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El mirador el blog de Alfonso Armada


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27 Marzo 2013

El sueño de Anne Serrano y Antonio Tabucchi

 

 

Llegamos a Génova en un tren que parecía haber partido de Madrid hace treinta años. Llegó con retraso, con dos vagones a oscuras, clausurados, y buena parte del pasaje en el pasillo, como si huyera de alguna guerra. Cuando el convoy abandonó Milán la noche ya había borrado las cimas nevadas de los Alpes, que se atisbaban donde los andenes buscaban el punto de fuga, más allá de la formidable marquesina que los fascistas levantaron cuando soñaban que su imperio, como el nazi, iba a durar mil años. Para nuestra sorpresa, la reacción del pasaje fue la resignación. Atravesamos una Italia a oscuras, con un traqueteo manso, rítmico, como cuando los trenes parecían ser máquinas a la medida del hombre, no corrían como alma que lleva el diablo, sino como ejemplos industriosos de una revolución que prometía trabajo y vivienda decente para todos (sobre todo con la ayuda de los incipientes sindicatos y un marxismo que no se había envenenado de poder y campos de concentración).

 

Llegamos a la estación de Génova como tanteando en la oscuridad, en compartimentos de seis viajeros, jugando al reconocimiento de tres en tres, como en los viejos trenes españoles, antes de la alta velocidad, la burbuja del ladrillo, la codicia como una nueva virtud predicada por los socialistas, el espejismo de haber ingresado por fin en las grandes ligas del capitalismo.

 

Había cogido El tiempo envejece deprisa en el último minuto, como en una intuición basada en un cálculo de probabilidades. Si la obra que íbamos a ver en Génova estaba inspirada en las palabras de Antonio Tabucchi era bastante factible que Anne Serrano (dramaturga, directora y co-intérprete, junto a Matteo Aldo Maria Rossi) se hubiera servido del último libro de cuentos que el escritor italiano enamorado de Portugal (eligió ser enterrado en Lisboa) había publicado. Lo que no sospechaba es que el relato que más me había seducido en ese trayecto nocturno entre Milán y Génova, Nubes, fuera el núcleo de Sogni in guerra. Y no solo porque transcurriera en una playa de Croacia después de la guerra que desgarró la antigua Yugoslavia. O porque el protagonista fuera un casco azul italiano envenenado por el uranio empobrecido durante la guerra de Kosovo. O porque la niña que interpretaría Anne, Isabella, me traía recuerdos de algunas de las obras que habíamos hecho juntos hace muchos años en España con la compañía Koyaanisqatsi, como Carmencita jugando. Los carteles de los montajes de Koyaanisqatsi ("vida fuera de equilibrio", en el lenguaje de los hopi) colgaban escalonadamente en su casa de la calle de Goito, un cuarto piso de techos altísimos, donde la luz entra a raudales por la mañana y hace que la vida sea digna de ser vivida con agradecimiento y alegría.

 

El Teatro Garage no es como la Cuarta Pared. Tiene menos posibilidades para romper el espacio, para jugársela, aunque las butacas rojas son confortables, y no hay nunca demasiada distancia entre los intérpretes y los espectadores. Se llenó la noche del pasado viernes para asistir al estreno (y de momento única representación: un esfuerzo ímprobo) del segundo espectáculo que monta la compañía Amalur Teatro, creada en 2008 por Anne Serrano. Con una introducción de Siri Hustvetd, la pieza está formada por dos sueños y una conversación, o dos sueños y un cuento, todos debidos a la pluma de Tabucchi: Sogno di Francisco Goya y Lucientes, pittore e visionario y Sogno di Federico García Lorca, poeta e antifascista. Así lo cuenta la actriz que empezó a emigrar a Italia hace cerca de veinte años y allí se quedó, por amor y otras vicisitudes, quien sabe si para siempre: “fallecido hace un año. Tabucchi fue profesor de literatura portuguesa durante 15 años en la misma facultad donde yo doy clase de español. Esto sucedió antes de que yo llegara a Génova. Con ocasión del primer aniversario de su muerte, le propuse a la Universidad (degli Studi di Genova) organizar un homenaje. Sogni in guerra nace del anterior espectáculo que hice en Génova por el que recibí el premio Teatro in divenire”.

 

Si José Luis Alonso el viejo decía que el teatro son dos actores, una manta y una pasión, Anne Serrano y Matteo Aldo Maria Rossi lo cumplen a rajatabla: unas telas que cuelgan del peine, tarlatana blanca para el verano, las sombras y la brisa marina; dos sillas que podrían ser de una terraza croata o de un balneario italiano o portugués, una maleta, dos linternas, una guitarra y 96 piedras cogidas de la playa. No hace falta mucho más para que la imaginación vuele, y para que el soldado enfermo de cáncer le enseñe a la niña Isabella al menos dos cosas: que no todos los ideales son respetables y la nefelomancia, “el arte de adivinar el futuro observando las nubes, o mejor dicho, la forma de las nubes”. Los actores se escuchan como si les fuera la vida en ello, con sustancia, pero sin más énfasis del necesario, y sobre todo con esos silencios que le dan autenticidad a una conversación que, siendo teatro, se quiere verdadera. La emoción va avanzando paulatinamente, en ese intercambio entre la niña y el soldado al que asistimos como si estuviéramos asomados a la misma playa sobre el Adriático. La construcción de los personajes se adivina sólida, fruto de ese milagro del que el arte de Talía priva a los espectadores: algo que acontece en la intimidad obscena de los ensayos, cuando en una superficie que parece estéril crece poco a poco un árbol, a veces todo un jardín, pero que busca precisamente que parezca espontáneo lo que es resultado de muchas horas de trabajo lejos de los focos. Lejos de nosotros, el público, que con nuestro libérrimo uso de la voluntad cerramos el círculo de tiza de un espectáculo que solo tiene lugar, ocurre, ante nosotros, en el tiempo, y que es irrepetible, aunque las funciones se parezcan. Por eso el buen teatro acaba por instalarse en un sitio todavía sin cartografiar que podríamos bautizar como el lugar de la experiencia. Ahí se quedó este Sogni in guerra que Anne Serrano urdió con el valor que la caracteriza desde que hace muchos años decidió arriesgarse a ser más siendo otras efímeras en un escenario.

 

Porque el teatro te capta cuando no las tienes todas contigo. Y cuando te quieres dar cuenta ya no te puedes librar de su influjo. Como el amor, del que mucho escribió Lope, pero con especial agudeza en un soneto famoso: quien lo probó, lo sabe.

 

 

 

 

Fotos: Corina Arranz

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