Entre   |  Regístrese

Viajes de papel el blog de Nicanor Gómez Villegas


Tamaño de texto: A | A | A

1 de noviembre, 2018

La rebelión de los robots

 

 

Yo, robot es el título de una recopilación de relatos escritos por Isaac Asimov en los que llevaba a cabo variaciones sobre el tema de las tres supuestas Leyes de la Robótica. Aun a riesgo de que algún lector poco precavido pueda tomarse a pies juntillas el enunciado de dichas leyes, ya que conviene recordar que Asimov era un escritor de ciencia-ficción, estas leyes rezaban así: 1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley. 3. Un robot debe proteger la existencia en su misma medida para no destruirse en la medida en que esta protección no entra en conflicto con la fuerza o la Segunda Ley. Todo esto está muy bien, en el terreno de la ciencia-ficción, naturalmente, pero la omnipresencia en nuestras vidas actuales ‒y en las venideras, pues han llegado para quedarse‒ de la Inteligencia Artificial (IA) y de los robots han puesto inusitadamente de moda las, llamémoslas así, profecías de Isaac Asimov. Como suele ser habitual en estos microrrelatos de viajes por el tiempo y el espacio a lomos de papel y de palabras, escuadriñar la etimología de la palabra robot nos puede ayudar a arrojar algo de luz sobre lo que nos ocupa, y preocupa, pues todas estas implicaciones morales de la robótica y de la IA nos van a dar muchos quebraderos de cabeza. El DRAE nos echa un capote inicial y nos informa de que la palabra llega hasta nosotros desde el inglés robot, y esta del checo robota. Y es aquí, en el momento en que el DRAE se detiene, cuando la cosa se pone interesante. El escritor checo Karel Čapek (1890-1938) fue el primero en emplear en su obra R.U.R. (Rossum’s Universal Robot) la palabra robot para designar los autómatas mecánicos, que, dicho sea de paso, existían desde la Antigüedad, pero este ya es otro asunto. Esa amiga del género humano que es la web, naturalmente, usada con discreción y discernimiento, nos informa de que la palabreja procede del checo rabota, que no significa otra cosa que “trabajo forzado” o “servidumbre”, esclavitud, en definitiva, toda vez que su étimo es el eslavo rab, “esclavo” o “siervo”. La raíz eslava orb‒ (a su vez procedente de la raíz indoeuropea *orbh‒) significa “alejar” o “separar”, lo cual puede hacer referencia a la separación o extrañamiento del grupo al que pertenecía originalmente el esclavo o simplemente el cambio de dueño. Como conté en un artículo sobre el infernal lema de Auschwitz Arbeit macht frei (“el trabajo os hará libres”) y la etimología de la palabra alemana Arbeit, la raíz indoeuropea *orbh‒ dio lugar a toda una hueste de palabras en diferentes lenguas europeas, cada una con peculiares cargas semánticas: las alemanas Arbeit, “trabajo”, y Erbe, “herencia”; el griego orphanos, “huérfano”, y, naturalmente, la palabra eslava para designar al esclavo que hemos citado más arriba: rab. Que la palabra eslavo haya acabado transformándose en muchas lenguas en esclavo debido a que los venecianos acabaron denominando por metonimia schiavoni a todos los siervos, aunque no procedieran de estirpes eslavas, es una derivada inesperada y azarosa de la cuestión que será objeto de otro relato.

 

Y aquí es cuando llega la paradoja: etimológicamente, pues, los robots son esclavos, bienes semovientes que trabajan para un señor independientemente de su voluntad. Pero la historia nos enseña que los esclavos se acaban rebelando. Las revueltas de esclavos más famosas son las de Espartaco en el siglo I a. C., que acabó dando nombre, a su vez, a la ideología de otra revuelta de los siervos, el espartaquismo de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, o la de los esclavos negros en la isla de Haití a comienzos del siglo XIX liderados por su propio Espartaco: Toussaint Louverture. El momento culminante de la ópera Fidelio de Beethoven es el coro de los esclavos. “Saludad al día”, ese canto a la nostalgia de la libertad, esa llamada a romper las cadenas. La creciente ‒y preocupante‒ intensificación y sofisticación de la inteligencia y por ende de la autoconciencia moral de los robots nos debería interpelar y llevarnos a considerar si el flamígero mensaje de Fidelio algún día llegará a despertar a los robots de su sumisión e incitarlos a romper sus cadenas como lo hicieron los simios de aquel planeta que no era otro que el nuestro o los esclavos de Espartaco, Haití o las novelas de Charles Dickens. Puede que un fantasma vuelva a recorrer Europa.

Compartir

ImprimirImprimir EnviarEnviar
Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

(*) Campos obligatorios

Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

ISSN: 2173-4186 © 2018 fronterad. Todos los derechos reservados.

.