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Urbi et interneti el blog de Ricardo Bada


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26 de agosto, 2017

De mi diario : Semana 34 / 2017

 

Weiß/Colonia, 20.8.

2:50 am : De las cinco lucecitas verdes que deberían estar prendidas en el router, siguen dos apagadas, las dos principales, las de sus conexiones con Internet y el teléfono. Si mañana no se ha arreglado el asunto, me veo llamando a Arzola desde el móvil de Diny (de todas maneras debería hacerlo, mañana –mejor dicho, ya hoy– es su cumpleaños, el mismo día que la Nena). Con un presentimiento de un domingo de claro en claro me voy a la cama de turbio en turbio; Diny y Henri duermen el sueño de los justos desde hace más de seis horas.

 

Cuando me despierto, de lo primero que me doy cuenta es de que debo haber dormido de lo más profundo, porque, a) la puerta del dormitorio está abierta; b) oigo trajinar a Diny, y c) no se oye el televisor. Todo eso –elemental, querido Watson– me dice de un modo muy elocuente que Frank ha pasado a buscar a Henri bien tempranito en la mañana. Ay, me quedé sin su beso de despedida.

 

Todo el día literalmente hipnotizado por el monitor de la compu y las tres lucecitas prendidas en el router. He ensayado todas, absolutamente todas las posibilidades que se me han ofrecido para desbloquear el router, pero a lo máximo que he llegado es a que la compu me avise de que «la conexión a Internet está lista para usarla», y luego la letra chica: «Para conectarse de nuevo a Internet haga clic con el ratón secundario en el icono de la red de la barra de herramientas y haga clic en la conexión que acaba de crear». Lo kafkiano del caso es que no hay ningún icono de la red en la barra de herramientas. Así es que finalmente llamo a Arzola, le felicito por su cumpleaños y le explico el caso. Y su respuesta es desoladora: tengo que recurrir a Telecom, ya que se trata de un problema que él no puede solucionar. Lo peor de todo es que hacer que venga un técnico de Telecom me va a costar un ojo de la cara por sólo apretar una tecla, una vil tecla que no sé cuál es y a la que ya requetecontramilrreputeo desde lo más hondo de mi alma. Pero al menos he aprendido algo, y es que ese aparatico puñetero al que llamo router porque es como lo conozco, en alemán, tiene un nombre en español: enrutador. Bien castizo, a fe mía.

 

Weiß/Colonia, 21.8.

1:25 am : Le code a changé, una peli coral francesa con mucho baile flamenco. Después de verla (casi todo el tiempo con la cabeza en otra parte, porque es una de esas pelis francesas en las que se habla más de lo que se ve, para no decir nada, lo que ya es difícil), y mientras me sirvo un whisky en la cocina, de repente pìenso en Kasparov y cómo fue que lo derrotó una compu siendo campeón mundial indiscutible del ajedrez mundial. ¿Qué tiene de extraño, pues, me pregunto, que esta reputísima compu mía, aun siendo un millón de veces menos capaz que aquella que derrotó a Kasparov, me saque la lengua desde el viernes? Al final, casi a punto de echarme a llorar, del puro cabreo, me sonrío: el que no se consuela es porque no quiere. ¡Ele!

 

Me despierta el cartero de paquetes, con uno grande para Diny, que debe haber salido a hacer compras. Ya me quedo levantado y, sin más ni más, me pongo en contacto con Telecom gracias al móvil de Diny. La chica que me atiende se las sabe todas, y me certifica que la línea de mis conexiones con Internet y el teléfono está en orden, que lo único que puede haber pasado es que mis datos de acceso se hayan “caído” y haya que renovarlos o cambiarlos. Hacemos un intento con el nombre del enrutador, en Internet Explorer, y luego otro con una clave numérica, que lo mismo fracasa. Ahí la chica tira ya la esponja y me anuncia que va a conectarme con un colega  de los servicios especializados, pero renuncio, explicándole que aunque mi alemán alcanza para dialogar con ella y seguir sus instrucciones, con seguridad no alcanza para enfrentarme con el idiolecto de los especialistas. Se ríe y me da la razón y me sugiere que ahora que ya sé la causa –posible, pero casi segura– del despelote, consulte con un pariente o amigo que sea versado en la materia. Le doy las gracias y llamo a Arzola explicándole de qué se trata, me dice que tal vez hoy ya no pueda venir, pero que quizás mañana. En todo caso, se impone la continuación de una pausa que comenzó el viernes en la noche, pero no puedo evitar un sentimiento de frustración al mismo tiempo que de impotencia. No soy un computadicto, pero sí un esclavo dependiente de este cacharro que absurdamente llaman, en España, “ordenador”. Cuantísima razón tenía el gran Raúl cuando en una entrevista contestó que no lo usaría hasta que no fuese “obedecedor”.

 

El paquete grande para Diny era el regalo de cumpleaños de sus hijos, uno que les había pedido que le hicieran: consiste en una silla alta, como las que hay en algunos bares junto a la barra, con un travesaño para apoyar los pies y un espaldar para recostarse contra él. Diny la quiere así para usarla durante sus horas de plancha, que a pie firme ya se le hacen largas. Buen regalo, con un pelo en la sopa: la silla viene desmontada, pero Diny se da traza para armarla en algo menos de aquello que mi abuela Remedios llamaría “un periquete”. ¡Loada sea la diosa Ikea!

 

A partir de ayer me enfrasqué en la relectura de una antología de textos memorialistas de Käthe Kollwitz y en la lectura de una biografía alemana de Albert Camus que cuenta entre las mejores dedicadas a él. En el libro de KK descubro su necrológica de Rodin, que es una belleza y la voy a ofrecer en Nexos para el centenario de la muerte de R, en noviembre. En cuanto a la biografía de Camus anoto esta frase de cuando conoce a Sartre y se hacen amigos, y le escribe al respecto a quien fue su profesor en el alma mater de Argel: «Aunque pueda parecer otra cosa, no siento mucho en común ni con la obra ni con la persona. Pero considerando quienes están contra él, se tiene que estar a su favor». ¡Grande Camus! En esa frase se retrata de cuerpo entero.

 

Arzola me llama para decir que vendrá mañana al mediodía, que de sobra sabe que quedarme sin Internet es para mí una catástrofe semejante a la que sentiría su hijo por la misma causa. Es un alma de Dios el buen Arzola, ni sé cómo agradecerle. Bueno, sí, al menos sé cómo pagarle, porque desde que no conocemos casi siempre se niega a que le pague, pero le obligo a cobrar el pago justo por su trabajo, y en realidad siempre le pago de menos porque cada vez que viene a resolverme problemas me enseña tanto que muchas otras veces no necesito llamarlo cuando se me plantean pegas homologables. Él dice que soy su mejor alumno, se lo dice a los blogueros a quienes enseña en la red, y que son todos chicos veinteañeros. Y me siento orgulloso de serlo.

 

Weiß/Colonia, 22.8.

Llega Arzola, con Carlitos, a las 12:30 y cinco minutos después ha desfazido el entuerto que me [nos] tuvo apartado[s] del mundo casi cuatro días, como Robinsones Crusoe en el Mar de la Virtualidad. Y mientras lo veo trabajar y anoto mentalmente los pasos que da para restablecer la configuración de mi enrutador, recapacito que esta ausencia de Internet que hemos padecido está íntimamente relacionada con la configuración de mis hábitos mentales: según ellos, los sábados y domingos son pausa laboral, olvidando –ni siquiera inconscientemente– que Telecom, es decir, sus servicios telefónicos de atención al cliente, están abiertos las 24 horas del día de todos y cada uno de los 365 días del año (366 los bisiestos). Es decir, que podría haber llamado a Telecom el sábado al mediodía y no habría tenido que pasar las duras y las maduras de todo un fin de semana sin Internet ni teléfono. No me volverá a pasar. Palabrita del Pibe Jesús.

 

Almorzamos en La Modicana, Carlitos, Diny y yo, ellos se declinan por la lasaña y yo por mis espaguetis à le pauvre Jean. Como hace buena temperatura y el sol ha dignado mostrarse, y los alemanes son heliófílicos, parece que los parroquianos de hoy han decidido almorzar todos en el patio. Al principio no los contamos, cuando desfilan a nuestro lado, camino de la salida, pero al aparecer una caravana de varias mujeres con tres cochecitos para niños, y niños de a pie, sin màs remedio llego a la conclusión de que en el patio de La Modicana, este mediodía, han hecho una secuela de la escena del camarote de los hermanos Marx.

 

Duermo siesta y luego emprendo la tarea de contestar todos los emails que me han llegado en estos tres días, largos, de abstención internética. Asimismo, el envío de los textos que siempre pongo en el espacio virtual los domingos y los lunes, y hoy, claro. Al recibir el Doble Envío con mi diario y la frase de la semana, casi unísono me escriben Amalia, desde Salamanca, y Carles, desde Barcelona, haciéndome ver que esa frase de la semana no es de Coetzee, a quien se la atribuyo, sino de Kakfa. y sí, ahora que me lo dicen, la frase es de Kafka y se me escapó, pero lo cierto es que la rastreé en un centón de citas de Coetzee. Lo que puede haber pasado es que Coetzee la citase, y el recopilador de citas omitiese el contexto en que Coetzee la citó y la encajó en su recopilación como si fuese del sudafricano. Otra explicación no se me ocurre.

 

Weiß/Colonia, 23.8.

0:30 am : Acabo de ver You’re Not You [Nunca me dejes sola es el título con que se estrenó en México], una peli muy parecida en su desarrollo argumental a Amigos intocables, la francesa que arrasó hace un par de años en las listas de best sellers cinematográficos acá en Europa. Lo que más me atrae en esta es algo que me parece ya compulsivo, es la necesidad que debía sentir Hilary Swank de conseguir un tercer Oscar a más tardar a los 40 años (la peli es justamente del 2014, cuando los cumplió). Tendrá que consolarse pensando que nadie menos que Meryl Streep consiguió su tercer Oscar al cabo de 29 años y 13 nominaciones.

 

«Frutos extraños cuelgan de los árboles» cantaba Billie Holiday, por los negros linchados que los civilizados blancos anglosajones protestantes terminaban ahorcando en el Sur de los USA, ese país campeón mundial de la democracia y los derechos humanos, la puta que los parió. Lo que me extraña, aunque debe de haber un hipervínculo secreto en ello, es que esa canción me la termino tarareando siempre cuando como en estos tiempos preelectorales en Alemania, veo que de los árboles, de los postes telegráficos, de las farolas, y no sé si hasta de las nubes, cuelgan esos frutos extraños que son los carteles de los candidatos a los escaños del parlamento federal. Todos con un texto distinto y un subtexto invisible y común a todos: «Queremos el poder, para podernos alimentar e hinchar nuestras arcas mamando de las tetas de la vaca del Estado».

 

KN en casa. Tras la cena, su cena (nosotros ya habíamos cenado cuando llegó, pero Diny le tenía programada una sopa de pescado, que sabemos que tanto le gusta), larga charla nocturna sobre el asunto de su divorcio. Tanto Diny como yo sufrimos con él, pero también entendemos lo que tiene de positivo el asunto: terminar de una vez con la incertidumbre de tantos años.

 

Weiß/Colonia, 24.8.

Tres artículos entre ayer y hoy, canibalizando textos que sólo tenía en soporte papel. Lo único engorroso del caso es la transcripción del papel a la pantalla. Si tuviera instalado un programa de escaneo donde se pudiera trabajar a posteriori el texto, sería una maravilla. Pero no lo tengo. Y por lo demás, hasta me parece “más mijor” el procedimiento de la transcripción, porque eso me permite ir corrigiendo y afinando el texto, cuando lo necesita, al compás de la escritura.

 

Weiß/Colonia, 25.8.

0:20 am : Fahrenheit 451, una vez más, y recuerdo lo que comenté la primera vez que la vi: «Es la mejor peli de Hitchcock que he visto en mi vida, y es la única de ellas que me ha hecho llorar». ¡Qué cosa tan hermosa salió de las manos de don François! Redescubro que el primer libro que queman es el Quijote, redescubro Pride & Prejudice encarnada en esos hermanos mellizos que son el tomo I y el tomo II, redescubro asimismo el único fallo que detecté al leer el libro de Bradbury y que se reproduce en la peli: y es que sí, los libros quedan a salvo en la memoria de una comunidad de seres humanos, pero de los que no están escritos originalmente en inglés tan sólo se salvan las traducciones.

 

[Por la información en la revista con la programación de la tele me entero de que el tranvía colgante de Châteauneuf–du–Loire, que tanto usan los personajes de esta peli, fue retirado de la circulación y desmontada toda su estructura apenas terminado el rodaje. En tal sentido, la peli es además un documento insustituible para la historia del transporte público].

 

NL es el único amigo musulmán que tengo, bien atípico además, porque es un alemán converso. Él y su familia fueron nuestros vecinos durante largos años, en el piso de abajo, antes de irse a vivir a Marruecos cuando él se jubiló. Entretanto regresaron a Alemania, viven en el Sur y mantenemos un contacto que no se ha perdido en ningún momento. Hoy me manda un email con un texto interesante acerca de la tragedia de Barcelona, y me dice: «Si partimos de la base de que nadie nace terrorista o antisemita, se plantean muchas preguntas para las que no parece haber respuesta. Pero los enigmas están ahí para ser resueltos. En este contexto no puede haber una solución fácil, sobre todo teniendo en cuenta que las tragedias humanas, en las que están involucrados tanto las víctimas como los victimarios, suponen un gran reto». Le contesto al tiro: «Querido N., efectivamente, nadie nace terrorista o antisemita, lo cual demuestra que el ser humano es capaz de todas las bajezas. Una de las cosas que más me sorprenden siempre en el ser humano, es su capacidad para dejarse convencer de una manera maniquea. Y creo que el fondo de mi arraigado agnosticismo se oculta un pesimismo indesarraigable acerca de eso que llamamos homo sapiens. Me dolerá, cuando me llegue la hora, separarme de mi familia, de mis seres queridos, pero me dolerá por ellos, por dejarlos en un mundo que no tiene remedio». 

 

Weiß/Colonia, 26.8.

1:15 am : La tempestad eléctrica que se ha desatado a partir de la medianoche afectó a nuestra conexión de TV y me amargó dos veces en momentos cruciales de la peli que estaba viendo, La vida de David Gale, una de las mejores actuaciones de Kevin Spacey y Kate Winslet. Claro que la puedo ver en DVD pero lo que me exaspera, me emputa, es pensar en la dependencia, en esa simple subrogada de impotencia, que nos une a los aparatos que nos rodean... en el sentido más militar del verbo. Y menos mal que el lavavajillas todavía no se ha sentido tan argentino como para desempeñarse en calidad de DVD–Player. Pero quién sabe, démosle tiempo. ¿Sí, HAL?

 

En el diario, desde el 17.7., y a razón de una entrega por semana, están repasando críticamente la obra de Böll, el centenario de cuyo nacimiento se celebra en diciembre, y hay este año una plétora de actos dedicados al más ilustre hijo de la ciudad. Ya llevan repasados El tren llegó puntual, Caminante, si llegas a Spa..., No sólo en Navidad, La colección de silencios del Dr. Murke, Billar a las 9:30 y Opiniones de un clown; hoy le toca el turno a Acto de servicio, una de sus más desopilantes y más desenmascaradoras sátiras, que recordé y cité hace poco en mi columna bogotana a propósito del 80.º aniversario del criminal bombardeo de Guernica:

«El fiscal preguntó si era usual que un artista –lo dijo con abierto sarcasmo– robase el material para su obra de arte. Büren replicó de nuevo con una fantástica, acusada indolencia: dijo que querer hacer una obra de arte era una pasión tan vehemente que, desde luego, un artista siempre estaría dispuesto a robar el materialPicasso, dijo, buscaba a veces materiales para sus obras entre los escombros, y hubo una vez en que la mismísima Luftwaffe, durante algunos minutos, hizo que los motores de sus reactores de caza cooperasen en una obra de arte de esta clase».

 

Este trino en una cuenta T alemana lo traduje y se lo regalé a mi buena Yolanda, en Sonora, México:


 

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