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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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14 de julio, 2014

Cinco españoles que conocieron a Joyce

 

Un círculo lacaniano de Madrid me ha invitado a dar una conferencia: estas cosas pasan. Llevan varios años celebrando cursos y en esta ocasión van a centrarse en James Joyce, una figura muy apreciada por psicólogos y psicoanalistas. Mis conocimientos de estos campos, incluso de la hermenéutica de Joyce, son limitados, pero dediqué bastante tiempo a estudiar su recepción en España, no tanto por el autor –aunque terminé prendido en sus redes– sino por repasar y conocer la historia de la prensa en el periodo objeto del estudio: 1920-1976.

 

Quiero, de cualquier forma, que los oyentes pasen un rato ameno –ojalá provechoso– y me parece que se puede trazar una buena trayectoria de Joyce en España a través de los cinco españoles que lo trataron y dejaron testimonio de la relación. Aquellos eran tiempos difíciles para la revolución literaria, porque a partir de 1975 surge toda una generación de autores joyceanos –y enseguida antijoyceanos– y el irlandés puede darse como plenamente integrado en las letras españolas, sobre todo con la traducción de Ulysses de José María Valverde (1976). A esta versión siguió veinticinco años después la de Francisco García Tortosa en Cátedra, que también tradujo un fragmento de Finnegans Wake en un librito delicioso, Anna Livia Plurabelle (Cátedra, 1992), hoy inencontrable.

 

Eduardo Lago lleva tiempo dedicado a la traducción de este mismo fragmento del Finnegans (I, viii) y el resultado se publica en la web de Enrique Vila-Matas. El año pasado, en la Casa del Lector, organicé un encuentro entre ambos traductores con motivo del Bloomsday que resultó bastante gamberro, como le habría gustado a Joyce. Leo en la última entrega –la duodécima– una nota en la que Eduardo Lago informa de que se ha extinguido la Orden del Finnegans. Por primera vez en nueve años “no habrá ido nadie de la Orden a pasear entre las tumbas de Glasnevin, a beber una guinness en la barra del Pub de los Enterradores, nadie dirá a voces en el Estrado de Temple Bar: ¡Qué grandes estamos esta mañana!”, escribe Lago. Pero vamos a esos cinco grandes.

 

El introductor de Joyce en nuestro país y el primer español que le trató –o al menos del que tenemos constancia– fue Antonio Marichalar, tío abuelo, en efecto, de nuestro cortesano desterrado, y encargado de la literatura anglosajona en la Revista de Occidente (Ortega no hablaba inglés). En aquel añorado tiempo los críticos mantenían una estrecha relación con los autores de los que se ocupaban y Marichalar nos legó la descripción siguiente: “Envuelto en su pueril chaquetilla cebrada de azul tiene, personalmente, un indudable aspecto protervo y luciferino: ojos vidriados y que se dirían polifacéticos, barbilla encendida, sonrisa circunfleja –a la vez retenida y atrayente– cordial…”. Revista de Occidente presentó a Joyce en España en noviembre de 1924 con todos los honores y gran repercusión, tanta que Ortega le menciona en La deshumanización del arte (1925) como uno de los superadores del realismo. Alentado por el grupo de Revista de Occidente, un joven Dámaso Alonso acometió la temprana traducción de A Portarit of the Artist as a Young Man (1926).

 

También en los años veinte y en París, Eugenio D’Ors tuvo, más que un encuentro, un encontronazo con el autor irlandés. Ambos competían por la atención de ese gran “corredor de bolsa literario” , Valery Larbaud, que se había comprometido a traducir Ulysses y también Vida de Goya de D’Ors, que recuerda: “No hubo manera de que nada cordial ni tampoco intelectual quedara anudado entre nosotros”. Para el autor catalán la obra del irlandés es una “monstruosidad pueril” y le evoca al paleto en el carrusel, que se queja de que sale “donde se montó, y mareado, y con dos reales menos”.

 

Actitud muy diferente tuvo ante el genio irlandés el joven Juan Ramón Masoliver. Hacia 1930 no paró hasta conocerle en un café próximo a los Inválidos e incluso consiguió que le firmara una carta de presentación dirigida a Ezra Pound. “Hoy me interesa recordar, no más, su figura humana”, escribe Masoliver con motivo de la muerte de Joyce (1941): “Su frente abombada de pensador y su mandíbula voluntariosa, corregidos por la ceguera y por una sonrisa de Gioconda: he aquí un retrato acabado. Añádase las maneras afables, y cierto orgullo o petulancia de introvertido. Y su andar erguido al son de un bastón blanco”.

 

Por casualidad –en una entrevista de Manuel Rivas– encontré al cuarto español que conoció a Joyce, Gonzalo Torrente Ballester, aunque en realidad más que conocerle (no cruzaron palabra) le vio en un estudio de radio en París mientras grababa unos fragmentos de Anna Livia Plurabelle, acompañado por su hija Lucía, en 1936. “Tenía una voz muy chillona, no me causó mucha impresión, y eso que yo era entonces muy joyceano”, declaró. Tan joyceano que Gimferrer aseguró que La saga/fuga de J.B. “era una de las contadas experiencias de la narrativa peninsular realmente afines al espíritu de un Joyce”.

 

El último español de esta galería, César Abín, era uno de los caricaturistas más sobresalientes de París cuando recibió el encargo de retratar al irlandés para el número homenaje de una revista que le preparaban sus amigos con motivo de su cincuenta cumpleaños (1932). Abín realizó un primer dibujo de corte clásico, con el autor rodeado de libros y con la pluma en la mano, pero cuando Joyce lo vio no le gustó y se pasó quince días haciendo modificaciones. “Quiero que usted me haga la caricatura tal y como soy”, le dijo: “Que se vea mi ceguera, mi falta de dientes, la endeblez de mis piernas, mi desidia y mi abandono”.

 

Joyce quedó convertido en un gran signo de interrogación cubierto de telarañas donde Irlanda es un borrón de tinta. Abín –con la colaboración insistente del retratado– pintó la caricatura más famosa del irlandés, que alabó el resultado con el siguiente comentario: “He enseñado la caricatura al dueño del bistró donde acostumbro a comer. No ignorará usted que los dueños de los bistrós son los mejores críticos de arte que existen en el mundo, y puedo decirle que la caricatura le ha satisfecho mucho”.

 

Caricatura de Joyce de César Abín (1932).

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