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Reportero salvaje el blog de Javier Molina


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25 de julio, 2017

Aprender

 

-¿Cómo se definiría a sí mismo?


-Si yo tuviera que definirme diría un escritor, aunque tal vez sería mejor decir un lector, ya que yo creo ser mejor lector que escritor.


(Entrevista a Jorge Luis Borges)

 

De entre los pocos artistas de verdad que he conocido y admirado, los hay de dos tipos. Unos (la minoría) son artistas intuitivos, son plenamente conscientes de su genialidad y concentran todos sus esfuerzos en mostrarla al mundo. Ojo, genios de verdad muy pocos, no confundan a estos con los charlatanes engreídos. Para un genio de verdad la necesidad  de engendrar arte es volcánica e incontinente y la ruptura con los cánones establecidos es proporcional al talento para parir algo nuevo. Pienso en pintores como Picasso, músicos como Charlie Parker, actores como Brando o escritores como Faulkner. Todos ellos artistas intuitivos, torrenciales y caóticos. Por supuesto que bebieron del pasado, pero para hacer gárgaras con él y escupir algo nuevo y rompedor. Algo superior.

 

La segunda categoría de artistas son aquellos que logran llegar alto gracias a un incansable trabajo intelectual, al estudio, la imitación y el aprendizaje constante y sin tregua. A este grupo pertenece la inmensa mayoría de los creadores. Y al mismo aspiran a llegar todos los que emprenden una carrera artística o intelectual. ¿Y si el destino y el mundo cultural no les hace un hueco? ¿Y si los focos del canon artístico se resisten a alumbrarles? No debería importar demasiado. En el camino está la felicidad y esto no es ningún verso fácil. Quien de verdad lo probó, lo sabe.

 

Muchas veces he escuchado a grandes autores decir que si tuvieran dinero suficiente dejarían de escribir y dedicarían el resto de su vida a leer y a aprender. Les entiendo perfectamente. Para ciertos puristas esto puede resultar un desacato a la creación. Para mí es una lección de humildad. Por supuesto que desearía que tipos como Woody Allen, Leonard Cohen, Bolaño o Daniel Day-Lewis (todos ellos genios de la segunda categoría) vivieran doscientos años para seguir alegrando nuestras vidas con su arte. Pero de la misma forma, entiendo perfectamente que Kafka quisiera quemar sus manuscritos, que Rulfo haya dejado de escribir tras su primera novela, o que otro Cohen (Albert) nos haya regalado una de las mejores obras literarias de la historia (Bella del señor) pasando casi desapercibido en el mundo cultural de su época. También entiendo a Borges, aquel genio que se negó a regalarnos una gran novela, cuando dijo que se consideraba a sí mismo mejor lector que escritor. Decidieron simplemente dedicar sus vidas a otra cosa. A algo tan genial y a la vez menospreciado como leer, reflexionar, evolucionar. Aprender.

 

Cito a Enric González y suscribo cada una de sus palabras: “Cada uno es libre de dar a su vida el sentido que le apetece. Para mí, la vida es educación: un proceso de aprendizaje. No hablo de alcanzar algún tipo de sabiduría, no fastidiemos, sino de enterarse, dentro de lo posible, de cómo funciona el mundo (…). Por eso me gusta cambiar de trabajo: cuando sé hacer una cosa, empiezo a aburrirme y necesito ponerme a otra más o menos nueva y más o menos desconocida.  No me importa equivocarme, lo que llevo mal es la monotonía y el futuro previsible”.

 

Para mí, que tengo la suerte de no ser aspirante a artista, la palabra aprender cada vez cobra un significado más íntimo y personal. El placer que obtengo aprendiendo: es decir viajando, conociendo gente, leyendo y reflexionando acerca del mundo que vivo y transito, supera con creces al que experimento cuando escribo, actúo o participo en algún movimiento creativo o pseudo-artístico. Consciente de que mi arte no pasará a la posteridad ni aportará nada nuevo al mundo, prefiero dedicar mi tiempo a los verdaderos genios. Esto no significa que renuncie a crear, sé que publicaré varios libros, pero no me quita el sueño cuándo, dónde ni cómo. Sé que la vida me empujará a escribir y crear como catarsis, pero ese ejercicio será un proceso de aprendizaje similar al que experimento cuando doy clases o cuando trabajo como guía de viajes. Compartir emociones en ciudades como Roma o París, reconstruir un pedacito de historia a cada paso, contar sin parar, revivir a Julio Cesar, a Napoleón, a Caravaggio o a Hemingway, recomendar a Montanelli, a Carrere o a Sorrentino, contagiar de curiosidad a los viajeros, de hambre de arte y literatura, es algo que no tiene precio. Como más se aprende es enseñando; enseñar significa replantear, reflexionar, charlar con los libros. El mejor diálogo es aquel que abre ventanas con uno mismo.

 

Se trata simplemente de aprender. ¿Qué me interesa aprender? Cosas muy vagas. ¿Se puede aprender la humanidad, la belleza, el tiempo?, se pregunta Enric González. No. No creo. Pero si hay un lugar para intentarlo ese lugar está en el camino. Es decir en los viajes. Es decir en los libros.

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