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Los nombres de las cosas el blog de Laura Ferrero Carballo


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11 de septiembre, 2014

Septiembre

 

Ningún destino es tan ingrato

como el de las personas condenadas a vivir

eternamente en septiembre.

(A. Grandes)

 

Hoy he hecho como si fuera verano todavía. Como si esto aún fuera agosto y no existiera la vuelta al cole. Así que me he puesto el bikini y me he ido a la playa. Necesitaba un simulacro de verano. ¿Importa al final que no sea agosto si se finge que lo es? No, no mucho. Aunque luego, claro, una llega a la playa y se da cuenta de que en cuestión de días, el sol ya no calienta tanto y que la crema protectora se queda al fondo del bolso sin utilizar. No es agosto. La playa, un poco más vacía ya de veraneantes, está inexplicablemente más triste y en el agua solo quedan niños y colchonetas y los padres que los observan desde la orilla. Sí, el agua está más fría. Me he acercado con intención de seguir creyendo en un agosto ficticio pero he puesto el pie en la arena mojada y ya no me ha hecho falta nada más. Me he vuelto resignada a mi toalla. Tú ganas, septiembre.

 

Septiembre es uno de esos meses extraños: no es 'ni chicha ni limoná'. Agosto es verano y hace calor. Y octubre ya es otoño, las hojas caen y hay castañas y todas esas cosas que de pequeño te enseñan en el colegio. Pero septiembre se queda a medias: es un mes de mudanzas y de adaptar ritmos otra vez. La vuelta al cole, con la resaca del verano y el miedo de que el año –escolar pase igual de rápido que el anterior. Sí. El olor de septiembre; ese olor a forro de libro nuevo.

 

No sólo sé que se ha terminado el verano porque el agua está fría. Sé que llega septiembre cuando no dejo de leer la palabra 'rentrée' en los suplementos literarios. Cómo nos gusta esto de los cánones y que de repente todos tengamos que leer lo mismo y opinar sobre los mismos libros: Julian Barnes, A. M. Homes, Siri Hustvedt, el querido Knausgard que sigue por ahí… En fin. Pero yo no quería hablar de la rentrée. Quería hablar de septiembre y de un relato que me ha venido a la cabeza hoy en la playa: ‘La niña que no tuve’, de Rodrigo Rey Rosa, un autor maravilloso para quien no lo conozca (como yo hace poco). Nos cuenta la historia de una niña de ocho años a la que solo le quedan tres meses de vida debido a una extraña enfermedad. Pero no es un relato que hable acerca de la muerte, sino acerca del tiempo que tenemos y de lo que hacemos con el tiempo que tenemos. Y sobre todo, de la necesidad de mentirnos los unos a los otros cuando la cosa pinta mal. Hace días que leí el relato y hoy me he acordado de la niña, como si esa niña existiera, y de este diálogo tan aparentemente normal:

 

Un drogadicto dijo ella, y el hombre pudo oírla.

Tal vez dije.

En la calle, me recriminó:

Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.

Tal vez te oyó.

Y qué, es la verdad.

A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.

Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo:

Supongo que no.

 

En el relato no pasa gran cosa. O muchas, depende de como se mire. Pasa que la niña sabe que va a morirse y no tiene tiempo que perder. Justo por ello, no quiere que nadie le mienta y le diga esas tonterías que nos solemos decir para hacernos menos daño. La niña tiene razón: a la gente no le gusta que le digan la verdad. Perdemos una gran cantidad de tiempo inventándonos excusas y dando rodeos. Después, la vida pasa rápido y de repente es septiembre otra vez, estás en la playa y te das cuenta que el agua está fría y que anochece mucho antes. Y te acuerdas de una niña que no existe más que en un cuento y vuelves a pensarlo: cuánta razón. En fin.

 

Bienvenido, septiembre, ya no voy a pensar más que es agosto.

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