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La caja de Pandora el blog de Sofía Cárdenas Cortés


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14 de septiembre, 2018

Cómo conocí a vuestra homínida. Luca Cavalli, racismo y proteínas

 

Este mes la ciencia perdió a uno de los grandes, Luca Cavalli, genetista y biólogo italiano que consiguió, en conjunto con su comunidad científica, como es natural, llegar a la conclusión de que los grupos que forman la población humana no están netamente separados, sino que forman una continuidad. Y lo consiguió antes de que Watson y su equipo, incluyendo aquí a la siempre olvidada mujer que participó, Rosalind Franklin, descubrieran la doble hélice, la estructura del ADN.

 

Cavalli pasó su licenciatura trabajando en las relaciones sexuales de las bacterias con una forma de trabajar, utilizando terminología de Marcuse, multidimensional. El camino de la investigación científica siempre es el dibujo geométrico de su contenido; si se investiga abierto a caminos multidisciplinares lo que se encuentra siempre son términos relacionales, también abiertos, cosas conectadas, nada aislado; lo que, por supuesto, acerca siempre la ciencia a la verdad.

 

En algún momento de su trabajo algo empezó a llamarle la atención, tenía la mosca detrás de la oreja, la mosca  Drosophila, un pequeño ser que le llevó de la mano al apasionante mundo de la genética.

 

Dado que es un ser que vive poco y que se reproduce rápidamente, esta mosca se ha convertido en una herramienta muy efectiva para el avance de la genética. En concreto para Cavalli fue el comienzo de un sendero que le llevó a estudiar genética de poblaciones entorno a la historia del ser humano y a relegar el concepto de raza a una de esas herramientas políticas obsoletas que inmediatamente se pueden eliminar de manera legítima si se las ve aparecer publicamente.

 

Experimentación en seres vivos, una población, que lleva a construir una herramienta poderosa contra el racismo. Todo el mundo quiere que avance la ciencia, eso es evidente, pero a veces una desearía que Philip. K. Dick hubiese escrito una historia en la que todos los humanos fuésemos moscas de la fruta al servicio de la ciencia de un planeta menos insignificante que el nuestro. 

 

Así que Cavalli pasó de estudiar una mosca a estudiar herramientas estadísticas matemáticas con Ronald Fisher y las diferentes distribuciones de los grupos sanguíneos de poblaciones humanas diversas. Todo esto le llevó a concluir que los grupos de seres humanos son bastante homogéneos entre sí. Cuando se descubren los hilos relacionales que están detrás de los prejuicios anteriores, se llega a un nuevo lugar común en el que la ciencia demuestra toda su belleza: un refugio de conocimiento. En este caso, África, donde un pequeño grupo de homínidas dieron paso al migrar a la posibilidad de que todos nosotros estemos ahora por todo el planeta, lo que se conoce como la teoría paleontológica del  Out of Africa.

 

Y las consecuencias llegaron: justo cuando EEUU comienza el Proyecto del Genoma Humano tratando de completar la secuencia del genoma humano, Cavalli presenta en el Senado el Proyecto Diversidad del Genoma Humano. Según sus conclusiones, la variabilidad genética entre individuos aislados, un 85% del total de la variación, es mucho mayor que la variabilidad genética entre poblaciones, en torno a un 15%. Aunque las diferencias físicas entre dos grupos raciales sean más evidentes a la vista que entre cada ser humano dentro de ese grupo, los genes acumulados dentro de esas vistosas características, son prácticamente idéntidos. ¿Cómo decía la película aquella? La belleza está en el interior...

 

En definitiva las evidencias científicas, dado el estudio de la variabilidad genética, desmontan el concepto de raza y convierten el racismo en injustificable.

 

Desde aquí, parte del trabajo de Cavalli se trasladó a la antropología cultural. Este es un ejemplo, entre muchos otros, que rebate esa división tan infantil entre ciencias y letras o la rancia afirmación de que las ciencias sociales no son ciencias. La idea central de su trabajo era que la variedad de las poblaciones que ha generado nuestra especie encuentra una mejor justificación en la trasmisión cultural que en la trasmisión genética. El sentido de esto es que los genes se trasmiten solo verticalmente, de padres a hijos, pero la cultura tiene también una vía de transmisión horizontal.

 

Como nuestra especie tiene también intrínseca la inclinación al odio y al miedo, además de muchas otras cosas, era casi de esperar que eliminada la legitimidad del racismo surgiese un nuevo discurso que permite machacar al diferente. Lo que nos separa ahora es la cultura, por eso el gran problema de convivencia en la actualidad no es tanto el racismo como lo es la xenofobia. Ahora no se habla, al menos de forma abierta, de razas, pero se denigran formas de existir en el mundo, vivencias arraigadas a una manera determinada de entender como llevar a cabo el viaje del individuo hacia la muerte. Los aspectos más devastadores de los discursos de incitación al odio dejaron de un tiempo a esta parte de basarse en el biologicismo para formarse alrededor del concepto de progreso y de una construcción artificial de bienestarismo hegemónico.

 

Ya no es políticamente correcto llamar diferentes a personas de distinto aspecto físico, pero cada vez lo es más señalar como  xeno al que se acerca a una comunidad pero no participa de forma completa con la manera que esa comunidad tiene de sobrellevar el día a día.

 

Por fortuna, la ciencia siempre es una herramienta útil, como muestra el trabajo de Cavalli en este campo. La evolución cultural no está exenta nunca ni de multiplicidad ni de relaciones individuales. 

 

A un gran científico se le conoce por su capacidad de captar las sutilezas de las implicaciones de un descubrimiento. Renuncia por ejemplo a hablar de “meme”, una acepción muy usada por Richard Dawkins, para referirse al objeto o unidad de pensamiento que en el contexto de la evolución cultural es capaz de mutar y de reproducirse. Cavalli prefiere utilizar el término 'carácter cultural', que hace menos referencia a la imitación pasiva y hace también referencia a la a transmisión cultural que se da por enseñanza directa y activa. Lo que elimina cualquier relación de su teoría de evolución cultural con el determinismo.

 

También reconoce la falla que existe a la hora de hablar de la naturaleza física de las ideas de la cual solo se conocen sus efectos, corrientes eléctricas por la actividad de células nerviosas, consumo de glucosa, etc. La definición de estructura física de una idea como un circuito de neutronas conlleva saltos argumentales y está por desarrollar. Y sin embargo, aquí una deducción por analogía, descartada la posiblidad de amplia variedad entre poblaciones por razones genéticas, presenta una sólida validez lógica y científica.

  

Un ADN puede generar muchas copias de sí mismo, que se alojarán dentro de los cuerpos de individuos distintos, y la idea puede generar muchas copias de sí misma en otros cerebros.

 

Cavalli pone aquí el ejemplo de la hemoglobina y la lamioglobina, dos proteínas que se desdoblaron en su momento causando una clara diferenciación en su función: la primera opera en el pulmón en contacto con el aire y la segunda desde el músculo, con concentraciones de oxígeno más bajas. Desempeñan en reglas generales la misma función, esto es, el transporte de oxígeno, pero ambas han desarrollado la efectividad de esa misma función de una manera diferente.

 

Así mismo, un carácter cultural dado que se transpasa por aprendizaje encuentra en cada persona una predisposición diferente, una variación individual en su constitución genética que permite la variación individual de la idea y su posterior evolución. La supuesta unidad que define una cultura explota así por dentro, pero también por fuera; la migración cultural  siempre deja impronta en otras poblaciones junto con migración genética. La mezcla y la diferencia en cada grupo, por muy cerrado que se pretenda, es inevitable. La naturaleza se abre paso como bien sabe Spielberg... 

 

Los símbolos de identificación por similitud son reales pero inconstantes, mutantes, relativos, perecederos. Todo fluye, y aún así coincidimos. Coincidimos al menos en el origen. Deberíamos celebrarlo.

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