de edición tan cuidadosa”, dijo Hersey, cuyos artículos en Life se publicaban sin un solo cambio editorial.

     

    Ross y Shawn trabajaron en ello jornadas de veinte horas durante diez días seguidos. Postergaron los asuntos menos importantes de la revista y se encerraron en la oficina de Ross, donde corregían el texto a un ritmo frenético para que Hersey pudiera reescribirlo nada más recibir las páginas. Cuando terminaron, los editores habían realizado más de doscientos cambios, y entre ellos habían acordado reducir el título y dejarlo en ‘Hiroshima’. Según un artículo de la Newsweek publicado poco después de la aparición de ‘Hiroshima’, “nadie fuera de la oficina de Ross, excepto un asistente estresado, sabía lo que estaba pasando”.

     

    En su hoja de dudas para el departamento editorial, Ross expuso sus ideas:

     

    “Todavía estoy insatisfecho con el título de la serie. En todo momento me he preguntado qué fue lo que mató a esta gente: las quemaduras, los escombros que cayeron, las contusiones... ¿qué? Me he pasado todo un año preguntándome esto, y esperaba que el artículo me diera la respuesta. No ha sido el caso. Hay aproximadamente cien mil personas muertas, pero Hersey no dice cómo murieron. Sugiero que Hersey le preste atención al tiempo; debería introducir de vez en cuando la hora y el minuto, ya sea de manera exacta o aproximada. El lector pierde la noción del paso del tiempo y nunca sabe qué hora es, si son las diez de la mañana o las cuatro de la tarde. Me di cuenta de esto cuando llevaba la mitad leída, lo anoté y lo he mencionado varias veces. Este es el motivo por el que he sido tan insistente”.

     

    Lo que Ross quería era una crónica exacta de los eventos tal y como sucedieron en tiempo real. Algo parecido a un equipo de documentalistas grabando a seis personajes en un plano secuencia sin ningún tipo de montaje. Cada vez que Hersey se adelantaba a los eventos, o hacía referencia a algo que los personajes no estaban viviendo en ese preciso momento, Ross sugería que lo quitase.

     

    Hersey presenta a sus personajes describiendo con exactitud lo que hacían cuando ocurrió la explosión, lo que confiere a su narración una particularidad inquietante. El artículo empieza así:

     

    “Exactamente a las ocho horas y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el preciso instante en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiki Sasaki, una empleada en el departamento de personal de la Fábrica de Estaño del Este Asiático, acababa de ocupar su puesto en la planta de oficinas y estaba girando la cabeza para decirle algo a la chica sentada en el escritorio contiguo”.

     

    El artículo se convierte en una lucha de sus personajes por recuperar la normalidad a pesar de lo atroz del evento, y Hersey se ciñe a los detalles de esta lucha, pequeños actos llenos de sacrificio e inventiva que terminan siendo cruciales de cara a la supervivencia de los personajes. Lo que hace de ‘Hiroshima’ un antecedente fundamental del Nuevo Periodismo es, entre otras cosas, el modo en que Hersey describe diligentemente las reacciones internas de sus personajes. Las ideas se agolpan en sus cabezas cuando el “fogonazo silencioso” se cierne sobre Hiroshima. La señora Hatsuyo Nakamura, costurera, se salva de morir sepultada bajo su casa totalmente destruida, el desastre rápidamente la espabila y actúa con inmediatez.

     

    “La señora Nakamoto cruzó la calle con la cabeza ensangrentada y dijo que su hijo tenía cortes graves, ¿tenía la señora Nakamura alguna venda? La señora Nakamura no tenía vendas, pero volvió a trepar sobre los restos de su casa y sacó una tela blanca que había estado utilizando en sus labores de costurera, la rasgó en tiras y se las dio a la señora Nakamoto. Mientras buscaba la tela, vio su máquina de coser, regresó a por ella y... sumergió el símbolo de su sustento en el receptáculo que había sido durante semanas el símbolo de su seguridad: un tanque de agua enfrente de su casa, el tipo de tanque que se le había ordenado construir a todas las familias ante un posible bombardeo”.

     

    ‘Hiroshima’ no celebra el heroísmo extraordinario de la gente ordinaria, es demasiado desalentador para hacer algo así. Para una revista que, en cierto modo, solía seguir una línea refinada, es extremadamente gráfico (“sus caras estaban completamente quemadas, las cuencas de los ojos, vacías: los ojos se habían derretido y el líquido se esparcía sobre sus mejillas”), pero el tono es tranquilo y medido. Hersey deja de lado toda histeria innecesaria y construye un paisaje apocalíptico mediante descripciones precisas, monólogos interiores y puntos de vista en constante cambio.

     

    Fue un artículo radical para 1946, solo un año después del final de la guerra. Le otorgó voz y un sentido trágico al enemigo. La fuerza de sus imágenes resonó en aquellos que nunca habían pensado, o que directamente habían rechazado, la difícil situación en la que se encontraban las víctimas de la bomba. En 1999, el departamento de Periodismo de la New York University nombró ‘Hiroshima’ la crónica periodística más importante del siglo veinte.

     

     

     

    Fragmento de libro de Marc Weingarten La banda que escribía torcido: Una historia del nuevo periodismo, que esta semana publica Libros del K.O.

     

     

     

    Marc Weingarten es escritor, editor y cineasta, autor de libros como Station to Station: The Secret History of Rock & Roll on Television y el editor de Yes Is The Answer (And Other Prog-Rock Tales) y de documentales como God Bless Ozzy Osbourne. Para La banda que escribía torcido entrevistó a 76 figuras del llamado nuevo periodismo

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    ISSN: 2173-4186 © 2014 fronterad. Todos los derechos reservados.

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