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Sestear absorto y pálido el blog de José de Montfort


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18 de abril, 2017

Nadar (y guardar la ropa)

 

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En las historias de Greg Jackson siempre hay un aprendizaje de manera indirecta, un (auto)conocimiento que proviene del contacto con los otros.

Se produce en todos los relatos de Prodigals (Granta Books, 2016) una conexión misteriosa.

 

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Y esto implica, de alguna manera, una desaparición del  yo; se produce una absorción de la propia conciencia por parte de los otros, aunque no en un sentido parasitario, sino que sucede a un nivel más epidérmico: ello es efecto de la contemplación del mundo.

Pues es que los personajes de las historias de Greg Jackson se dedican a seguir pacientes en la corriente de la vida y a ver qué pasa. En muchas ocasiones, esta “posesión” se produce a través de las historias que a los personajes alguien les ha contado (y que ellos nos cuentan, a su vez, a nosotros).

No hay aquí, pues, personajes de acción, sino más bien de (re)acción.

 

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Se diría que las relaciones humanas en las historias de Jackson sirven para galvanizar el vacío de la identidad contemporánea, no ya fragmentada, ni sospechosa, sino más bien incómoda: fútil.

 

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Esto lo explica el propio Jackson en el último de los relatos “Narrative breakdown”; en todas sus historias los personajes, tras una especie de tránsito en el que se produce una cierta sensación de tiempo suspendido, se ven forzados a tomar un desvío: no a calibrar el jaez de sus propias vidas sino más bien a (re)calcular el contexto y  la diferente intensidad de su protagonismo en el devenir de los modos de sus existencias.

 

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Hay una fuerte influencia de Nabokov [en algunos temas], pero también de Henry James [en el estilo de algunos relatos, particularmente en el último].

 

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Hay en los relatos de Jackson experiencias con las drogas, sexo, literatura.

Y su corolario: soledad, búsqueda no de amor sino de afecto, de compañía. Necesidad de un (algún) sentido.

 

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Si se hubiese de resumir en una sola frase el tema de Prodigals sería “el vértigo de la desconexión”.

A ello se refieren los pródigos del título: a aquellas personas que interfieren en nuestra vida y, aun a nuestro pesar, la codifican en unos nuevos términos.

Así, hay aquí una doble dirección de sentido: los protagonistas son aquellos que desperdician la vida u otras cosas estimables y aquellos que se cruzan en su camino son personas que aportan un sentido de la abundancia, la generosidad o la dádiva.

 

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 Lo que sucede, por lo general, es que los protagonistas de las historias de Greg Jackson no saben muy bien qué hacer con esa prodigalidad y acaban un poco retornando al punto de partida.

 

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Los protagonistas de Prodigals se confrontan con un momento de peligro (emocional) y de él salen ilesos, aunque no sin cargas. Traen consigo un conocimiento íntimo, pero indescifrable.

Lo mismo que decir, pues, que la experiencia no (les) sirve para nada.

 

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En este sentido, Prodigals manifiesta una actitud ingenua frente a la vida. Una ingenuidad aprendida, cuidado; contemporánea. Y eso es mucho mejor que el cinismo.

 

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Prodigals, en definitiva, nos habla de esos momentos de intimidad inesperada que, a veces, nos regala la vida, pero con los que no sabemos muy bien qué hacer.

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