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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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3 de mayo, 2017

(Im)purezas del No

 

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Es del todo lógico que la nueva obra de Luis Rodríguez se fije en el teatro. Y ello porque su narrativa se basa (en lo que respecta a la tipología –y morfología (o acaso ausencia de ella) de sus personajes- en caracteres actantes.

Así, como decíamos, El retablo de No (Tropo, 2017) es la continuación lógica de la obra en marcha de Luis Rodríguez. Pero, con un importante matiz: aquí ahora la obra se cuestiona a sí misma. Se resiste al movimiento y se ralentiza (de ahí que sea doble). Dice No.

 

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Si hasta ahora Luis Rodríguez se había dedicado en sus anteriores novelas a poner a prueba la fiabilidad del mundo y la consistencia de la identidad, aquí lo que importa ya no es esa “herida” del yo sino sus aledaños.

 

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Persiste el tema central del libre albedrío, sí, pero ya no como movimiento de la vida sino en tanto que ejercicio del arte. O dicho de otra manera: la libertad se siente como performance artística. Digamos que el yo ya no trata de imponerse sobre un mundo hostil; más bien al contrario: la bravura del mundo trata de acomodarse a un yo mudable, ficticio.

 

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Por ello no es baladí que Shakespeare y, en particular, Hamlet, sean los elementos centrales sobre los que pivota El retablo de no.

Más específicamente: la inconsistencia (e irrelevancia) del espacio y del tiempo de una narración, de una(s) vida(s).

 

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El No como resistencia.

El No como (im)pureza.

La ficción como algo más real –pero menos verdadero- que la realidad.

 

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La realidad –la vida- como un recuerdo mal inventado.

La ficción como una noción menos precisa, pero más viva.

Y la paradoja, pues que los actores de esta novela doble con estructura de obra de teatro sean pura memoria.

 

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Si en sus anteriores obras Luis Rodríguez explotaba el conflicto de unos personajes sujetos a la torsión de un ahora siempre posibilista (mas con una dirección clara, con un destino irrefutable –aunque incierto-), aquí sus “actores” se sufren en un presente que se (re)actualiza constantemente y, por ello, nunca culmina.

Dicho de otra manera: donde antes la interrupción era la subjetividad ahora es la pura vida inventada. El drama antes provenía de la enunciación de un yo que se veía obligado a actuar. En El retablo de no lo que sucede es que es un texto quien somete a los personajes a su arbitrio.

Así pues, son las propias formas del lenguaje las que construyen las personalidades de los “actores”.

 

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Y ello se ve claramente al comparar las dos versiones de este libro que se nos presentan en El retablo de no. Una cuestión de enfoque.

No se trata de dos alternativas de un mismo texto, ni tampoco de dos borradores o acaso de una obra buena y otra mala. No.

La diferencia estriba en que en la versión corta de diez mil palabras –con algún matiz- nos muestra una versión nítida del retablo, de la narración serializada. En la versión larga de veinte mil palabras, sin embargo, se produce la ampliación del espacio ficticio, y así el autor nos ofrece los aledaños, lo que queda afuera del texto (el (con)texto, pues).

Un contexto hecho de una especie de metafísica del “ser que (todavía) no es”.

De ahí que, como muy bien ha visto Vicente Luis Mora, (re)aparezca en la obra un personaje de una novela anterior de Luis Rodríguez, de La herida se mueve. Así, no es baladí que en el final de la versión corta se produzca una negación de la continuidad de la obra de Rodríguez y en la versión larga se abra la posibilidad de un futuro. 

 

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Para que se entienda: Luis Rodríguez aquí nos ofrece un ejercicio teórico/práctico de narratología (aplicada al propio universo narrativo de Luis Rodríguez).

 

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Ahora los personajes de Luis Rodríguez se niegan a comparecer, entonces es el texto (la ficción; las diferentes versiones de las obras teatrales) quien les obliga a interceder. La neutralidad de novienvre y La soledad del cometa es aquí (im)precisión, búsqueda. Donde antes se acudía a la exactitud del concepto, al rigor del diccionario, aquí se abre la posibilidad a la intoxicación de la cultura (pero no la propia, sino a una idea ecuménica de cultura).

La libertad del individuo, entonces, se ve amenaza no por las circunstancias de un entorno o las particularidades de una vida, sino por las opciones de la gramática. De ahí que un divertimento (el retablo; un espectáculo de títeres pensado para entretener) se nos ofrezca en la forma de una tragedia en tres actos. De ahí que las voces del mundo que en los libros anteriores de Luis Rodríguez dialogaban entre ellas sean ahora voces vacilantes que buscan una mente, un cuerpo al que pertenecer.

 

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El rasgo más destacable de El retablo de no, me parece, es precisamente ése: la apertura del universo narrativo de Luis Rodríguez; un mundo que se abre a las periferias de la identidad, a los espejos de la ficción. A las sombras, a las miradas, a los balbuceos. Al equívoco y a la paradoja. A la metacrítica, la glosa y el paratexto.

 

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Escribe Luis Rodríguez: “las ventanas sirven para mirar cerca [….] y los espejos sirven para mirar lejos”.

Huelga decir que El retablo de no mira lejos, bien bien lejos.

 

 

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