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Fuera de guión el blog de Manuela della Fontana


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29 de noviembre, 2016

Como un souflé

 

Las películas siempre acaban cuando los protagonistas se dan El Beso… Ese beso, tantas veces sobrevalorado y que nos hace olvidar que para llegar a ese mágico momento son muchos los mensajes de texto, muchos emails, whattsApp´s… para hacernos presentes, muchas las idas y venidas. Hasta que llegamos al beso, cuántas comeduras de tarro, el coco dando vueltas… Y es que vivir una historia de amor de esas que te dejan sin aliento, de las que duran algo más que los noventa minutos de una película y no se acaban en los títulos de crédito, historias con sus buenos y malos momentos, de esas con paseos por el parque viendo caer las hojas de otoño, en silencio… son historias complicadas y más aún, si lo que buscamos es que tengan una cierta continuidad. Tampoco mucha; la justa.

 

 

Con los pies fríos no se piensa bien, no pensamos, no queremos, no sentimos… los pies fríos congelan las emociones. Por eso buscamos ese alguien que nos estremezca y nos haga entrar en calor aún a costa de ciertas dosis de incertidumbre. Bien es verdad que mientras se está inmerso en el proceso, uno no se da cuenta de nada porque el amor tiene la virtud de alelarte hasta la imbecilidad, de convertirte aún más, si cabe, en un pánfilo de Narváez. Es un poco como el síndrome de Stendhal pero en el aspecto sentimental: sin ser consciente se adorna al ser amado con cualidades y bondades que muchas veces, demasiadas, brillan por su ausencia, pero que mientras dura el enamoramiento nos parecen tan reales como un espejismo en el desierto y que nos dejan con la boca abierta; eso, alelados. Viene después, cuando el encoñamiento se acaba, cuando te dices: ¿pero que veía yo en este tipo? ¡si es un impresentable!… A quien no le ha pasado, encontrar por fin un príncipe azul y que te destiña al segundo lavado. ¿Verdad?

 

 

Echando la vista atrás, recuerdo ahora a uno de mis ex, Lorenzo. Era de Carabanchel, un tipo duro el cabrón. Tal vez por eso me guste tanto Bogart, siempre me pusieron los tipos duros aunque luego me derrita cuando alguien se muestra tierno conmigo; contradictoria que es una. A Lorenzo le gustaba la buena música, fumar, el sexo y los jardines de Sabatini… no siempre en ese orden, claro. Fue una relación llena de sin sentidos, o de sentidos cruzados. Un buen día, aunque fui yo quien la cagó, fue él el que dejó de ser el que era: no quería reglas, no quería dependencias, ataduras y yo, patosa emocional como pocas, no supe leer entre sus líneas, no supe ver la catástrofe sentimental que se me venía encima. Con el tiempo me he dado cuenta de lo difícil que es leer entre las líneas de una relación, y que una se deja llevar por lo que el corazón dicta, sin caer en que ese maldito corazón se equivoca más que una escopeta de feria.

 

 

 

Pero no creáis, no me quejo. A fuerza de equivocaciones, batacazos y finales tormentosos, casi siempre sin El Beso, he aprendido también que el amor no deja de ser sino una especie de souflé… Ya lo decía Carmen Posadas en el prólogo de su libro “Hoy caviar, mañana sardinas”: “El amor es algo muy pero que muy complicado de cocinar, algo así como un souflé, si abres el horno durante la cocción “se resfría”, si tardas en abrirlo, se desborda. A veces queda crudo por dentro, otras se quema… la mayoría se desinfla…”

 

 

Para mi desgracia y también la vuestra, es así, nunca se acierta. Os lo digo yo, que además, nunca he sido cocinillas y abro el horno en el momento menos indicado… así me va!

 

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Foto: Humphrey Bogart y Lauren Bacall en Tener y no tener.

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