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Lenguas [email protected] el blog de Anunciata Bremón


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12 de agosto, 2016

Ferlosio lo detectó, nadie lo va a parar

 

…cuando escribió, en el primer número de la revista El Estado Mental, que así como el XX había sido el siglo del feminismo, el XXI era el de la reconciliación definitiva de la mujer con el mercado, el siglo del triunfo de la feminidad: “Así es como el mercado de la feminidad de la industria cosmética, perfumera, de la moda, ha ido inventando un mundo fantasmagórico y cada vez más complicado de ocurrencias inverosímiles que acaba por inventar desde la nada ese fantasma social que llaman la mujer, en singular. Quien quiera leer entera mi entrada que pinche aquí: Feminismo, feminidad. Al final de este post (perdón por la autocita) está el enlace con la revista.

 

Por eso leo con un cierto  fatalismo un reportaje a todo color en el semanal de un periódico dizque serio. Hay varios niños –y niñas sobre todo posando con modelitos sofisticados en posturas de modelos, a veces imitando a los adultos. ¡Qué ricos! Pienso en sus papás, lo primero, y después en los que dirigen la revista, firman el artículo y las fotos, en los anunciantes, las marcas…Título: Los amos del swing. Sumario: La infancia ha dejado de ser un rollo. Moda, libros, belleza y decoración divertidos y rompedores para que los más jóvenes aprendan a vivir según sus propias reglas.

 

Con una desfachatez pasmosa, nos venden la burra de la explotación a fondo de la infancia (antes que nada, la femenina), como una fresca y rompedora novedad, palabra fetiche, equiparable a la idea de nuevos “nichos de negocio”. Antes de esto, parece ser que la infancia era un rollo; claro, sin cosméticos no me extraña. La impostación de esa frase que echa mano de la necesidad de que los más jóvenes “aprendan a vivir según sus propias reglas”… quieren que suene por lo menos a Montessori, o incluso Summerhill. Pero es que se trata sólo de que papá y mamá les compren objetos pensados para ellos, rompedores, divertidos. Arrgg…

 

Sigamos el texto: Un primer paso hacia la independencia a través de los productos de belleza. Diseños únicos y fragancias unisex para abandonar los champús y las colonias del resto de la familia. Hasta los nueve o diez años (…) todavía no hay espacio para la vanidad, aunque irá apareciendo con la preadolescencia. Con ella llegan, como mínimo, las aguas de colonia y los brillos labiales (se hacen los púdicos: ¿desde qué edad se pintan las uñas y lucen esos bikinis a los que le sobra la pieza de arriba?).

 

“Las marcas se han adaptado a la nueva situación con una oferta de cosmética infantil cada vez más variada, que incluye productos y mensajes publicitarios especialmente dirigidos a los más pequeños. Otro factor que incita a los niños a querer sus propios artículos de belleza es que el diseño de los envases es cada vez menos médico y más divertido, al tiempo que se buscan texturas más juguetonas. Y esas “nuevas marcas que se adaptan” se dirigen sobre todo a las niñas, nuevas y prometedoras clientas de una industria hipertrofiada, hambrienta de emprendedores que a su vez estén hambrientos de poner encima de la mesa una propuesta de éxito (o hambrientos a secas!).

 

“Los niños, a la hora de viajar, continúa, “suelen llevar estos cosméticos en sus pequeñas maletas, (…) una excusa perfecta para que ensayen comportamientos adultos, al usar y compartir sus propios productos de belleza”. Desde luego, acaba el artículo, preferencia absoluta por los productos orgánicos. ¡No esperaba yo menos!

 

Supongo que los pequeños ven ya en sus canales –y en los nuestros publicidad no sólo de sus pequeños cosméticos, sino también de sus vestiditos, sus pequeñas maletas, además del mogollón de sus productos audiovisuales y sus deliciosas –cremosas y crujientes comiditas que ya les venden constantemente desde hace décadas. Pronto empiezan a eclosionar hombrecitos y sobre todo –más rentables, sin comparación mujercitas que hacen el famoso tránsito “de niña a mujer” en un pispás que te vas; cuya pequeña vanidad apenas aflorada se convertirá en robusta planta desecante (de esas que se come a todas las demás), volcadas sobre el escaparate de opciones que le prometen partout la felicidad si persiguen sin parar la belleza física total –pero siempre con productos orgánicos, por favor. Pues, sí, es el siglo de la feminidad pero convertida en droga dura. 

 

Una de las fotos del reportaje es en mi opinión especialmente inquietante. La niña, de unos 10 años, muy guapa, luce una especie de impermeable rosa transparente y debajo unos minishorts; está apoyada con languidez en una pared y su mirada pícara y cómplice mira a la cámara sin imaginar cuántos pederastas habrán babeado ante su imagen. ¿No existía algo llamado el Defensor del Menor?

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