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Apuntes del camino el blog de Mariano Castagneto


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3 de diciembre, 2018

Antón Chéjov, el médico que escribía

 

 

“Guarde el relato en un baúl un año entero y después de ese tiempo, vuelve a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después, publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel, que el trabajo sea minucioso, elaborado”. Una de las recetas para escribir de Antón Chejov, médico y escritor ruso, considerado uno de los mejores autores de cuentos de la literatura moderna, además de un destacadísimo autor de obras teatrales.

 

Como muchas de las historias de vida de hombres y mujeres de letras, Antón Chéjov comenzó a escribir por necesidades económicas, tras la quiebra del negocio de su padre y urgido por ayudar a su numerosa familia. Luego, de la necesidad nació la pasión, que lo cautivó y lo hizo suyo. Ya nunca más pudo dejar de escribir: “cuando pienso en mi vocación, no temo a la vida”.


Inconformista nato, Chéjov iba siempre más allá de lo meramente necesario. Inventaba, creaba, innovaba. Pionero, fue quien introdujo la técnica del monólogo en las piezas teatrales, estilo que más tarde imitarían otros escritores consagrados como Tennesse Williams, Raymond Carver y Arthur Miller, entre otros.

 

Chéjov era el tercero de seis hermanos. Su padre, Pavel, dio a sus hijos una educación tremendamente estricta. Esa educación dejó en el joven escritor ansias de libertad y rebeldía. Su madre, Yevgueniya, era una extraordinaria narradora de cuentos, hecho que marcó para siempre el alma y la vida de su hijo escritor.

 

Antón consideraba que el arte de escribir consistía en decir mucho con pocas palabras. Se recibió de médico en la Universidad de Moscú y al mismo tiempo comenzó con sus relatos, haciéndose una fama notoria como cronista de la vida y costumbres rusas. Recibió luego la propuesta de escribir en uno de los diarios más importantes de la época en San Petesburgo, el “Tiempo Nuevo”. Dos años después, ya era un escritor de renombre y publica su primera novela, “Cuentos de Melpómene”. Más tarde, fue premiado con el Premio Pushkin, uno de los más importantes del mundo del relato corto.

 

Tremendo autor teatral, dejó de escribir un tiempo sus obras cuando el estreno de su obra “La gaviota”, en 1896, tuvo una pésima recepción en el Teatro Alexandrinski, de San Petesburgo: “sólo durante los tiempos difíciles en donde las personas llegan a entender lo difícil que es ser dueño de sus sentimientos y pensamientos”. Dos años después, la gloria lo arropará y ya no lo dejará. Esa misma obra brillará y luego vendrán “Tio Vania”, “Las tres hermanas” y “El jardín de los cerezos”.

 

Responsable de muchos de sus éxitos fue la Compañía de Teatro de Arte de Moscú, dirigida por Konstantin Stanislavski, creador del método interpretativo que lleva su nombre y precursor en las técnicas de actuación contemporáneas, que logró otorgarle a los personajes de Chéjov el matiz perfecto y necesario para obtener el brillo exacto de cada uno de ellos. Para Chéjov, no sólo era importante lo que se veía en escena, sino también e incluso a veces más relevante, lo que sucedía y se daba a entender fuera de ella, sin una explicación directa, dejando al espectador la elaboración de la trama psicológica de sus obras.

 

Observador implacable de la naturaleza humana, fue en su relato “La dama del perrito” en el que mejor desnudó su pensamiento: “no deseo mostrar una convención social, sino mostrar a unos seres humanos que aman, lloran, piensan y ríen. No podía censurarlos por un acto de amor”. La frase iba dirigida a una novela que sí mostraba las convenciones sociales y era nada menos que “Anna Karenina”, de León Tolstoi.

 

Chéjov pasó gran parte de sus cortos 44 años de vida enfermo, producto del contagio de una tuberculosis contraída en su época de médico, cuando atendió a cientos de pacientes con esa enfermedad. Su salud quebrantada lo obligó a dejar la medicina y dedicarse por completo a la literatura, además de viajar y vivir en lugares más apacibles para calmar su tormentosa salud, enemiga de los crueles inviernos rusos. Pasó mucho tiempo en Niza, Francia y en Yalta, Crimea, donde disfrutó a menudo de la compañía de su amigo, también escritor, Máximo Gorki. A él le diría: “Usted es un artista, una persona sabia. Siente a la perfección”.


Y Antón un día sintió amor por la actriz Olga Knipper, con la que se casó tiempo después. Existe un excelente retrato de este amor conyugal en la biografía del ruso Henri Troyat, donde describe los pormenores de este amor, sobre todo, un amor esperanzado: “El hombre vulgar espera lo bueno y lo malo del exterior; el hombre que piensa, lo espera de sí mismo”.


Antón era un convencido que para quien realmente reflexiona a menudo, este mundo es maravilloso. Sólo se transforma en algo tedioso cuando nos olvidamos de reflexionar y cuando la banalidad es la que guía nuestras acciones. Destacó que los hombres inteligentes son aquellos que quieren aprender y no siempre enseñar. Y que la felicidad no existe, sino que lo único que existe es el deseo de ser feliz: “Los infelices son egoístas, injustos, crueles e incapaces de comprender al otro. Los infelices no unen a las personas, las separan”.


Chéjov siempre buscó personajes vivos, reales, tangibles, que transmitieran sentimiento: “Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta que no estés seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad”. 


En Junio de 1904 comenzó el anochecer de su vida. Estaba gravemente enfermo y con muchas dolencias. Y se fue con su mujer Olga al Spa alemán de Badenweiller, en la Selva Negra, desde donde escribió memorables cartas a su hermana Masha. Falleció un 15 de julio de 1904 y su cuerpo fue trasladado a Moscú en un tren con un vagón refrigerado, usado habitualmente para trasladar ostras, lo que provocó la pública protesta de su amigo Máximo Gorki.

 

Escritor convencido de que la brevedad era hermana del talento, sostuvo también que era más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera. Antón Chéjov, incomprendido y genio a la vez: “No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo”.

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