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Atisbo a Fenicia el blog de María Iverski


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11 de octubre, 2016

12 de Octubre

 

Volvemos a estar aquí. Como podríamos estar en cualquier otro lado...

 

Las putas han tenido que recatarse un poco o desaparecer de la embajada desde que una mano femenina sujeta con firmeza el cetro de España. A la fiesta nacional solo acudimos ahora los desgraciados de siempre, los que tenemos dos apellidos en el pasaporte y no nos iremos de Beirut hasta que no sepamos en que otra piedra tropezar. Cuando uno ha pasado más de cinco años en el Líbano es para hacérselo mirar, como la próstata o el coño, hasta que finalmente llegue ese día en el que encuentren algo. Siempre terminan encontrándolo. Beirut pasa factura.

 

También están los recién llegados, claro, triunfadores, emprendedores, llenos de ideas en torno al Middle East, esos que tienen tanto que aportar que la frase se detiene aquí. Los conseguidores, que lo mismo te apañan una mesa en una terraza de moda y cinco fulanas riéndote los chistes como te localizan un refugiado al que arrancarle un riñón, han logrado, al menos, colarse en la fiesta.

 

Los militares, repitamos todos juntos sin reírnos el mantra “a los judíos y a los libaneses les encanta tenernos aquí”, se retiran a una hora prudente no vaya a ser que un sábado por la noche alguien te la líe con una masacre. El nuevo general nació también un día en Ferrol, habla de las playas del norte de Galicia con esa melancolía fingida de los que sabemos que jamás volveremos a casa por voluntad propia. El Atlántico, inmenso, invita siempre a partir. Y es mentira que hagan falta muchas cosas para sentirse bien; solo hay que vernos, en un palacio antiguo, pisando una alfombra roja que tapa las piedras del jardín, acabando con la bodega de la embajadora, comprobando qué expatriado está peor de lo suyo que tú. La seguridad se encarga de que los invitados, más tocahuevos que alcoholizados, no puedan arrojarse a la piscina al tiempo que toma nota de la talla de sujetador de las ilustres invitadas, bien curtidas en el arte de la mamancia y el halago levantino. De los cielos baja un caballero impecablemente vestido, estirado cual palo de fregona, temeroso del pueblo. No cuesta imaginárselo en la soledad turbia del hogar con cinco caniches amaestrados a los que obliga a lamer sus diplomáticos cojones mientras su señora hace compra en el exclusivo ABC.

 

Un libanés, esta ya es otra galaxia, busca compañía haciendo preguntas indiscretas en torno a las pasiones...¿Mis pasiones? Yo, como los viejos gallegos, empiezo a pensar que un buen día es pasarse la tarde en un café viendo pasar a la gente. ¿Bailar?, ¿cocinar?, ¿ir de compras?, ¿hacer trekking? Dostoyevski se revolvería en su tumba. Me acuerdo de otro ruso, Limonov, el impresionante protagonista de la novela de Carrere, quien aseguraba que para saber lo que es la vida había que haberse dejado encular, si es por un negro mejor, y haber matado a alguien. En este sentido, Limonov nos convierte a todos los asistentes en unos vulgares losers. Big fucking losers. Sin negro que me encule ni pistola con la que ajustar cuentas, decido salir de esa llamada zona de confort al lado salvaje de la vida para decirle a un ucraniano en su cara que lo que hablan no es más que un dialecto del ruso. La madre patria rusa.

 

¿Mis pasiones? Alguna noche escribir.

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