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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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29 de abril, 2017

Infamia, infamia

Hemos vuelto a Malabo, ya lo saben, y hemos revivido cosas de cuando éramos más joven, de cuando teníamos otra edad. Acá nos han dicho que muchas empresas se han marchado, así que hay mucha gente que pasa penurias económicas, pero allá ellos. De hecho, hemos visitado el paseo marítimo mandado hacer por el general-presidente Obiang, aplaudido por los suyos. A propósito, ¿alguien sabe si hacía falta que en la construcción de alguna estructura de aquel paseo se utilizara el mármol, y no cualquier mármol?

                   Hemos venido y nos hemos instalado lo mejor que pudimos y pronto empezamos a percibir que algo olía mal. ¿Saben?, los indicios de este olor vinieron de cuando todos los que tenemos cierta edad vimos parar al borde de la carretera al Abuelo Lima esperando la salida  de las niñas del colegio, cualquiera, para abordarlas, y a la luz del día. Francamente, y mirando con retrospectiva, que aquel infame ser no haya recibido una tunda de algún guineano dice mucho de la naturaleza depravada de las gentes de este lugar.

                   De lo que íbamos a decir, instalados en el hedor, es que hemos descubierto que lo de Lima no era algo excepcional, sino que muchos habitantes de Malabo se han convertido en depredadores sexuales de niñas, sí, niñas. Ocurrió que íbamos de paseo, para dejarnos ver y que se jodan los que nos querían ver arrastrándonos, y vimos a un taxista, mayor de edad, hablando de cierta manera con una niña. Enseguida hemos de decir que las condiciones geográficas influyen tanto en la madurez sexual de las niñas que cualquiera de ellas podría tener desarrolladas las condiciones aparentes de su madurez, aunque legalmente sea una menor. Hablaríamos de chicas de entre 14 y 18 años. En el caso del que hablamos, estas condiciones aparentes de madurez no existían, así que era claramente una niña. Y estaba siendo abordada por un taxista que no parecía ser un familiar. Al comentario de una mujer que pasaba, lamentando algo sobre lo que se había convertido esta sociedad, creímos que se refería a lo que creía que era un abordaje condenable y le dijimos al taxista que aquella criatura era lo que se veía, una niña. Y qué, nos espetó. La seguridad de lo que podría ser aquello, toda vez que no conocíamos todos los detalles de aquel encuentro, nos hizo seguir nuestro camino, aunque con las dudas de que podríamos haber hecho más.

                   Nuestras dudas se disiparon cuando oímos parte de una conversación entre un adulto y una niña sin muestra aparente de una madurez incipiente. El adulto requería su presencia, y sin acercarse, ella le dijo algo para que aquel le respondiera: ¿Porque tengo barba? Entonces supusimos que no había ninguna charla inocente entre ellos, sino un requerimiento que debería ser penado, reclamando aquella niña su condición de menor. Nuestro testimonio de que en otro paseo tuvimos que recriminar a un español que estaba requiriendo la atención de una menor en la puerta del colegio Santa Teresita nos hizo crecer en la convicción de que los tres casos no eran aislados, así que  consultamos, ayer mismo, con una veterana de aquí, no vayamos a meter la pata.

                   La respuesta suya fue que la pederastia se había instalado en la sociedad malabeña, y que aquello que vimos, lo de taxista, no sería la primera vez, de niñas abordadas en la calle y llevadas a ser asaltadas sexualmente, bajo un falso consentimiento, por adultos. Añadió que los hombres adultos ansiaban a las niñas, no menores, y que las adultas buscaban a los niños. Fue ahí, asqueado, donde paramos el interrogatorio, pues no sabríamos entender cómo una mujer pudiera ser capaz de violentar a niños, aunque sí sabemos de mujeres de cierta edad que frecuenten a jovencitos, pero nunca conocimos el caso de niños. Ella sabe más, y supongo que su testimonio es verídico, ojalá que no.

                   En la discusión de este hecho penoso hemos de decir que cualquier sociedad mínimamente organizada sería capaz de reducirnos a la esclavitud, pues hemos preferido instalarnos en la depravación. De hecho, cualquier sociedad entera no aguantaría el régimen que estamos padeciendo desde hace años. Nos sobreponemos, y lanzando maldiciones sobre todos los puntos cardinales, os hemos de decir, funcionarios, trabajadores de empresas mixtas, pastores de las iglesias, curas de fiestas de guardar, maestros, trabajadores del sector privado, políticos de la oposición, que ya sospechábamos de este furor religioso que se ha apoderado de vosotros, creyendo que es un deber ciudadano acudir a oficios religiosos, y si vociferantes, mejor. Os hemos de decir que si creéis que hay un Dios que os está esperando en un sitio cercano a la eternidad para perdonaros  el haber violentado a las niñas, y niños, de vuestra comunidad, o por haber callado lo que estaba ocurriendo, es que no tenéis la más mínima idea de lo que es una religión. Esperamos que al Dios justiciero al que ruidosa y ostentosamente creéis adorar se le arreglen los cables y mande sobre vosotros su ira perpetua. Francamente, merecéis el desprecio eterno del común de los sentidos.

                        Malabo, 28 de abril de 2017

 

 

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