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El mirador el blog de Alfonso Armada


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8 de enero, 2018

En torno a un crimen. Dostoievski en Japón

  

 


Me temo que he tardado demasiado tiempo en transcribir mis notas, porque la película ya no está en la cartelera madrileña. Pero de todos modos me gustaría que (tal vez) estas letras sirvieran de acicate para que alguien en algún lugar hiciera como Nona Fernández cuando (como cuenta en su estremecedor La dimensión desconocida, Literatura Random House) llevó a su madre a ver el documental en el que había colaborado sobre las torturas, los asesinatos y las desapariciones en el Chile de Pinochet, aunque fueran las dos únicas espectadoras de la sala, mientras en el resto avasallaban los habituales productos (no diría filmes) made in USA, que gozan de los fervores de la mayoría en casi todas partes.

 

El tema capital de El tercer asesinato es la verdad, y cómo las instancias sociales se conforman con un veredicto que deja más preguntas sin respuesta de las que el juicio (y la película) propone. Pero hay un momento en que hay que seguir la ficción de la vida. ¿O estamos dispuestos a ponerlo todo en entredicho? El periodismo también ha llegado a esa conclusión. Lo que ocurre es que es mucho más superficial, menos hondo, menos perseverante, y da por bueno el adagio de que como la verdad no existe todas las opiniones han de ser tenidas en cuenta. Pero la verdad existe.

 

 

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Si cada día (cada noche) te dedicas a un aspecto de El tercer asesinato tal vez podrías referirte a estas palabras de su director, Hirokazu Kore-eda: “Normalmente, en cine, la verdad, se sabe al final. En esta película solo acaba el procedimiento legal, pero los personajes siguen ignorando la verdad. Muestra que nuestra sociedad acepta un sistema imperfecto que solo se sostiene porque se juzga sin saber la verdad”.

 

A pesar de que durante las más de dos horas de proyección intenté prestar la máxima atención, para no perderme ninguno de los subtítulos (que eran siempre un resumen, o casi siempre un resumen, a veces una perífrasis, otras veces síntesis y simplificaciones) y ninguna imagen, sé que tuvo dos micro pérdidas de conciencia, o microcabezadas. Pero me parece que no me perdí nada fundamental. Y a pesar de eso, mientras salíamos, les dije a mis compañeras de viaje que me gustaría volver a ver El tercer asesinato. Por su extraordinaria inteligencia y belleza, por su profundidad y su conocimiento (del alma humana y de la sociedad japonesa). Pero también porque el filme toca uno de los asuntos capitales del arte, del periodismo y de la vida: la verdad.

 

 

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Para el periodismo es capital la cuestión de la verdad. El espejo en el que nos miramos para tratar de reconocernos. En el caso de los abogados, su propio oficio, su razón de ser, no es tanto la justicia, la verdad, como salvar a su defendido de un castigo que a su juicio no merece. Pero ¿qué ocurre cuando el propio reo reconoce su culpa? En esta película de Hirokazu Kore-eda no dejamos de dar vueltas en torno a esa escurridiza verdad y cómo tanto los medios de comunicación como los espectadores vamos desplazando nuestras simpatías, y nuestras convicciones, a medida que nos vamos adaptando a lo que sabemos. ¿Qué ocurrió en realidad cuando no hay testigos presenciales y hemos de basarnos en el testimonio que el reo proporcionó a las autoridades? ¿Podemos llegar a la verdad en un juicio, en el curso de nuestras vidas, en una noticia, en una crónica? Está claro que en un caso así lo que más necesitamos es tiempo, tiempo para escuchar, tiempo para indagar, tiempo para pensar, tiempo para sospechar, tiempo para entender.

 

 

*     *     *

 

La cámara (de Mikiyo Takimoto, aunque siempre atenta a las indicaciones de Hirokazu Kore-eda, que no por accidente firma también el guión, como no podía ser de otra manera) es en esta película, en este cine, un cómplice extraordinario. En el cine siempre debería serlo. Pero en buena parte del cine de las últimas décadas es tan previsible, tan banal, como nuestro ojo ávido, como el párpado atroz del televisor. Y no porque en este cine, en El tercer asesinato, adquiera un protagonismo inusitado, sino porque se proponer volver a ser, volver a visitar la realidad, reavivar nuestra forma de asomarnos al tiempo que hace y al tiempo que somos. La cámara huye tanto del ruido como huye el guión, como huyen los personajes. Hay un rumor de trenes. Hay un rumor de nieve. Hay un rumor de muelas. Aquí los personajes comen. Se miran. Se escuchan. Se esconden. Se abrazan por detrás. No se tocan en absoluto. Aunque lo ansían tanto como tomar un pájaro entre las manos para que no se muera de frío, para que no se extravíe. Como los hijos.

 

En realidad, como las hijas, que tienen un papel decisivo aquí. Porque desencadenan la acción. Son capaces de actuar. Pero también de fingir que lloran. O de desaparecer de la vida del padre (para salvarse y para salvarlo) o para asesinarlo (para salvarse y para salvarlo). La cámara levanta de repente la mirada de los rostros para referirse al cielo. O para referirse al suelo desde el cielo. Habla, como hablan en la última escena, de las estaciones. De las yemas. De los brotes. Del viento entre los árboles.

 

Este cine, al ser tan consciente de que es un artefacto distinto de la vida, un poderoso instrumento de estilización, sirve a un propósito mayor: hacernos conscientes de las potencialidades de la vida: como abogados, como periodistas, como padres, como hijos. Y del significado de la verdad. Nos obliga, sutilmente, a revisar nuestra propia biografía. Por eso quise volver a verla. Porque se trata de un espejo negro, de mano, que parece papel de lija, y que deja una suave película roja, como de sangre, en la cara del que se asoma. Como la que el reo, y la hija de su patrón, tratan de quitarse de la cara. Cuando se ha secado. Cuando parece la pigmentación que el frío, el alcohol, nuestra melanina, ha dejado ahí, en la mejilla, como un mapa de nuestras intenciones y de nuestros hechos.

 

 

*     *     *

 

Ahora tendría que volver al cine, solo, y volver a escuchar a los actores de este drama que pareciendo teatral, y siéndolo, sin embargo no desdeña su origen en la literatura ni su proyección en un cine. Cómo siguen respirando en mi memoria los pajarillos que enterró a la puerta de su casa y el que echó a la vida por si tenía suerte y lograba aclimatarse de nuevo a la libertad.

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