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El librófago el blog de José María Matás


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19 de febrero, 2014

Rafael Reig, Lo que no está escrito

 

Es conocido que aunque el nombre de Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), se asocia ineludiblemente con el territorio de la novela negra, género que ha cultivado con especial intensidad y que le ha granjeado sus principales reconocimientos –su primer gran éxito literario le vino de la mano de Sangre a borbotones, Premio de la Crítica de Asturias y finalista del Fundación José Manuel Lara–, su obra, que incluye también ensayos sobre literatura y recopilaciones de artículos, viene suponiendo un venturoso intento por forzar los límites que el género, al menos en su versión más aparatosa y evasiva, parecería querer imponerles a sus cultivadores, algo que ha logrado en parte gracias a la densa cultura y a la imaginación creadora que atesora y de la que dio buena muestra, como muchos recordarán, con aquella iconoclasta y corrosiva historia de la literatura contemporánea titulada Manual de literatura para caníbales que lo dio a conocer para el gran público.

 

Su por el momento última novela, Lo que no está escrito (publicada hace algo más de un año), no solo no renuncia a esa voluntad de traspasar los habituales contornos, los del noir o el thriller psicológico en este caso, con que la industria editorial con la general aquiescencia del público tiene a bien en etiquetar sus productos, sino que profundiza en el universo narrativo particular de un autor que, habiendo alcanzado un pleno dominio de su oficio, parte de cauces, texturas, incluso personajes familiares, casi arquetípicos, para terminar configurando algo atractivo y diferente. En definitiva, logrado.

 

Lo que no está escrito, novela que no parece albergar por parte del autor unas pretensiones desmesuradas, o en la que al menos esta ambición no resulta demasiado “evidente”, cuenta una historia sencilla de forma en apariencia sencilla. Pero conviene comenzar insistiendo en que efectivamente una y otra impresión son solo eso, una apariencia, y que nada tienen que ver con la famosa «sencillez, escrita como jugando» de la que habló Martí para referirse a algunos de sus más célebres Versos. Aunque va contra mi costumbre extenderme a la hora de dar detalles sobre los argumentos –que para eso ya cuentan las editoriales con personal más que cualificado– temo que no se pueda comprender nada de lo que viene a continuación si no me detengo en este punto por unos instantes. Procuraré no destripar demasiado la historia.

 

Todo empieza cuando Carlos, padre divorciado, alcohólico y escritor frustrado, se pasa por el apartamento de su ex mujer, Carmen Maldonado, directiva de una editorial, para recoger al hijo que tienen en común, un adolescente consentido de catorce años llamado Jorge, con la idea de llevárselo de acampada a la Sierra de Guadarrama durante un fin de semana. Este capítulo insignificante supone todo un acontecimiento para la familia pues se trata de la primera vez que padre e hijo pasan unos días solos después de que la madre aceptara levantar el estricto régimen de visitas que le había impuesto el juez al padre del chico después del sonado divorcio que protagonizara seis años atrás la pareja y que tan profundas secuelas psicológicas terminaría dejando en la impresionable mente del chaval. Hasta aquí, todo normal. Pero durante el fugaz encuentro que estos dos ya cuarentones mantienen en el apartamento, Carlos aprovecha para dejarle como al descuido a su antigua mujer el manuscrito de una novela que acaba de terminar, que viene acompañado de la siguiente nota: «No es ningún compromiso, ya tengo editor (Cosmos). Sólo quiero que tú lo leas. Carlos». A partir de ese momento, la historia irá avanzando de manera paralela en tres frentes. Por un lado, Carmen, que sólo a regañadientes ha aceptado que su ex se lleve al chico, pues recela ya no solo de este sino de su actual pareja (a la sazón, su primera novia), con quien previsiblemente se encontrarán en la montaña, se va a imbuir en la lectura del manuscrito, encontrando a cada paso entre las páginas de la novela toda una serie de intenciones ocultas y coincidencias más o menos funestas entre su propia vida desde que se enamoró del padre del chico y las turbias existencias de los protagonistas del texto que le ha confiado su ex. Carmen, que todavía no sabe que lo que tiene entre sus manos es la «venganza de Carlos», tratará así de leer lo que no está escrito.

 

En paralelo seguiremos la accidentada excursión del padre, ese «poeta pobre y autodidacta» salido del extrarradio decidido a hacer un “hombre” del sobreprotegido hijo único al que la la madre-niña-bien habría convertido en un saco de complejos, en un muchacho fofo e inestable con problemas para dominar su vejiga, que hace todo lo que puede por gustar pero que no puede evitar caer presa del pánico ante la manipuladora y agresiva actitud de su progenitor. Y, en el centro de estas dos tramas, se situará la tercera pata de esta historia, la narración del propio manuscrito (titulado Sobre la mujer muerta), esa novelita negra sobre un secuestro repleta de personajes patibularios y situaciones sórdidas que actuará como un espejo deformante sobre la realidad que experimentan los personajes “reales” del libro y que, al depender de la historia principal pero al contar a la vez con su propia autonomía, va estableciendo una serie de pausas ritmadas que dotan de una particular cadencia a la obra. Estos tres hilos, que se irán trenzando de manera regular a lo largo de las doscientas y pico páginas de la novela confluirán en el capítulo final, que hace las veces de apéndice, donde terminan mezclándose en un sorprendente giro la realidad con la ficción, esto es, la historia de Carlos, Carmen y Jorge, con la de los personajes imaginarios, basados parcialmente en los anteriores, que Carlos ha construido.

 

Para llevar a cabo esta labor de orfebrería narrativa –tanto más necesaria en cuanto el autor piensa con Galdós que una novela no es más que la forma de tener acceso a la maquinaria interna de la realidad–, Reig ha debido dosificar muy meticulosamente los recursos a su alcance (que son muchos y variados), adaptando el punto de vista, las formas del discurso, los registros, a cada situación. Su paleta es amplia pero tal vez destaque por su carácter orgánico dentro del conjunto el contraste que se produce entre los capítulos que tienen al trío principal por protagonista, donde el narrador puede hacer uso de unos códigos literarios que le son propios, exhibiendo su estilo –un estilo, en todo caso, que dista en muchos sentidos del que había exhibido hasta la fecha: más ampuloso, sarcástico y glotón–, y aquellos que conforman el manuscrito insertado, que son trasunto de la voz literaria de uno de los propios personajes y, por lo tanto, un solvente artificio que nos brinda información más o menos relevante para la historia principal, aunque lo que aquí sucede en ocasiones sirva también para desorientar a Carmen y al propio lector ahondando la intriga. Así, mientras que en los primeros podemos hallar, dentro del “realismo sucio” predominante tanto en las descripciones urbanas como paisajísticas, un lenguaje en ocasiones más elevado, por momentos lírico y plagado de metáforas e imágenes muy visuales, los capítulos de la novela intercalada, al provenir de ese escritor frustrado que es Carlos, imitan las convenciones del género policiaco, con predominio del lenguaje vulgar y escatológico (que podría ser de las afueras de Madrid o de Chicago), hasta el punto de remedar caricaturescamente el estilo de las hard-boiled novels, de forma particular, como se explicita en algún momento de la obra, del clásico No Orchids For Miss Blandish, de James Hadley Chase.

 

Además de las referencias que se entrecruzan entre las diferentes tramas, interesantes tanto desde la perspectiva de la tensión dramática, como del propio punto de vista, pues nos ayudan en su polifonía a saber cómo juzgan los diferentes personajes unos mismos hechos y cómo se ven a sí mismos y a los demás, el autor ha añadido como elemento estructural una serie de engarces entre los episodios de Sobre la mujer muerta y los que de manera invariable le siguen, los relativos a la excursión, consistentes en terminar cada capítulo de los primeros con una definición de un crucigrama –a los que tan aficionado es el personaje principal de la novela, Riquelme, así como su álter ego Carlos– para empezar el siguiente con la solución. Este recurso ayuda a fijar la historia y más allá de su originalidad posee un carácter metafórico, pues cada desvelamiento, cada palabra resuelta, parecen condicionar fatalmente el desarrollo del resto del crucigrama, de la vida de los personajes, en definitiva.

 

Con un estilo a veces impresionista, que se vale de dos o tres rápidas pinceladas para plasmar un ambiente o un estado psíquico, y en otras ocasiones más netamente cinematográfico, ya sea a través de breves descripciones fulgurantes o de un uso iluminador del monólogo interior, el autor consigue meternos de lleno en los diferentes ambientes (sean urbanos o naturales) de la obra y, especialmente en las torturadas mentes de los protagonistas, creando un clima de opresión que agudiza la sensación de angustia a medida que avanza la obra y que va anticipando el fatal desenlace. Decir esto no es decir demasiado y no tema el lector que le chafe el desenlace. Que algo tiene que acabar necesariamente mal responde a la propia lógica de la acción y a la visión del mundo que subyace a la obra, explicitada además en diferentes momentos por los propios protagonistas: «Era así, Carlos lo sabía: uno siempre acaba rodeado de víctimas. Vociferantes víctimas. Acreedores blandiendo sus facturas, porque alguien tiene que pagar por esto, por su vida y por todas sus desdichas».

 

Pero, junto a la penetración psicológica, el eficaz uso del lenguaje, o la inteligente administración de la intriga que constituyen los elementos centrales del cañamazo narrativo, destaca además la propia reflexión del autor –quien además de consumado crítico literario, en la actualidad dirige el área de lectura de Hotel Kafka– sobre el arte de la novela que el libro en clave metanarrativa –sin llegar a los extremos ensayados por un Piglia en Prisión perpetua– lateralmente nos muestra al invitarnos a cuestionar el papel del lector a la hora de rellenar las grietas que deja la ficción («Los huesos de cualquier novela soportaban demasiada sangre y demasiada carne: también la que pusiera el lector, el miedo de Carmen y su sentimiento de culpa»), así como la capacidad del escritor para actuar como un juez soberano que tiene en sus manos la vida de los personajes, que decide hacia qué lado lanza la piedra, que «condena o absuelve».

 

Con estos recursos, Reig consigue transcender la manida temática de las relaciones familiares y los traumas que una separación acarrea tanto en los hijos como en aquellos que en plena madurez tienen que aprender a empezar de nuevo sin haber soltado lastre, trascendiendo los tópicos habituales de este tipo de relatos (la vida tampoco es siempre tan original como quisiéramos creer) para ahondar en aspectos concomitantes de enorme importancia como los que tienen que ver con el fracaso de toda empresa humana –ese permanente sentirse «encerrados fuera» de los personajes–, o la exploración del tema del determinismo social –en la tradición de la novela naturalista y más tarde de la novela negra clásica aunque con un efecto doblemente turbador en tanto la acción se desarrolla en una sociedad en la que la lucha de clases, en teoría, no tiene razón de ser– que termina condicionando las existencias de los personajes protagonistas, sus anhelos y frustraciones, en función de su origen. Reig ha expresado alguna vez, citando a Fernando Marías, que «la novela negra empieza cuando el culpable no es el que aprieta el gatillo». En este sentido, el recorrido por la escala social y por los diferentes tipos de violencia que en cada nivel son puestos en juego –desde la alta burguesía que representa el “mundo” de Carmen hasta los bajos fondos que encarnan Carlos y su novia Yolanda, y como una prolongación esperpéntica de estos los personajes de Sobre la mujer muerta– resulta sumamente ilustrador a la hora de entender las motivaciones de los protagonistas (aunque aquí no haya una pistola cargada o esta pueda adoptar la forma de un libro) y ahondan en el tipo de crítica social que es característica de la obra del autor de una manera tanto más profunda en cuanto resulta menos explícita –por ejemplo en Todo está perdonado leíamos: «a menudo la conciencia es como la ideología: cada uno tiene la que necesita para justificar su modo de vida»–, tiñendo cada línea de pesimismo y ofreciéndonos una imagen desencantada de una sociedad alienada y esquizofrénica como podría ser la española en nuestros días.

 

Si alguna objeción tuviéramos que ponerle a la obra sería la de que, pese a disfrutarse en cada una de sus páginas, Lo que no está escrito da la impresión de acabarse demasiado pronto. Si esta sensación se debe a una falta de desarrollo de algunas de las subtramas –la que desarrolla la novela de Carlos, por ejemplo–; al hecho de estar recorriendo unos problemas (los de la separación de una pareja y los traumas subsiguientes) mil veces leídos y vistos; a cierta inverosimilitud de la historia, ya sea por el carácter estereotipado de sus personajes o por avanzar de un modo artificiosamente simétrico; o, por qué no, simplemente se trata de una impresión, como todo lo anteriormente expuesto, totalmente personal, es algo que cada cual debe discernir. Y, en todo caso, debemos reconocer finalmente que, volcadas todas sus propiedades sobre la balanza, las virtudes pesan mucho más que sus posibles defectos. 

 

En definitiva, quienes estén cansados del típico thriller o la consabida novela negra trepidante y efectista pero previsible y hasta cierto punto naíf en su violencia –aquella que haría bueno el diagnóstico apuntado alguna vez por Reig de que el género está aquejado «de un cáncer con proceso metastásico»–, podrán encontrar aquí algo que se le parece en ocasiones, pero mucho más perturbador. A quienes les interesen las novelas que reflejan conflictos familiares tratados con crudeza, con mucha crudeza, y sin una sobredosis de edulcoración, también les podrá interesar esta obra. A los que busquen libros que además de envolventes inviten a reflexionar sobre el malestar de nuestra sociedad, o sobre la relación entre vida y ficción, también podrán encontrar en este título algo más que un puro entretenimiento. Es decir, Lo que no está escrito es una novela apta para muchos públicos –que no todos los públicos-, siempre que estén dotados de un buen estómago, pues se recrean escenas de gran crudeza, y de un paladar exigente sin llegar, tampoco se pretende, al sibaritismo.

 

 

Lo que no está escrito

FICHA DE LIBRO

Lo que no está escrito.

Rafael Reig.

Tusquets Editores.

296 páginas.

PVP: 18€.

Fecha de publicación: noviembre de 2012.

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