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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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21 de julio, 2016

Obiang, gran maestro en faroté

 

Obiang es un maestro consumado en el arte del faroté, y su larga permanencia en el poder en Guinea debe su mérito a que ha sabido engatusar a los guineanos en esta perniciosa conducta social. El faroté  y su forma de llamarlo, es una práctica muy común en los países africanos de habla francesa, básicamente, aunque se extiende a casi toda África. Y consiste en mostrar liberalidad o magnanimidad en una concurrencia,  con la intención aparente de premiar o alabar las cualidades de una persona, generalmente artista, durante una función. La puesta en escena del faroté consiste básicamente en que, aparentando espontaneidad, irrumpir en escena durante una función musical y regalar una cantidad llamativa de dinero, previa su mostración al público, que generalmente jalea al individuo. Esta parte final del faroté es, como hemos dicho, tan importante como la entrega del dinero, constituidos los dos un hecho único.

 

La reiteración de esta conducta por diferentes comunidades urbanas de África  nos ha permitido descubrir que toda la dinámica socio-política de África está dominada por la misma, elevando una conducta censurable a la categoría de forma insustituible de relación. Las formas de faroté son diversas, pero siempre bajo un sello inconfundible. Todos los hemos visto practicar en algunas de sus formas. En Malabo, por ejemplo, suele ser normal que un ministro entre en un bar e invite a todos los presentes aunque no hubiera ninguna relación de simpatía o amistad entre ellos. También es normal que un alto cargo abandone un local dejando a otros a los que encontró, los cuales se llevan la sorpresa de que el alto cargo, sin comunicárselo, ha pagado sus cuentas. En algunos casos este alto cargo apresura su marcha simplemente para comunicar su asunción de todas las cuentas de los concurrentes.

 

La carta de normalidad que ha adquirido el faroté en ciertas comunidades africanas ha permitido que impregne toda la realidad política de sus países, siendo Guinea, con Obiang a la cabeza, donde este fenómeno se ha asentado con una apabullante frondosidad. En Guinea existe la concepción de que es el presidente el dueño de toda la riqueza disponible, un sentimiento que ha permitido a Obiang ejercer el faroté sin ninguna limitación. Obiang es el artífice de todo: crea y reparte los cargos políticos, elige y nombra a los diputados, decide y reparte los vehículos destinados a ellos, es el dueño de todas las viviendas sociales y asiste, con su gran corte de aduladores, a todos los actos en que la atención multitudinaria y mediática se centra en el oficiante del faroté, él. Obiang, por ejemplo, no desaprovecha ninguna oportunidad para ejercer el faroté, así que la idea de retribuir a los senadores con dinero en metálico o hacer lo mismo con las integrantes de la selección femenina de fútbol se encuadran en la necesitad de ser el centro dispensador de dinero o de favores diferentes para aprovechar sus beneficios políticos.

 

La total imposibilidad de que la propiedad de la riqueza disponible sea atribuida a un solo individuo o una sola familia nos permite ahondar en la sociología del faroté. ¿Quiénes son asiduos a esta práctica? El faroté lo practican los nuevos ricos, los advenedizos de la sociedad que amparándose en prácticas condenables o manifiestamente ilegales adquieren un nivel económico superior al de sus conciudadanos. Generalmente suelen ser personas de escasos estudios, de maneras toscas y emparentadas con el poder vigente. Los ambientes que frecuentan suelen ser habitualmente afectos de las mismas particularidades de estos individuos, necesitados de pública notoriedad. Este hecho de la escasez de prendas de los practicantes del faroté nos permite hacer un apunte sobre la realidad social de Guinea Ecuatorial, donde la escasa formación de amplias capas de la población ha permitido a Obiang ejercer de maestro farotero disponiendo de los recursos del país para atraer o mantener la gratitud de los guineanos, siendo, como hemos alcanzado a descubrir, que la función de un gobierno no debe ser nunca este cometido. No debe agradecerle el ciudadano ningún favor a  la autoridad, un hecho, además, que se intuye en la práctica del faroté clásico. Y es que al no haber pedido la presencia del faroteador, no hay lugar, al menos en público, para que el beneficiario agradezca ninguna muestra de liberalidad, máxime cuando el carácter delictivo de los fondos del faroteador es notorio o público.

 

La práctica del faroté en la política ha impedido el desarrollo de muchos países de África, ya que su instalación entre la comunidad impide descubrir la titularidad de la riqueza disponible, y aunque la misma fuera manifiesta. En Guinea, la riqueza disponible procede del petróleo de un subsuelo que en ningún capítulo se puede decir que es de la familia de Obiang. No hay en la historia de África el precedente de la explotación de una riqueza que pueda ser patrimonio particular. Esta visión errónea de la realidad ha permitido que se dijera que muchos de los grandes nombres de la política africana no fueron más que vulgares practicantes del faroté. Hubo de los que gobernaron países que nadaban en petróleo. También hubo de los que gobernaron países asentados sobre valiosos minerales. Pero todos ellos, valiéndose del efectismo cortoplacista del faroté, dilapidaron aquella fortuna y atrajeron desgracias para su pueblo.

 

El interés por una práctica africana, pero no exclusiva de ella, nos ha permitido extender nuestras observaciones al ámbito mundial. Esta extensión nos ha permitido ver que el farotismo es global, aunque con formas tan sutiles que no se reconocen a la primera. Por ejemplo, si no fuera por este sentimiento del faroté sería censurable que cualquier aspirante al poder ejecutivo de cualquier país hiciera promesas durante las campañas. Aquel asunto se miraría así: en este país hay tanto dinero proveniente de estos recursos y estos negocios. ¿Quién eres tú para prometer qué a los ciudadanos si esto no es tuyo? ¿Cuál es la legitimidad de tu promesa? Pero la práctica está enraizada que las promesas de los aspirantes han pasado a ser parte esencial de la política. Es esta legitimidad que permite, además, que unos oscuros individuos, como Obiang, se apropien de los países, un hecho del que hay otros ejemplos en varios continentes.

 

Es en el ámbito de la discusión del faroté en que podemos hablar del populismo. Y como dijimos en la entrega anterior, son los partidos en el poder los que son capaces de atraer a las multitudes a su causa mediante la exhibición o dación de bienes públicos. Esto, que debería llamarse populismo, es faroté puro y solo lo pueden practicar los que ostentan el poder.

 

Este formar parte de la esencia de la política es lo que permite que practicantes groseros del faroté como Obiang se atrevan a organizar elecciones y haya, además, personas aparentemente sensatas que lo acompañen aunque la realidad no desmienta el vodevil. Y este es un punto capital en la discusión de la situación de Guinea Ecuatorial: cuando haya un número grande de guineanos que entienda que Obiang Nguema no puede hacer el faroté con lo que no es suyo, y así que jamás puede reclamar el título de propiedad sobre ningún beneficio de los recursos, pondremos la primera piedra para tomar un camino diferente al que seguimos. La realidad de los hechos permite creer que esta elección no partirá de la iniciativa de los políticos aspirantes, pues el mundo lleva muchísimos años repitiendo lo mismo, y porque ellos sí toman parte en el faroté de Obiang. Y es que rara vez se ha visto abuchear a nadie durante un faroté. Otra cosa es que a muchos les repugne profundamente. ¿A que ningún trabajador sencillo, o de nivel alto, honesto, sale a farotear con el dinero de su paga? Pues eso.

 

Barcelona, 21 de julio de 2016

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