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De libros raros, perdidos y olvidados el blog de Carlos G. Santa Cecilia


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3 de septiembre, 2016

Faulkner en Nueva Orleans

 

Una extensión del viaje mexicano al que hacía mención en el último post me llevó este verano a la antigua y alegre ciudad de Nueva Orleans, en el último recodo del largo camino del Misisipi. Busqué aquí las huellas de un escritor en sus primeros balbuceos, William Faulkner, que me sirvieran de estímulo para afrontar de una vez una obra tan desbordante, así como alguna respuesta a una reflexión que, a las puertas de la sexta década, el tiempo aconseja o impone (según los días). Si Rulfo plantea con ironía notable que las ilusiones son una rémora que te acompaña y te determina de por vida, hasta que aceptas la naturalidad de convivir con la muerte, Faulkner disecciona el instante en el que se rompen las esperanzas y al fin te atrapa el destino al que no puedes escapar.

 

La estancia de Faulkner en Nueva Orleans, a comienzos de 1925, se prolongó más de lo previsto. En principio y después de haber abandonado su empleo en la oficina de correos de su ciudad –Oxford, Misisipi– para consagrarse a la literatura, no era más que una escala a la espera del primer barco rumbo a Europa, pero se encontró a gusto en la ciudad y demoró el viaje seis meses. Estaban ocurriendo cosas en Nueva Orleans, tal vez como reacción a las voces que denunciaban que el sur de los Estados Unidos era un páramo cultural. Una revista, The Doubler Dealer, lideraba el renacimiento sureño y había publicado un poema de Faulkner; en la misma página, figuraba un abrupto poema de cuatro líneas de otro escritor en sus albores, Ernest Hemingway, condenados ambos a compartir época y a contraponer estilos literarios (como Lope y Góngora).

 

Sherwood Anderson ejercía de patriarca de los nuevos valores y acogió al joven con entusiasmo. Los sábados por la noche, su apartamento junto a la plaza Jackson, el corazón del Vieux Carré, se llenaba de artistas y bohemios que confraternizaban durante la larga velada. Uno de los asistentes recordó a Faulkner hablando con voz suave de su pueblo, de sus plantaciones, de sus negros y de sus –inexistentes porque no llegó a entrar en combate– experiencias durante la guerra; añadió que tenía una “capacidad asombrosa para la bebida fuerte”. Se decía que la ciudad había recuperado su grandeza anterior a la Guerra de Secesión y había sabido conservar todo el sabor de sus casas coloniales francoespañolas que invitaban, con sus grandes balconadas, a una vida exterior y disipada.

 

Faulkner se instaló en una habitación del barrio francés, en el 624 de Orleans Alley (hoy Pirates Alley), frente a los jardines traseros de la catedral de Saint Louis. Allí convivió con Bill Spratling, pintor y dibujante que colaboraba con la prensa local y con quien recorrió los rincones de la ciudad y se embarcó luego rumbo a Europa. Liberado del entorno familiar y del peso de la figura paterna, Faulkner se sentía aceptado en la ciudad del Misisipi, lo que no había logrado en el Greenwich Village de Nueva York. El periódico local Times-Picayune admitió de buen grado sus relatos, que se publicaron regularmente en la página literaria dominical hasta su salida de Estados Unidos a comienzos de julio y le proporcionaron un medio de vida. Fueron recogidos posteriormente en el volumen Historias de Nueva Orleans, que debe completarse con los incluidos posteriormente en Relatos (edición de Joseph Blotner) que por diversas razones no fueron aceptados por el periódico (como “El sacerdote”, que pasea por Canal Street entre las tentaciones de la carne).

 

Son tentativas de un autor en ciernes que ensaya estilos y perspectivas, pero tras los que se descubre el pulso de la ciudad. El río, los transbordadores que se cruzan ignorándose, los barcos que recalan, marineros, estibadores, vagabundos, prostitutas. Denominó a la serie “Espejos de Chartres Street” y contiene frases como esta: “Hasta aquellos que esculpieron aquellas extrañas criaturas en el templo de Ramsés debieron de haber soñado con Nueva Orleans bajo el claro de luna”. Necesitaba imperiosamente ampliar horizontes: “Lo poco que ve del mundo la hormiga puede parecerle bien”, escribe en “El mendigo”.

 

Aquí Faulkner fue feliz, se empapó de Freud y de Joyce, e incluso se forjó fama –en realidad, una ficción más– de contrabandista de ron. Dejó la poesía por la prosa por influencia de Anderson, que le dio además un oportuno consejo: “Tienes demasiado talento. Haces todo con demasiada facilidad, y de modos demasiado distintos. Si no vas con cuidado, nunca escribirás nada”. Todavía faltan años para que descubra Yoknapatawpha, pero en estos relatos ya atisban esos personajes ingenuos, desarraigados, idiotas tan característicos de sus novelas, los que han aprendido que el vivir no tiene que ser particularmente penoso. Los amigos que pasaban por su puerta oían teclear la máquina de escribir por la mañana, por la tarde, por la noche. “¿Qué te pasa? ¿Tienes una amante?”, le escribieron desde Oxford ante la ausencia de noticias. “Sí”, respondió, “y tiene una longitud de 3.000 palabras”. Faulkner estaba escribiendo La paga de los soldados, su primera novela, publicada en 1926 gracias a los buenos oficios de Anderson.

 

La habitación en la que vivió y escribió Faulkner es hoy una librería en la que algunos turistas se refugian del tórrido verano. Si te cuelas por el pasillo, un hombre sentado en una mesa que parece catalogar libros indica enseñando la palma de la mano que hay que volver a la habitación: “Allí es donde escribía Faulkner”. Se venden primeras ediciones firmadas por el autor a precios desorbitados, por lo que adquiero una breve biografía ilustrada, que asegura reunir muchas fotos inéditas. Este es Faulkner en Nueva Orleans, en 1925:

 

 

 

Desde que llegas a la ciudad, ya el taxista se refiere al huracán Katrina, que pasó por aquí hace once años y desató también una ola de indignación por la ineficaz reacción estatal. Señala el estadio Superdome, en un alto, donde se anunciaron terribles escenas de desesperación humana que quedaron en una ficción periodística. La ayuda llegó y hay nuevas infraestructuras y un largo centro comercial en la ribera del río. El barrio francés apenas fue alcanzado y conserva todo su sabor de postal virada; Bourbon Street –que no menciona Faulkner en sus relatos– es un desfile estilo Magaluf, con músicos callejeros seguidos por riadas de desinhibidos curiosos y un estruendo repetido que sale de cada local. Tienen mérito estos artistas a destajo: vi a uno de ellos al que le sonó el móvil en plena actuación y contestó un mensaje de texto sin desentonar una nota del soberbio blues que se estaba marcando. La bebida que hace furor es el cóctel Hurricane, de color rojizo y en el que solo pude adivinar un sabor a cereza, que te sirven, como no podía ser de otra manera, aguado.

 

Hacia arriba está el barrio de Treme, origen de una mejores series de los últimos años, habitado por negros que miran con desconfianza de siglos y han convertido esta parte del país en un polvorín racial; más abajo –hacia el río– algunas calles con antiguos rincones, tiendas, librerías, hoteles, cafés de una ciudad varias veces derrotada. “Nueva Orleans, una cortesana que atrae a la gente provecta, y a cuyo encanto deben ceder los jóvenes. Y todos aquellos que la dejan en busca de la virgen de cabellos descoloridos y pecho helado sobre los que no ha muerto amante alguno, vuelven a ella y a su sonrisa que esconde tras de su lánguido abanico”, escribe Faulkner en “El turista”.

 

Llevaba una edición que conservo como oro en paño de Las palmeras salvajes (Edhasa, 1985), con traducción de Jorge Luis Borges y prólogo de Juan Benet. Iba obsesionado con esos instantes que te sacan o te meten en la vida como si se prendiera o apagara una luz ajena en la oscuridad. Faulkner me convenció de que son inexorables, caprichosos, fatales. Leí: “Uno nace sumergido en el avance anónimo de las pululantes multitudes anónimas de su tiempo y generación; basta perder el paso una vez, vacilar una vez, y lo pisotean hasta la muerte”.

 

FOTO: Alfonso García Cruchaga.

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