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El librófago el blog de José María Matás


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14 de julio, 2014

Nuevos clásicos ilustrados: Jacob y Wilhelm Grimm, Arlt, Galdós, Lorca

 

No es una moda efímera, ni la última tendencia, ni el fenómeno del verano. De unos años para acá, coincidiendo entre otros factores con la irrupción de una nueva hornada de editores «independientes» –entrecomillo por lo equívoco que puede resultar el término, aunque más o menos todos sabemos de qué y de quiénes hablamos–, hemos asistido a un considerable nacimiento de editoriales y colecciones, de librerías y publicaciones especializadas vinculadas cuando no dedicadas en exclusiva al libro ilustrado.

 

El que esto haya acontecido en el turbión de la crisis, en pleno alud de lo digital, ofrece nuevos motivos para la reflexión, casi para la perplejidad, que no encuentran una explicación satisfactoria en el hecho, de por sí evidente, de que la cultura de la imagen –aquella que vio nacer lo que Sartori bautizó como Homo videns– siga avanzando imparable y sean precisamente las generaciones que se fogueaban con el graznido de fondo de los primitivos módems, las que ahora lleven el timón de la economía –la editorial, conviene no olvidarlo, es una industria–, y se encarguen, consecuentemente, de implantar sus gustos incluso en los recintos tradicionalmente más sagrados.

 

Desde luego que este patrón encajaría perfectamente en el modelo de una sociedad consumista y petimetra como la que no ha dejado de ser la occidental pese a los cataclismos recientes, en la que se compran muchos más libros de los que se leen y en los que existe una tradición inveterada de regalarlos: una sana costumbre, sin duda, pero que trae aparejado el riesgo evidente de conferirle el mismo trato a una edición de El arco y la lira que, por ejemplo, a una prenda interior comestible: y una cosa es que la del libro sea una industria y otra, que eso no lo hemos mencionado antes, que sea una industria como las demás (aunque alguien podría alegar que tampoco el del sexo es un comercio cualquiera, pero dejémoslo estar). El caso es que el presente proceso de fetichización al que casi todos hemos contribuido de un modo u otro y que con frecuencia –esto resulta muy visible en las redes sociales– nos lleva a ensalzar indiscriminadamente la lectura con independencia del contenido, tampoco ha resultado inocente a la hora de enaltecer las características físicas del libro como objeto deseable, como algo susceptible de ser usufructuado al portar toda una serie de propiedades esotéricas que probablemente sí podamos rastrear en la más destartalada edición de La montaña mágica, pero quizá no tanto, aunque vaya envuelta en una custodia, en Mira a tu suegra y entérate de cómo será tu mujer. Guía para el enamorado imprudente. Aunque en fin, una vez que tocamos el delicado tema del gusto, nunca se sabe. Y por lo menos no están por las calles haciendo fechorías.

 

Como si el mero hecho de ponernos ante un libro nos garantizara ser más felices, mejores personas, más sabios –cuando en realidad muchas veces el efecto es el contrario–, llenamos nuestros «muros», sea el de Facebook o el de nuestro cuerpo, con bolsos y camisetas, con frases bobaliconas, muchas veces apócrifas, con las que tratamos de reforzar nuestra identidad como miembros autónomos (sic) de una misma comunidad universal. Leer mola tanto que ha pasado a convertirse en una actividad solitaria que damos a conocer todo el rato a los cuatro vientos. En algunas ciudades hay gente que está empezando a quedar para leer, incluso empezando a quedar para leer en topless, como si en el fondo subyaciera la idea de que quienes lo hacen –nos referimos a leer– son no solo más listos sino casi tan chupis como el resto, como aquellos que se saltan este paso previo para irse directamente de cañas sin esperar ser ovacionados.

 

Después de lo anterior, tal vez el lector piense que el que suscribe ve con malos ojos la presente eclosión de «dibujitos» adelantada al comienzo, que la considero como un síntoma más de la infantilización de la sociedad («tengo cincuenta años pero leo cómics y tengo una consola- pepsi-cola, pero en el fondo soy muy maduro»), o como la entronización del soft touch, polisensorial y reconfortante –no digamos si el papel proviene de bosques gestionados de forma sostenible–, como si el libro ilustrado fuese la encarnación del Mal, que como todos los de mi generación sabemos no es otro que el Capital. Sin embargo, no es el caso. Solo en España, saltándonos algunos precedentes más o menos ilustres, algunos datan el comienzo de la literatura infantil, a la que tanto debe la evolución del género, a mediados del siglo XIX, coincidiendo, por cierto, con el protagonismo creciente de la viñeta–, y no hará falta irse a Egipto, Mesopotamia o la Edad Media, por citar varios periodos previos al reinado de la imprenta, para dejar claro que no nos encontramos ante una fiebre pos. Pero es que, además, que un soporte que hace apenas unos años tantos dieran por muerto, hablamos ahora del libro impreso, demuestre tal capacidad de resistencia solo puede halagar mi pronunciada vertiente de «apocalíptico», término, ojo, que nada tiene que ver –no debería, al menos– con el de «agorero». Algunos estudios recientes han venido a reafirmar lo que algunos queríamos creer pero, tan apabullados y carcas nos sentíamos, casi no nos atrevíamos ni a sugerir. Que la convivencia, no excluyente, entre el libro de papel y el ebook no solo era apetecible sino posible, y que aunque la «cuota» de este último sigue, cada vez más lentamente y pese al devastador efecto de la piratería, aumentando, el modelo «tradicional» está lejos de haberse desmoronado: de hecho, los lectores «digitales» están demostrando ser al mismo tiempo los principales consumidores de libros impresos, y viceversa. La pauperización de los ciudadanos demuestra, de este modo, haber sido más lesiva para editores y libreros que la revolución digital y, paradójicamente, la misma tecnología que venía a representar la mayor amenaza para el libro impreso ha terminado saliendo a su rescate. Gracias a las nuevas herramientas informáticas, a las modernas tecnologías de composición e impresión, nunca fue tan barato publicar(se) ni promocionar(se) un libro, sin contar con lo que de acicate ha supuesto el ebook para los editores convencionales, obligados más que nunca a depurar sus productos al tiempo que recuperaban cierta concepción «artesanal» de su oficio muy bien recibida por unos lectores que asocian la idea de leer a vivir una experiencia irrepetible que, como las fotografías de nuestros viajes, tiene en este caso la virtualidad de poder ser almacenada y expuesta.

 

De este modo, a pesar del descenso de ventas, de los drásticos recortes públicos, especialmente pronunciados en la compra de ejemplares por parte de bibliotecas, de todos esos nubarrones que han obligado también a este sector a emprender un doloroso ajuste, muchas editoriales han demostrado una capacidad casi inimaginable para capear el temporal, incluso para lanzarse a la aventura en plena tormenta. Basta echar un vistazo a cualquier librería «independiente» (y ya todos más o menos todos sabemos de qué y de quiénes hablamos), para percatarse de que los muertos que algunos mataron gozan de muy buena salud, de que a pesar de que una serie de infames personajes televisivos sigan arrasando en ventas, proyectos que sin mucha imaginación podíamos tildar de «suicidas» cuentan a día de hoy –en un país en el que, según dicen, brilla por su ausencia la «cultura del emprendimiento»: este sintagma sí que es aberrante»–, con miles de lectores a sus espaldas y valientes catálogos.

 

En este escenario, quienes han apostado por el libro ilustrado –entendiendo por tal, en sentido amplio, tanto el que incorpora ilustraciones, como el cómic, la novela gráfica, el libro de artista, el fotolibro…– han debido hacer de la necesidad virtud, tratando de oponer a cierta cultura de lo efímero e intangible, nuevas razones de peso. Esto, evidentemente no habría cuajado sin ese capital humano, sin ese extraordinario talento tristemente desaprovechado tantas veces, que ha venido a confluir en los albores del presente siglo. Tampoco sería posible, sin esos enormes sacrificios que quedan en la penumbra y que mantienen en vilo a tantos profesionales de la edición, cuando no directamente les impiden desarrollar una carrera profesional digna de tal nombre. Tal vez de esto hablemos otro día. Por lo pronto, la idea de este artículo, antes de que un servidor se fuese por las ramas, era aportar algunos ejemplos que me han parecido especialmente acertados de cuanto hemos señalado con anterioridad.

 

Vaya por delante que la presente selección no pretende ser representativa de nada. En ella me limito, como suelo hacer en este blog, a dejar constancia de algunas entradas que ha registrado mi biblioteca y que, en este caso, guardan como principal similitud, además de ser libros ilustrados, el hecho de tener por protagonistas a autores clásicos. Que dos de los cuatro ilustradores sean americanos, frente a otros dos españoles, también es fortuito, aunque no quiero perder la ocasión de ponderar los fértiles vínculos que entre las dos orillas se están (re)estableciendo y que vienen a profundizar una larga relación muchas veces llena de malentendidos entre la antigua metrópolis y el área más extensa y dinámica del idioma.

 

Del Enebro, de Jacob Ludwig y Wilhelm Karl Grimm

Del enebro

 

Poco más se puede añadir a estas alturas sobre la maravillosa versión que de este cuento de los Grimm publicó, coincidiendo con el segundo centenario de la aparición de sus Cuentos para la infancia y el hogar en 1812, la editorial zaragozana Jekyll and Jill. Relato tremebundo y espantable –tan terrible en muchos sentidos como otros, más célebres y edulcorados con el paso del tiempo, con los que compartía espacio en aquella compilación, caso de «Caperucita roja», «Hansel y Gretel» o «La bella durmiente»–, «Del enebro», cuya cuarta edición acaba de ser dada a conocer, es presentado aquí en una cuidada edición bilingüe traducida del bajo alemán por Jessica Aliaga Lavrijsen.

 

Merece la pena detenerse siquiera un instante en este aspecto de la obra ante el riesgo de que pase totalmente desapercibido dada la exquisitez material de la edición, pues es justamente en el amor filológico depositado en el tratamiento del texto, en la intención, declarada por la propia traductora en la «Nota» preliminar, de respetar al máximo el ritmo y sonoridad del texto original, «así como el estilo romántico de la sintaxis», sobre el que puede levantarse el resto de esta edición primorosa en la que sobresalen, llegamos ya, las portentosas ilustraciones de la chilena Alejandra Acosta. Quien tan solo hace unas semanas visitara España para presentarnos su trabajo para un libro que presenta con este del que hablamos evidentes similitudes, caso de La cámara sangrienta de Angela Carter (Sexto Piso), nos sorprendía a muchos en 2012 al descubrirnos a una ilustradora sutil y de acentuada personalidad, dotada de una rara sensibilidad para recorrer, sin perder una elegancia que tildaríamos de «natural» si no fuera por la disciplina que tal disposición comporta,  las diferentes gamas de lo macabro.

 

Lo portentoso, sin embargo, no es comprobar cómo la artista ha sido capaz de ejecutar toda una serie de dibujos y collages delicados y estremecedores en los que gracias al sabio uso de texturas, a la administración del color rojo sobre esos remedos de grabados antiguos en blanco y negro logran crear una atmósfera de leyenda y ensoñación, sino el modo en que las ilustraciones se avienen con el contenido. Incluso el más distraído de los lectores habrá de reparar en que nada de esto obedece al capricho ni al azar, sino a una premeditada labor en la que cada detalle –mención aparte  requeriría también el impresor–,  de la sobrecubierta a las guardas, de la tipografía al diseño minucioso de las páginas premilinares, del colofón a los «extras» –como ese taumatropo que aguarda como regalo final al asombrado lector –, está puesto meticulosamente al servicio de esta historia sádica y atroz al tiempo que luminosa, en la que la redención a través del amor imprime un mensaje que se quedará grabado por siempre en las mentes, infantiles o no, de sus oyentes y lectores.

 

«Naturalismo, botánica, odio, parricidio, canibalismo, gastronomía, ornitología, música, gremios, venganza, felicidad –dice el también ornitólogo Francisco Ferrer Lerín en su desconcertante prólogo– son algunos de los elementos de esta risueña tragedia». La relación no agota el tema de una historia de un pronunciado simbolismo, en la que el Mal entenebrece todo el relato. Hay una presencia latente del demonio –pues no faltan aquí ni los celos, ni el infanticidio ni la antropofagia ni una lancinante ansia de venganza–, que lleva a la poseída  madrastra, casi contra su voluntad, a deshacerse del que llamaremos de forma abreviada «el hijo del enebro» de la manera más perversa. Pero al mismo tiempo, la intervención de la Providencia irradia una extraña perversidad. Existe una especie de delectación macabra –¡ese risueño leit motiv!– en la forma en que se consuma la venganza y se restablece el equilibrio, que nos hace recordar aquel veredicto de William Blake, citado oportunamente por Bataille, sobre Milton. Decía el autor de los Libros Proféticos –obra publicada por primera vez en edición completa por Atalanta hace unos meses acompañada precisamente de las ilustraciones con las que fue concebido– que el escritor de «El Paraíso Perdido», pintaba muy mal el bando celestial y muy bien las cohortes infernales. ¿La razón? Que él era un verdadero poeta y «pertenecía al partido del Diablo sin saberlo».

 

Escribió Borges, refiriéndose a los héroes de la narrativa moderna, del Ahab de Melville a los héroes de James o Kafka, que «No podemos creer en el cielo pero sí en el infierno». Y de algún modo, los Grimm, sirviéndose de esa imagen de la inocencia pura encarnada en un pajarillo, parecen tomar partido por el adversario. Ese ave cantarina que le habla a la ilustradora al oído –pues está claro que una y otra manejan una misma lingua franca– es el gran protagonista del libro, el mismo que se abre paso a través de la espesura de las bellas guardas para pasearnos por una historia que empezó «Hace ya mucho tiempo, como unos dos mil años…», cuando una mujer infértil tuvo el presentimiento de que se había quedado embarazada al pincharse un dedo mientras pelaba una manzana y ver sus gotas de sangre en la nieve. La madre murió y fue enterrada bajo el enebro a cuya sombra se había cortado el invierno anterior, pero antes había de alumbrar a un niño «blanco como la nieve y rojo como la sangre» al que las tijeras mágicas de Alejandra Acostaque ve inscribirse su nombre en esa lista de grandes ilustradores de los Grimm, desde Kay Nielsen o Walter Crane hasta Gustav Süs o Viktor Paul Mohn, entre otros muchos–, han vuelto a dar vida dos siglos después convirtiendo a este delicado artefacto en un verdadero clásico moderno de la edición en español.

 

Creo que a Shirley Jackson le hubiese gustado este libro. Y no me extrañaría que Joyce Carol Oates tuviese un ejemplar en su mesita de noche. Entre una edición de los Poemas completos de Emily Dickinson y un catálogo con ilustraciones de de Max Ernst.

 

Los siete locos, de Roberto Arlt

Los siete locos


A pesar de ser uno de los nombres canónicos de la literatura hispanoamericana de la primera mitad del siglo XX o de la precursora influencia que su obra ejerciera sobre las letras rioplatenses, rastreable en autores como Onetti, Julio Cortázar o Ernesto Sábato; a pesar que en nuestra época ha contado con la acción proselitista de influyentes críticos, como su compatriota, el también escritor Ricardo Piglia, el nombre de Roberto Arlt, indiscutible desde hace décadas en los manuales de literatura del «continente mestizo», sigue ocupando como un discreto segundo plano, si es que se le presta alguna atención, una vez que rebasamos las fronteras de su Argentina natal y los radios del nacionalismo cultural agotan sus imaginarios límites.

 

Este general desconocimiento más allá de ciertos círculos de especialistas probablemente haya sido determinante a la hora de que la joven editorial Modernito books se lanzase el pasado año a publicar una nueva y cuidada edición Los siete locos, obra que junto a Los lanzallamas, su continuación, representa la cumbre y el corazón de un ciclo novelístico que completan El juguete rabioso y El amor brujo y que, erigido entre 1926 y 1932, «en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana»  –como escribió en el prólogo a Los lanzallamas saliendo en respuesta frente a quienes lo acosaban de escribir mal, de regodearse en lo sórdido–, consagró a este hijo de emigrantes europeos, como uno de las voces más personales de la literatura en español de la pasada centuria.

 

Y es que por los mismos años en que Güiraldes –uno, por cierto, de sus mentores– publicaba su Segundo Sombra, o Rómulo Gallegos daba a las planchas su gran éxito, Doña Bárbara, es decir, mientras la novela tradicional de la tierra o «criolla» se encontraba en plena efervescencia, Roberto Arlt –con Macedonio Fernández, reconocido maestro de Borges, o Miguel Ángel Asturias, en plena elaboración de El Señor Presidente– está anticipando, «en orgullosa soledad»,  esa nueva sensibilidad estética que poco después ofrecerá los extraordinarios frutos que todos conocemos.

 

Ajeno a la célebre rivalidad entre Boedo y Florida –pues si bien es cierto que se sentirá más cercano estética e ideológicamente a estos últimos, será en Proa, donde Borges publicó, por ejemplo, su traducción de la última página del Ulises, donde dé a conocer su primera novela–, Arlt cultivará una novelística eminentemente metafísica, cuyos personajes, arrojados a la jungla urbana de una megalópolis inhumana como Buenos Aires, tratarán de encontrarle, como dijera Gómez Lanuza, «a través del dislate un sentido, sea el que fuere, a la vida».

 

Esto se hace evidente desde las primeras líneas de Los siete locos, desde el mismo momento en que Remo Erdosain –protagonista en el que algunos han querido ver, de forma exagerada, un «autorretrato» del autor–, tras ser pillado robando dinero de la empresa en la que trabaja como cobrador, se hace la angustiosa pregunta: «¿qué hago con mi vida?» A partir de ese momento, Arlt nos sumerge en un lóbrego deambular por una ciudad, cuyas zonas marginales fondeará con total familiaridad, incluso con simpatía, que adopta la forma de un laberinto sin salida cuyos moradores están condenados de antemano al absurdo, a la inanidad. Como algunos sombríos héroes de Unamuno o Baroja, como los atormentados personajes de Dostoievski, influencia capital no solo en esta obra, la actitud existencial de Erdosain zozobra entre «un sueño de felicidad absoluta que es como la raíz de su ser», en palabras de Donald L. Shaw, y la desesperación que lo golpea al comprender que esas fugaces visiones que le asaltan no son más que una quimera.

 

La actitud desesperanzada pero al mismo tiempo irónica de ese puñado de estrafalarios revolucionarios encabezados por el Astrólogo –«No sé si nuestra sociedad será bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se puede hacer es preparar una ensalada rusa que ni Dios lo entienda»– y en la que al masoquista Erdosain le está reservado el papel de  «químico» –todo dentro de un grupo que planea subvertir el sistema obteniendo fondos a partir de la explotación sistemática de una red prostíbulos– se encuentra subrayada en la presente edición por el trabajo de la ilustradora Mercè López, quien ha decidido hacer acompañar, cuando no directamente suplantar, a estos «locos» con la turbadora presencia de insectos. Como la artista barcelonesa se encarga de explicitar en una nota al final de la obra: «La angustia que sufren los personajes se convierte en papel quemado que sale de sus cuerpos. De esa angustia emana el resentimiento, el sufrimiento que los enfrenta al lado oculto de la realidad: el crimen, la prostitución, el juego, la farsa, el engaño, el complot… A eso se refieren los insectos.» Los insectos, remarca López, nos inquietan, son seres de la oscuridad y casi diríamos que de la intimidad, pues pueden habitar también en el alma.

 

Sin embargo, pese a lo que estas palabras pudieran sugerir, la impresión que nos arrojan estas ilustraciones no es desagradable. Cucarachas, escarabajos, libélulas y otros bichos tradicionalmente ligados al inframundo de la conciencia y que suelen poblar nuestras pesadillas y alucinaciones, resultan aquí perfectamente reconocibles y perfilados, quedando como momificados. En este sentido, estas imágenes, que bien podrían ilustrar el proceso de animalización de los protagonistas, operan al contrario una especie de (re)humanización que nos ayuda a visualizar mejor el desvalimiento, la precariedad de la vida humana en general aquí encarnada en la infinita soledad de unos seres que esperan algo extraordinario que nunca habrá de llegar, que más que terroristas de carne y hueso, parecen espectros que corren en pos de su propia destrucción.

 

Lejos de apostar por una versión más «fiel» a las provocaciones que arroja el texto, que recrea insistentemente, de acuerdo a un rasgo estilístico característico del autor, un entorno distorsionado pero preferentemente geométrico, ya no solo en las descripciones de los protagonistas –la «carne cúbica» que hace posible el «rostro romboidal» del Astrólogo, sin ir más lejos–, sino incluso a la hora de trazar el alma de los personajes, su dolor en forma de «poliedro irregular», «la geometría interior de su vida», la ilustradora –que aparece, lo que es ya toda una declaración de intenciones, destacada en la portada en pie de igualdad tipográfica con el autor– ha decidido incorporar su propia lectura, ofreciendo rasgos más nítidos, expresionistas, y estéticamente cercanos al mundo del cómic. De hecho, solo en la ilustración de la maravillosa (sobre)cubierta, único momento también en el que irrumpe el color, los personajes presentan los rostros desfigurados, sin llegar, para entendernos, a las deformaciones de un Bacon. Es un acierto, pues como señala en cierto momento el enigmático narrador de Los siete locos, ese cronista impreciso y fantasmal: «Indudablemente, en la vida, los rostros significan poca cosa.»


Como sea, la edición, realmente esmerada, no solo devuelve vigencia sino que rejuvenece un clásico que desde que apareciera en 1929, rodeado de una general indiferencia, ha sufrido frecuentes altibajos en su recepción. Aquellos lectores que, habiendo leído La náusea, El extranjero o Sobre héroes y tumbas se internen por primera vez entre sus páginas, y aquí tienen una buena oportunidad para hacerlo, tal vez se sorprendan de su «modernidad». Como Manhattan Transfer, Berlín Alexanderplatz o Viaje al fin de la noche, también resuenan por las oscuras avenidas y callejones de esta novela los pasos perdidos de una generación que oscuramente percibe que lo inimaginable está a la vuelta de la esquina.

 

Buena noticia sería que muy pronto la editorial nos anunciase que va a culminar el proyecto publicando Los lanzallamas.

 

«Dónde está mi cabeza», de Benito Pérez Galdós

Dónde está mi cabeza


En la navidad de 1892 el popular diario El Imparcial publicaba la que parecía que iba a ser la primera parte de un relato de Benito Pérez Galdós titulado «¿Dónde está mi cabeza?», cuya anunciada continuación nunca llegó a aparecer.  Decimos que parecía que el relato estaba inconcluso por dos motivos. El primero y más evidente, porque el propio autor se había encargado de anunciarlo añadiendo al final del texto la siguiente coda: «[La continuación en el número de Navidad del año que viene]». Y el segundo, no menos revelador, por la propia estructura del relato, que parece acabar en un clímax y que deja al lector, como era habitual en los folletines de la época –género que el joven Galdós, dicho sea de paso, devoró–, mordiéndose las uñas.

 

El caso es que la «promesa» no se cumplió y un año más tarde el misterio, si es que en realidad lo había, permaneció sin resolver, cobrando fuerza la hipótesis de que tal vez a Galdós no se le hubiera «pasado» –algo debieron de sospechar los primitivos lectores al ver cuán largo le fiaban la resolución del cuento–, sino de que era plenamente consciente de lo que hacía al ponerle ese trunco final. Galdós nunca fue ajeno a la concepción de la práctica literaria, como él mismo dejó escrito, concebida como «divertimento, juguete, ensayo de aficionado».  De hecho en 1870  ya había afirmado otro relato, más extenso y complejo, pero tampoco excesivamente conocido, como es la sátira de folletines La novela del tranvía, donde hacía gala de una voluntad de experimentación que a veces nos cuesta atribuirle: como si el realismo del que el autor es emblema no hubiese sido mirado con general desprecio en España por la crítica «seria» hasta bien avanzada la década del 70.  En este sentido, si lo que «¿Dónde está mi cabeza?» reivindicaba era una delirante teoría del despiste, no debería sorprendernos que el autor considerase como el mejor final posible para la «broma» el simular que él mismo, como su docto personaje, perdía la testa.

 

Interpretaciones aparte, a algún lector podrá sorprenderle también descubrir en este relato a un Galdós que no es el habitual. El maestro de la novela histórica, realista o simbólica, abandona, al menos en apariencia, el concienzudo estudio con el que a lo largo de su prolífica carrera consiguió desvelar la maquinaria interna de la realidad para, desequilibrando el fiel que en la balanza debía señalar el punto medio «entre la exactitud y la belleza de la reproducción» –según expresión que extraemos de su discurso de ingreso en la RAE–, regalarnos un relato muy breve pero enormemente seductor que si por el tono de misterio puede parecer una visión paródica y castiza de Poe, por el humor sardónico con el que reviste esa mirada a una realidad anómala y  grotesca, en la que lo fantástico se disfraza de cotidianeidad, por la solapada crítica social y, claro está, por el recuerdo de aquel Kovalióv que al despertarse descubrió que le faltaba la nariz, nos trae a la cabeza –¿o no la habremos perdido ya también nosotros a lo largo de este artículo interminable?– al Gogol de los relatos peterburgueses.

 

Con estos precedentes, no podemos más que felicitarnos porque una nueva editorial, en este caso la badajocense El Verano del Cohete, haya decidido recuperar un texto que por su singularidad se ha hecho con el tiempo acreedor de figurar en varias antologías pero que estoy seguro que de forma exenta nunca había podido lucir tan bien palmito. Cuatro tintas (amarillo, azul, magenta y negro) ha necesitado ilustrador Lorenzo Montatore para trasladarnos a ese Madrid de finales del siglo XIX en que presuntamente transcurre la acción con una serie de dibujos rebosantes de vida, comicidad e ingenio. Cuenta el autor que tuvo en todo momento como referencia para el presente trabajo la labor del portuense Manolo Prieto, que durante 17 años fue el autor de las portadas de la revista semanal Novelas y Cuentos, sin que deje de estar muy presente la figura del célebre caricaturista británico Ronald Searle, creador de la célebre tira St Trinians School, y cuyo ¡Abajo el colejio!, en colaboración con Geoffrey Willans, hemos podido disfrutar recientemente en español de la mano de Impedimenta. El resultado, que no desmerece a la evocación de tan ilustres predecesores, es una perfecta simbiosis de inspiración retro, dinamismo y fantasía.

 

Recuperando de este modo el estilo fanzinero que les resulta tan querido y que ya nos permitió en su primer título revisitar otro texto clásico, si bien que de naturaleza radicalmente distinta, –en aquel caso se trató de una versión bilingüe de la balada trágica El Rey de los Elfos (Erlkönig) de Goethe, ilustrado por Borja González–, este delicioso cuadernillo es una joyita que, por su formato, cuenta con la ventaja de resultar relativamente económico.

 

Una feliz rareza.

 

12 poemas de Federico García Lorca

12 poemas de Federico García Lorca


«El sueño, el deseo, el anhelo, el recuerdo, la muerte. ¿Cómo dibujar estas semillas?», se pregunta Gabriel Pacheco en «Elegía de la imposibilidad», el bello texto que a modo de epílogo cierra esta obra. Sí, se interroga el ilustrador. Cómo atrapar lo que nunca cesa, lo que no termina de despedirse, lo inmarcesible de la vida sino tanteando como un ciego, sino a base de esbozar imágenes improbables e inciertas, capaces siquiera de insinuar unas escenas al mismo tiempo «hermosamente alegres y trágicas».

 

Las dudas de Pacheco me imagino que tienen que ser muy similares a la de cualquier artista al que se le encomienda la labor de poner en imágenes la obra de un gran escritor. Y el grado de dificultad, de parálisis incluso, debe de acrecentarse cuando el creador es un poeta tan desbordante, tan justamente admirado, antologado y adaptado como Lorca. Y sin, embargo, a la vista del resultado, debemos convenir en que sus temores eran infundados, que Pacheco ha sabido hallar esa fecunda fuente de imposibilidad a la que alude para ofrecernos una visión personalísima, azul y preñada de nostalgia de un Lorca desprovisto de tamboriles, cortijos y panderetas. Un Lorca muy poco profesionalmente andaluz, sofisticado, vienés, universal, que sigue conservando su esencia y que ha sabido encontrar en Pacheco a un lector sutil y esmerado.

 

Ese niño que, con los ojos atados, «nos alumbra y nos muestra esa nostalgia anudada a la noche que pronto se irá» le ha sugerido al ilustrador una serie de visiones oníricas, de atmósferas de una delicada belleza lunar que, ejecutadas con una técnica exquisita, refuerzan el simbolismo de unos poemas de por sí muy visuales, favoreciendo el que cada una de las trece láminas, incluyendo la (también) bellísima portada, que a modo de otras tantas representaciones amalgama la obra –¿acentúa la teatralidad el que el propio autor estudiase escenografía?– pero que mantienen, como si fueran fotografías tomadas en una misma sesión, una armónica unidad de estilo, no solo sirvan para ofrecer una interpretación «libre» de los poemas, en ese acto de apropiación que supone la ilustración de un libro, sino que faciliten la incorporación de nuevas lecturas –y en su caso es constatable la voluntad de evitar cierta «literalidad» a la hora de iluminar los textos–a quienes habrán de llegar más tarde.

 

«Un niño abandonado, el tiempo enhebrado que nos teje, la mariposa del amor (que siempre nos abandona), las hojas de lluvia que mojan, el otoño, la mujer, el viento que se llevará la luz, su libélula azul, sus lagarto enamorados». Un universo poético de singular belleza un millón de veces recorrido y, sin embargo, siempre por descubrir, inagotable que convierte en un acierto más el que desde Kalandraka, una de las editoriales de referencia en el campo de la literatura infantil, hayan querido concebir este volumen como un libro recomendable para lectores de cualquier edad, pues al fin y al cabo tan infantiles pueden ser estos poemas como Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas o El Principito (o, según se mire, el mismo Del Enebro).

 

A Manuela Rodríguez y Antonio Rubio les ha cabido la tarea de seleccionar las doce composiciones extraídas de toda la producción del poeta granadino dedicada a la canción popular o al poema musical de raíz folclórica, una labor sin duda difícil pero que juzgamos acertada, pues aunque otras muchas cribas habrían sido posibles –¿cómo no echar de menos «Es verdad» o «La canción del jinete», «Canción china en Europa» u otras tantas que forman parte ya de nuestra memoria sentimental?–, la presente, que bebe fundamentalmente del Lorca de Canciones, aunque no faltan coplas o rondas extraídas de sus obras teatrales, caso de La zapatera prodigiosa– es especialmente afortunada, tanto por la gracilidad de unas piezas que logran conservar la frescura de la tradición oral de la que beben, como por las posibilidades que le brindan al ilustrador mexicano –piénsese en textos tan memorables y conocidos como «Canción tonta», «La tarara»,  «El niño mudo», «Despedida» o «El lagarto está llorando»– a la hora de mostrar las craqueladuras del corazón de esos seres ensimismados, como salidos para posar un instante desde ese «teatro bajo la arena» al que de un zarpazo le robaron el porvenir.

 

El libro, un gozo, una llamada urgente a la calma, incluye en la parte final una biografía del poeta donde, por cierto, no se teme herir la sensibilidad infantil al afirmar que este fue fusilado.

 

«Cuando muera, si es que muero, dejad el balcón abierto».

 

***

 

Con estos cuatro libros en la mano es lógico que nos sintamos más capacitados para afirmar que la gran amenaza para el libro impreso no es el digital. Ni siquiera la crisis que está haciendo que se contraigan drásticamente las ventas y que muchas librerías y editoriales estén siendo obligadas a echar el cierre. Esto es un drama, quién lo duda, pero la gran amenaza para la literatura –y ojo que no hemos dicho «alta literatura» ni «literatura de calidad» para no abrir nuevas vías, acaso más capitales, de controversia– no es una cuestión de formato. Son las redes sociales, Youtube, Instagram, y el resto de ofertas de ocio que la población letrada tiene al alcance de su mano. Todo aquello que trabaja a favor del acortamiento de la vida de los productos culturales, promoviendo su circulación ultrarrápida, su obsolescencia programada. Nuestro tiempo es limitado y a medida que nuestras pantallas abren nuevas ventanas parece achicarse aún más. Poco importa cuánto haya crecido nuestra esperanza de vida. Esas dos o tres horas diarias que con suerte un adulto con inquietudes podía dedicar a «consumir» se las disputan ahora los libros, claro, pero también las redes sociales, las series, los festivales, los viajes, el running, por citar algunas actividades de entre las perfectamente confesables. La midcult tiene unas tragaderas enormes. Y menos mal que solo hay mundial cada cuatro años, porque si no tendríamos que terminar buscando a los intelectuales en las tabernas. El libro ilustrado en este sentido, por lo que supone de desafío a las propias leyes del mercado, de enmienda a la hegemonía de la cultura mainstream y su marchamo de rapidez, parece cosa de lunáticos.

 

Como seguir tocando mientras todo se hunde.

 

 

FICHAS DE LOS LIBROS

 

Portada Del enebro

Del Enebro.

Jacob y Wilhelm Grimm.

Traducción de Jessica Aliaga Lavrijsen.

Prólogo de Francisco Ferrer Lerín.

Ilustraciones de Alejandra Acosta. Edición bilingüe español-alemán.

77 páginas.

Jekyll&Jill Editores. Zaragoza, 2012.

 

Portada Los siete locos

Los siete locos.

Roberto Arlt.

Ilustraciones de Mercè Lòpez.

ISBN: 978-84-939502-5-5.

Rústica con sobrecubierta.

289 páginas.

PVP: 18€.

Modernito Books. 2013.

 

Portada Dónde está mi cabeza

¿Dónde está mi cabeza?

Benito Pérez Galdós / Lorenzo Montatore.

32 páginas.

ISBN: 978-84-942610-0-8

PVP: 9€.

El verano del cohete. 2014.

 

Portada 12 poemas Federico García Lorca

12 poemas de Federico García Lorca.

Ilustraciones de Gabriel Pacheco.

Selección poética de Antonio Rubio y Manuela Rodríguez.

Encuadernado en cartoné. 18,5 x 27 cm.

40 pág.

ISBN 978-84-92608-83-6.

PVP: 15 €.

Kalandraka. 2014

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