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La hora del crepúsculo el blog de Luis Cornago


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8 de septiembre, 2017

El último de los veranos

 

(Enlace directo a las canciones)

 

El verano de 2011 pasé una semana con tres amigos del colegio en Londres. El hostal donde nos alojamos estaba situado al norte de Hyde Park, cerca de la zona de Bayswater y Paddington. Por las mañanas nunca cogíamos el metro; solíamos caminar hacia el oeste por Bayswater Road, dejando el parque a nuestra derecha, hasta llegar a Oxford Street. Por la noche, de vuelta al hostal, caminábamos por Queensway Road. Me llamaba la atención la cantidad de terrazas para fumar en cachimba que había a lo largo de la calle. Por entonces esas terrazas tenían para nosotros, post-adolescentes de provincias, un punto exótico pero también decadente. Puede que algún día nos llegásemos a sentar en alguna. Dudo mucho que yo llegase a probar el tabaco aromático procedente de aquellas cachimbas de colorines. No me atrajo nunca fumar, en ninguna de sus derivadas, ni si quiera de adolescente. El olor procedente de las cachimbas me recordaba a las botellas de agua de sabores.


En el verano de 2008 pasé un mes con una familia nativa en Pensilvania. La madre de la familia me preparaba el almuerzo todas las mañanas: un sándwich de pavo, un zumo de melocotón con pajita y un botellín de agua saborizada (casi siempre era de cereza). Después del primer día no volví a abrir el botellín nunca más. Me daba vergüenza decirle a la simpática señora que, por favor, no incluyese el agua con sabor a cereza en la bolsa del almuerzo, que prefería mil veces antes un botellín de agua sin gas o una lata de Coca Cola. Fui guardando las botellas sin abrir debajo de la cama. La idea era acumular unas cuantas y tirarlas a la basura común del vecindario cuando no hubiera nadie en casa. Una tarde, al volver a casa después de las clases de inglés, me encontré a la señora Miller con una bolsa blanca repleta de botellas de agua de sabores. Las había encontrado debajo de mi cama. Su mirada cómplice me tranquilizó. Al día siguiente paramos en McDonald’s para recoger mi almuerzo. Un bagel con bacon y huevo, un trozo de pescado frito y un zumo de naranja de bote. Todavía me pregunto si aquello fue un premio o un castigo.

 

El verano de 2011 fue nuestro último verano antes de empezar la universidad. Sabíamos que nuestras vidas cambiarían en unas pocas semanas pero no estábamos seguros de la magnitud del cambio. Aquellos días en Londres visitamos los lugares más típicos: Camden Town (allí me compré una camisa vaquera que todavía me pongo), Notting Hill y Portobello Market, el British Museum, la Tate Modern (estaban expuestas las pipas de porcelana de Ai Weiwei), un bar de rock alternativo en Shoreditch. En Shoreditch, el barrio cool de Londres, la moda de los calcetines hasta las rodillas estaba muy extendida entre las chicas. En España habíamos tenido algo similar hacía unos años con los calentadores, un complemento horroroso; los calcetines altos y finos de las chicas de Londres me parecían más sugerentes y sofisticados.

 

Varios de los que viajamos a Londres éramos muy melómanos. Yo tenía especial afinidad musical con Ignacio, con quien había compartido muchas cosas en los últimos años. Algunas tardes después del colegio íbamos a mi casa a merendar y estudiábamos en mi cuarto. También tocábamos juntos la guitarra y tratábamos de esbozar alguna canción. Diría que el primer concierto que vi con él fue el de Vetusta Morla en la sala Tótem de Pamplona en noviembre de 2008. Nos llevó en coche su padre (nuestro profesor de dibujo técnico), que se quedó corrigiendo exámenes en el coche y escuchando el Sevilla-FC Barcelona. El Barcelona ganó por goleada con goles de Samuel Eto’o y Messi. Más adelante también fuimos al concierto Nacho Vegas en Pamplona (allí escuché por primavera vez al gran Rafael Berrio, que ejercía de telonero) y a Quique González en una gira acústica en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. 

 

En el verano de 2011 tenía un iPod de color gris con capacidad para 120 gigabytes que a los pocos meses acabaría perdiendo. No hay ninguna canción que vincule particularmente con ese viaje a Londres. En una lista de Spotify que actualizaba con frecuencia durante aquellos años he encontrado canciones de distintas épocas y estilos. Nombres como los de Portishead, Richard Hawley, Pajaro Sunrise, The Lovin’ Spoonful, Elvis Perkins, canciones de la serie Treme, Destroyer (yo pensaba que no los había descubierto hasta su último disco) o La Costa Brava fueron añadidos a la lista durante aquel verano. A Ignacio le encantaba una canción del segundo disco de Elvis Perkins, Shampoo. Es posible que la escuchásemos juntos en algún momento del viaje a Londres pero no estoy seguro. A Elvis Perkins lo habíamos descubierto con su primer disco hacía unos años y habíamos aprendido, él con mayor destreza que yo, a tocar While You Were Sleeping con la guitarra.

 

Uno de mis primeros fines de semana viviendo en Madrid mi hermano Íñigo me invitó a un concierto. Iban también varios de sus amigos. El concierto era en la Sala Heineken. Lo único que me podía sacar de la vorágine del Colegio Mayor durante mi primer mes en Madrid era precisamente un concierto. La banda que actuaba se llamaba Airbag. Mi hermano me había hablado de ellos en alguna ocasión y a mí me gustaban algunas canciones. Ahí va la decepción era mi favorita pero otras eran demasiado punk y ruidosas para mi gusto. El grupo malagueño presentaba esa noche su nuevo disco, Manual de Montaña Rusa (Wild Punk, 2011), en el que se encuentran las canciones más pop de su discografía. Quedamos para tomar unas cervezas en una terraza de la Plaza de los Cubos. Cuando llegamos (tarde) a la sala Los Nikis, que aparecieron de sorpresa como artista invitado, estaban tocando El imperio contraataca.

 

El concierto de Airbag lo recuerdo como uno de los más divertidos en los que he estado. Hasta los pogos, de los que siempre había renegado, tenían su punto; la gente además de bailar y empujar cantaba apasionadamente todas las canciones de principio a fin. Cada minuto dos o tres personas se lanzaban desde el escenario al público portando flotadores. Algunas de las canciones que presentaron en directo aquella noche, como 22, La cueva, Nueva York o El último de los veranos, están hoy entre mis favoritas del grupo. A pesar de tener alrededor de cuarenta años, el verano, la playa, las películas de miedo y aquella chica que no volverá siguen siendo los principales protagonistas de sus composiciones. En el libro Amor y Ciencia Ficción (Ediciones Chelsea, 2014), Adolfo Díaz, cantante de Airbag, sugiere que las canciones del grupo aspiran a “hacer de las pequeñas desgracias sentimentales una mini fiesta de dos minutos y medio”. Parece que la esencia de Airbag apenas ha cambiado desde el primer disco porque, como afirma Adolfo, “las ilusiones y sobre todos los gustos personales (el cine, la diversión, la playa, los veranos, los amigos) siguen casi intactos”.

 

Las primeras semanas en Madrid conocí a un chico de Málaga al que le gustaba la música y tocaba varios instrumentos. Se llamaba Javier Padilla. Al volver del concierto de Airbag aquella noche estuve un rato hablando con él y le conté que había ido a ver a Airbag. Con el sutil entusiasmo que le caracteriza, comentó que él también tenía devoción por Airbag y que había crecido escuchándoles con sus amigos del colegio. Hablamos de Ahí va la decepción y del Village Green, el bar donde tiene lugar la escena de esta canción. Al parecer este bar era uno de los pocos donde Padilla y sus amigos conseguían beber alcohol siendo menores de edad. También me contó que todos los modernos de Málaga se reunían allí los fines de semana para tomar unas cervezas y escuchar buena música. Un verano visité con Padilla el Village Green en Málaga. Por desgracia, había cambiado de nombre y tenía un estilo muy alejado de lo que había sido años atrás. Mi última noche en el Chaminade fui con Padilla y Chueca a ver a Airbag en la sala Galileo Galilei. También estaba mi hermano con el mismo grupo de amigos que en la sala Heineken (casi seguro que los hermanos Neira al completo). Mi hermano se tiró por primera vez desde el escenario al público pero nadie logró amortiguar su caída. Afortunadamente el escenario de la Galileo no es demasiado alto y el golpetazo quedó en una anécdota. A la salida del concierto había personas que se acercaban preguntándole si se encontraba bien.

 

Como la mayoría, empecé a interesarme por la música durante la adolescencia. Pero los grupos que me interesaban no eran los más rockeros ni los que tocaban los solos de guitarra más espectaculares. Tampoco fui gran fan de bandas norteamericanas como Blink 182, Linkin Park o Simple Plan, muy populares entonces entre los chavales de mi edad. Mis amigos decían que me gustaban los artistas bohemios y las canciones tristes. A veces pienso que hubiera sido mejor haber tenido gustos musicales más rebeldes o punks durante la adolescencia. Pero no fue así. Me hacía más feliz ir con mis padres al Teatro Principal de Zaragoza a ver a Lucinda Williams que un concierto de Ska-P o Marea.

 

 

Descubrir durante la universidad a bandas como Airbag fue una especie de ajuste de cuentas con el pasado. Tampoco es que sea un grupo muy conocidos entre los más jóvenes. En cambio, su universo sí que está repleto de personajes que piensan y actúan como auténticos adolescentes. Todas las veces que he visto a Airbag estos últimos años me he sentido como un adolescente. He cantado y “bailado” como casi nunca lo hice en los conciertos a los que iba en esos años. Algo similar sentí cuando vi a Ty Segall en la sala But o el verano pasado en el concierto de Guided by Voices en Nueva York (esta es la lista con todas las canciones que tocaron aquel día). También cuando Jesse Malin y Frank Turner versionaron una canción de The Hold Steady en el bar que el propio Malin regenta en el East Village.

 

El libro de memorias de Viv AlbertineRopa música chicos (Anagrama, 2017) es una historia fascinante de la escena el punk rock en Londres en la segunda mitad de los años setenta. Pero me ha vuelto a recordar lo poco rebeldes que eran mis gustos musicales durante la adolescencia. A veces pienso que no hubiera estado mal conocer a bandas como The Replacements o The Gaslight Anthem con 15 años. A The Replacements los conocí por la versión que hace Jesse Malin de Bastards of Young. No me enteré que la canción no era de Jesse Malin hasta que no vi la película Adventureland, que comienza con la versión original de The Replacements. A The Gaslight Anthem me los enseñaron David y Alberto en el Chaminade; escuchar su disco de debut, The ’59 Sound, fue durante algún tiempo el mejor incentivo que tenía para salir a correr. 

 

 

En los últimos meses he escuchado mucha música que podría situarse dentro del difuso paraguas del power-pop. Más allá de las etiquetas, se trata mayoritariamente de canciones sencillas y directas, con un sonido sin apenas artificios edulcorantes y estribillos de los que una vez los escuchas permanecen contigo para siempre. Las voces y las melodías están casi siempre muy cuidadas. Parte de estas canciones las descubrí gracias a Hotel Arizona, el exquisito programa de radio que emite Pepe Prieto los sábados y domingos en Radio Enlace (GospelbleacH, Sera Cahoone); otras llegaron a mis manos desde las estanterías de la tienda Radio City Discos (Ralegh Long, The Bats). El descubrimiento semanal de Spotify, aunque casi no lo utilizo, también me ha dado alguna gran alegría, como Doug Tuttle o Korey Dane. El resto han llegado a través de la blogósfera, periódicos, revistas de música, amigos, conciertos o la aplicación Shazam.

 

Mi canción favorita del disco de Airbag Manual de Montaña Rusa (Wild Punk, 2011) es El último de los veranos. Me acordé de esta canción cuando un amigo me dijo que aprovechase estos últimos días antes de irme a Londres. Venía a decir que este sería el último de los veranos, ya que en los próximos tendría que trabajar "de verdad"  y no tendría casi vacaciones. Por si acaso he decidido que convendría recopilar las canciones que me han acompañado durante el posible último de los veranos. La mayoría tienen un aire power-pop y son moderadamente luminosas pero hay algunas excepciones (siguen diciendo que soy un poco blando). No anoté las canciones que sonaron en nuestro viaje a Londres en 2011 pero lo voy a hacer esta vez antes de mudarme a esa misma ciudad. Porque las canciones, como los libros, los periódicos, las películas, las conversaciones o los viajes, nos ayudan a ser plenamente conscientes de la vida. 

 

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