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El mirador el blog de Alfonso Armada


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8 de agosto, 2016

Nikola Tanaskovic, o cómo atravesar la noche con un acordeón

 

“El cuerpo de Bernard Guidonis, nacido en Francia cerca de Roche-Abeille,

aunque murió siendo arzobispo de Tuy, en España, fue llevado,

como él mismo había ordenado y a pesar de rey de Castilla,

a la iglesia de los Dominicos de Limoges. ¿Hay quien diga lo contrario?”.

 

Víctor Hugo, Los miserables

 

 

En una esquina del claustro de la catedral de Tuy, bajo un Cristo sobrio, que paree ocultar su rostro para que no veamos la intensidad de su dolor, Nikola Tanaskovic abraza su acordeón negro como si encerrara algo más que mar y viento. Arrancó con De profundis, el Salmo 130, obra de la compositora rusa de origen tártaro Sofia Gubaidulina, nacida en 1931, y enseguida comprendimos que la noche no nos iba a dejar intactos. Lo que este muchacho nacido en la localidad serbia de Novi Sad hace 26 años hace con el acordeón es un misterio. A veces un barco ebrio, otras el viento que agita el bauprés. Logra que música compuesta en nuestro siglo para expresar lo inexplicable se vuelva legible gracias al acordeón. El sonido semeja en ocasiones como si imitara el sonido de un barco atravesando la ría y desvaneciéndose en medio de la niebla. Suenan las campanas de las diez de la noche en una torre que no sé es la de la catedral, pero da la impresión de que Nikola la estuviera esperando para que le acompañara en esta travesía estremecedora. Pasa una golondrina por el claustro y es como si Cristo volviera el rostro para escuchar mejor. Hasta llego a imaginar que cobra vida, despertado por la música, y le suplica quedamente al músico, y a nosotros, que por favor le desclavemos. Me dejo llevar por esa veta de la imaginación mientras el acordeonista repasa cuatro siglos de música española, desde Antonio de Cabezón, organista de la capilla musical de la emperatriz Isabel de Portugal y al servicio de Carlos V desde 1538, hasta las Arquitecturas del silencio, de José María Sánchez Verdú, que desdobla, como él mismo dice en el español cálido que emplea, en arquitecturas del pensamiento y arquitecturas del alma.

 

 

¿Qué sonidos se pueden extraer de un acordeón negro como la antracita con estrellas de mica fabricado primorosamente en Italia? Un instrumento que se toca abrazándolo no se parece a ningún otro. A veces parece un radioaficionado en mitad de la noche, mientras el cielo sobre el claustro se va volviendo azul cobalto. De repente es como si el instrumento tuviera miedo y hubiera en parte enmudecido. La dicha de enmudecer. O buscara otros registros. Otra voz. Como una partitura en morse. De nuevo, señales tenues de un barco perdido en medio de la oscuridad y de la niebla. Y un teléfono que comunica, que no da señal, que no sirve para lo que fue ideado. ¿Como los teléfonos de hoy día, que no sirven para escuchar y con los que acaso nos comunicamos menos que nunca porque no tenemos nada verdadero que decirnos? ¿Es acaso lo que intenta decirnos Nikola Tanaskovic? A menudo, cuando toca, cierra los ojos. Como si así nos ayudara a escuchar más profundamente. Su forma de tocar es como si llevara entre los brazos un órgano, una orquesta, un pesar y una dicha que nos entrega a cada uno sin énfasis, sin la menor pretensión, sin manierismos. Él nos dirá luego, cuando nos lo presenten en la propia catedral desierta, que quedan muchos sonidos por extraer del acordeón. Como si fuera (lo pienso en medio del concierto y de la noche) una caja de Joseph Cornell.

 

 

Hay conciertos que nos hacen creer que somos mejores, o que podemos serlo. Como si la música afinara nuestra inteligencia, aguzara nuestra sensibilidad. Es lo que hace este músico extraordinario que jamás ha querido utilizar el acordeón para tocar melodías folclóricas, tan caras a la tradición de su país, a los Balcanes. Es como si quisiera utilizar el acordeón para construir otros puentes, menos efímeros, menos excluyentes. Es como si todo el tiempo, sin el más mínimo atisbo de orgullo o de petulancia, pero con la mayor exigencia y ternura, no estuviera enseñando el arte de escuchar.

 

 

 

 

Fotografías: María Ucieda

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