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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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10 de junio, 2018

¿Enmascara la custodia compartida un machismo disfrazado?

 

La figura de la custodia compartida entró en el código civil español en el 2005. Entonces se concedieron las residencias alternas con ambos progenitores apenas en el 2% de los casos. En 2015 esta cifra ya se daba en uno de cada cuatro casos. En el 2016 las cifras eran del 28,3%. Pero la cosa varía según comunidades autónomas, gracias al hecho de que cinco de ellas no se rigen por el derecho común, sino que cuentan con ley propia sobre relaciones familiares postdivorcio. En Aragón, Baleares, Comunidad Valenciana y Cataluña los porcentajes de parejas que obtienen la custodia compartida sube hasta el 40%.

 

Yo tengo la suerte de vivir en Cataluña. Si viviera en Extremadura, Andalucía o Canarias, tendría cinco veces menos posibilidades de que me hubieran concedido la custodia compartida.

 

Me costó, no obstante, casi un año y medio conseguirla.

 

La pedí yo. La madre de mi hija solo de manera subsidiaria.

 

Pero volvamos a los datos, no nos desviemos: En el 2013 los hogares en los que convivía el padre solo con el/los hijos apenas era del 1,6%. En 2015 este porcentaje aumentó hasta el 18,7%. Y el año pasado, según los datos que hace unos días proporcionaba el Instituto Nacional de Estadística, descendió hasta el 17%.

 

Casi un 20% en 12 años no está nada mal.

 

Pero, en realidad, los datos no nos dicen la verdad, nos mienten. Porque yo me pregunto, ¿dónde estáis padres con custodia compartida?

 

Yo no os veo.

 

En lógica, la plasticidad de la familia postmoderna debiera ser un reflejo de otras estructuras mayores, de otras instituciones socio-políticas.

 

Pero no, parece que no.

 

¿Dónde estáis, queridos padres? 

 

“La paternidad contiene a la maternidad, y la maternidad a la paternidad“, escribió Manuel Vilas. Ello implicaría que de ese casi 20% al que nos referíamos antes habría de estar representado en los tradicionales ámbitos de lo femenino en los que ahora habría de participar el padre, dado que éste habrá de hacer de padre y madre a la vez. Pero yo os daré otro dato: en la última reunión de delegados de la escuela de mi hija éramos 25 personas. Solo había dos hombres.

 

Sucede lo mismo cuando miramos el ámbito médico: es rarísima la presencia de un padre solo con el/los hijos. Y más aun en las actividades infantiles: madres con padres e hijos, madres con abuelos/as e hijos, madres solas con hijos. Pero padres solos con hijo/s… francamente, no os veo. ¿Dónde estáis?

 

Contestaba en una entrevista la pediatra Lucía Galán, preguntada al respecto, lo siguiente:

 

“Normalmente a las primeras consultas de recién nacidos vienen los dos [el padre y la madre] y a medida que van cumpliendo revisiones van viniendo solo las madres, muchas veces acompañadas por las abuelas e incluso de los abuelos. Pero los papás...” 

 

Pero los papás… Eso digo yo.

 

Seguramente los hombres entramos en la paternidad, por un lado, a un ritmo más lento, más intuitivo, menos salvaje, pero, por otro, nos vemos abocados a ella de una manera abrupta y sorprendente. Eso lo dice también Lucía Galán, y añade que de ahí se deduce quizá que seamos más pragmáticos, rápidos, seres que no dudan en ir directos al grano.

 

Lo describe perfectamente la escritora inglesa Megan Hunter, en su libro The end we start from, de manera literal y de manera simbólica (utilizando la metáfora de unas riadas que asolan la ciudad de Londres), cómo todo tras el nacimiento de un bebé se desborda, se vuelve incontinente, se dispara imparable hacia el incierto futuro.

 

No hay, sin embargo, ninguna contradicción en lo dicho, sino más bien una paradoja: y es que la paternidad nos la tenemos que inventar. Sospecho que de ahí viene la nula (o marginal) representación de la paternidad en los roles de la cultura, particularmente la de los padres con custodia compartida. Porque nos toca inventar la paternidad 2 veces: cuando nacen nuestros hijos y cuando tenemos que compartir el ejercicio de la paternidad con nuestras ex.

 

Aunque no es menos cierto que no tenemos modelos: nuestros padres no nos sirven.

 

(Re)Invéntate dos veces 

 

En su libro The politics of everyday life, Paul Ginsborg dice que hay dos versiones de familias: las volcadas sobre sí mismas, concentradas en sus propios intereses, protegidas del resto del mundo e interesadas mayormente solo en aquello que les concierne y otro tipo de familias menos impermeables que porosas, más abiertas, curiosas y deseosas de mezclarse con los demás.  Los padres que rigen sus vidas por la custodia compartida se ven obligados a lidiar de una manera esquizofrénica con estas dos versiones de una misma realidad.

 

Supongo yo que, en general, lo que sucede es que estos padres están (estamos) menos necesitados de hablar, de compartir, de preguntar, que las mujeres (pues supuestamente no casa con nuestra naturaleza). Pero eso, fuera de toda duda, es un grandísimo error.

 

El beatnik David Cooper, adalid de la antipsiquiatría, decía en 1971 en su libro The Death of the family que la familia, dado que no es capaz de lidiar con la duda sobre la propia idea de sí misma, destruye la duda, como capacidad especulativa, en todos sus miembros. Esa duda ahora se instaura en el momento en el que se produce el ejercicio de la custodia compartida y provoca la aparición de ese primer momento ético de la familia; una versión postmoderna de lo que Hegel llamaba la “disolución” de la familia en la sociedad civil.

 

Conozco desde hace varios años a un padre al que me voy encontrando en parques y en las barras de los bares. Hablamos, nos saludamos, comentamos cosas, nos tenemos cariño, pero, sin embargo, no fue sino hasta el otro día que hablamos más o menos en serio de la custodia compartida, de la esquizofrenia de vivir dos vidas. Tengo otro amigo que también tiene la custodia compartida, nuestras conversaciones se centran en todas las puñeterías que nos hacen nuestras ex, pero despachamos rápido el asunto y nos olvidamos. No obstante, a la mamá de un compañero de mi hija, le faltó tiempo a los poquísimos días de separarse, para contarnos, a todos los que estábamos en un cumpleaños (muchas mamás, pocos papás), que con su ya expareja había acordado la custodia compartida, la manera en cómo iba a desarrollarse todo a partir de aquel momento en su familia.

 

Pero no lo digo como queja, sino con fascinación. Porque debería ser algo que hiciéramos todos los padres separados con custodia compartida: que no sea solo una "opción preferente y deseable", sino algo completamente normalizado. Que esa función de los cuidados no sea algo exclusivamente feminizado como algunas personas creen que sigue siendo. Y me pregunto, ¿por qué no hablamos? ¿por qué no hablamos más? ¿por qué no hablamos mejor entre nosotros? A veces me temo que esa trampa de la que habla Barbijaputa es muy real. Esto es, padres que piden la custodia compartida, pero que no la ejercen, ya que delegan el cuidado de los hijos en abuelas, en sus nuevas parejas, en canguros, etc Lo cual es lícito, dicho sea de paso, pero no significa ningún avance en cuanto a la creación de una sociedad feminista.

 

Supongo que por esa misma razón, mis conversaciones sobre custodias, sean o no compartidas, suelen suceder con mujeres. Y la paradoja es que siempre me veo ocupando el lugar de ellas mismas. El lado femenino. Me identifico con ellas, con las que se sienten solas, las que sufren, las que no encuentran apoyo en el otro sino más bien trabas. Me cuesta mucho, en general, identificarme con los padres con custodia compartida. Y me pregunto por qué, pues me resisto a aceptar el argumento de Barbijaputa. Y me digo que cómo es que no sucede así, como en el caso de las madres separadas, que debiéramos hablar de ello entre nosotros, pues precisamente debiera ser el orden central de nuestras vidas, no solo en la práctica, sino también el discurso. Pero no lo es.

 

Y es que el lenguaje crea realidades, ya lo sabéis; necesitamos una nueva sociedad (realmente feminista) en la que las experiencias de los padres con custodia compartida estén equiparadas en representación y notoriedad.

 

El día en el que todos los padres expliquen a sus hijas lo que es la regla, entonces podremos decir que todo esto ha cambiado, que se ha normalizado, me dijo el otro día mi madre.

 

Hace tres semanas le expliqué a mi hija lo que es la regla, le contesté.

 

La mueca de su rostro lo dijo todo: una mezcla de aprobación, perplejidad y esperanza.

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