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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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19 de febrero, 2017

Las moradas

 

1.


Así que allí estaba ella.


Con su vestidito fifties. Ahora el sol se le refleja en el cabello (un sol de neón; claro está). Pero también hubo neones entonces, en los 90´s; aunque no lo recuerdo.

 

Sin duda es ella. Sí. La misma de aquella lejana foto de mi juventud.

 

El descaro es el mismo (el mismo que se le supone –supuso- la hizo posar pizpireta entonces con un –en el momento de la foto- desconocido); sin embargo se intuye menos audacia que cinismo.

 

La sonrisa burlona (menos burlona que pícara), el vaivén de la falda de vuelo (ya con los vuelos menos extáticos); ese mariposear igual (solo que menos rumboso; el fulgor ha dado paso a un sensualidad mortecina).

 

Pero es que la edad contra todo lo emprende. No hay manera.

 

Y aquí estoy yo: con menos candidez y más pundonor. También yo cargo a cuestas mis años (menos que ella, en cualquier caso).

 

Aquello, entonces, fue en la sala Zeleste. En mil novecientos noventa y no me acuerdo cuánto. Aquí en Barcelona, también. Y estoy –ahora- es en… no importa dónde sea. Es sábado. Con decir que es un sitio oscuro, que hay música. Que la gente no baila. Basta.

 

La gente mira. Sabed que ella mira. Intuid que yo miro. Los dos miramos.

 

[Y nuestras miradas chocan, otra vez, como si nada nos hubiese sucedido a ambos en estos veinte años].

 

Así que… qué, dímelo tú.

 

¿Qué hacemos ahora?

 

 

2.

 

Las moradas (Periférica, 2017) es el segundo libro de Nicolás Cabral. Su primer libro de relatos –al menos el primero publicado-. Ya escribí aquí en extenso sobre su anterior novela: Catálogo de formas (Periférica, 2014).

 

Es éste segundo libro de Cabral también un libro de espacios.

 

En él, gentes tratan de buscar espacios nuevos (porque se quedaron sin espacios genuinos –los otros/lo otro mancillaron estos espacios propios que ahora solo pueden ser preservados mentalmente); gentes se construyen espacios ad-hoc, donde no los alcance el mundo. Y otras gentes que viven encarceladas (a veces auto-encarceladas). Sin más motivo que una normativa inexplicable (o la justificación de una indefensión aprendida). Pero, en el fondo, todos los protagonistas de estos relatos son producto de los espacios que habitan. Espacios que devoran a los sujetos (y, de ahí, la huida –física o mental- a la que, en su mayoría, se ven abocados).

 

Se diría que hay dos puntales temáticos en estos textos: una geometría proteica, y la memoria de una verdad; o mejor  dicho, el recuerdo de un algo incontrovertible: auténtico. La superficie de las cosas empuja y ahuyenta y el pasado acoge.

 

Hay huidas en pos de un nuevo espacio, de una idea, una palabra o un impulso. En todas ellas, sin embargo, hay un componente común. No existe la volición sino que se trata de una situación dada; los sujetos quedan desamparados frente a un entorno hostil y, de suyo, acaban a la intemperie. No solos, sino con el cobijo de su yo anterior (de otro yo potencial que fue o pudo ser o podría serlo).  El narrador de “Cuaderno” lo expresa muy bien al escribir en su cuaderno lo siguiente: “No puedo imaginar, pero puedo recordar”.    

 

*

 

Como era de esperar, los textos muestran una muy brillante experimentación formal.

 

 

 3.

 

Las moradas son de diversa índole (en el libro de Cabral, pero también en la vida): habitáculos, cárceles, espacios mentales,  lugares para la escritura, actos de habla, las cortinas herrumbrosas, de telarañas o rubíes,  de la mirada, etc.

 

Es en estas moradas, lo dice Santa Teresa, que las vanidades y flaquezas del pasado siempre retornan;  tentaciones: entender que en uno hay poco de sí, así se liberan.

 

Para Cabral ese ser poco nosotros tiene que ver con la animalidad del hombre. Con el gemido, el gesto, la carrera, la terquedad, la obstinación. Pero no la irracionalidad, sino la bella ineptitud del infante.

 

*

 

La imposibilidad metafísica del futuro.

 

 

4.

 

Así que me doy a habitar ese instante descongelado. Cuando esa fotografía de la memoria coge velocidad y se traslada grácil al mundo contemporáneo, cuando un gesto se hace voz y la sonrisa beso.  Y, me pregunto: ¿cuánto tiempo puede habitar uno esta morada?

 

De momento experimento una emoción tranquila.

 

Impelido por un acto puro: esto es, dejando que mande mi sentido de la supervivencia.

 

Y, no sé por qué, pienso que en mil novecientos noventa y no me acuerdo cuánto se podía fumar aun adentro de los bares. Y pienso que algo hemos ganado: una coartada para huir de los otros rostros hostiles.  Una nueva situación dada: salir a la calle. Una excusa: hacerse sombra en la noche suave.

 

Perderse, perderse, perderse en esa gelatina animada.

 

Estirar el instante.

 

Y ver qué pasa.

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