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La hora del crepúsculo el blog de Luis Cornago


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17 de septiembre, 2016

Apuntes desde Nueva York (II)

 

28/08/2016


El invierno siempre me ha atraído más que el verano, sobre todo desde que me fui a estudiar a Madrid. En invierno, cuando hace frío, me pongo la trenca militar. Cuando además llueve me pongo las botas marrones que me compré una tarde de noviembre, minutos antes de que se pusiera a llover a cántaros y nos tuviéramos que refugiar en un portal de la glorieta de San Bernardo. El portal estaba justo debajo de los apartamentos militares del arquitecto Fernando Higueras de los que mi hermano me había hablado hace poco.

 

A finales del verano pasado encontré en las rebajas una parka verde con botones. Pensé que sería perfecto tanto para el otoño de Copenhague como para el invierno de Madrid. Le acabé sacando un gran partido. Era una prenda que me encantaba. Otra razón más para preferir el invierno, además de la trenca, las botas marrones o los paseos del domingo por la tarde de casa a los Cines Verdi. En invierno también puedo observar desde el autobús 441 a Getafe esa monotonía de lluvia tras los cristales de la que habla Machado en Recuerdo infantil o Xoel López en De piedras y arena mojada.

 

No sé en qué estaba pensando cuando decidí meter la parka en la maleta de Nueva York. A día de hoy es la única prenda que permanece doblada dentro de la maleta. Había estado antes en Nueva York durante el verano y aunque recordaba las altas temperaturas cuando hice la maleta pensé más en las tormentas de verano.

 

A principios de agosto el padre de Maria, mi casera, murió y su hija Nora decidió mudarse con ella una temporada. Yo tuve que abandonar el bonito brownestone y poner fin así a mi aburguesada vida en Park Slope. No habría ya más paseos matinales con George y Lulu, los perros de Maria, que tanta compañía me hicieron en mis primeras semanas y de los que siempre me acoderaré cuando piense en esta ciudad. Tampoco olvidaré que fueron ellos quienes despertaron en mí por primera vez cierto instinto paternal, especialmente la noche que George se pasó vomitando y no había nadie más en la casa.

 

Ahora vivo en una zona al sudoeste de Brooklyn que nada tiene que ver con Park Slope. El barrio se llama Mapleton pero nadie lo conoce. Según Google Maps, el barrio es un triángulo rectángulo: el cateto oeste limita con Borough Park y el cateto sur con Bensonhurst.

 

Borough Park es uno de los barrios con mayor presencia de ultraortodoxos –principalmente jasídicos– de todo Estados Unidos. Muchos de los comercios se aglutinan en las avenidas 13 y 16 y tienen una temática religiosa. Los establecimientos del barrio tienen sus propias normas, que serían difícilmente aceptables en cualquier otra zona de la ciudad. Por ejemplo, en una tienda de comida kosher un cartel prohíbe que las mujeres vistan medias o calcetines de color carne.

 

Bensonhurst, que solía ser el principal Little Italy de Brooklyn a mediados del siglo pasado, es ahora un barrio muy diverso en términos étnicos y de nacionalidades: el 56 por ciento de sus habitantes ha nacido fuera de los Estados Unidos. En Bensonhurst  predomina hoy la población de origen asiático y escasean los italianos. Sin embargo, todavía se percibe la esencia italiana del barrio gracias a pizzerías clásicas como J & V Pizzeria, Lenny’s Pizza o L&B Spumoni Gardens.  

 

La primera vez que oí hablar de esta zona de Brooklyn fue un sábado de madrugada. Hacía días que mi llave no funcionaba bien pero no le había dado mayor importancia. En la madrugada del sábado la cerradura nos dejo tirados. Por suerte, teníamos un cerrajero de emergencia cerca de casa y no tardó demasiado llegar.

 

El tipo llegó en un todoterreno con los cristales tintados. No era mucho más alto que yo pero me superaba con creces a lo ancho. Se llamaba Christopher y hablaba con un marcado acento de Brooklyn. De su cuello colgaba una cadena con un diámetro bastante amplio. Cuando le enseñé mi carnet de identidad me contó que su padre había nacido en España: era de Burgos y se apellidaba Burgos. Me preguntó si conocía la ciudad española y le conté que parte de mi familia materna vive allí. Pronto aportó más detalles sobre cómo había acabado aquí. Su padre había venido con veinte años a Brooklyn a trabajar con un tío suyo que tenía una cerrajería. Cuando su tío se jubiló le puso al mando del negocio. Hacía unos años que el padre también se había jubilado y ahora Christopher, con veintiséis años recién cumplidos, era el máximo responsable de la empresa familiar.

 

Cuando Noelle mencionó que se iba a mudar a Mapleton la próxima semana, Christopher asintió, como si conociera perfectamente el barrio. Nos dijo que él vivía muy cerca y que para nada había que preocuparse por la seguridad. También nos habló de Dyker Heights, una zona acomodada con unas cuantas mansiones al oeste de Mapleton. Allí había sido asesinado recientemente en el jardín de su casa Louis Barbati, el dueño de la famosa pizzería Spumoni & Gardens. Barbati guardaba en uno de sus bolsillos 15000 dólares y una hogaza de pan cuando un hombre encapuchado le disparó. Le pregunté a Christopher si las mafias todavía actuaban en el sur de Brooklyn pero éste rehusó hablar demasiado.

 

A pesar del incidente pasamos un buen día. Antes habíamos caminado por el Upper West Side, tomado una oreo cheesecake en The Ellington mientras veíamos llover, visitado la entrada de la monumental catedral anglicana de St. John the Divine y recargado fuerzas en la cafetería de paredes acristaladas de la Universidad de Columbia. Por la tarde habíamos visitado la exposición de Moholy-Nagy en el Guggenheim, aprovechándonos del pay what you wish, que en Nueva York para estudiantes y becarios es sinónimo de entrada gratuita.

 

Al salir del museo llovía y cogimos un autobús dirección al West Village. Nos bajamos donde termina la Quinta avenida, unos metros antes del arco de Washington Square, y me vino a la cabeza la canción en la que Willie Nile describe el día que vio a Bo Diddley en Washington Square Park. Hasta entonces nunca había escuchado con ella a Willie Nile ni habíamos hablado de lo mucho que me gusta su disco Streets of New York.  

 

 

De camino al restaurante seguía lloviendo pero por primera vez en mi vida había cogido un paraguas. Escuchamos The Day I Saw Bo Diddley in Washington Square, Faded Flower of Broadway y On Some Rainy Day en los auriculares. Hacía un par de días había recibido en casa un paquete procedente de Boston con un adaptador de dos salidas para auriculares. En su día había pensado en regalárselo a alguien pero nunca me decidía; siempre acababa grabando otra minuciosa selección de canciones. Al final me lo habían regalado a mí y me hacía ilusión. Este simple artefacto es el que Keira Knightley y Mark Ruffalo utilizan en la película Begin Again mientras pasean por Times Square y fue el que nosotros estrenamos aquella noche en el West Village.

 

Ella había cobrado ese día y me invitó a cenar a Cotenna, un restaurante italiano muy pequeño, apenas iluminado y con una clientela joven y chic. Cuando llegamos al restaurante, hacia las diez de la noche, nos dijeron que estaba todo ocupado y que la espera era larga. Cuando estábamos a punto de doblar la esquina de la calle escuchamos la voz de la camarera, que había salido a buscarnos porque se había quedado un sitio libre en la barra.

 

El metro de vuelta a casa tardó en llegar. Nos quedamos dormidos en uno de los bancos de madera del andén. Perdimos un metro y estuvimos cerca de perder el segundo. Volvimos a ponernos los cascos y ella se quedó dormida sobre mí. Mientras cruzábamos el puente de Manhattan sonó Crescent City, una canción de Lucinda Williams que he escuchado mucho este verano. La letra, que contiene expresiones en francés cajún, es un homenaje a Nueva Orelans y a esos lugares en los que aunque el tiempo pase todo sigue igual. La parte más emocionante de la canción llega al final y aquella noche me hizo pensar en los veranos en la playa con mis padres y mis hermanos:   

 

My brother knows where the best bars are

Let's see how these blues'll do in the town where the good times stay

Tu Le Ton Son Ton that's all we say

We used to dance the night away

Me and my sister me and my brother

We used to walk down by the river

 

 

De vez en cuando me gusta recordar qué estaba haciendo un día como hoy en años anteriores. Hasta hace unos años siempre había pasado el mes de agosto en el apartamento de la playa con mis padres y mis hermanos. A veces también venían mis abuelos maternos; otras veces solo mi abuela. A mi abuela, incluso cuando comenzaba a estar enferma, le gustaba mucho nadar y escaparse hasta la boya roja.

 

Mi último verano en el apartamento no estuve más que una semana. Fue la última semana de agosto de 2010. Las tres anteriores había estado aprendiendo inglés en Bournemouth, al sur de Inglaterra. Desde allí volé directamente a Barcelona. Los últimos días en el apartamento los pasé con mis tíos y mis primos. Mi prima Martina había nacido hace dos meses y mi primo Juan tenía entonces casi tres años. Casi todos en mi grupo de amigos ya habían regresado a sus ciudades en esas fechas; quedaban solo tres o cuatro, entre ellos una chica especial. Con ella compartí las primeras conversaciones camino de la madurez, mediodías en la toalla pasando las hojas de El País Semanal y un montón de canciones de Andrés Calamaro, Antonio Vega o Pereza. Aquella fue una historia que se escribió entre bañadores, palas de playa y rompeolas, pero también en los portales

 

Durante este mes me he acordado de los agostos en el apartamento. También de los los amigos del club de tenis y del día en que después de jugar un partido de dobles Gonzalo me tiró con ropa de vestir a la piscina. Cuando mis padres me pasaron a buscar para ir a cenar al paseo marítimo yo aparecí con la ropa totalmente calada y mi padre se cabreó conmigo. Ahora Gonzalo se ha casado y tiene un hijo y me pregunto si se acordara de aquel día.

 

17/09/2016

 

La vida en Mapleton fue menos idílica que en Park Slope. Como mínimo pasaba tres horas al día en el metro y si tenía algún plan por la tarde en Manhattan no pasaba por casa hasta la noche. Tampoco nos sentimos demasiado bienvenido en el barrio, sobre todo por la gente blanca. Cuando íbamos al supermercado o entrabamos en cualquier otro establecimiento creíamos que la gente nos miraba. Puntualmente también había que lidiar con comentarios machistas contra ella. Sentí por primera vez cierto complejo de gentrificador.

 

Pero el barrio también tenía su encanto. Por ejemplo, a la salida del metro de la avenida 20 había una tienda abierta veinticuatro horas que vendía productos básicos y no tan básicos. Por fin en este sitio encontré las galletas que me gustan. Es decir, galletas sencillas, sin chocolate y lo suficientemente finas como para que se derritan en la leche sin demasiado esfuerzo. Hasta entonces nunca había dado con galletas de este tipo en Estados Unidos. También disfrutaba con la pizza del J&V cuando volvía a casa por la noche. Tenían una pequeña barra que daba a la calle. De pie, acompañado casi siempre de dos o tres clientes habituales mexicanos, me tomaba un trozo de pizza margarita para despedir el día. 

 

Mi parte favorita de vivir en Mapleton era el paseo de las mañanas hasta el metro. No tardaba más de un cuarto de hora pero la calle 63 y Bay Parkway dan mucho de sí. La primera es una calle con casas unifamiliares donde la mayoría de residentes son asiáticos y judíos ultraortodoxos; la segunda es una calle comercial llena de tiendas de comida basura con carteles de “we accept food stamps”.

 

Cuando recorría la calle 63, sobre las 7 de la mañana, los asiáticos regaban las plantas o embellecían los arbustos y nunca veía a ningún ultraortodoxo. En el cruce de la calle 63 con la avenida 20, junto al semáforo, me solía encontrar con un anciano que realizaba estiramientos a lado del semáforo. El señor, también asiático, vestía siempre un pijama y levantaba la cabeza a modo de saludo, como hacen en mi pueblo. Durante este paseo siempre escuchaba las mismas canciones: Among Other Foolish Things de Brian Fallon y Luz de agosto de Pasavento. Las dos son canciones que me hacen razonablemente feliz y me ayudan a encarar el día.

 

 

A los judíos ultraortodoxos les veía más por la noche y en grupos grandes. Enfrente de mi apartamento había una casa donde entraban y salían muchos de ellos, todos hombres. Un sábado por la noche que salí a correr atravesé la zona sur de Borough Park. En este barrio los autobuses escolares amarillos tienen los carteles escritos en yiddish y ver alguien que no vista completamente de negro es extraño.

 

En Shabat (sábado) los hombres visten bekishes, unos trajes negros de seda. Cuano están casados los hombres llevan también un sombrero de piel conocido como shtreimel, aunque tengo entendido que dependiendo del origen geográfico de la familia el tipo de sombrero puede variar. Las mujeres, aunque hay diferentes grados, siempre van muy tapadas y llevan peluca. 

 

Vivir al sur de Brooklyn no me impidió ver a Dawes estrenando su nuevo single en el Rough Trade, una templo de los discos y vinilos en Williamsburg, o disfrutar de un concierto mayúsculo de punk rock con Jesse Malin en Berlin, el local que el propio Malin regenta en el East Village. En el tramo final del concierto Jesse descendió del escenario y se subió a la barra del bar para interpretar Bar Life. En la parte final de la canción Jesse bajó de la barra y se acercó a nuestra zona. Cuando me puso el micrófono bajo la boca canté el estribillo mucho más emocionado que afinado.  

 

Bar life, man whatever gets you through

Thinking about bar life, singing those cowboy tunes

Bar life, so many of us going down

Thinking about bar life, anywhere in any town

 

 

Ahora me despierto cada mañana en el East Village, muy cerca del bar de Jesse Malin. Como casi siempre, no por mucho tiempo.

 

Cuando vivía en Mapleton esperaba al metro por las mañanas en una estación al aire libre. Desde el andén podía ver el balcón de un apartamento donde ondeaban dos banderas: una de apoyo a Trump y otra de Estados Unidos. Ahora cojo el metro en Astor Place y estoy rodeado de cosmopolitas doctorados por NYU; exitosos hombres y mujeres de negocios que probablemente ya hayan pasado por el gimnasio antes de ir a trabajar y votarán por Hillary. En la boca del metro de Mapleton había siempre un vagabundo que fumaba un cigarrillo con la mano izquierda y pedía con la derecha. En la boca del metro de Astor Place suele haber un vagabundo durmiendo en las escaleras.

 

A tres minutos del apartamento del East Village hay un restaurante español. Ayer había cobrado y parecía una buena excusa. Entré y pedí lo básico: dos cervezas Estrella Galicia, dos croquetas y una de bravas. 36 dólares. Donde estén las croquetas de mi abuela que se quite lo demás. Incluso Nueva York. Al menos al salir del bar había refrescado y pude enfundarme la parka verde con botones. 

 

Whatever I do the radio took me the radio radio made me

What can I do but dream

What can we do but listen to stories wretched or glorious

As if me and you

In other scenes 


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