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El mirador el blog de Alfonso Armada


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30 de octubre, 2018

Cold War, la noche y el sueño del deseo

 

Puente sobre el Miño en Taboada

 

Espera. Escribo apenas una frase acerca de lo perdido. Del amor apasionado. De lo que un día soñaste. De lo que has perdido.

 

Luego vuelve a ese barco que surca el Sena. Ellos, abrazados en cubierta, para darse amparo y calor a medida que la barcaza avanza, lenta pero implacablemente, se ilumina una franja de muelle. Un solitario. Una pareja. Terraplenes de piedra. Unas voces. Unas risas. Eso es exactamente el cine. Y eso es lo que hace Cold War.

 

 

*   *    *

 

El blanco y negro habla con precisión y nostalgia. O con la precisión engañosa de la nostalgia. Tal vez porque la memoria está asociada a imágenes que eran grabadas en fotografías, periódicos, noticiarios, documentales y películas en blanco y negro. Si la realidad de la guerra fría era la de una posguerra en blanco y negro, tiene toda la lógica que Pawel Pawlikowski recurra a esa textura de grises para hablarnos de sus propios recuerdos con los que nosotros podemos establecer un vínculo histórico y emocional. Como si así fuéramos más fieles.

 

 

*   *    *

 

Joanna Kulig es una actriz polaca. Como polaco y actor es Tomasz Kut. El cine es un arma peligrosa en manos de cineastas mitómanos y de espectadores mitómanos. Como Pawel Pawlikowski en el primer caso, como yo en el segundo.

 

El cine sirve para plasmar los sueños. Y el cine de Pawlikowski lo sabe y se aplica a ello como si no hubiera muerto. Como si todavía pudiese significar algo extraordinariamente valioso para nosotros, y al mismo tiempo para Polonia, la imaginación, el séptimo arte, el deseo, el arte, el polvillo impalpable que es nuestra vida.

 

El ansia y la desesperación son compartidos. Como la necesidad de amar así, de sufrir así, de contarlo así.

 

Está dedicada Cold War a sus padres. El filme contiene rasgos biográficos y autobiográficos. Y está llena de cine. Y de planos tan portentosos como el último, que se convierte en un plano magistral sobre la muerte, el punto de vista, el silencio, el suicidio, la ética de las decisiones, dónde poner la cámara, qué mostrar, qué implicaciones tiene desde el punto de vista estético y moral.

 

Y la última frase: “Crucemos al otro lado. Hay mejores vistas”. Es decir:

 

—Aquí, en la realidad.

—Aquí, en Occidente.

—Aquí, fuera de campo.

—Aquí, en el envés de la trama, de la fotografía. De lo que el director quiere y espera de nosotros.

 

 

*   *    *

 

Una vez más, una noche más, voy a volver a Cold War. Por varios motivos.

 

Porque no deja de dar vueltas como una noria silenciosa en mi cabeza.

 

Porque sé que tengo que perderme por Varsovia.

 

Porque su música perfora como una droga de la que vamos a seguir reclamando nuevas dosis.

 

Porque esa plata quemada de su táctil blanco y negro es el que tiene que ver con la memoria que deseamos entonces.

 

Porque si no has visto Cold War corre a verla la primera noche que puedas. Hay que verla de noche, y no sólo porque es en blanco y negro, sino porque ese amor es de los que te adentran en lo desconocido. Se meterá para siempre en tu cabeza. Para vivir así.

 

Un proverbio japonés dice hay un hilo rojo que, invisible, une a dos personas.

 

Invisible y fortísimo.

 

 

*   *    *

 

¿Por qué Cold War sigue dando vueltas en tu cabeza y probablemente se quedará para siempre contigo? Tal vez porque es el tipo de cine que soñabas hacer cuando soñabas hacer cine.

 

 

*   *    *

 

Los verdaderos Wiktor y Zula murieron en 1989, justo antes de que cayera el Muro de Berlín. En las notas de producción se lee: “Pasaron 40 años juntos de forma intermitente, rompiendo, peleando y castigándose a ambos lados del Telón de Acero”. Su hijo, el director Pawel Pawlikowski, lo resumen así:

 

—Eran personas fuertes y maravillosas, pero como pareja eran un auténtico desastre.

—Visto desde fuera, sus vidas no parecían tener un gran interés dramático.

—Aunque mis padres y yo estábamos muy unidos, yo era su único hijo, cuanto más pensaba en ellos después de que hubieran fallecido, menos los entendía.

—He vivido mucho y he visto muchas cosas, pero la historia de mis padres lo supera todo. Comprendí que eran los personajes dramáticos más interesantes que había conocido.

—Sus caracteres eran incompatibles, no podían estar juntos, pero se echaban terriblemente de menos en cuanto se separaban; la dificultad de la vida en el exilio, de seguir siendo tú mismo en una cultura diferente, los problemas de vivir bajo un régimen totalitario, de comportarse decentemente a pesar de las tentaciones, de no hacerlo. 

 

Río Miño de cobalto

 

Y al fondo, como un relámpago, los muelles de París. Lo que el cine semeja mostrar. Sombras, apariencias, deseos. Nada.

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